Y en eso llegó Valls

Pasqual Esbrí ||

Historiador ||

El llamado oasis catalán se siente amenazado en su status quo. Durante 40 años dicho status ha funcionado permitiendo que las llamadas 300 familias gestionaran Cataluña como su cortijo. Esos sectores de la pequeña, mediana, y no tan mediana, burguesía habían accedido al poder durante la Transición, por un pacto más o menos implícito con la alta burguesía quién, culpable de sus coqueteos con el franquismo, les había dado carta libre en sus manejos identitarios, a cambio de que protegieran el corral del zorro izquierdista. Una operación que no dejaba de entrañar riesgos, plasmados en los presentes lodos.

De esa manera, los retoños de dichas familias se han asegurado su modus vivendi, parasitando la función pública autonómica, sin excluir la ocupación de los cuadros dirigentes de los partidos que estaban dispuestos a aceptar el paradigma llamado catalanista, que consistía en no cuestionar la situación. Por supuesto que, como en todo sistema cerrado, existía la posibilidad de la cooptación. Se aceptaba a los advenedizos, siempre que se comprometieran a no salirse del guión.

La primera señal de alarma se produjo el 21D. Un partido declaradamente no catalanista, Ciudadanos, ganaba las elecciones, poniendo fin a la tendencia vigente durante más de un siglo. Se minimizó la situación con el argumento que las fuerzas separatistas seguían teniendo mayoría en el parlamento catalán. Pero lo cierto es que esa victoria de C’s no era casual. El nacionalismo había “estirat més el braç que la màniga”, como decimos en catalán.

Demasiado seguro de sí mismo, había decidido acceder al poder absoluto mediante la independencia. Eso provocó una movilización general de los marginados durante decenios que, habiendo soportado carros y carretas, decidieron decir “basta”. Salieron a la calle y se entusiasmaron con las arengas de dos personajes a quienes no se les podía despreciar por “charnegos”: Paco Frutos, veterano militante de la izquierda, utilizando un catalán mitinero impecable, y un tal Manuel Valls, que hablaba también un buen catalán, arrastrando un tanto las erres, porque venía de allende los Pirineos. Y, mira por dónde, ese tal Valls la ha acabado de liar, decidiendo presentarse como candidato a la alcaldía de Barcelona.

La noticia ha disparado todas las alarmas. De una manera u otra, la candidatura de Valls estará ligada a C’s, cosa que molesta a partidos que siguen insistiendo en la prédica catalanista, como PSC y Comunes, maestros estos últimos en la equidistancia entre constitucionalismo y secesionismo. Y no hablemos de los partidos claramente independentistas, ERC, PDeCat y CUP, que se habían planteado el objetivo de controlar el municipio barcelonés. Unos y otros parecen ver en el “franchute” simplemente un intruso, sin tener en absoluto en cuenta, con independencia de lo que se piense de él, lo importante que resulta como precedente para la construcción europea su decisión de recomenzar su carrera política en un país diferente de donde la había desarrollado hasta ahora.

La ofensiva contra Manuel Valls ha comenzado desde esos diversos sectores. Las acusaciones son, más o menos, semejantes: oportunista fracasado, ideología autoritaria, ignorante de los problemas de la ciudad, jacobino,…Y, por añadidura, candidatura destinada al fracaso. Uno se pregunta: si se está tan seguro de dicho fracaso, ¿a qué viene tanto nerviosismo?

¿Cuáles son las probabilidades de Valls? Compleja respuesta. No lo va a tener fácil. Los resultados en las últimas elecciones municipales del único partido que, de momento, le apoya, C’s, no son para echar cohetes: 11% de los votos emitidos y 5 concejales, de un total de 41. Es cierto que Valls pretende ir mucho más allá de los límites de dicho partido y constituir una candidatura transversal para ampliar la base social. Ahora bien, ¿con qué mimbres? ¿A qué puertas piensa llamar para llegar como mínimo a ese 25% de los votos que le permitió a Ada Colau llegar a la alcaldía?

Los mejores resultados nunca obtenidos por C’s fueron el 21D, al socaire de la reacción de la ciudadanía, que se siente española, frente al intento sedicioso del separatismo. De una manera totalmente atípica, el granero de votos fueron los barrios populares, empezando por Nou Barris, lugares habitados por los silenciados durante 40 años. Sería pues lógico que Manuel Valls mimara ese electorado, fundiendo el constitucionalismo con unas propuestas socialdemócratas, más bien ausentes en C’s, que puedan mejorar ostensiblemente los graves problemas que sufren los habitantes más humildes de la ciudad: carestía de la vivienda, inseguridad, drogas, degradación de los espacios comunes, turismo agresivo,…

En definitiva, recuperar la Barcelona de otros tiempos que, sin ser el paraíso, era mucho más habitable que el engendro que nos está dejando Colau y los suyos. Porque la degradación, y vale la pena insistir en ello, que ha experimentado Barcelona, se ensaña especialmente con las indefensas clases populares: sin cumplir ninguna de sus promesas de índole social, han destrozado el entorno urbano.

Sin embargo, en las últimas semanas Valls está poniendo el acento en la recuperación del voto de clase media, en otro tiempo definido como catalanista, y que en los últimos años se había pasado con armas y bagajes al independentismo.

A mi modo de ver, se trata de una apuesta arriesgada. No será fácil que el citado voto vuelva, por así decirlo, al redil. Si bien cada vez aparece con más claridad que el secesionismo está abocado a un callejón sin salida, la pequeña burguesía del Ensanche tendrá que sufrir aún bastantes batacazos antes de que se aperciba de que, por ese camino, se le van acumulando más perjuicios que beneficios. La fractura social provocada, si no definitiva, puede ser de larga duración. Y la actitud de los otrora ausentes en el reparto del pastel, que deben sentirse terriblemente engañados, no permitirá que, acabada la charlotada, el cortijo funcione como antes del “procés”.

Pero, repito, la prueba empírica del fracaso no es todavía lo suficientemente evidente como para que las aguas vuelvan a su cauce. Y, cuando el empirismo se imponga, ya veremos adónde conduce la frustración que se genere. No se deben descartar brotes de violencia más o menos incitados-controlados por algún que otro siniestro personaje.

Si Manuel Valls opta por esa opción, resucitar el catalanismo y atraerlo hacia su candidatura, debería reflexionar sobre el fracaso de la operación Espadaler, propiciada por Iceta el 21D. El más bien escaso voto catalanista que se pudo haber recuperado mediante dicha maniobra, quedó más que compensado por la fuga hacia C’s, en busca de una posición inequívocamente constitucionalista. Pero, además, cometería un gravísimo error si mimara ese potencialmente dudoso electorado en detrimento del pateo de los barrios de renta más baja.

Porque una elección en Barcelona solo se puede ganar con votos populares. El abstencionismo fue muy importante en las últimas municipales (alrededor del 40%) y, tradicionalmente, dicha abstención incide especialmente en los sectores económicamente más débiles, los mismos sectores que fueron en 2015 mayoritariamente cautivos del populismo de los Comunes. Atraerlos hacia una candidatura inequívocamente comprometida con el Estado de derecho y la mejora de las condiciones de vida de los ciudadanos, privaría, complementariamente, al independentismo de los beneficios que ha obtenido gracias a la ambigüedad de Ada Colau. El problema es construirla. ¿Será Manuel Valls capaz de ello?

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1 comentario de “Y en eso llegó Valls

  1. Enrique José Amorin Rodriguez
    19 octubre, 2018 at 4:50

    Muy buen articulo.

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