Cataluña despertó y el Procés seguía ahí

Vicente Serrano ||

Miembro del Grupo Promotor del partido IZQUIERDA EN POSITIVO y de la Junta Directiva de la asociación Alternativa Ciudadana Progresista ||

Hay voces que afirman el final de la pesadilla. Voces autorizadas entre el constitucionalismo, que empiezan a dar por finiquitado el proceso secesionista. No les falta razón. La independencia de Cataluña se confirma como un imposible.

Pero parece que se quieran arropar los ¿buenos? resultados de la política sanchista del “diálogo”. Quien dice sanchista dice sorayista… pues otra cosa no fue el 155 de opereta, trufado de “diálogo” y la misma propuesta de salida: Jonqueras y el tripartito… Como ahora.

Como diría Sun Tzu, hay derrotas que se convierten en victoria. El poder del secesionismo sigue intacto, no como el Ejército Rojo al final de la Larga Marcha −una derrota que Mao convirtió en victoria−. Siguen controlando todos los resortes del poder en una Cataluña donde el Estado, como garante de la legalidad, no existe.
Entre las voces que certifican la muerte del Procés destaca la divertidísima entrevista a Albert Soler https://comunicacion.e-noticies.es/el-proceso-esta-muerto-y-enterrado-120981.html
En grupo de whatsapp, contesto: “Yo creo que el proceso no está muerto ni enterrado y que nos van a dar la murga durante mucho tiempo, está muy bien la entrevista, es divertida, pero nos van a seguir jodiendo por años”.

Mi amigo D.B. replica: “Estoy de acuerdo contigo en que nos van a seguir jodiendo mucho tiempo pero también comparto la opinión de que el “prusés”, entendido como esto, un proceso con un principio y un final, la independencia de Cataluña, está acabado. No creo que nadie crea posible que a corto o medio plazo se pueda producir esta independencia, por lo que el “prusés” en sí mismo habría acabado el 27/10/17. Como bien dices, otra cosa es que los separatistas no han salido derrotados y que, aunque no puedan culminar su guerra, nos sigan dando la murga. A mi modo de ver, la diferencia es importante porque entiendo que esta situación comporta un cambio de estrategia: de la resistencia al “golpe de Estado” se debería pasar a echarlos del poder, que es lo que ahora les une y quieren mantener por obvias razones. Otra cosa es como se puede conseguir…”

Es decir, de bajar la guardia, nada de nada. Las espadas siguen en alto. Cierto que las huelgas de estos días han dado una sensación de despertar de la sociedad catalana, tan átona durante los últimos años. Falta comprobar si esa capacidad de movilización se mantiene en el tiempo y si es un elemento de demolición del procés. A mí, particularmente, sin que eso no quiera decir que los motivos laborales no fueran ciertos, me preocupa que algunos de los convocantes sean elementos muy pro procés, como es el caso de la USTEC o de los Bombers. Cierto que, por fin, en una manifestación reivindicativa no ondearon masivamente esteladas.

La respuesta del Sr. Eduard Pujol sobre lo esencial –evidentemente, la independencia− no parece apuntar a que la derrota de paso a una rendición. Tampoco parece que los partidos de ámbito español tengan claro el camino para resolver el conflicto, excepto ceder ante las demandas nacionalistas. Hoy, ya podemos afirmar que en Madrid no se enteran de lo que pasa en Cataluña. Hubo un tiempo en que creíamos que era un problema de información; hoy sabemos que los nacionalismos han ganado la batalla y nuestros políticos se mueven con las orejeras que el nacionalismo les ha diseñado. ¡Perded toda esperanza! Ni socialistas, ni peperos, ni podemitas nos auxiliarán y me temo que los ciudadanistas tampoco, sobre todo cuando vean lo cómodo que es el poder.

Es hora de reivindicar la reforma de la Constitución por los constitucionalistas

Sobre todo, por los constitucionalistas de izquierda. Se acerca el 6 de diciembre y, entre los que no quieren tocarla y entre los que quieren derribarla, hay una opción constructiva y revolucionaria: mejorarla.

Son muchos los puntos de mejora, desde la organización territorial del Estado, con asignación concreta de las competencias de cada Administración (estatal, autonómica y municipal) que permita solventar de una vez las derivas nacionalistas; hasta el reconocimiento de los derechos sociales, al trabajo, a la vivienda, a la sanidad, a la educación, como derechos ejecutivos; sin olvidar reforzar la función social de la propiedad.

Pero, sobre todas esas consideraciones, se hace preciso redefinir la forma en que se conforman los poderes del Estado, del sistema de control entre los mismos y de los mecanismos que impidan el mercadeo de competencias y corruptelas a cuenta del reparto del poder y de los dineros públicos. Para ello, se hace imprescindible profundizar en el sistema de toma de decisiones políticas, es decir la democracia.

En España y en Europa, la democracia formal, representativa, es el sistema elegido. Pero, dentro de ese sistema, es evidente que los mecanismos de reparto de dicha representatividad son diferentes en función de si se prima la gobernabilidad o la representatividad. Casi todos tienden a facilitar la gobernabilidad. En el caso español, el ejecutivo, el gobierno, lo elige el Congreso de los Diputados, no es elegido directamente por la ciudadanía. Los ciudadanos elegimos el Congreso de los Diputados, mediante un sistema de circunscripciones provinciales que deforman la voluntad del conjunto, generando, por un lado, un bipartidismo imperfecto y una desigualdad en el poder del voto entre ciudadanos, dependiendo de dónde se vota y a quién se vota, además de un alto número de votantes cuyo voto no vale nada, cero.

El problema es que la obsesión por la gobernabilidad, que podría ser aceptable siempre y cuando se garantice la representación proporcional en el legislativo, conlleva la deformación de este y, lo que es más grave, un sistema partitocrático donde lo prioritario no es el bien común, sino perpetuarse o alcanzar el poder. Ello ha conllevado un incremento de la corrupción que hemos sufrido en las últimas tres décadas.

La reforma del sistema electoral

Se precisa reformar la Constitución para cambiar el sistema electoral. Hay que consagrar en ella la Circunscripción Única para elegir el Congreso de los Diputados y los parlamentos autonómicos y la circunscripción autonómica para la elección de senadores, asignando proporcionalmente al censo el número de senadores de cada Comunidad Autónoma. Es preciso eliminar el sistema de lista abierta para el Senado que, como se ha comprobado en estos 40 años, genera mayorías absolutas inexistentes en la sociedad. Todo ello, combinado con la presentación en listas cerradas y desbloqueadas por distrito/provincia, aseguraría proporcionalidad en el reparto, igualdad en el voto de todos, minimización de votantes sin valor de su voto y representación territorial equilibrada.

La gobernabilidad, es decir la necesidad de garantizar gobiernos estables, debe venir, por un lado, de una cultura política de negociación y pacto y, por otro, de un mecanismo que garantice la constitución de gobiernos con suficiente respaldo popular; es decir, abriendo la posibilidad a que los ciudadanos sean llamados a elegir entre los dos candidatos a Presidente de Gobierno que tienen más apoyos en el Congreso, pero no cuentan con la mayoría absoluta de los diputados. Todo ello con mecanismos de estabilidad y control parlamentario novedosos.

No se me escapa la falta de interés de los actuales partidos mayoritarios en una reforma de ese calado. Ni de los que actualmente se benefician, PP y PSOE, ni de los que aspiran a sustituirlos, C’s y P’s. Solo un proceso de reforma participativo, con una sociedad politizada y consciente, y activa, podría forzar estos cambios. Si los cambios se diseñan desde la tele es seguro que caminaremos a otro sistema más deformador, si cabe, como el británico, el francés, el italiano o el alemán, que, aunque habla de circunscripción única, contiene elementos de distorsión importantes. Algo podríamos aprender del sistema holandés.

Otro de los importantes beneficios que nos traería esta reforma para Cataluña sería ajustar la representación del nacionalismo a su base social. Sería muy difícil configurar mayorías secesionistas. Sería un beneficio pero no la solución. Como se dice en matemáticas, una condición necesaria pero no suficiente. Y ahí entra otro de los puntos mencionados: la reforma de la estructura territorial de España y de la fijación de competencias. Si no hay fidelidad constitucional tal vez es momento de que la Administración central recupere sus competencias en educación… por poner un ejemplo. Ya no podemos contentarnos con volver a la hegemonía del nacionalismo pujolista, como dice DB ¡Hay que echarlos del poder! Democráticamente, claro.

De todas estas cosas hablaremos el lunes, 3 de diciembre, en el acto que IZQUIERDA EN POSITIVO organiza en Barcelona. Será en el Centro Cultural Teresa Pàmies a las 19:00 y contaremos con amigos de entidades de izquierda y de dos ponentes de altura: Teresa Freixes y Miguel Candel. ¿Qué Constitución queremos?

Nou Barris, Barcelona. 30 de noviembre de 2018.

*Autor del ensayo EL VALOR rEAL DEL VOTO, Editorial El Viejo Topo, 2016

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