Nacionalismo y relato histórico

Óscar Uceda Márquez ||

Historiador, profesor de la Universidad de Lérida y Presidente de Historiadors de Catalunya- Antoni de Capmany ||

Todo relato de construcción nacional se fundamenta en la historia para justificar y explicar su proyecto colectivo. Sin excepciones, el conocimiento estricto de la realidad pasada no se ajusta jamás a las necesidades de este proyecto político, por lo que la tendencia a su reinterpretación y manipulación es un fenómeno habitual en este tipo de movimientos.

El caso catalán no es ninguna excepción, agravado si cabe, por su larga duración en el tiempo, su fracaso al no conseguir formar un Estado y por el control de los tradicionales canales de conformación de un espíritu nacional clásicos desde 1980 como son la comunicación y la educación, que han sido utilizadas sin reparos para adoctrinar y formar a la sociedad catalana.

En todos los relatos nacionalistas son tres los pilares sobre los que se construye la nación real o pretendida. La selección de un pasado glorioso, la pérdida de ese referente por una injerencia nociva y la enumeración de un cúmulo de agravios provocados por este agente externo.

En el caso catalán, el periodo escogido tradicionalmente como modelo a seguir fue la Edad Media, por el auge del comercio y por la posesión de un sistema parlamentario. Dicho sistema era en verdad oligárquico y feudal, pero se transmitió que era una forma de gobierno pseudo-democrática. Esta trayectoria imaginada se vio truncada por la irrupción de una dinastía castellana en 1412 y, a partir de ese momento, la historiografía catalanista dotó al relato del agravio un largo listado de hechos históricos donde España y Cataluña se mostraban como dos dicotomías enfrentadas. Vemos, pues, como en el caso del relato nacionalista catalán el culpable de todos los males es España y la victima de sus agravios Cataluña.

El independentismo catalán en el terreno político e intelectual empezó a cobrar fuerza después de la pérdida de Cuba y Filipinas. Para una parte significativa de la oligarquía catalana el proyecto español estaba finiquitado y era preferible ir por libre.

Dicho movimiento político tuvo sus momentos álgidos en 1931 y 1934 cuando se pretendió crear de forma unilateral una suerte de Estado Catalán dentro de la Republica española, fracasando el primer intento, encabezado por Maciá, tras negociar con el gobierno republicano, y sucumbiendo el segundo, liderado por Companys, de mala manera, con decenas de muertos y los miembros del gobierno de la Generalitat encarcelados por rebelión.

En cuanto el relató histórico, este se intensificó, aunque sólo pudo llegar a una parte relativamente reducida, aunque poderosa de la sociedad catalana, fomentándose la idea de que España y los españoles eran el problema y que la convivencia era imposible. Un ejemplo de hasta que punto caló el discurso histórico nacionalista en algunos catalanes formados está en el famoso discurso de Pau Casals en la ONU en 1971 cuando loa orgullosamente las aportaciones a la historia universal de los catalanes, cuando todas ellas son falsas.

A partir de 1980, la llegada al gobierno de la Generalitat de Jordi Pujol supone el arranque de un plan de nacionalización clásico con el consentimiento del gobierno central. Para Pujol, la historia es esencial, y se gastan ingentes recursos en inculcar en la población catalana los pilares del relato antes comentado, llegando al extremo actual, donde buena parte de los motivos que llevan a cientos de miles de catalanes a romper con el resto de España es por agravios que no padecieron y que en buena parte no existieron.

En 2018, el movimiento independentista ha llegado a su apogeo, pero se ha encontrado con un problema inesperado: la fuerte oposición de buena parte de la sociedad catalana. Ello provoca un problema social monumental ya que separarse de España y de los españoles, porque no se puede convivir con ellos, no tiene sentido cuando más de la mitad de tu población se considera española.

Los problemas de convivencia por estos motivos son cada vez mayores y la necesidad de frenar este discurso basado en el odio al vecino, al hermano, al compañero de trabajo, debe acabar por el bien de todos los catalanes.

Las simplificaciones y polarizaciones en el relato histórico te alejan de la explicación de la realidad pasada que siempre es compleja y con matices. Debemos recuperar para los historiadores el complicado oficio del análisis histórico y dejar de usar una interpretación malintencionada de nuestro pasado para buscar el enfrentamiento.

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