Un año de golpe contra la democracia en Cataluña. Años perdidos para la izquierda en el resto de España

Jordi Cuevas Gemar ||

Activista social y político. Miembro del nuevo partido IZQUIERDA EN POSITIVO ||

El día 20 de septiembre de 2018 se cumplió exactamente un año del que, hasta la fecha, ha sido el momento más peligroso de la ya larga crisis política e institucional que sufre Cataluña desde que, en septiembre de 2012, el cínico y oportunista Artur Mas decidió tapar con alboroto y esteladas toda la corrupción de treinta años de pujolismo y los criminales recortes sociales que él mismo estaba perpetrando en esos momentos contra la ciudadanía catalana.

Momento de los altercados que se han producido en Via Laietana cuando agentes de la Guardia Civil trataban de sacar cajas de de la consejería de Exteriores

Esa noche, los máximos dirigentes de la ANC y de Òmnium Cultural –organizaciones amplísimamente subvencionadas desde siempre por los sucesivos governs pujolistas, y a esa fecha auténtico brazo armado del Procés–, Jordi Sánchez y Jordi Cuixart, convocaron a centenares o millares de sus seguidores, no para manifestarse pacíficamente en defensa de legítimos derechos que ellos pudiesen considerar vulnerados, sino para impedir por la fuerza la ejecución de una orden judicial emitida durante una investigación en curso.

La multitud, convocada por Sánchez y Cuixart, asedió durante horas la Conselleria d’Economia de la Generalitat de Catalunya, hasta la que se había desplazado la comitiva judicial escoltada por varios agentes de la Guardia Civil, con la pretensión de que no pudiesen sacar del edificio los documentos recabados por el juez y necesarios para investigar la presunta comisión de diversos delitos graves por parte de altos cargos del gobierno autonómico. En el transcurso de ese asedio, varios coches de la Guardia Civil fueron atacados y destrozados, y se sustrajeron de su interior armas largas de fuego.

Esa noche, muchos pensamos que estaba a punto de desatarse una guerra civil en Cataluña. Los dirigentes del Procés llevaban meses acusando de antidemocrático al legítimo gobierno de España –legítimo, aunque estuviese dirigido en esos momentos por un partido corrupto y reaccionario al que muchos también consideramos como nuestro adversario, sin matices ni componendas–, recabando apoyos internacionales para su proyecto, anticonstitucional y sin apoyo social suficiente, y sabemos que buscaban denodadamente imágenes de los cuerpos policiales españoles ejerciendo violencia –cuanta más y más desmedida, mejor– sobre pacíficos manifestantes independentistas catalanes para poder exhibirlos ante la comunidad internacional, como requisito necesario para poder internacionalizar el conflicto.

Esa noche, en las calles de Barcelona podía haberse desencadenado una verdadera matanza como la que los golpistas ucranianos utilizaron –iniciada por ellos mismos, al atacar con armas de fuego a los policías que trataban de controlar a los exaltados manifestantes de la plaza Maidan– para engañar y seducir a la opinión pública occidental, en defensa de su golpe de Estado contra el gobierno legal de Ucrania. Si las unidades policiales desplazadas a la Conselleria d’Economia hubiesen utilizado esa noche sus armas reglamentarias para repeler el ataque al que estaban siendo sometidas, para protegerse a sí mismos y poder cumplir las órdenes judiciales recibidas, los dirigentes del Procés habrían tenido por fin las imágenes de desmedida violencia sobre población civil desarmada que tanto deseaban.

Esa noche, tan sólo la disciplina y la profesionalidad de los cuerpos policiales españoles –aún me sorprendo a mí mismo cada vez que me oigo decir esto: yo, que he corrido tantas veces delante de las inmisericordes porras de la Policía Nacional o de los Mossos d’Esquadra, en el transcurso de pacíficas y festivas manifestaciones familiares en defensa de derechos sociales o en contra de la Globalización– evitó que en las calles de Barcelona se produjese un auténtico Maidan.

Unos días antes, el 6 y el 7 de septiembre, se habían aprobado en el Parlament de Catalunya dos leyes resueltamente inconstitucionales –la del Referéndum de Independencia, y la de Desconexión de la legalidad vigente española–, con palmaria infracción de la normativa interna de funcionamiento del Parlament, y con total violación de los derechos políticos de los representantes políticos de la ciudadanía, tal como puso en evidencia el diputado de Catalunya Sí Que Es Pot e histórico dirigente de CC.OO. y de ICV Joan Coscubiela (https://www.youtube.com/watch?v=BbO9TBDFEnE), en una intervención que arrancó las ovaciones de los grupos parlamentarios del PP y Ciudadanos, ante la hilaridad de las revolucionarias diputadas y diputados de la CUP y las heladas miradas de algo muy parecido al odio de algunos de sus propios compañeros y compañeras de grupo, como el aún por entonces peronista-podemita Albano-Dante Fachín o el dúctil y adaptable coordinador general de Esquerra Unida i Alternativa, Joan Josep Nuet.

Y, unos días más tarde, los dirigentes del Procés pudieron por fin exhibir, satisfechos y orgullosos, las tan ansiadas imágenes que tanto deseaban de cándidas abuelitas agredidas por la policía española, empapados de sangre sus grises cabellos, después de la desafortunada intervención de la Policía Nacional y la Guardia Civil para tratar de impedir el referéndum ilegal del 1 de octubre, y durante la cual los Mossos d’Esquadra demostraron una vez más –y como si alguien lo dudase– que ellos son mucho más una policía política al servicio del gobierno nacionalsecesionista que una auténtica policía judicial al servicio de la legalidad vigente.

Después, los hechos se precipitaron: la declaración de independencia de Puigdemont –ahora sí, ahora no, ahora sí, ahora me voy al extranjero y ahí os quedáis los pringados–, la aplicación del art. 155 de la Constitución Española, la detención de Sánchez, Cuixart, y varios consellers investigados, la celebración de nuevas elecciones autonómicas en las que las derechas de uno y otro lado recogen los réditos de la crispación nacionalista, y la designación del fanático supremacista Quim Torra como President testaferro del huido Puigdemont, gracias a un sistema electoral tramposo diseñado a la medida de Pujol en los años ochenta y que privilegia el voto conservador y retrógrado de los curas trabucaires del Empordà o l’Alt Segrià, frente al mucho más progresista y cosmopolita de los trabajadores urbanos de Barcelona o Tarragona. También, la traslación cada vez más decidida de la tensión a las calles y plazas de Cataluña, con la invasión de lazos o cruces amarillas que tratan de excluir y expulsar de los espacios públicos a quienes no comulgan con el Procés, en una siniestra recreación del mundo obsesivo y asfixiante de La invasión de los Ultracuerpos.

Pero, entre tanto, también ocurrieron otras cosas: las dos masivas y multitudinarias manifestaciones constitucionalistas del 8 y el 29 de octubre, convocadas por Societat Civil Catalana, que movilizaron cada una a más de un millón de personas en las calles de Barcelona –récord que hasta entonces sólo habían tenido las oficialísimas Diadas independentistas, convocadas por el poder con todo el aparato de sus medios de comunicación oficiales y subvencionados, y a base de vaciar en autocares gratuitos hasta el último rincón del más apartado pueblo de la Cataluña profunda–, pero en las cuales –según se hartaron de pregonar, tanto en las redes sociales como en los medios de comunicación oficiales, todos los voceros del Procés– tan sólo habrían participado “cuatro fachas de fuera”.

Cuatro fachas de fuera: con esa despectiva fórmula desautoriza y ningunea el nacionalsecesionismo en el poder a los millones de ciudadanos y ciudadanas de Cataluña –un 52% del electorado, según las últimas elecciones al Parlament de Catalunya de diciembre de 2017– que no comparten su proyecto político descabellado ni su desprecio hacia la legalidad y las instituciones. Y ello a pesar de que en dichas manifestaciones no sólo participaron votantes y simpatizantes de toda la vida de partidos progresistas y de izquierdas, sino que tuvieron una intervención destacada históricos líderes de la izquierda alternativa y de la lucha antifranquista, como Paco Frutos o Carlos Jiménez Villarejo.

Algunos, entre el 6 de septiembre y el 8 de octubre, estuvimos al borde de la depresión, viendo cómo la convivencia en Cataluña se desmoronaba por momentos, cómo nos deslizábamos hacia el precipicio, y cómo posiblemente tendríamos que acabar abandonando la tierra que nos vio nacer, si es que no nos pasaba algo peor por el camino. Las manifestaciones del 8 y el 29 de octubre nos insuflaron nueva vida, nuevas fuerzas, nuevas esperanzas. Pero a algunos, también, esas manifestaciones del 8 y el 29 de octubre nos trajeron nuevos motivos de dolor y de desánimo, al ver que las organizaciones de izquierdas –de la izquierda denominada alternativa o transformadora, es decir, la izquierda que se sitúa más claramente a la izquierda del PSOE– en las que habíamos militado y luchado por la libertad, la justicia y la democracia durante muchos decenios, nos desautorizaban y trataban de hacernos callar. Al compañero Frutos –que protagonizó la intervención más memorable y aclamada del día 29 de octubre, “Jo també sóc un botifler”– se le acusó desde los medios oficiales del Partido Comunista y de Izquierda Unida de haberse pasado con armas y bagajes a la extrema derecha españolista. A otros, con menor currículum y proyección pública, simplemente se nos ninguneó o se nos condenó al ostracismo.

Que la izquierda española pretendidamente más radical apoye al golpismo de extrema derecha en Cataluña es monstruoso, y pesará sobre las posibilidades de emancipación de las clases populares durante los próximos decenios.

Desde ese momento quedó claro y diáfano que la izquierda no nacionalista en Cataluña no iba a poder contar con el apoyo ni la comprensión de la autoconsiderada izquierda transformadora oficial del resto de España. Ni Podemos, ni Izquierda Unida, ni ninguna de las llamadas “Confluencias”, trufadas todas ellas de nacionalsecesionismo, iba a permitirnos expresarnos libremente dentro de su seno. A ellos, aparentemente, les da igual que el voto tradicionalmente de izquierdas de los cinturones industriales de Barcelona y Tarragona se esté yendo a un partido tan de derechas como Ciudadanos. Ni que tanta gente de izquierdas del resto de España se esté desencantando del populismo de Podemos y la dúctil adaptabilidad de la actual y desleída dirección de Izquierda Unida.

Ellos siguen apostando por la formación de una altamente improbable “coalición transversal de izquierdas” que una a independentistas y no independentistas en Cataluña u otros territorios –como si a los autodenominados “nacionalistas de izquierdas” les preocuparan de verdad las políticas sociales por encima de su paleoetnicismo–, o por “refundar España” a base de antes desmenuzarla, como en una reedición del cantonalismo que acabó con la I República. Por lo tanto, tan sólo nos queda comenzar de cero e intentar volver a construir una nueva organización que recoja la mejor tradición de la izquierda transformadora, pero deslastrada de nacionalismo. O eso, o rendirnos ante el social-liberalismo que tanto siempre combatimos, y acabar resignándonos a votar a un nunca de fiar Partido Socialista.

Que la izquierda española pretendidamente más radical –y de rebote una parte de la europea o de la latinoamericana, por desinformación o manipulación informativa– apoye, por activa o por pasiva, al nacionalsecesionismo golpista catalán –ese sí, sí, de extrema derecha–, que no acepta el marco institucional vigente y que desprecia no sólo al conjunto de la ciudadanía española, sino también a –al menos– la mitad de la ciudadanía catalana, es decididamente monstruoso, y es una losa que pesará sobre las posibilidades reales de emancipación de las clases populares españolas –y catalanas– durante los próximos decenios.

Mientras no se dé un claro cambio de rumbo en las actuales direcciones de Izquierda Unida y Podemos –que por desgracia está muy lejos de darse–, o no irrumpa una nueva fuerza de izquierdas que les desplace del espacio electoral que ahora están ocupando, pero desde unos postulados claramente ilustrados y beligerantes contra toda clase de nacionalismo, que defiendan los derechos de todos y todas y no los privilegios social-territoriales de algunos, no habrá una solución al problema nacionalista en Cataluña, ni podrán triunfar las políticas claramente transformadoras y de izquierdas en el resto de España.

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