Totalitarismo, hipocresía y desidia

Pasqual Esbrí ||

Historiador ||

Hace ya meses que la fractura social producida por el independentismo en Cataluña anunciaba que, más tarde o más temprano, se alcanzaría una fase de enfrentamientos violentos. Pues bien, el primer indicio de que hemos entrado ya en dicha fase, es la agresión física de que fue objeto hace unos días una ciudadana por parte de un energúmeno, que algunas fuentes adscribieron al sector social lumpen. Finalmente, parece que se trata de alguien que trabaja para el Ayuntamiento de Barcelona, en el sector de las bellas artes (¿). La confusión quizá fue provocada por la pinta más bien patibularia del interfecto. Al fin y al cabo, no hubiera resultado sorprendente que fuera correcta la primera adscripción. El totalitarismo siempre se ha servido de ese sector social como fuerza de choque.

El motivo de la agresión fue que la citada señora estaría retirando lazos amarillos. Si alguien cree que esa fue casual, se equivoca completamente, ya que los medios de comunicación del régimen llevan semanas soliviantando a sus fieles contra los que retiran el plástico de color amarillo esparcido a lo largo y ancho de la comunidad autónoma. Por otro lado, la policía autonómica, en la senda que parece conducir a convertirla en una policía política, actúa contra los que pretenden eliminar la inmundicia, mientras que, por supuesto, dejan hacer en total libertad a los que están polucionando Cataluña con toneladas de plástico.

Hay dos vertientes en la situación. En primer lugar, la política. Colgar lazos es un acto de propaganda, como retirarlos lo es también, en el fondo. El hecho de que solo una de las referidas acciones esté perseguida por la policía del régimen, refuerza más, si cabe, la imagen de totalitarismo nacionalista, que repetidamente presenta a esa parte de la ciudadanía que le es fiel (y que no llega al 50%) como los únicos detentadores de la legitimidad, de la representación de la población, del derecho a la propaganda a cualquier precio. La segunda vertiente, a mi parecer, tanto o más grave que la anterior, pero que ha pasado prácticamente desapercibida, o, al menos, no se le ha dado la importancia que requiere, es la medioambiental. Se han distribuido, y se siguen distribuyendo, toneladas de plástico amarillo en todo el territorio catalán, cosa que puede provocar, a medio plazo, un grave problema ambiental, en el linde de la catástrofe.

Mientras, al ciudadano medio se le cobra la bolsa en el súper si por casualidad ha ido a comprar sin ningún utensilio de acarreo. El argumento es que de esa manera se pretende aminorar el uso de plástico que, además, es difícilmente degradable. ¡Vaya por Dios! Y, ante esa situación (la del plástico amarillo; no la de las bolsas) ¿qué dicen los cachorros independentistas de la CUP, que se presentan como ecologistas furiosos? ¿A qué se debe el silencio de la ecopijería de “Catalunya sí que es pot”? ¿Dónde están los Verdes? ¿Por qué la tan defensora del medio ambiente, Ada Colau, no solo no dice ni mu, sino que permite que la ciudad de la que es primera edil se convierta en un grave foco de polución a medio y largo plazo? ¿Qué piensa el “Síndic de Greuges” para quién parece que solo los nacionalistas son objeto de agravios? Rectifico, para esa última pregunta la respuesta es relativamente sencilla: para el señor Ribó su cargo es tan solo una generosa ubre que le complete con creces la pensión de jubilación.

Hasta ahí la hipocresía. Hablemos ahora de desidia. Me pregunto si ante una situación así no debería haber intervenido de oficio la fiscalía de medio ambiente hace ya meses. Cuestiono también que ninguno de los partidos constitucionalistas haya presentado la correspondiente denuncia ante la fiscalía mencionada. Visto lo visto, dudo de que el Ministerio de Medio Ambiente sirva para gran cosa. Y quedo boquiabierto de que la prensa que no es del régimen (al menos descaradamente) hable solo de la vertiente política del problema, olvidando la medioambiental.

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