El fascismo, el peor mal

Lidia Falcón O´Neill ||

Abogada y escritora. Presidenta del Partido Feminista ||

Cuando oigo a los diputados de Esquerra Republicana de Cataluña utilizar el insulto de fascista con la liberalidad con que lo hacen, atreviéndose incluso a espetárselo a Josep Borrell, me asombro del atrevimiento que muestran quienes, como Joan Tardá, cuentan decenios de andadura política y vivieron los años de la dictadura.

          

En estos tiempos confusos y conflictivos se ha olvidado nuestra trágica historia, que es sin embargo tan reciente. Es habitual que los independentistas catalanes utilicen ese calificativo a troche y moche contra todo aquel que no comulga con su ideario, que, como si fuese el de una secta religiosa, debe ser aceptado punto por punto por todos los demás, so pena de pertenecer a la odiada estirpe de los fascistas.

No sé lo que las generaciones jóvenes conocerán de la historia del fascismo. Me temo que poco y mal contado. Gracias a una escuela que, como explica un artículo de José Carmona en Público.es, no enseña a los alumnos la historia de España o la desvirtúa y la falsifica, dado que entre los nefastos pactos de la Transición entró que la Iglesia Católica, que fue soporte ideológico de Franco y sus huestes, mantuviera su predominio en la educación. A unos medios de comunicación que han difundido toda clase de calumnias contra la II República que, como los libros de texto, comparan “los dos bandos”, el del legítimo gobierno republicano con los militares golpistas y aseguran que se cometieron crímenes en los dos bandos. A un pacto de silencio entre los partidos políticos institucionales para no airear la verdadera naturaleza del régimen franquista; a una Ley de Amnistía pactada entre la derecha y la izquierda para que los torturadores, los criminales, los gobernantes e ideólogos del fascismo quedaran impunes, recibieran medallas y cargos en las grandes empresas.

De tal modo, la ideología dominante se ha ocupado de falsificar los acontecimientos que marcaron el siglo XX, porque de un análisis verídico de lo que sucedió en la II República, en la Guerra Civil y en la dictadura, se sacaría la conclusión inmediata de que la monarquía que nos domina todavía es inaceptable, de que la Constitución del 78 es una estafa y de que es imprescindible tanto proclamar la III República y enviar a los Borbones al exilio como acabar con los acuerdos con la Iglesia, como salir de la OTAN. Y, por supuesto, habrían reconstruido la verdadera historia del fascismo, que es el peor mal de la humanidad.

El fascismo fue el invento más hábil de Benito Mussolini cuando se marchó del Partido Socialista Italiano, financiado su proyecto por el capital internacional. Era evidente que el peligro del comunismo, que había ganado la Revolución Soviética, era cada vez mayor. Los partidos de derecha que gestionaban el poder económico veían claramente amenazado su poder, porque incluso formaciones tan moderadas como los sindicatos y los partidos socialistas reclamaban un menos injusto reparto de la riqueza que mantenía a las clases trabajadoras en la miseria.

Era preciso, por tanto, oponer al discurso igualitario y reivindicativo comunista otro que se le pareciera y que pudiera atraer a los obreros y campesinos a una supuesta revolución social, que tendría sin embargo los ingredientes del nacionalismo, el imperialismo, el racismo, la xenofobia, la religión, las identidades y esencias propias y el odio al comunismo. El discurso fascista estaba ensamblado. Podría atraer a amplias masas que habían sido asustadas por la campaña infame de calumnias que se había lanzado contra la revolución soviética pero que necesitaban mitigar sus necesidades.

Con el plan de hacerse con el poder omnímodo y a la vez conceder alguna protección social para contentar a algunos sectores sociales, los gobiernos fascistas, con el soporte del capital, que veía así garantizado su poder, anularon todos los derechos civiles y políticos, eliminaron físicamente a los oponentes, cerraron los periódicos, destituyeron y encarcelaron a los profesores, los jueces, los escritores, prohibieron las asociaciones, los partidos y los sindicatos, y diezmaron a obreros, sindicalistas, políticos, escritores, científicos, artistas. Y violaron, asesinaron, maltrataron, oprimieron, explotaron y humillaron gravemente a las mujeres.

Para llevar adelante sus planes, los fascismos, tanto el italiano como el alemán y el español, necesitaban exterminar a sus adversarios. La represión en esos países llegó a la extrema crueldad. Desgraciadamente, en España todavía tenemos en las cunetas de las carreteras, de los campos, de los cementerios, los restos de 150.000 personas asesinadas en los primeros momentos de la victoria franquista. 250.000 más fueron juzgadas según las inaceptables leyes franquistas y fusiladas. Más de medio millón purgaron en las prisiones y fueron torturadas su adscripción republicana, y un millón se exiliaron en todos los países del planeta.

Así, a sangre y fuego, el capital y los sicarios que lo defendían –el fascismo es el brazo armado del capital- mantuvieron su omnímodo poder durante más de cuatro décadas en nuestro país. El sufrimiento del pueblo fue enorme, y también el de los intelectuales, los artistas, los científicos, los republicanos, los masones, los protestantes, y más que ninguna de las otras víctimas, las mujeres.

Pues en el día de hoy, a los independentistas catalanes les parece de razón acusar a Josep Borrell, de fascista, como a tantos otros y otras opositoras a sus reclamaciones de independencia. Estos representantes de la soberanía popular, se atreven a equiparar a Borrell, y a todos nosotros, con los asesinos de Atocha, de Julián Grimau, de las trece Rosas, de Puig Antich, de Granados y Delgado, de los cinco fusilados el 27 de septiembre de 1975, y miles y miles más. Con Billy el Niño, que durante decenas de años se complació en torturar a los detenidos en la Dirección General de Seguridad, en la Puerta del Sol de Madrid, con los hermanos Creix que cumplieron la misma tarea en la Jefatura de Policía de Barcelona, con el comisario Martínez, de Zaragoza, y a tantos y tantos que se dedicaron a mantener, a sangre y fuego el régimen fascista.

Eliminados los partidos políticos y los sindicatos, prohibidas las asociaciones ciudadanas, cerradas las casas del Pueblo, impedida toda publicación sin censura, eliminadas todas las libertades ciudadanas, entregadas las clases trabajadoras a la explotación sin límite del capital, el fascismo reinó en España hasta que murió el dictador, a pesar de la resistencia numantina de las organizaciones opositoras.

Pero no es esta la única desgracia. Porque a la terrible historia vivida, y aún quedamos supervivientes de ella, hay que añadir ahora la infamia de negar la historia, impedirnos anular los juicios del franquismo e indemnizar a las víctimas que aún viven, recuperar los restos de nuestros antepasados y darles una sepultura y homenaje dignos. Y, para mayor injuria, ahora se utiliza el insulto de fascista por los independentistas catalanes como un calificativo adecuado a los que no estamos de acuerdo con sus proyectos de secesión del país.

Otro artículo en que también me dolía de esta actuación lo titulé “la banalidad del mal”, remedando la famosa frase de Anna Harendt. Convirtiendo el término fascista en un insulto repetido y adecuado, se está frivolizando aquella terrible época. Para los que fuimos víctimas directas de ella resulta una nueva afrenta.

Llamar presos políticos a los dirigentes independentistas que desde el gobierno de la Generalitat, utilizando los fondos del Estado, durante años estuvieron agitando a la población con demandas de separación del resto de España en contra de la Constitución y las leyes vigentes; que aprobaron la secesión de Cataluña en el Parlament, quitándole la palabra a la oposición; que organizaron un ridículo referéndum semi clandestino e impulsaron a algunos seguidores a armar algaradas y a enfrentarse con la policía, es ciertamente una afrenta a los resistentes antifascistas que durante cuatro décadas nos arriesgamos, y sufrimos, a la tortura, la cárcel y la muerte por exigir libertades democráticas.

Cuando Gabriel Rufián y Joan Tardá se atreven a calificar de fascista a Josep Borrell están haciendo un ejercicio de intoxicación peligrosa a la población española, que, como se está viendo, no sabe lo que fue el fascismo.

Gracias a la ignorancia de la población, ha sido posible que en Andalucía Vox obtuviera 377.000 votos. Y muchos de ellos han sido inducidos por la desaforada campaña secesionista de los dirigentes de ERC y de la nueva Convergencia.

Lo triste es que la izquierda no sea capaz de poner coto a la deriva peligrosa que está tomando el independentismo catalán, defendiendo y difundiendo una decidida política internacionalista y solidaria entre todas las clases trabajadoras, rechazando el engendro de pedir un referéndum para ejercer el derecho de autodeterminación como si Cataluña fuese el Sáhara, y con la complacencia de ver como España puede trocearse al igual que Yugoeslavia, para mayor poder y predominio del poder económico y militar internacional.

En estos tiempos confusos y convulsos, los luchadores y luchadoras con más de medio siglo a cuestas de sufrimientos múltiples, estamos escandalizados y preocupados por el aumento del voto fascista propiciado por la falta de concreción y firmeza del PSOE, por la complacencia de Podemos acerca de las reclamaciones del gobierno de Cataluña, como si aceptando sus condiciones fueran a calmar sus ansias de hacerse con más poder a cuenta del engaño y la explotación de los trabajadores; por la falta de una ideología dominante realmente de izquierdas que sepa enseñar a las masas lo que fue el fascismo, lo que puede ser hoy, y quiénes son los que lo amparan y lo defienden.

No se debería ignorar que el país que olvida su historia está condenado a repetirla.

Madrid 8 de diciembre de 2018.

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