Capitalismo académico y solidaridad de mercado: Siente a un pobre en su mesa

María Engracia Martín Valdunciel ||

Universidad de Zaragoza. Biblioteca Universitaria ||

En el agujero negro que fue la dictadura franquista, las élites de un régimen ilegítimo sustentado en el ejército y la iglesia se servían de tácticas caritativas, como sentar a un pobre a la mesa en las fiestas navideñas, para tranquilizar sus conciencias. La caridad cristiana, así entendida, permitía salvar las apariencias y seguir sin cuestionar un régimen criminal del que sacaban beneficios. Luis García Berlanga, a pesar de la férrea censura, inmortalizó esa España “diferente” y castiza en una valiente película, “Plácido”, de1961, a mitad de camino entre el sainete fallero y el esperpento valleinclanesco.

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Aunque no estamos muy seguras de que la denominada Transición cerrara un periodo ignominioso de nuestra historia reciente y abriera un ciclo realmente democrático en el país (siguen en las cunetas los más de 100.000 asesinados por el régimen, arrecia el desacuerdo sobre la herencia del dictador en la restauración borbónica, se cuestiona la impunidad de políticos o torturadores del régimen fascista con crímenes tras sus espaldas etc., etc.), es cierto que ha habido a lo largo de estas décadas profundos cambios en el capitalismo, en la sociedad o en los discursos que legitiman el poder; sin embargo algunas realidades persisten, si bien con otros ropajes.

En la actualidad, no se habla de pobres, sino de personas “en riesgo de exclusión”, como si se hiciera referencia a un hecho climatológico, “riesgo de lluvia torrencial”; o se dice de alguien que puede padecer de “pobreza energética”, por ejemplo. Los conflictos sociales dentro o fuera de los países, fruto de luchas y tensiones por un reparto justo de la riqueza material y simbólica, se neutralizan al homologarlos a realidades “naturales”. Así de fácil el pensamiento hegemónico genera una cosmovisión de la realidad y de las relaciones entre las personas. Si se construye la injusticia social como un hecho natural es más difícil cuestionarla.

Tampoco es moneda corriente, salvo en contextos religiosos quizá, la “caridad”, un término poco funcional a las asépticas sociedades modernas, civilizadas y globalizadas. En la actualidad ,el discurso legitimador de las desigualdades en el mundo USA, entre otros, términos-fetiche como “solidaridad” o “inclusión” -que prometen una (falsa) cohesión social en un mundo donde se abonan la competitividad y las individualidades,- y que, en la lógica del contexto en el que se instrumentalizan, son neutralizados, y pervertidos, en su potencial como revulsivo social: lo que se propone es una “solidaridad” que no es gratuita, altruista, sacrificada o desinteresada. Mediante su uso se apela a los buenos deseos, se salvan las apariencias de sociedades o países, como antaño, y no se cuestiona, queda a salvo, lo que creemos es la raíz del problema: el capitalismo como maquinaria de exclusión, explotación e injusticia social.

Carnaval de solidaridad

Independientemente de las buenas intenciones, que puede haberlas, los proyectos basados en la solidaridad de mercado y la eclosión de las ONG no son ajenos a la geopolítica del gobierno neoliberal que tiene como uno de sus ejes, precisamente, la conformación de Estados débiles (más mercado, menos Estado); débiles a la hora de ensayar el reparto de la riqueza (fiscalidad redistributiva, defensa de derechos sociales, laborales, etc.), pero fuertes para promover privatizaciones y control sobre los más desfavorecidos. Para la doxa neoliberal todo lo que se aparte de la competitividad y el “libre mercado” es considerado como perversión que obstruye el juego de las fuerzas económicas. Sabemos lo que ha supuesto el paso del Welfare al Workfare, la hegemonía de la racionalidad económica. Hoy, como antaño, tanto dentro de los países como en su orientación colonial, el capitalismo patriarcal (hombre blanco) busca su negro pobre para expandir su lógica de dominio y explotación (antes para, supuestamente, salvar su alma y en la contemporaneidad para, teóricamente, encaminar su “desarrollo”). Las ONG que gozan de las simpatías de los poderes mediáticos, económicos o políticos, cumplen en ese marco el rol de amortiguadores sociales.

Algo de lo anteriormente comentado se da en el marco de la institución universitaria en la que al amparo de estas fechas, sobre todo, surge un verdadero carnaval de la solidaridad. Una solidaridad, en ocasiones muy monetarizada, que suele incluir la mediación de organismos, ong o empresas y que suele resolverse en transacciones de consumo o de acciones que benefician a los participantes; en cualquier caso, una “solidaridad a la carta” que no cuestiona las estructuras de dominación. Entre las actividades pueden encontrarse: carreras y maratones solidarios, aperitivos solidarios, olimpiadas solidarias, aprendizajes y estudios solidarios, recogidas solidarias de alimentos, acopio solidario de juguetes para “la noche más mágica”, mercadillos solidarios… Aparentemente, todo resulta correcto…Parece que con estas prácticas “todos ganan”. Sin embargo, a nuestro entender, habría que reflexionar al respecto si lo que buscamos es un mundo más justo.

Desde principios del siglo XXI, la universidad española, teniendo como modelo el norteamericano, comenzó un largo proceso de inserción en el mercado global de la educación a través de lo que se conoce como Proceso de Bolonia. Pasadas casi dos décadas, el sistema universitario español no es precisamente inclusivo: es, dentro de la UE, uno de los que tienen matrículas más altas y en el que los recortes se han cebado. Al igual que ha ocurrido con otros servicios públicos, como la sanidad, la “crisis” ha servido como coartada para iniciar procesos de desfinanciación pública y de introducción de mecanismos de privatización. Estos hechos se han ido sucediendo sin un gran revuelo por parte de la comunidad universitaria, salvo algunas excepciones, como el movimiento estudiantil.

La universidad española se incardina en un proceso de competencia y mercado y se conceptualiza como una empresa más que debe luchar por demostrar su “valor” para aspirar a financiación y atraer clientela. La relación estrecha con empresas, grupos de poder político o bancos, (“grupos de interés” según terminología tecnócrata), aunque implica muy a menudo opacidad, corrupción y una merma evidente de su autonomía, pues apenas hay sobre esas instancias control democrático, se exhibe como valor de mercado. Por consiguiente, los discursos que produce la academia no son ajenos a la venta y promoción de sus mercaderías y valores. Es fácilmente constatable cuando surgen como setas los gabinetes de “imagen y comunicación” en la universidad española.

Así, sobre todo desde la “crisis”, la institución no se ha mostrado solidaria con las rentas más bajas y ha aplicado un drástico recorte de becas y ayudas que, no por casualidad, se han visto sustituidas por dispositivos de subjetivación y disciplinamiento como son los “préstamos” bancarios: deudas que el alumnado debe devolver en un plazo determinado y que le hacen saber, desde el principio, que la educación es una mercancía, un producto que hay que rentabilizar económicamente y a corto plazo.

Las universidades en esa pugna por ser “rentables” han subcontratado los servicios que han podido al objeto de rebajar costes y no parece que se hayan responsabilizado de las condiciones laborales de los trabajadores “externalizados”. Tampoco se ha mostrado la academia muy solidaria con el personal a su cargo, pues ha precarizado la vida laboral de buena parte de docentes, investigadores y otros trabajadores. De forma que, aunque no han perdido la denominación de “públicas”, las universidades se han privatizado al introducir de forma generalizada en todos sus servicios la gestión empresarial a partir de una atosigante y estéril neo-burocratización en todos los procesos. Si bien ha servido, básicamente, para colapsar el sentido tradicional tanto de la docencia como de la investigación, (aunque habría que decir “innovación”), no puede afirmarse que haya sido en vano: en el proceso se ha desarrollado una verdadera casta de “gestores”, “evaluadores”, “managers” “expertos” … de toda laya que han llevado la institución a una situación traumática y han propiciado una fuerte domesticación de la mano de obra, sobre todo de la más joven (el precariado)

La racionalidad económica y el “libre” mercado que se han ido imponiendo/asumiendo en la universidad como el aire que se respira apenas se ha cuestionado dentro de la institución; de forma que la gestión eficiente (más trabajo por menos salario), la satisfacción del cliente (“qué hay de lo mío”), la apuesta por la individualización y la competitividad (entre profesorado, entre investigadores, en los diferentes servicios, en el alumno-cliente) han primado sobre la colaboración real entre todos los colectivos en la búsqueda y construcción de una academia capaz de solidarizarse con las necesidades de la sociedad, no solo del mundo productivo o de los grupos endogámicos de poder.

Los sanos valores neoliberales se han difundido/aceptado como la vulgata: el egoísmo, el “éxito”, identificado con el relumbrón o el “pelotazo”, el individualismo sin compromiso social, la competitividad a ultranza (el otro como rival), la promoción del ethos del “emprendedor”, la presión por el “rendimiento” como máxima, la aplicación ubicua de la lógica contable y darwinista… han producido exclusión, han acrecentado las desigualdades e injusticias, han ocasionado muchas vidas dañadas y provocado que muchas personas se encuentren con el carácter corroído.

La cuadratura del círculo: solidaridad y negocio

Sin embargo, como ocurriera en la España de antaño, el discurso de la competitividad, la insolidaridad, el individualismo a ultranza, el sálvese quien pueda… expuesto de forma descarnada y, sobre todo, en fechas en las que el capitalismo nos satura con empalagosos discursos, resulta poco rentable, no da una buena imagen.

Las empresas vienen invirtiendo desde hace décadas mucho esfuerzo, ideas y dinero en mostrar lo que, en realidad, no son para vender más, para ser más rentables. Así, se han proyectado, “responsables”, “sostenibles” o “solidarias”, según ha convenido, frente a la sociedad (responsabilidad social corporativa): se trata de invertir en propaganda o negocios que aportan una cara amable para ganar clientela y ser más competitivas. Egoísmo, interés y negocio, en un juego de equilibrios, se alían a solidaridad, responsabilidad o sostenibilidad. Sus propuestas podrían responder al slogan “usted consuma, se lo merece, no se preocupe por los problemas sociales, no son sus problemas, ya nos encargamos nosotros de hacer lo que haga falta”. Es decir, son prácticas discursivas que intentan fijar la identidad del sujeto como consumidor, básicamente.

Y es que los proyectos de hegemonía, sobre todo desde la segunda mitad del siglo XX, se construyen, fundamentalmente, a través de muy elaboradas propuestas simbólicas y discursivas que es conveniente analizar para que no nos vendan la moto. Con las universidades, que pretenden ser auténticas empresas, ocurre algo similar: los nuevos líderes y managers intentan construir cosmovisiones amables sobre la academia de forma que han incluido en su propaganda conceptos como “responsabilidad”, “solidaridad” “transparencia”, “calidad”, etc.

Esa instrumentalización del discurso de la solidaridad, que apela sobre todo a las emociones pero que no problematiza la raíz de las asimetrías y las desigualdades, despolitiza a los colectivos y les sustrae el debate sobre su responsabilidad a la hora de construir lo social al tiempo que cosifica una solidaridad enmarcada entre los polos oferta /demanda. A pesar del “talento” que atesora, da la impresión de que la institución centenaria, de forma general, no cuestiona esa concepción de solidaridad de mercado. Más bien parece participar acríticamente en el fortalecimiento de las estructuras que la sostienen: por ejemplo, sigue primando en las facultades de economía la enseñanza del liberalismo económico, a pesar de la crisis ecológica, social, humana que vivimos; así mismo, la concepción del saber reducido a mera “competencia” no casa bien con procesos de pensamiento riguroso que puedan ayudar a los sujetos a cuestionar la desigual distribución de fuerzas….

A juzgar por las políticas que ha seguido y sigue, la institución parece anhelar convertirse en una pieza más del engranaje: por una parte, actuando como “fábrica de la ignorancia” al conceptualizar la educación como mera formación de mano de obra (low cost) para el mercado laboral (la famosa, y no muy evidente, empleabilidad); por otra, presionando para que la actividad de los investigadores se subsuma, demasiado a menudo, en estériles procesos credencialistas o sustrayendo la construcción de conocimiento al bienestar del conjunto social en beneficio de intereses espurios; y, last but not least, en una verdadera ceremonia de la confusión, propagando prácticas y discursos solidarios … con el poder.

Algunas referencias

  • Arribas, S., Gómez Villar, A. (Coord.) (2014). Vidas dañadas: precariedad y vulnerabilidad en la era de la austeridad. Barcelona: Artefackte
  • Bermejo Barrera, J. C. (2009). La fábrica de la ignorancia. La universidad del “como si”. Madrid: Akal.
  • Chomsky, N., Ramonet, I. (1996). Cómo nos venden la moto. Barcelona: Icaria
  • Edu-Factory y Universidad Nómada. (2010). La universidad en conflicto, capturas y fugas en el mercado global del saber. Madrid: Traficantes de Sueños
  • Fernández Liria, C., Alegre, L., & Moreno, V. (2009). Bolonia no existe: La destrucción de la universidad europea. Hondarribia: Hiru.
  • Fairclough, N. (1993). Critical discourse analysis and the marketization of public discourse: the universities. Discourse & Society, 4(2), 133-168
  • Nerín, G. (2011). Blanco bueno busca negro pobre: crítica de la cooperación y las ONG. Barcelona: Roca.
  • Sennett, R. (2010). La corrosión del carácter, las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo. Barcelona: Anagrama.
  • Shiva, V. (2001). Biopirateria, el saqueo de la naturaleza y del conocimiento. Barcelona: Icaria.
  • Sousa Santos, B. de (2013). Descolonizar el saber, reinventar el poder. Santiago de Chile: LOM Ediciones.

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