¿Monarquía o República? ¡Cataluña!

Pasqual Esbrí ||

Historiador ||

La frase que da título a este artículo fue pronunciada por Francesc Cambó en un célebre mitin que dió en diciembre de 1918. Situémonos en el momento. Hacía cuatro años que Cataluña disfrutaba de un régimen especial, basado en la mancomunidad de las cuatro diputaciones provinciales, conseguido por el ya por aquel entonces fallecido Enric Prat de la Riba. Hacía un mes que se había firmado el armisticio que puso fin a la Gran Guerra, con el triunfo de la Entente y sus aliados; entre ellos, los EEUU. Complementariamente, el presidente de dicho país, Wilson, se preparaba para reestructurar Europa de acuerdo con sus famosos 14 puntos y su total desconocimiento de la realidad del Viejo Continente. Su esfuerzo solo sirvió para dejarlo todo listo para la siguiente carnicería paneuropea, 21 años después.

Desde el estallido de las hostilidades en 1914, el catalanismo se había esforzado por aproximarse a los Aliados, con la esperanza de que, si obtenían la victoria, dieran a Cataluña idéntico trato que el que se suponía que iban a recibir las nacionalidades centroeuropeas sin Estado. Los esfuerzos para presentar el régimen monárquico constitucional del momento como poco menos que igual al semiabsolutismo de los Imperios Centrales, fueron ímprobos. Hubo voluntarios catalanes que se incorporaron al ejército francés (menos de lo que se ha dicho) y, acabada la contienda, se agasajó sin límites al mariscal Joseph Joffre, catalán de Rivesaltes (Rosellón), uno de los más destacados carniceros de los ejércitos de la Entente, circunstancia que corrió pareja a su ineficacia. Llegó a presidir los Juegos Florales de Barcelona, en 1920.

El aludido discurso de Cambó, ambiguo como siempre, se mueve entre su apelación, más o menos velada, a que Cataluña sea contemplada como una nacionalidad oprimida más, y la campaña pro autonomía que había comenzado su partido, la Lliga. La famosa frase que he reproducido, era más que engañosa. En un momento del discurso dejaba ir que la autonomía catalana no podía ligar su suerte a una futurible república. Debo añadir también que no por todo eso dejaba de hacer protestas de solidaridad con el conjunto de España.

Cien años más tarde, día a día, nos encontramos con una situación muy diferente. Los herederos de aquel catalanismo se han echado al monte y, a su parecer, estamos viviendo en una República Catalana proclamada (¿) hace un año. Por otro lado, el fracaso del independentismo en buscar apoyo en otros países europeos, ha sido definitivo. El revolcón recibido supera con mucho el de hace un siglo, entre otras cosas porque aquel entonces se optó por el tanteo y no por echarse al vacío como en la actualidad. Y tampoco hay ningún Wilson en perspectiva al que agarrarse cual clavo ardiendo.

Esos círculos independentistas han iniciado una ofensiva contra el actual rey, que huelen más a revancha por su discurso del 3 de octubre del pasado año, que a un sincero sentimiento republicano. Es más, si dicho sentimiento existiera, sería puramente instrumental, con el único objeto de conseguir la separación. Los cerebros pensantes (más bien pocos, sospecho) saben perfectamente que el 3 de octubre de 2017 un presidente de la República Española no se hubiera dirigido a la Nación en términos muy diferentes. Es más, quizá hubiera sido aún más tajante, en la medida que, se quiera o no, sobre el régimen monárquico siempre pende el sambenito de cómo se implantó en la Transición. En definitiva, dicho día el ciudadano Felipe de Borbón se expresó en la forma que se podía esperar de un Jefe del Estado que se enfrentaba a un claro acto de felonía. Y creo que no soy el único republicano que le está agradecido por ello.

¿Qué hay de verdad en ese republicanismo de los independentistas? Me temo que muy poco, si algo. El llamado padre fundador del catalanismo de izquierdas (si es que eso existe), Valentí Almirall, justificaba su republicanismo en el hecho de que Cataluña no contaba con una dinastía propia. En definitiva, y en función de esa lógica, si apareciera alguien que se reclamara descendiente de la Casa de Barcelona (extinguida con Martín el Humano), se contarían por centenares los “republicanos” que perderían el pompis detrás de él. Hasta en la CUP.

El oportunismo de importantes sectores de la “izquierda” catalana ha supuesto un importante apoyo a esa “fiebre republicana”. Ha habido reprobaciones al Jefe del Estado en el Parlamento de Cataluña y en el Ayuntamiento de Barcelona. Parece que la ola se pretende extender al mayor número de municipios catalanes posible. Ya tenemos un buen ejemplo en Mollet, dónde la reprobación ha sido posible gracias a la abstención de un PSC cada vez más desarbolado.

Tal como ha pasado en el Parlamento y en la “Casa Gran”, la maniobra ha contado con el inestimable respaldo de los podemitas, respaldo en el que doña Inmaculada ha puesto especial empeño. No es el primer número de ese tipo que nos monta. Recordemos que le cambió el nombre al histórico salón de la Reina Regente por el de Carles Pi i Sunyer, que pasó como una exhalación por el cargo de alcalde y cuyo mayor “mérito” fue participar como tal en el “putsch” del 6 de octubre de 1934. Dispuesta estaría, pues, la alcaldesa, si se terciara, a reprobar la Vía Láctea si ello le permitiera seguir pegada a la poltrona. Si en un momento u otro empezara a sentir el aliento de Manuel Valls a sus espaldas, estoy seguro de llegar a ver cosas inimaginables, incluso ahora. Uno nunca es demasiado viejo para ir de sorpresa en sorpresa.

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