Desorden climático, un problema global con remedios locales

Jaime-Axel Ruiz Baudrihaye ||

Abogado y escritor ||

Los recientes desastres de Sant Llorenç y de Trèbes, además de las tormentas de gota fría de nuestra zona litoral mediterránea, vuelven a poner de manifiesto que el desorden climático debe ser abordado urgentemente a nivel local, sin esperar a los acuerdos de Estados que, si llegan, llegarán tardísimo.

Hace unos días, los 91 científicos del Panel intergubernamental de la ONU han advertido que ya no se alcanzará el objetivo de cortar las emisiones de dióxido de carbono en un 45% para 2030. Ni la India ni China están dispuestos, ni muchos otros países, por muchas pomposas declaraciones que hagan. El mundo científico y el político se enfrentan, pero los primeros no quieren ser los eternos casandras, dando malas noticias, y los segundos a menudo están molestos por que los científicos se inmiscuyan.

En el planeta, sigue aumentando el consumo de carbón, petróleo y gas natural. Y este aumento contrarresta los esfuerzos de ahorro, que han sido notables, en los motores de vehículos, fábricas y aeronaves.

Las propuestas fiscales y los incentivos no están funcionando porque ningún gobierno, si no lo hacen los demás, quiere restringir el crecimiento. El precio de la energía sigue siendo el factor fundamental, pero está en manos de muy pocos actores –empresas multinacionales de petróleo y electricidad- y de Estados que no son, precisamente, un ejemplo de respeto ambiental.

Las prioridades empresariales, por otro lado, no están por lo que se llama ESG, environmental, social and governance. Como mucho, algunos alardes publicitarios de buenas prácticas, que son el chocolate del loro de su cifra de negocios.

Seguimos esperando a que sean los otros, los norteamericanos, los chinos, los indios, los rusos, los que solucionen el problema. Parece que los responsables del cambio climático siempre fueran los otros.

Las propuestas de actuación están mucho más cerca: están en los Ayuntamientos, pues éstos tienen competencias en las principales actividades contaminantes, como son, entre otras:

  • Movilidad
  • Construcción y turismo
  • Basura y reciclaje
  • Zonas verdes

Pero, al igual que los gobiernos, ningún ayuntamiento quiere ser demasiado riguroso porque si no, los inversores (léase, a menudo, simples especuladores) inmobiliarios, se irán a otro más permisivo.

La contaminación de las ciudades mata prematuramente a siete millones de personas al año, según la OMS: 2.500 muertes en París, 2.700 en Nueva York, 7.000 en Londres, por ejemplo. Ciudades como Nueva Delhi o El Cairo, con el peor aire del mundo, no hacen nada por mejorarlo.

La movilidad ciudadana sigue estando basada en los vehículos privados, con un elevadísimo porcentaje de gasoil. El recurso a las bicicletas sigue siendo más para hipsters del barrio de Salamanca –o de los centros acomodados de París o Lisboa-, que para los que residen, por ejemplo, en Leganés, Getafe, Ivry o Olivais. Es más publicitario que efectivo, y el transporte gratuito, o los automóviles compartidos no palian el uso del automóvil o moto privados (las motos contaminan y mucho, además de la polución sonora y la invasión de las aceras). Además de que ninguno de esos tres sistemas –autobuses y metro gratis, coches y bicicletas compartidos- es financieramente sostenible. Pocos o ningún ayuntamiento se atreve a imponer el peaje modulado por zonas y por niveles de renta. En zonas como el área parisina, sólo el 10% de los desplazamientos se hace en transportes públicos colectivos. De Madrid no hay datos. En Lisboa el transporte público es la cenicienta de las inversiones municipales.

La construcción es uno de los sectores que ha aumentado, a nivel europeo, las emisiones de dióxido de carbono. Ahora bien, ése es uno de los pilares de la fiscalidad municipal, y no consta que vaya a cambiar. Por otro lado, no hay suficientes exigencias municipales en cuanto al uso de materiales aislantes, insonorización, reciclables, menos impactantes (como el uso masivo, generalizado y excesivo del cemento y del alquitrán para pavimentar plazas, calles, y ¡hasta los paseos de los pocos parques!, etc). Eso, sin mencionar la enorme cantidad de suelo urbanizable aprobado en zonas inundables. La catástrofe de Sant Llorenç se ha agrandado en parte debido a la negligencia municipal (coches aparcados donde no debían, construcciones en zonas de riesgo, hormigonamiento del cauce del río, etcétera).

En cuanto al tratamiento de residuos, según el Banco Mundial (Global snapshot of solid waste management to 2050) el reciclaje en España es de los más bajos de los países avanzados, sólo el 30% (Portugal, 38%, EEUU, 35%, Alemania, 65%).

Por último, pero no menos importante, son las plantaciones de jardines y parques. Esta es mínima, porque el suelo se dedica a la edificación y los parques son meros adornos. El suelo tiene por objeto primordial ser rentabilizado por los ayuntamientos, no el solaz de los ciudadanos…

Por ello, es sorprendente que entre los objetivos y misión de la Federación Española de Municipios y Provincias, FEMP, plasmados en su llamado Marco Estratégico, se mencione, sin más, “impulsar el desarrollo sostenible”. En su página web no hay ni una sola referencia a las emisiones de carbono, a la contaminación o al desorden climático. Fiscalidad, política y procedimientos administrativos centran su documentación.

La ausencia de propuestas medioambientales concretas, no publicitarias, en los discursos políticos de los responsables locales y provinciales es palmaria, mientras los ecologistas son vistos más como una molestia, unos aguafiestas, que como una contribución.

Pero además de los ayuntamientos, es fundamental el cambio de comportamiento de los consumidores. Por el momento, ser ecologista parece más bien algo de las élites intelectuales acomodadas. Este es un tema de la educación, de los colegios y de la universidades, además de todas las llamadas escuelas de negocios.

Quizá debería releerse el libro de Hans Jonas (que fue un filósofo alemán -1903-1993- contemporáneo y colega por un tiempo de Hannah Arendt), El principio de responsabilidad, ensayo de una ética para la civilización tecnológica, (380 págs. Ed. Herder, 2004). O que lo pongan como texto en los estudios empresariales, “másters” y de MBA. Jonas fue un crítico del capitalismo pero también de la utopía marxista (antigua) del dominio total de la naturaleza. En todo caso, abriría un debate, necesario en la izquierda española, sobre los límites del crecimiento. No por casualidad, el reciente Premio Nobel de Economía ha sido otorgado a dos expertos que proclaman la necesidad de hacer compatible el crecimiento duradero y sostenible a largo plazo con el bienestar del planeta, William Nordhaus y Paul Romer.

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