El Museo de Historia de Cataluña, la visión narcisista del secesionismo

Ángel Luis Puertas Tarjuelo ||

Escritor. Sociedad Civil Catalana (SCC) ||

A la entrada de la Barceloneta se yergue el Museo de Historia de Cataluña, colosal contribución de Jordi Pujol a la formación del espíritu nacional. Pujol se inspiró en el de Israel, que relata la epopeya del pueblo hebreo. Y el museo de la Generalitat narra la historia de Cataluña en clave mítica y narcisista.

Sigmund Freud definía el nacionalismo como el narcisismo de las pequeñas diferencias. El narcisista necesita sentirse distinto (y superior) a sus semejantes; para ser el centro de atención se considera siempre el más (el más brillante y el más desgraciado). Incapaz de aceptar sus limitaciones y frustraciones echa las culpas de sus problemas a los demás, que, envidiosos, conspiran para perjudicarle; de ahí su irrefrenable victimismo. El narcisista se eleva denigrando o ignorando a los demás, y eliminando cualquier vestigio común entre el ser superior y el inferior.

Esta visión narcisista impregna el Museo de Historia de Cataluña: se realza lo catalán y se denigra e ignora lo español (planteado como algo ajeno a Cataluña). Y los escasos puntos en común se muestran como conflictivos y donde el narcisista siempre es víctima. Cataluña y una entidad fantasmagórica: dos entidades diferenciadas, cualitativamente distintas y enfrentadas.

Así, no encontramos en todo el extenso museo ni una referencia a España, cuyo nombre es sustituido sistemáticamente por Estado español, monarquía hispánica o Península Ibérica, salvo en tres contadas ocasiones, todas negativas (por ejemplo, “una profunda crisis sacude España con la pérdida de Cuba” o “una oleada de anticatalanismo recorre toda España”). España desaparece incluso en la guerra de la Independencia. No se menciona a la catalana más famosa (Agustina Saragossa Domènech, conocida como Agustina de Aragón), al Kennedy español (el general Prim), al fundador de la peseta como moneda nacional (Laureano Figuerola), al primer presidente de las Cortes de Cádiz (Lázaro de Dou), ni a la primera ministra de nuestra historia (Federica Montseny). Obviamente, desaparece la primera vez que los catalanes tuvieron libertades (con la Constitución de Cádiz) ni la primera que eligieron por sufragio universal unas Cortes (en Cádiz también).

La intención es sencilla. En el relato narcisista el mérito es nuestro y las culpas, ajenas; por tanto, no puede haber participación de lo catalán en el proyecto común español, proyecto inexistente o caduco. Si hay que amputar la historia catalana para dotar de coherencia al relato narcisista, al cirujano nacionalista no le tiembla el pulso. Sájense dos orejas, medio muslo y brazo entero. Y esa Cataluña desfigurada es la que cientos de miles de jóvenes catalanes (que visitan con la escuela el museo) toman por la Cataluña real.

El nacionalismo ha convertido a Cataluña en un muñón. Y con el dinero de todos. Nuevas generaciones son educadas en ese espíritu narcisista que alienta el desprecio y la ignorancia hacia el resto de España y socava la fraternidad entre los españoles. ¿Y el Ministerio de Cultura? Desde hace muchos años…, de vacaciones.

El principio establecido en Crónica Popular exige que, para que los autores de un comentario a un artículo, firmado con nombre y apellidos, vean publicado su comentario, deben firmar de igual modo el textos que nos envíe. En caso contrario, no se publicarán.
Y eso lo haremos aunque el comentario sea favorable al artículo: no se publicará ningún comentario si no va acompañado por la identificación personal de su autor.