Recuerdos de José Renau

Juan Antonio Hormigón||

Ensayista y escritor, catedrático de la Real Academia de Arte Dramático y director de ADE ||

La primera vez que el nombre de José Renau apareció ante mi vista fue hacia 1970. Trabajaba entonces sobre Valle-Inclán y en la Hemeroteca pude leer la revista Valenciana Nueva Cultura, promovida por el propio Renau, en la que mantenía una sección titulada “Testigos negros del siglo XX”. No recuerdo cuándo, pero alguien me dio el soplo de que vivía en Berlín Este, capital entonces de la República Democrática Alemana.

En 1974, yo estaba preparando la escenificación de El Dragón, una obra excelente de Evgeni Schwartz. Un gran artesano, Eddie Fisher, iba a construir aquel gigantesco dragón escénico de tela y bambú, y viajé con la maqueta que había hecho Fabiá Puigserver a cuestas, para poder ajustar ambos. Aproveché la ocasión para pedir a mis anfitriones si podían concertarme un encuentro con Renau. Me dijeron que lo iban a intentar y al día siguiente me lo confirmaron.

A primera hora de una tarde de fines de junio, un coche me depositó frente a la casa de Renau en el barrio berlinés de Mahlsdorf. Era un edificio de dos pisos, el superior dedicado a estudio, con un amplio terreno alrededor para jardín. Todas las viviendas del entorno eran similares y muy cerca se alzaba un bosque espeso y frondoso. Allí estaba Renau, acompañado de su hija Teresa y de una discípula, Marta Hoffmann, que entonces le acompañaba.

Aquel primer encuentro duró horas, creo que unas ocho o nueve, quizás más. Yo estaba al comienzo un tanto cauteloso ante aquel personaje que, además de ser un artista plástico de extraordinario interés, ocupaba por derecho propio un puesto en nuestra Historia: había sido Director General de Bellas Artes, con Jesús Hernández como ministro de Instrucción Pública; responsable de la operación de salvamento de los tesoros artísticos del Museo del Prado; organizador del Pabellón español de la Exposición Internacional de París de 1937, etc. Pero, a poco, hablábamos ya como dos amigos que se conocieran de antaño. Su verbo torrencial, su tono confianzudo, su afabilidad, su socarronería inveterada, sus improperios saludables, favorecían que esto fuera así.

La mayor parte de nuestra plática giró en torno a su vida y su trabajo como pintor, muralista, fotomontador, teorizador del arte a la par que activo militante en la política. El destilado de todo ello, lo recogí en una amplia entrevista que apareció en la revista Triunfo, el 10 de agosto de ese mismo año. Pero me contó muchas otras cosas que no reseñé entonces con claridad, desde cómo había sido su toma de posesión como director general, hasta los accidentes que sufrió en México que el consideraba fueron atentados contra su vida, las peripecias valencianas en sus comienzos, algunos sabrosos comentarios en torno al Congreso de Intelectuales de Valencia o su vida y trabajos en la RDA. Me mostró en su estudio, con minuciosidad de artífice, algunos aspectos del diseño y materialización de sus murales.

La locuacidad de Pepe Renau era torrencial, pero también impagable. No tuvo inconveniente en mostrar sus discrepancias con la dirección del PCE, aunque nunca se hubiera permitido provocar una renuncia escandalosa. Salí de allí llevando bajo el brazo un ejemplar de Fata Morgana USA, en donde se incluyen algunos de sus fotomontajes más relevantes. Un regalo que me llenó de placer y halago.

Cuando volví a su casa meses después, estaba admirado de la minuciosidad y exactitud de mi entrevista. Me dijo que había llegado a desconfiar porque veía que no tomaba ninguna nota. Era cierto. Conservé todo en mi cabeza y la escribí de memoria.

En 1976, coincidiendo con una parada en Berlín a mi regreso de una estancia en Estocolmo, nos encontramos de nuevo. Debió de ser a finales de julio. Le visité de nuevo en su casa, pero esta vez pasamos casi todo el día en inagotable coloquio. Nos dio tiempo de pasear por la orilla del bosque lindante con su casa, comimos, me contó sus experiencias muralistas con Xiqueiros, me mostró una vez más documentos, bocetos y estudios de los murales que había realizado para la Nueva Halle, etc. Conocí a su hijo, que era arquitecto e iba a construir su nuevo estudio en el jardín. Después, me acompañó hasta el tranvía o tren eléctrico que me llevaría hasta Alexanderplatz. Pero, sobre todo, estaba radiante y un poco conmovido, aunque lo disimulaba todo lo que podía, por su próximo regreso a España que tenía ya apalabrado.

En esta ocasión, me habló mucho de la importancia que tenía para él la lucha ideológica y la acción cultural. Concedía a todo ello una enorme importancia. Renau fue siempre, y en mi opinión es uno de los rasgos que lo definen, un ser humano que actuaba por convicciones firmes y arraigadas en las que fundamentaba toda su existencia, como ciudadano y como artista plástico, teorizador o pedagogo. Recuerdo las palabras que me dijo: “Lo que me preocupa es la funcionalidad en el arte. La función es la intencionalidad más los métodos, que deben guardar absoluta coherencia. Dime para quién pintas y te diré quién eres, ahí está el problema de la cultura. Un intelectual debe ser consecuente con su obra. No se puede dar ambigüedad y “belleza” como creación y limitarse a firmar de vez en cuando un manifiesto sobre Vietnam o Chile. La ambigüedad en arte puede ser una forma de neutralización, de fuga, de escapismo de la realidad.” También de este encuentro dejé en la revista Triunfo oportuno testimonio, en una entrevista publicada el 14 de agosto de ese año.

Volvimos a encontrarnos semanas más tarde en Venecia, en la denominada Bienal de la España Democrática. El dictador había fenecido y los italianos quisieron dar apoyo e impulso a los afanes hispánicos de cambio y democracia. Manuel García, coordinador de la presencia española en el evento, consiguió que lo invitaran. Yo asistía por mi parte a unas Jornadas sobre el Teatro en España que había organizado María Luisa Aguirre D’Amico. Pasamos unos días extraordinarios en esa ciudad deslumbrante y misteriosa. Nos vimos de forma habitual en los tiempos libres que nos quedaban a uno y otro.

El maremágnum que viví aquella semana hace que las imágenes evocadas se confundan y no tengan la claridad precisa. Sin embargo, recuerdo muy bien una comida en la terraza de un restaurante sito en un “campiello” junto a un canal, bajo un entoldado, en la que con Renau compartimos manteles el Presidente de la Bienal, Carlo Ripa di Meana, Manuel García y yo mismo. Había una quinta persona que no intervino en la conversación y ni siquiera sé si llegó a probar bocado. Se trataba de un fotógrafo que hizo una larga serie de tomas del grupo y, muy en particular, de quien era centro de nuestras atenciones.

Pepe estuvo aquel día extraordinario en su casi monólogo, contándonos historias de todo tipo sobre la guerra y sus experiencias del exilio. Ripa di Meana tenía el rostro embebido por la fascinación que le producían sus palabras, admirado del personaje que tenía delante y que para él, europeo de buena ley, era un pedazo de historia, nada más y nada menos.

Y Pepe Renau vino a España, como a él le gustaba decir. Estuvo sobre todo en Valencia y realizó varias exposiciones. Yo apenas lo vi. Un día del mes de mayo de 1978 me telefoneó para pedirme que le diera asilo: “Tenme unos días en tu casa, aunque sea en un rinconcito”, me dijo con voz menos briosa que de costumbre. Allí recaló, desde luego. Me contó entonces que se sentía agobiado por las alusiones constantes al dinero del consorte de una familiar próxima. “No puedo más”, me espetó ya recuperado el ánimo y la firmeza en la voz.

Fueron tres o cuatro días de vida familiar los que pasó con nosotros. Estuvo encantador. Parecía contento, no quería causar ninguna molestia y todo le parecía bien. Enfundado en un batín azul oscuro, o con un pantalón de pana gris y una camisa a cuadros, se pasaba horas hablando conmigo y con mi mujer. Nuestra hija Laura tenía entonces once meses y lo llamaba “yayo”. A poco de nacer, le detectaron una luxación congénita de cadera y estaba escayolada desde la cintura hasta los pies. Como comentario jocoso y un tanto ácido a la par, decíamos: “¡Mira que si acaba siendo bailarina de ballet!”, y el augurio aquel se ha cumplido y Laura fue primera bailarina de ballet clásico. ¡Cuántas veces recordamos a Pepe rememorando estas cosas! También hicimos algunas fotos con mi hija sentada en sus rodillas, que conservo con cuidado sumo.

Aproveché la ocasión para hacerle un pequeño encargo. El Ministerio de Cultura me había pedido que diseñara y dirigiera una exposición sobre Valle-Inclán, destinada al Festival Mundial del Teatro de las Naciones que iba a celebrarse en Caracas. Logré sin problemas que los responsables del ministerio aceptaran que el cartel lo hiciera Renau; a él le pedí que lo diseñara si le apetecía. La verdad es que había percibido que constituía una posibilidad a mi alcance conseguirle de este modo algún dinero que le iba a venir muy bien. Hizo un boceto polivalente que sería cartel, portada del catálogo y cubierta del disco que íbamos a hacer recuperando la voz de Valle-Inclán.

Recuerdo muy bien su inquietud cuando me lo mostró. Era un cartel estupendo, al que puso el lema autógrafo de “Homenaje a Bagaría” en la parte baja a la derecha. Los tres colores escogidos eran los de la bandera de la República. La misma sensación de leve ansiedad reapareció cuando fuimos a enseñárselo a los responsables del ministerio. Quizás no entendieron demasiado lo que proponía, pero hicieron expresivos gestos de aprobación y le dedicaron palabras de elogio. Pepe se tranquilizó con aquello y todo vio la luz en tiempo y en forma. Tuve cierto sentimiento de tristeza observando a un hombre de su fuste y talla, inquieto ante lo que podría decir un funcionario desconocido sin mayor relieve.

Debió de ser por aquellos días cuando se produjo un acontecimiento singular. En una especie de restaurante castizo de la calle Factor, Torre Narigües, ubicado en unas cuevas bajo la muralla árabe, se celebró una cena de homenaje a Santiago Carrillo por la publicación de su último libro, creo que El año de la Constitución. No éramos muchos los asistentes, pero yo llegué unos minutos tarde porque había estado con Pepe, y todos los puestos estaban ocupados. Me pusieron una silla en el lado libre de la mesa presidencial, de espaldas a la concurrencia y frente a Carrillo.

Fue una ocasión para hablar de esas cosas que sólo pueden tratarse en ocasiones así. Le comenté, como de pasada, la causa de mi retraso. Se quedó algo sorprendido y me interrogó: “¿Tú de qué conoces a Renau?”. Le puse al corriente de las entrevistas que había publicado y todo lo demás. Entonces me espetó: “Yo creo que Renau está muy «cascao»”. Ahora el sorprendido con desagrado fui yo. Le respondí que yo lo encontraba estupendo y pasamos a hablar de otra cosa. Le conté el comentario a Pepe a la mañana siguiente, se puso serio y arguyó contundente, tengo fijas sus palabras: “Haberle dicho que todas las personas honradas acaban por encontrarse, de eso nos conocemos”, y no dijo más.

Creo que después de aquello no volví a verle. Supe que había vuelto a Berlín, que retornó a España alguna vez, pero no coincidimos. Yo estuve en México bastantes meses y quizás, si me telefoneó, no pudo encontrarme. Un día de 1982 supe de su fallecimiento por los periódicos. Lo sentí como si se tratara de un familiar cercano, un amigo fiel y un pedazo de nuestra historia a un tiempo, que nos había abandonado. Como siempre, nos queda la memoria y también la certeza de que es cierto aquello que decía Valle-Inclán: “Nadie muere por completo mientras es recordado”. Por eso dejo aquí este breve testimonio.

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