Cataluña: El bombero y el pirómano

Eduardo Luque Guerrero ||

Periodista y analista ||

Bernat Dedéu o Santi Vila, entre otros muchos, son los nuevos “antipatriotas”. El primero era el filósofo estrella” del procés”; el segundo, como todos recordaremos, un exconseller muy afín al huido Puigdemont. Los dos tienen una cosa en común: de un día para otro pasaron del Olimpo mediático al averno; de referentes morales y “patriotas”, a ser considerados como los nuevos apestados. Bernat Dedéu se transformó de referencia intelectual del independentismo en “troll de ciudadanos”; en el caso de Santi Vila, Puigdemont ordenó que ningún miembro destacado de la política catalana acudiera a su boda porque era un traidor español.

Como sabemos por otras experiencias, la reivindicación nacionalista se asienta sobre un proceso de diferenciación frente al otro. Un sector de la ciudadanía quiere imponer su credo. En el caso catalán, hay dosis altas de xenofobia y de un “supremacismo moral” excluyente, puesto que niega el derecho de ciudadanía si ésta se manifiesta como discrepancia política o ideológica. El sector más “hiperventilado” del independentismo catalán atesora, desde esta perspectiva, la única verdad y, por tanto, acaba acusando a los demás de “españolistas” o fascistas, un remedo triste de Cronos devorando a sus hijos.

A un año vista, el proceso catalán encalla o naufraga, depende de quien lo analice, sin horizonte y sin propuesta estratégica: la proclamación de una independencia casi “non nata “, (duró, como recordaremos, 8 segundos), la inexistencia de estructuras de país en la nueva república proclamada, la falta de apoyo internacional (Puigdemont ha reconocido que el problema catalán no está en la agenda de la Unión Europea) , el asedio judicial (tanto el Presidente del Parlament como el presidente Torra, se guardan muy mucho de realizar acciones que puedan tener repercusión penal), las fracturas internas cada vez más evidentes dentro del bloque independentista, y las críticas de los Mossos d´esquadra a sus jefes policiales y políticos enmarcan un escenario de enorme tensión.

Las escenas vividas el lunes 1 de Octubre con el intento de ocupación del Parlament, jaleadas indirectamente por el propio President-pirómano, rozaron la tragedia. La “revolución de las sonrisas” es, como ya hemos advertido, un eslogan huero y vacío, nada más. El potencial violento es real y se puede manifestar en cualquier momento. La acción más nimia puede conducir a la tragedia. Las escenas de grupos independentistas agrediendo a manifestantes contrarios delimitan los límites “pacíficos “de este movimiento que, en la misma medida que se frustra porque no alcanza ninguno de sus objetivos, se radicaliza interpretando los llamamientos del President Torra como justificación a la acción.

El cinismo de la clase dirigente independentista es infinito, pretenden “calentar” las calles mientras no dudan en utilizar las fuerzas antidisturbios para reprimir a aquellos que movilizan. Torra da un ultimátum al gobierno de Madrid en el Parlamento, pero la carta que envía a continuación evita cuidadosamente el enfrentamiento.

Los dirigentes independentistas y la pléyade de cargos políticos o los medios subvencionados tienen un problema. ¿Cómo desinflar el “procés” y no morir en el intento? Hacerlo equivale al suicidio político y a la pérdida de sus beneficios personales, sueldos y exilios dorados. Las opciones son pocas: mantener la tensión en la calle, arriesgándose a que desborde, o dar marcha atrás, evitando que se perciba como una derrota. La primera de las opciones engendra un alto riesgo; la dificultad de controlar este movimiento es grande. La segunda es aún más compleja: utilizar esta movilización y su represión, con los riesgos que entraña, como baza de negociación con el gobierno de Madrid.

Habría una tercera opción: reconocer que todo lo que ha pasado no es sino un enorme “bluf”, como adelantó la ex consejera Ponsantí en un arrebato de sinceridad. Es un camino que, evidentemente, los dirigentes nacionalistas, en especial Puigdemont, no pueden recorrer aunque quisieran. La aureola que los medios han creado en torno a su figura lo impide. Nos daríamos cuenta entonces de que el Emperador está desnudo.

Hace un tiempo, escribimos que el movimiento independentista catalán no podía triunfar porque carecía de la épica necesaria. Ni la clase dirigente, ni muchísimos catalanes independentistas están dispuestos al sacrificio personal, el de su bienestar o el de sus hijos. Dijo una vez Josep Fontana, recientemente fallecido, que nunca en la historia se había dado un caso de secesión unilateral que no hubiera implicado un baño de sangre. La Cataluña nacionalista quiere alcanzar el Parnaso de la Independencia en bicicleta, en un día que no haya puente ni vacaciones.

El “procés” siempre presumió de pretensiones de moral frente a la cicatera, adusta y corrupta España. Hoy, ya sabemos que esa huida hacia delante de Artur Mas, no fue sino el medio utilizado para ocultar la enorme carga de corrupción que los sucesivos gobiernos de la derecha nacionalista habían generado. Una corrupción perfectamente imbricada con la del Estado, como demuestra la carta de Oriol Pujol a un personaje tan turbio como el ex comisario Villarejo.

En el año transcurrido, Cataluña ha vivido sometido al carrusel de las jornadas o semanas históricas, en la creencia de que “el mundo nos está mirando” y que finalmente la presión internacional obligaría a ceder al gobierno de Madrid. Hoy aterrizamos en la realidad de un conflicto cada vez más marginal y aislado en el escenario europeo. En ese relato hemos sabido que Carlos Puigdemont mintió (si el cuento de Pinocho fuera verdad, la nariz de Puigdemont andaría ahora por Vladivostok), cuando habló de una mediación internacional y que por ello se suspendió la declaración de Independencia. El presidente del consejo Europeo no ha prestado la más mínima atención a las demandas del huido en Bélgica. El lenguaraz diputado Rufián y el igualmente mediático Tardà hablaban ya de desinflar el “procés mágico” el mismo que ellos han ayudado a crear. En Europa ese reconocimiento pasa ineludiblemente por la dimisión.

La clase política catalana no aplicará el Referéndum de 2017, tampoco tuvo intención, porque sabían que las cifras fueron falseadas, como lo fueron muchas de las imágenes que vimos aquel día. Dirigentes políticos nacionalistas han tanteado la posibilidad de un nuevo Referéndum acordado, ¿Dónde quedan las proclamas de aquella jornada histórica? ¿Qué queda de aquel Referéndum si ahora proponemos otro? Vana actitud. Madrid no puede ceder porque ha ganado, la soledad de los dirigentes nacionalistas se acentúa con cada gesto. El problema, el enorme dilema de esos políticos, es como gestionar el repliegue sin perder muchas plumas por el camino.

Los grupos dominantes en Cataluña pretenden su perpetuación como grupo hegemónico en un proceso que está conduciendo con maestría. Ha conseguido exterminar a la izquierda que podía ejercer como contrapeso. La posición patética de los Comuns apoyando al Independentismo en el Parlament el día 2 de octubre tendrá peaje. La más que probable derrota de Ada Colau (es difícil hacerlo peor), el apaciguamiento de las reivindicaciones sociales y su trasfiguración en una única reivindicación nacional definen un marco que unido a la victoria del nuevo bipartidismo en Madrid permitirá una nueva redistribución del poder en el Estado y Cataluña. Se está configurando la segunda Transición. El movimiento independentista ha sido clave para lograrla.

En Cataluña, el elegido sin dudar para gobernar el post-pujolismo y elevarlo a nuevas cuotas será Oriol Junqueras: “héroe nacional” (un vez redistribuidas las cuotas de poder a nivel estatal se arbitrarán las fórmulas legales para que abandone la cárcel), el dirigente de ERC (el bendecido por la clase dirigente catalana) sintetiza dos místicas: la prisión y la del retorno. Es una vuelta a los orígenes; las similitudes con Pujol son evidentes. El independentismo, como seguirá siendo necesario en Madrid, se vestirá nuevamente de autonomismo y esperará una nueva generación que, debidamente formateada en la escuela y por los mass-media, produzca las mayorías suficientes. El panorama que dibuja esta reconfiguración política, anulada la izquierda como hemos dicho, es el de una sociedad más conservadora y excluyente.

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