Lluis Pascual: Un atropello que reclama reflexión

Juan Antonio Hormigón ||

Ensayista y escritor, catedrático de la Real Academia de Arte Dramático y director de ADE ||

Los hechos son sencillos de describir: Primero apareció en facebook una denuncia contra el director de escena Lluís Pasqual, por un supuesto desdoro a una joven actriz, Andrea Ros, durante los ensayos de El rey Lear, hace ahora cuatro años. Era julio. En su extensa carta, además de afirmar que le “había gritado, ridiculizado y puesto en evidencia”, la joven entraba de lleno en otras consideraciones relativas al Teatre Lliure que parecían ser su auténtico objetivo:

Necesitamos alguien joven al frente de un bajel como este [el Lliure], alguien lleno de vida, de amor, de feminismo. Necesitamos alguien capaz de dar voz a la gente joven, capaz de dar espacio a la creación (no es suficiente con programar tres semanas a Oriol Pla), espacio a las mujeres, espacio al feminismo (no es suficiente con programar AÜC, cuando ya es un éxito consagradísimo), espacio a la buena energía. Hacer teatro no tiene que dar miedo, joder. (…) Necesitamos una dirección más joven para poder, eso también, llegar a un público joven, una dirección amorosa porque el teatro ha de ser sensible y MUJERES, necesitamos mujeres, exceso de mujeres, porque el teatro ha de ser feminista”.

Segundo: Se produjo una campaña de agitación en las redes sociales, acrecentada por la aparición en facebook de un Manifiesto del colectivo “Dones i Cultura” (Mujeres y Cultura), que fue difundido y amplificado por diferentes medios de comunicación, tanto en papel como televisivos. En él se acusaba a Pasqual de maltrato, misoginia y abuso de poder y se pedía su cese. Dicho documento no llevaba ninguna firma aunque se atribuía la representación de 800 mujeres de la cultura. Todo se consideró cierto. En una nota emitida el 11 de julio por Europa Press, se añadía, además:

Por otra parte, el colectivo también ha puesto en marcha el correo electrónico ‘donesicultura@gmail.com’ para alertar de las “prácticas abusivas” de Pasqual. Aseguran que en el correo electrónico se podrán denunciar de forma “anónima y confidencial” las presuntas malas praxis cometidas por el director teatral”.

Tercero: Casi a la par, el señor Alex Rigola hacía unas declaraciones que tomamos de La Lança, publicadas el lunes, 2 de julio:

Por su parte, el anterior director del Teatre Lliure, Alex Rigola, ha aprovechado el post de Ros para manifestar que está “totalmente en contra de que se permanezca más de ocho años, sigue que sigue” y ha comunicado que “de todos los patronos (del Lliure), fue el único que votó en contra de su renovación (la de Lluís Pasqual)”. Además, ha puntualizado que “lo que va a aceptar el Patronato va a ser la propuesta de la Junta de gobierno de una renovación sólo por dos años y no por cuatro. O sea que lo que se va a aprobar es que Lluís Pasqual finalice en julio del 21 como director del Teatre Lliure”

Cuarto: El Manifiesto de “Dones i Cultura” fue respondido por otro que firmaban con nombres y apellidos, más de cien profesionales que habían trabajado con el señor Pasqual. Figuraban entre ellos desde Nuria Espert, Rosa María Sardá, Sara Baras, Vicky Peña, Ana Belén o Mercedes Sampietro, hasta Flotats, Antonio Banderas, Josep María Mestres o Pablo Messiez, entre otros:

“Los abajo firmantes damos nuestro apoyo a Lluís Pasqual, director del Teatre Lliure, como miembros de equipos artísticos y técnicos de montajes dirigidos por él -y que formamos parte de la memoria escénica, tanto de este país como de muchos otros-, o como profesionales del mundo del teatro y de la cultura que hemos trabajado o colaborado con él”.

Quinto: Al mismo tiempo igualmente, la escritora y periodista Montse Barderi, publicaba en la revista Nuvol del 5 de julio, un artículo titulado: “Lluís Pasqual en el punto de mira”. En él hacía una defensa del director del Lliure desde postulados feministas. En aquellas circunstancias, el artículo tuvo una acogida incendiaria por parte de algunas voces fanáticas. Basta leer las respuestas que recibió en dicha publicación digital.

Lluís Pasqual guardó silencio a partir de entonces. Recibió el apoyo total del Patronato del Lliure pero no hizo ninguna declaración pública. Más tarde, adujo que había dedicado todo este tiempo a reflexionar sobre lo acontecido. Dicha meditación le condujo a hacer pública su dimisión el 1 de septiembre. En La Vanguardia del día siguiente, apareció una entrevista que le hizo Justo Barranco, en la que Pasqual expone su punto de vista sobre los acontecimientos y establece consideraciones explícitas sobre los mismos.

Dicha entrevista la reproducimos seguidamente en su totalidad por ser un testimonio de sumo interés, no sólo por lo que toca a lo dicho sobre su persona que califica de calumnias, sino igualmente por desvelar muchas otras cuestiones que afectan gravemente al trabajo de los profesionales en el terreno de la cultura y al propio sentido del teatro y su gestión.

En la edición barcelonesa del El País, del 3 de septiembre, tras la dimisión de Pasqual, Jacinto Antón publicaba informaciones en torno a lo sucedido. La tonalidad era muy diferente a lo leído en julio:

“Dicho manifiesto (el de “Dones i Cultura”), que surgió en apoyo de la actriz Andrea Ros, quien se quejó en su cuenta de Facebook de haber sido vejada por Pasqual en un ensayo de El rey Lear hace cuatro años, lo firmaba una fantasmagórica asociación que decía reunir a 800 mujeres del mundo de la cultura pero no daba ningún nombre. Pese a ser un texto absolutamente anónimo que presentaba gravísimas descalificaciones contra Pasqual, se le dio una sorprendente credibilidad. Resultó que la asociación no era tal sino un grupo de amigas de Facebook solidarias con Ros. Pero la piedra ya estaba lanzada.

(…)

También señala Pasqual la coincidencia en el tiempo de la crisis que estalló en el Lliure por acusaciones de trabajadores que se sumaron a la campaña contra él, con el momento en que el patronato del teatro decidió su renovación como director. Y apunta a su antecesor en el cargo y miembro del Patronato, Àlex Rigola, de actuar torticeramente en su contra “en el más puro estilo soviético”. Rigola dimitió como director de los Teatros del Canal de Madrid el pasado octubre por la “brutal actuación policial” del referéndum ilegal en Cataluña. También ha postulado públicamente que el Lliure debe ser dirigido por una mujer y que debe dar paso a las nuevas generaciones”.

Conocí a Lluís Pasqual hace muchos años, cuando todavía era casi un muchacho y yo pasaba ligeramente la treintena. Era 1975 y yo había hecho la escenificación de Hombre por hombre, de Brecht, para la que Fabià Puigserver diseñó la escenografía, el vestuario y la utilería. Estrenábamos en Girona y Fabià me dijo que iba a venir un chico joven, con mucho talento. Lluís apareció vestido con su uniforme de recluta, nos saludamos con afecto, hablamos un poco, era alegre y vivaz en la conversación, sonreía siempre y no recuerdo mucho más. Meses después asistí en la Aliança del Poblenou a su escenificación de La Setmana Tràgica, que tuvo un éxito colosal. Me quede impresionado con aquel espectáculo.

Viví el nacimiento del Lliure casi desde el principio. Recorrí con Fabià el teatro de Gracia cuando estaba en obras. Subimos hasta la altura del telar y creo que hicimos alguna foto que no sé donde para. Había un grupo de gente ocupado en tareas de mezcla y acarreo de materiales de construcción que pululaban por doquier. Me dijo que eran los actores que formaban el primer elenco que colaboraban en las tareas de remodelación de todo aquello. Por allí debían de andar Lluís Homar, Muntsa Alcañiz, Domènec Reixach y muchos otros, así como Carlota Soldevila, a quien conocía desde hacía años y fue quien me presentó a Jaime del Valle-Inclán.

Volví tiempo después para presenciar la tercera producción de aquel inicio: La cacatúa verde, obra de Schnitzler, escenificada por Pere Planella con traducción de Feliu Formosa. Escribí entonces un extenso artículo sobre el sentido, organización e infraestructura de aquel momento fundacional, así como sobre los espectáculos de aquella temporada. Apareció en mayo de 1977 en el número 748 de la revista Triunfo. Pocos días después recibí una carta de Lluís en catalán, lo recuerdo bien, en que me agradecía, en nombre del Lliure, lo escrito.

Cuento lo anterior para exponer simplemente que conozco a Pasqual desde hace muchos años, que le he visto en numerosas ocasiones, presenciado bastantes de sus escenificaciones, menos en los años postreros, y es muy difícil para mí dar pábulo a las cosas que se han dicho. Diré más, sucesos de ese tipo son comunes en cualquier caso a muchas de las cosas que suceden habitualmente en la sala de ensayos. Son buena parte de las incidencias que se nos vienen encima.

Quien no conoce el trabajo teatral puede construirse ideas falsas respecto a su desarrollo. Pasa con muchas profesiones que tienen una especificidad en su forma de producirse y de incidir en las relaciones. El público ve un trabajo concluido, aunque nunca lo esté del todo, sobre la escena, y pocos son los que saben el esfuerzo, las tentativas, los forcejeos y hasta los sinsabores de todo el proceso que han hecho posible lo que, finalmente, se ve en escena. Eso lo saben los actores del reparto y en mayor medida los directores que actúan de forma cabal y responsable. Ellos son quienes han consumido muchas horas entregadas a un proyecto, con subidas anímicas y caídas abrumadoras del ánimo en el camino.

La sala de ensayos es un lugar en el nos aislamos y seguimos un proceso que se va llenando de tensiones crecientes, de dudas, de búsquedas que son propias de todo proceso de construcción creativa. Nadie está exento del exabrupto momentáneo o del acceso de cólera repentino. Debemos controlarlo, lo sabemos, pero por mucha racionalidad y rigor que pongamos en el empeño, conocemos de sobra que en ocasiones irrumpe volcánico como explosión incontenible. En unos casos más que en otros. Los actores con experiencia y veteranía lo saben y lo asumen como algo específico del proceso de trabajo. Distinguen bien entre lo que constituye un acto de desdoro y una exacerbación momentánea, porque también ellos tienen dudas, no encuentran el camino apropiado, tienen problemas personales o malestares físicos y, en definitiva, pelean con denuedo para construir su personaje. Todo se supera con profesionalidad, esfuerzo y constancia, pero ese es el gran don que suministra la experiencia enriquecedora y la acumulación de saberes.

Al director de escena se le exigen una serie de capacidades a la par que de actitudes en relación a su trabajo. Unos las desarrollan de modos diversos y quizá alguno, los menos aptos, nunca lo han hecho. A lo largo de mi vida profesional, quizá el mérito sólo estribe en la edad y en mi deseo de observar y cotejar, he visto lances muy diferentes en lugares de ensayo. Todo ello me ha corroborado las dificultades y circunstancias complejas que rodean este desempeño.

Recuerdo que hace muchos años, cuando dirigía el Teatro Universitario de Zaragoza, tuve oportunidad de asistir a un ensayo de una compañía de paso por el Teatro Principal de la ciudad. Era una práctica frecuente por aquel entonces. Se llevaba a cabo después de la función de noche, había dos cada día, pasada la una de la madrugada. El elenco se había formado en Barcelona con actores que yo no conocía. Se trataba de un drama de un autor cuyo nombre tampoco recuerdo. Cuando había transcurrido más de media hora de trabajo más bien monótono, casi pasando letra, uno de los intérpretes en una escena de confrontación tensa, cogió por las solapas a otro que parecía ser quien sentaba plaza de primer actor. ¡Allí fue Troya! El objeto del agarrón comenzó a gritar: “Me ha tocao, me ha tocao”, y organizó un cisco de mil demonios. El pobre director se las vio y deseó para recomponer la armonía y, aunque con malas caras, consiguió que el ensayo prosiguiera. Luego me comentó resignado: “Estas cosas pasan”. Por supuesto, la escena exigía que le cogiera por las solapas.

Muchos años después, a comienzos de los ochenta, tuve la fortuna de asistir en Berlín a una reunión en torno a la puesta en escena de Baal, creo recordar, en la que se encontraban varios críticos y directores. El joven director de aquella escenificación, relataba las dificultades que tuvo con el intérprete del personaje protagónico, el gran Ekkehard Schall. Como la comunicación era imposible, se escribieron cartas durante los ensayos exponiendo sus posturas sobre determinados aspectos del personaje. “Cartas extensas”, adujo. Realmente, me sorprendió aquello pero los colegas alemanes lo tomaron con absoluta normalidad, al menos en apariencia.

Hace pocos años, asistí al ensayo general de una ópera española en un gran teatro de Madrid. Había bastantes personas de la plantilla en la sala e incluso se habían instalado las tarimas para las cámaras de televisión. Estaba yo tan feliz disfrutando la representación cuando de pronto, de forma inopinada, uno de los cantantes increpó a quienes habían puesto tanto humo en el escenario lo que le impedía cantar. Desde el segundo balcón de la sala, el escenógrafo le respondió a grandes voces reprochándole su actitud en términos agrios. A poco, cayó un poco de arenilla del escenario sobre una viola, porque los técnicos no habían colocado el tope pertinente. El primer oboe, representante de la orquesta, se fue de frente hacia el director para reclamar que la arenilla se suprimiera. Entonces, este, persona serena y tranquila donde las haya, estalló a voces: “De acuerdo, si tengo que quitarlo todo yo quito mi nombre de la escenificación”. Tensión grande. Le dije por lo bajo que se serenara y él me dijo que todo estaba controlado. Al día siguiente, hubo un estreno magnífico.

Entre estos tres episodios tan diversos y diferentes, he asistido y también participado en muchos más respecto al desarrollo de los ensayos y las confrontaciones que pueden surgir. He sabido de otras que se han dado sin que yo las contemplara. En la mayor parte de los casos, las tensiones fruto de un trabajo tan específico y especial son la causa y razón de que haya sido así. Quizá en alguno, podamos atribuirlo a alguna patología que puede anidar en ambas partes, pero eso exige comprobaciones rigurosas y comisiones deontológicas objetivas y ponderadas que estamos muy lejos de tener. Todo lo demás es demagogia, difamación o calumnia a la que, eso sí, somos tan aficionados sobre todo cuando se efectúa bajo el subterfugio del anonimato.

Lluís Pasqual desgrana en su entrevista opiniones sobre todo esto, opiniones que en términos generales sobrepasan con mucho su cuestión personal. Califica de calumnias todas las acusaciones vertidas en su contra y concluye: “Pero un post de cualquiera, mal gestionado, puede hacer mucho daño. Las redes sociales pueden destruir cualquier reputación”.

Ciertamente, a mi modo de ver, esta cuestión es crucial para entender no sólo lo acontecido a Pasqual sino con muchas otras personas en otros muchos casos. Las redes pueden en efecto arruinar reputaciones pero lo más grave es que lo hacen a partir de datos o informaciones no contrastadas. Por ejemplo, considerar que un grupo tiene ochocientas participantes y, en realidad, sólo se trata de “un grupo de amigas de facebook”, y tomar lo que dicen como información fiable, es una absoluta irresponsabilidad por parte de quien lo hace. Igualmente lo es la aceptación de denuncias anónimas, como convocaban las damas del autodenominado grupo de “Dones i Cultura”. Ignoro si en nuestro ordenamiento jurídico esto se considera un delito, aunque desde el punto de vista ético no tengo ninguna duda. Lo que no repetimos bastante, es que esa aberración fue utilizada por la Inquisición antaño, e igualmente por la policía política franquista en la guerra y posguerra para detener, encarcelar y, en muchos casos, asesinar a los republicanos. La denuncia anónima no sólo carece valor sino que es un atentado a la justicia.

A modo de remate, al día siguiente de aparecer la entrevista en La Vanguardia, el actor Joel Joan publicaba una serie de mensajes en su cuenta de twitter, recogidos por E-Notícies en su sección de cultura. Respecto a la entrevista: “Si todo fuera inventado no habría dimitido. Seguro”. Y sin embargo esto era lo más suave de lo opinado en esa fecha. Lo más sonoro: “La única manera de ser demócrata hoy en España es siendo independentista catalán. Seas de Mollerussa o seas de Cuenca o Bilbao”.

Esta palabras conservan plenamente el aroma de aquello que escribiera Prat de la Riba en La nacionalitat catalana (1906):

“Si el nacionalismo de Cataluña consigue despertar con su ejemplo a las fuerzas dormidas de todos los pueblos españoles, el nacionalismo catalán habrá logrado su primera acción imperialista.”

Y añadió, igualmente:

Había que acabar de una vez con esta monstruosa bifurcación de nuestra ánima, había que saber que éramos catalanes y nada más que catalanes, sentir lo que no éramos para saber claramente, con fundamento lo que éramos, lo que era Cataluña. Esta obra, esta segunda fase del proceso de nacionalización catalana, no va a hacerla el amor, como la primera, sino el odio”

Calia acabar d’una vegada aquesta monstruosa bifurcació de la nostra ànima, calia saber que érem catalans i que només érem catalans, sentir lo que no érem per a saber clarament, fondament lo que érem, lo que era Catalunya. Aquesta obra, aquesta segona fase del procés de nacionalització catalana, no la va fer l’amor, com la primera, sinó l’odi”.

Aprovechando una frase de Lluís Llach en un acto independentista días antes: “Nunca, nunca, nunca, en los años espantosos del franquismo se pidió tres años de prisión por la letra de una canción”, Joan cargó la mano: “Esto va por los defensores del gran régimen del 78; Sardàs, Serrats, Coscubielas… no engañéis a nadie. Vuestra lucha fue un “fake” como una casa”. En este caso, siento furor ante estos deslenguados que no tienen el menor respeto por tanta gente que durante el franquismo fue encarcelada, perseguida, torturada e incluso asesinada en su combate contra la dictadura. Todos contribuyeron a traer la democracia, por muchas imperfecciones que esta pueda tener. Me indignan desde un punto de vista cívico esas palabras del citado actor.

En diferentes ocasiones, aunque en términos generales, muchas de estas cuestiones han aparecido en los artículos que abordan la operación de acoso y derribo de Lluís Pasqual. El 8 de septiembre, en un artículo publicado en El País de Barcelona, Jacinto Antón lo hizo de forma explícita y a manera de un primer balance de los acontecimientos:

Considera su caída asimismo un triunfo un sector del independentismo, que cree que la política, su política de esperando a Godot, se hace también en los teatros, y al que ha molestado el equilibrismo de Pasqual en el Lliure con el procés. No es uno de ellos, consideran con acierto”.

Y prosigue en sus valoraciones:

“El tiempo dirá qué es lo que ha pasado realmente en esta sorprendente tempestad de reparto aún por descifrar (aunque hay muchos candidatos para los papeles de Casio y de Yago) que se ha llevado por delante a Pasqual.

(…)

No hay que olvidar que una parte joven de la profesión –que enviaría a Peter Brook a un centro de día y denunciaría a Elia Kazan y a todo el Método del Actor’s Studio por maltrato, a lo mejor con razón– considera la caída de Pasqual una victoria, como la consideran algunos trabajadores del Lliure y un sector del feminismo”.

¿Quién es Casio y quién Yago en esta historia? Supongo que existen varios candidatos, alguno aludido por el propio Pasqual. Sobran los comentarios porque considero estas reflexiones claras y explícitas. Quizá algunas protagonistas y secundarias de este vodevil miserable, en cuyo origen adivinamos la presencia de otros miserables inveterados y pertinaces, no sepan que todo en la vida tiene un precio y a veces se paga con creces. En definitiva, han tirado piedras contra su propio tejado. Siempre he considerado que ayudar a los jóvenes, también en el teatro, es contribuir a su formación, despertar sus inquietudes y su compromiso político social, servirles de guía para que eviten en lo posible los errores que todos cometemos, crear estructuras para que puedan desarrollarse y crecer profesionalmente, etc. Pero ceder ante los que lo quieren todo aquí y ahora, queriendo aplastar lo anterior, que es lo que ha hecho posible su existencia, es propio de idiotas contumaces, de irresponsables políticos y de gentes livianas que no creen en la transformación positiva de su sociedad. Nada más y nada menos.

Lluís Pasqual: “Las redes sociales pueden destruir cualquier reputación”

Justo Barranco ||

La Vanguardia ||

Sorpresa mayúscula en el teatro catalán. Lluís Pasqual se va, dimite de la dirección del Teatre Lliure que él mismo cofundó en 1976. Un teatro que cambió radicalmente el panorama escénico catalán y de toda España y se convirtió en ejemplo a imitar. A Pasqual, que ha sido también director del Centro Dramático Nacional de Madrid, del Odéon-Théâtre de l’Europe de París o de la Bienal de Teatro de Venecia, y que desde hace siete años había vuelto a dirigir el Lliure, se lo ha llevado por delante una polémica originada en julio en las redes sociales: tras el anuncio de su renovación al frente del teatro, una joven actriz, Andrea Ros (Terrassa, 1993), afirmó en Facebook que “Pasqual me ha gritado, me ha ridiculizado, me ha puesto en evidencia y le he visto hacerlo impunemente porque ‘es un genio’ y los genios gritan y tratan mal a la gente”. Se refería a un incidente en los ensayos de El rei Lear hace cuatro años. Y reivindicaba alguien joven al frente del Lliure.

El post no pasó de la red pero fue el inicio del incendio porque días después un grupo de Facebook llamado Dones i Cultura acusó a Pasqual de tratar despóticamente a algunos trabajadores del Lliure y pidió su dimisión. La polémica –en la que se mezclaba el sentimiento de las generaciones más jóvenes del mundo teatral de que hay un tapón para ascender y el hecho de que ninguna mujer haya dirigido hasta ahora ni el Lliure ni el Teatre Nacional de Catalunya–, saltó a los medios. Hubo un contramanifiesto firmado por grandes nombres del teatro a favor de Pasqual, desde Emma Vilarasau, Vicky Peña, Rosa Maria Sardà y Núria Espert a Mario Gas y Josep Maria Pou, pero el incendio caló en el Lliure: el comité de trabajadores pidió un informe de salud laboral y hubo una gran división interna.

En todo este tiempo Pasqual ha guardado silencio y ahora habla para explicar su visión de lo sucedido y el porqué de su dimisión. Está sereno, parece aliviado tras la decisión tomada. Considera mentiras las acusaciones pero admite que no puede seguir dirigiendo el Teatre Lliure con la división interna que reconoce que se ha producido. Además anula, por lo menos en el Lliure, su gran proyecto para la próxima temporada, El sueño de la vida, un estreno a partir de una obra incompleta de Lorca concluida por el dramaturgo Alberto Conejero.

¿Por qué hablar ahora y no cuando estalló la polémica?

Desde un cargo público cuando hay un problema se han de dar explicaciones. Pero como las cosas tienen unas consecuencias y las consecuencias comportan decisiones importantes, quería tener el corazón caliente pero la cabeza fría. Me he tomado un mes y medio para pensar sobre ello, para verlo con distancia y tomar la decisión que le convenga más al teatro y a mí. Esa decisión es que presento mi dimisión.

¿Por qué?

Durante estos años como director he intentado mantener vivo un espíritu que estuviera a la altura del nombre del teatro: Lliure. Pero en los últimos meses a través de las redes sociales se ha decidido que he de ser sustituido con urgencia y que quien me sustituya tiene que ser mujer y joven. Me parece impensable que las bases para elegir al responsable de un teatro público del tamaño del Lliure sean la edad y el sexo. Ahora parece que es así. Lo grave es que esta idea haya calado entre el personal de la casa, o puede incluso que alguien la haya provocado. La realidad es que hay una división de pareceres en el equipo humano del teatro. Y no puedo ni ser joven ni ser mujer ni trabajar con un equipo que no esté plenamente comprometido conmigo en un proyecto. No sé trabajar sin esa complicidad. Aunque haya tenido el apoyo del patronato del teatro. Una cosa es decidir el menú y otra cocinarlo. Vivimos en la sociedad crispada de la acusación permanente, del conmigo o contra mí. Pero un teatro es un espacio de encuentro dialéctico, no de confrontación. Y si soy el motivo de esa confrontación lo mínimo que puedo hacer por respeto al teatro y a mí mismo es dejarlo. No me interesa el poder, lo tuve desde muy joven y siempre me ha parecido un peaje ingrato que permitía sacar adelante proyectos artísticos. Nunca he creído ser un tapón generacional. Más bien al contrario. Pero si ese fuera el problema, ya no existe.

¿La acusación de una actriz joven en Facebook ha podido con usted? ¿Qué sucedió con ella?

No sucedió nada extraordinario que yo pueda recordar y menos aún de un ensayo de hace cuatro años. Pero un post de cualquiera, mal gestionado, puede hacer mucho daño. Las redes sociales pueden destruir cualquier reputación. A partir de lo que una exactriz de la Kompanyia Lliure escribió en Facebook, un colectivo feminista llamado Dones i Cultura, que afirmaba estar formado por 800 personas, exigió mi dimisión por maltrato, misoginia, abuso de poder y otras lindezas y mentiras en un manifiesto que podría haberse quedado en las redes pero que consiguió saltar a las páginas y secciones de Cultura de televisiones y diarios sin que casi ninguno contrastara esa información ni la legitimidad del colectivo. Y el debate pasó a ser público. Como demostró Montse Barderi en un artículo, Dones i Cultura era sólo un grupo de Facebook con 800 seguidoras de las cuales la mayoría no tenían noticia del manifiesto y a la asamblea que organizaron, con el título inequívoco de Operación Pasqual, asistieron sólo una veintena. Pero el daño a mi imagen ya estaba hecho. Recuerdo un tuit de apoyo a la denuncia de la joven actriz que decía: “No te conozco de nada, no sé quién eres, pero cuenta conmigo…”. El poder de las redes sociales es tan indiscutible como altamente peligroso por la impunidad con la que se llega a extender una calumnia.

Pero fueran o no en las redes sociales, ante las acusaciones los trabajadores del Lliure han pedido un informe de salud laboral.

Es lógico, pero lo que tiene menos lógica es la base y los fundamentos ilegítimos en los que se basa la petición. Esos informes se hacen regularmente en las empresas. Durante mi mandato ya tuvimos uno. Y en estos siete años no ha habido ninguna denuncia contra mí ni contra nadie del teatro. La estructura del Lliure permite proteger tanto a los trabajadores como a la propia empresa. Lo curioso es la coincidencia en el tiempo de esta crisis con el momento en que el patronato vota y decide mi renovación. Àlex Rigola, por ejemplo, como patrono vitalicio, podía haber trabajado con el resto de miembros del patronato para cambiar los estatutos y evitar mi renovación en lugar de trasladar su disconformidad a las redes sociales y denunciar, en el más puro estilo soviético, al representante de la asociación de actores por no haber votado como él contra la renovación. No me parece una actitud excesivamente democrática. Otras voces que han pedido mi cabeza desde el primer minuto en que el patronato votó mi renovación podían haber propuesto otro modelo de gestión a las administraciones públicas, todas están representadas en el Lliure. Pero eso supone trabajo y pérdida de protagonismo, que es lo que se encuentra en las redes, que satisfacen los egos y tienen impacto inmediato.

Reconocerá que el anuncio en junio de su renovación fue extremadamente confuso.

No tenía que haberlo anunciado yo. Debería haberlo hecho el patronato, explicando que había que cambiar los estatutos y que la renovación sería por dos años y no cuatro. Pero en la rueda de prensa de presentación de la temporada en junio noté que la pregunta estaba en el aire y decidí explicarlo sobre la marcha. Está claro que me equivoqué.

Además le han acusado, como ya sucedió el año pasado, de escasa paridad en la programación.

En la programación de esta temporada han aumentado sensiblemente las directoras y dramaturgas, es decir, el porcentaje, que parece que es lo único que interesa a ciertos colectivos feministas. Como también parece que a nadie le importe el contenido de la programación, la poética que propone un teatro ante las muchas cosas que nos ocurren. Hay 12 directoras en la próxima temporada del Lliure. Tenemos una programación extensa y puede que eso las oculte, pero ignorar a 12 mujeres dirigiendo en el Lliure me parece un menosprecio hacia ellas.

También han sido recurrentes estos años las quejas por programar poco a las nuevas generaciones teatrales.

No conozco otro teatro público en Catalunya que haya tenido estos años dos compañías jóvenes estables. Cuando no teníamos medios para montar esas compañías acogimos otras. Y hemos programado muchas más durante estas temporadas en el Espai Lliure. Pero mientras haya quien afirme que el Espai Lliure es una sala de segunda porque es más pequeña que las otras del teatro vamos mal. Volvemos a los protagonismos y a los egos del “yo estoy en la sala grande”. Cada sala requiere una energía. Si haces Medea con más de treinta funciones seguidas en la sala grande se necesita una actriz con el talento y la experiencia de Emma Vilarasau. Y no entender eso demuestra desconocimiento del oficio y falta de respeto por el proceso que cualquier carrera ha de seguir y que requiere sacrificio. De hecho, falta respeto en Catalunya por los grandes nombres del teatro del país. A Núria Espert, que fue testigo de la situación que denunció la joven actriz, la machacaron cuando dio una entrevista en la que salía en mi defensa. Incluso la llamaron mentirosa. Lo mismo ha pasado con los más de doscientos actores, técnicos, responsables de festivales y teatros que se añadieron en pocas horas a las palabras de Núria: “Nunca, en cuarenta años, he visto a Lluís faltarle el respeto a nadie”. Agradezco infinitamente su respaldo. Muchos quedaron inmediatamente descalificados por no ser suficientemente jóvenes o suficientemente catalanes. Demencial.

¿Cree, como algún medio ha llegado a apuntar, que en el caso ha tenido algún peso el ‘procés’?

Si no recuerdo mal, TV3 y el diario Ara fueron los que difundieron el manifiesto de Dones i Cultura con más alegría. Y a raíz de esos primeros titulares el resto de medios se tuvieron que apuntar al carro. Quizá para algunos la posición del Lliure ante el procés no esté muy clara, porque parece que hay que estar sí o sí, claramente a favor o en contra, tanto del procés como de las cuestiones que se producen todos los días en la sociedad. Vivimos instalados en la irracionalidad de la respuesta inmediata, que acostumbra a ser de cintura para abajo, sin reflexión. El pensamiento crítico aparece como una tara de seres débiles e indecisos. Hay que pasar obligatoriamente a tomar partido. En el procés como teatro público el Lliure facilitó los medios y el espacio para que los creadores se expresaran. En eso consistió el ciclo En Procés, con una docena de dramaturgos. Ningún otro teatro lo ha hecho. Algunos calificaron ese ciclo de justificación por mi parte. Así que no es tan raro que otros puedan ver en eso un interés en eliminarme por motivos ideológicos encubiertos tras un supuesto maltrato o una supuesta corrección política.

¿Querer prolongar su mandato en el Lliure ha sido un error?

Si acepté la propuesta de la junta de gobierno y luego del patronato de seguir dos años más fue porque, como muchos sectores de la sociedad, hemos vivido unos años de enormes dificultades, con una economía de supervivencia, aunque por supuesto seamos unos privilegiados, y quedaban tres proyectos importantes por afianzar: una nueva compañía joven con un programa pedagógico que pudiera incorporar la transmisión de conocimiento de los maestros surgidos en estos cuarenta años de democracia; una plataforma residente dedicada exclusivamente al teatro inclusivo; y un programa sobre teatro y memoria que empezamos a elaborar con distintos teatros y universidades de todo el mundo. Ya es pasado. A veces los teatros necesitan un cambio brusco de timón. Quizá sea el caso.

¿Qué pasará en el Lliure ahora?

La Fundación posee sus propios mecanismos, un magnífico presidente, Ramon Gomis, y un patronato y unos órganos de gobierno. Y la temporada próxima está asegurada, excepto en las obras que iba a dirigir yo, y en manos de personas muy competentes: la subdirectora Clara Rodríguez Serrahima, la adjunta a la dirección artística, Aurora Rosales, y el director técnico, César Fraga. El Lliure es un teatro muy sólido, aunque ahora se haya producido una grieta tal vez en los propios cimientos. El tiempo lo dirá. Por cierto, aunque mucha gente pueda pensar que dirigir un teatro público es un premio a algo o una distinción, se equivoca: es una profesión muy difícil.

Entonces, ¿no va a dirigir el Lorca esta temporada?

Mi relación con el Lliure ha terminado y mis compromisos artísticos con él también. Es mucho más sano, tiene que ver con la higiene mental y la libertad. Y me voy profundamente satisfecho con los muchos logros de estos siete años. Hemos producido espectáculos importantes, hemos superado crisis, hemos conseguido premios y reconocimientos. Hemos acompañado a la sociedad en sus dudas y sus vaivenes. Y la sociedad nos ha premiado con su asistencia. Que nadie lo olvide: el Lliure no es propiedad ni de los artistas ni de los políticos ni de los trabajadores de la casa. Es, por voluntad propia desde sus inicios, un teatro público: pertenece al público. Es quien lo paga y nos juzga y de su complicidad depende su existencia y legitimidad. Y haber ganado la confianza del público para mí es lo más importante. Querría expresar mi profundo agradecimiento a los equipos artísticos y técnicos que han hecho posible la aventura y sobre todo a los miles de espectadores y abonados. Sus muestras de complicidad y afecto, aunque para algunos no cuenten, han sido muchas y me producen inmensa alegría. Puede que no lo haya hecho tan mal.

La Vanguardia 02/09/2018

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