La casa real saudí, petróleo, corrupción y luchas por el poder. Del wahabismo a la creación del Reino Saudí (I)

María Rosa de Madariaga ||

Historiadora ||

El asesinato del periodista disidente Yamal Kashoggi en los locales del consulado saudí en Estambul ha vuelto a traer al primer plano de la actualidad el régimen político imperante en el país árabe más hermético, opaco y antidemocrático de todo el espacio cultural arábigo-islámico.

La creación a punta de espada de este reino, que tiene sus raíces ideológicas en el wahabismo, data de 1932, fecha de la proclamación de Abd el-Aziz al Saud rey de Arabia saudí. Para dar una idea más cabal de cómo se produjo este proceso es necesario retroceder en el tiempo.

El rito hanbalí y el wahabismo

La monarquía saudí se basa ideológicamente en el wahabismo, doctrina surgida en el siglo XVIII, que se sustenta, a su vez, en el hanbalismo, una de las cuatro escuelas o ritos, madâhib (singular, madhab), en que se divide el islam sunní, y el más estricto. El hanbalismo toma su nombre del fundador Ibn Hanbal, teólogo musulmán del siglo IX, enemigo de cualquier innovación y de una ortodoxia y rigorismo extremos. Convertido en rito solo a partir del siglo XII, estuvo antaño muy extendido en los territorios de Siria y Mesopotamia, en oposición al hanefismo, representado por Abu Hanifa, muerto en 767, que es el rito sunní más liberal de todos. Sostenido en el pasado por los sultanes selyuquíes y, luego, por los otomanos, el rito hanefí es hoy el preponderante en Turquía y en los territorios de Oriente Medio que formaban antaño parte del Imperio otomano, mientras que el hanbalismo quedaría circunscrito a la región del Nejd (pronunciado Néyed o Nechd) en Arabia, donde lo revitalizó en el siglo XVIII Ibn Abd el Wahab.

En 1703 nacía en Ayaina (región del Nejd) Mohamed ben al Wahab, fundador del wahabismo. Nieto de un célebre teólogo, se dedicó desde muy joven al estudio de los asuntos religiosos. Antes de cumplir los veinte años efectuaba el peregrinaje a La Meca, trasladándose, luego, a Medina, donde permaneció varios meses para completar su formación religiosa. Viajó después a Basora, Bagdad e Ispahan en busca de nuevos conocimientos. Hacia 1740, es decir, a los 37 años, regresaba a su ciudad natal, donde empezó a predicar su doctrina favorable a un islam rigorista e intransigente, que condenaba el culto de los árboles, muy extendido entonces, como reminiscencia de ritos paganos, y la adoración de los santos como una muestra de politeísmo. Prohibía fumar y adornar las mezquitas.

Partidario de una interpretación literal del Corán, el wahabismo se opone a las manifestaciones populares del islam, que consideraba muy influidas por el substrato pagano. Se denominaban a sí mismos “unitaristas” (muahidûn), es decir, partidarios de la “unicidad” de Dios, tauhîd, corriente doctrinal que no era nueva dentro del islam, pues la profesaron ya en el siglo XI los almohades, es decir, al-muahidûn, o los “unitarios”, y más tarde la retomaba en los siglos XIII y principios del XIV, el teólogo Ibn Taimiya, adepto del rito hanbalita, que enseñaba en Damasco.

Ibn al Wahab, cuyas ideas lo situaban en esta corriente puritana y rigorista del islam, tuvo problemas con el señor de Ayaina, que había sido hasta entonces su protector, hasta el punto de tener que abandonar su ciudad, para trasladarse a Dariya, donde fue bien recibido por el señor del lugar, Mohamed ben Saud. A partir de este momento, se estableció una estrecha alianza entre el gobernante y el jefe religioso, prometiéndole éste al primero el poder y toda suerte de riquezas si adoptaba la doctrina wahabí y la defendía con la punta de la espada

El wahabismo al servicio de la familia al Saud

La alianza entre la estricta ideología wahabí y la fuerza militar de al Saud propició que el movimiento se desarrollase rápidamente por todo el Nejd, conquistando oasis tras oasis y convenciendo a los gobernantes locales de la necesidad de convertirse al wahabismo. Fue una fructífera alianza religiosa y político-militar, que consiguió romper el estancamiento que había prevalecido hasta entonces en el Nejd, unificándolo bajo una sola autoridad e incluso expandiéndolo al Mar Rojo y las costas del Golfo Arábigo-Pérsico.

El mayor triunfo de Mohamed ben Saud fue la conquista en 1764 de Riad, actual capital de Arabia Saudí. Su hijo Abd el-Aziz prosiguió con éxito la conquista de nuevos territorios, ampliando los dominios legados por su padre. Auténtico guía espiritual del nuevo reino creado en el Nejd, Ibn Abd el-Wahab moría en julio de 1792, a los cerca de 90 años.

Gracias a sus consejos e indicaciones, en el Nejd había surgido un nuevo Estado, allí donde antes todo era caos y anarquía. Ibn Abd el-Wahab imprimió un nuevo carácter al poder, que pasó de constituir una autoridad patriarcal de jefes de clan a un reino teocrático y centralizado.

Triunfos y reveses de los Saud

Después de conquistado todo el Nejd, el nuevo rey Saud ben Abd el-Aziz decidía someter la región de Hasa, y, posteriormente, lanzaba toda una serie de incursiones hacia el Hiyaz, donde el jerife de La Meca, que había sido derrotado por Saud, aceptaba una tregua con el Nejd. Saud aprovechaba esta tregua para efectuar un peregrinaje a La Meca, y lanzar un raid en Iraq, donde saqueaba en 1802 Kerbala, la ciudad santa del shiísmo

Los wahabíes no solo destruían las tumbas veneradas allí por los shiíes, sino que también masacraban a todos los hombres y mujeres que encontraban a su paso por las calles de la ciudad. Estas matanzas conmovieron profundamente a la comunidad shií, que desarrolló un feroz resentimiento hacia los wahabíes. Éstos se volverían después contra los monumentos y tumbas de La Meca que no se ajustaban a los criterios religiosos defendidos por ellos, dejándolos reducidos a un montón de ruinas.

Refugiado, con parte de sus fuerzas, en Yeda, el jerife de La Meca trataba de encontrar un modus vivendi con Abd el-Aziz, que controlaba el Nejd, la región de Hasa y la mayor parte del Hiyaz. Pero Abd el-Aziz no viviría muchos años para disfrutar de sus conquistas, ya que un shií, superviviente de la matanza de Kerbala, lo apuñalaba en la mezquita de Turaif, en Dariya.

Le sucedió en 1788 su hijo Saud, cuya ambición de ampliar sus dominios en dirección de Iraq y Siria, con el objeto de controlar la peregrinación a La Meca, había terminado por inquietar al emperador otomano, quien encargó a Mohamed Ali, nuevo dueño de Egipto desde 1805, que pusiera orden en Arabia y liberara las ciudades santas del dominio wahabí. Mohamed Alí que, aunque gozaba de una amplia autonomía, dependía del Imperio otomano, se apresuraría a cumplir la tarea encomendada, no tardando en recuperar Medina en octubre de 1812, y, algunos meses más tarde, La Meca. Así, gracias a esta intervención, la mayor parte del Hiyaz escapaba al control wahabí.

En 1814 moría Saud, a quien sucedió como soberano del Nejd, Abdalá. Incapaz éste de hacer frente a la ofensiva de las tropas egipcias, al mando de Ibrahim Pachá, hijo de Mohamed Ali, tendría que abandonar Dariya, capital del Nejd, y, hecho prisionero, sería enviado a Estambul, donde fue decapitado por orden del sultán. Después de arrasar Dariya, Ibrahim Pachá se propuso destruir la influencia wahabí en el Nejd y socavar la unidad política, con cuyo fin atizó las rivalidades locales y fomentó los antagonismos intertribales.

El hundimiento de la autoridad wahabí suscitó en la población una reacción contra el rigorismo religioso. Al mismo tiempo, el ejército de ocupación de Ibrahim Pachá se comportaba, como suelen hacerlo todos los ejércitos de ocupación, con brutalidad, cometiendo innumerables abusos y atropellos, entre los que no era el menor vivir a expensas de la población local, cuyos medios de subsistencia eran bastante precarios. La estrategia de fomentar las rivalidades tribales tradicionales solía ser eficaz, razón por la cual Ibrahim Pachá se replegó al Hiyaz, dando por sentado que el territorio controlado antaño por la Casa de Saud quedaría por mucho tiempo dividido. Había, además, otras razones poderosas para retirarse del Hiyaz: la irrupción en la escena política de un nuevo actor, y un actor nada desdeñable.

Para contrarrestar la amenaza que representaba Bonaparte en la ruta de las Indias, Gran Bretaña se había apoderado de puntos estratégicos en el Golfo Arábigo-Pérsico, y, poco después, las tropas británicas desembarcaban en Qatif, en territorio wahabí. Deseando evitar complicaciones con Gran Bretaña, las tropas egipcias abandonaban el Nejd, y los británicos hacían lo propio en Qatif.

Tan pronto como los egipcios abandonaron el Nejd, varios jefes trataron de imponerse como soberanos en el territorio, consiguiéndolo al fin Turki ben Saud, uno de los primos del último rey Abdalá, quien hizo valer sus derechos al Nejd, del que se hizo dueño en 18 meses, tras expulsar de Riad una pequeña guarnición turca. Sería el primero de la familia Saud en hacer de Riad la capital del reino. Turki reinaría durante diez años, hasta 1834, en que murió asesinado por un enemigo político. Había conseguido rehacer la unidad del Nejd, extendiendo su autoridad a la región de Hasa.

Tras su asesinato, le sucedió su hijo Faisal, cuyo reinado se vio perturbado por los intentos de otros miembros de la familia Saud de disputarle el poder, entre otros Jaled ben Saud, hermano del finado rey Abdalá, que se consideraba con más derecho que él al Trono, y contaba con el apoyo de los turcos, gracias a los cuales conseguía convertirse en 1838 en soberano del Nejd. Sería, no obstante por poco tiempo, ya que Faisal recuperaba el Trono en 1841, coincidiendo su retorno con importantes cambios en la escena internacional.

Mohamed Ali, que había obtenido una gran autonomía para Egipto y Sudán respecto de Estambul, y conseguido asimismo que su poder fuera hereditario, solo deseaba vivir en paz, sin ambiciones territoriales, lo mismo que sus hijos Abbas y Said. En cuanto a la Sublime Puerta, demasiado ocupada con problemas en sus posesiones europeas de Moldavia y Valaquia, así como, posteriormente, con la guerra de Crimea, se contentaba con ejercer cierto control sobre las ciudades santas de La Meca y Medina, y el Hiyaz en general, mientras Faisal ben Saud reinaría en el Nejd y Hasa hasta su muerte en 1865. Después, entre sus hijos y otros descendientes de la familia Saud se instaló de nuevo la anarquía.

De sus hijos, Abdalá, considerado el heredero legítimo, fue quien, tras múltiples vicisitudes, terminaría por imponerse. Su reino se vio, no obstante, reducido al mínimo, con la pérdida de diversos territorios, mientras que su rival Mohamed ben Rashid, adquiría una posición preponderante, llegando a convertirse en el verdadero amo del Nejd. Hecho prisionero, Abdalá no tardaría en morir, mientras que su hermano pequeño Abderrahman intentaba recuperar el poder en Riad, sin conseguirlo. Ibn Rashid ponía, en efecto, fin a sus aspiraciones, viéndose obligado Abderrahman a refugiarse, en compañía de su hijo pequeño, de diez años, Abd el-Aziz, en Kuwait, bajo la protección del jeque Mubarak ben Salah, mientras que Ibn Rashid controlaba el Nejd y mantenía excelentes relaciones con las autoridades otomanas de Iraq y Siria. Hail era el lugar de paso de las caravanas de peregrinos que se formaban en territorio otomano, a los que Ibn Rashid protegía a cambio de una remuneración. Entretanto, Gran Bretaña había establecido, ya fuera directamente o bien por intermedio de “emires protegidos”, una serie de bases a lo largo del Golfo Arábigo-Pérsico.

Ibn Rashid moría en 1897, y su sucesor, que no tenía las cualidades políticas ni estratégicas de su tío, atacaba a Kuwait, provocando la reacción del emir Mubarak ben Salah, que, al verse amenazado, aceptaba poner un pequeño destacamento a disposición de Abd el-Aziz ben Saud. Éste, que ardía en deseos de reconquistar el reino de los Saud, vio allí una excelente ocasión de conseguirlo, empezando por hostilizar la retaguardia de las fuerzas enemigas, e intentando sublevar a las tribus contra el agresor. Esta vez sus esfuerzos fracasaron, pero volvería a intentarlo al año siguiente, poniendo de nuevo Ibn Salah a su disposición cuarenta jinetes bien armados, a los que no tardaron en unirse numerosos beduinos, hasta constituir un grupo de doscientos hombres dispuestos a seguir a su jefe, cuyo siguiente objetivo decidió que sería Riad.

El golpe de mano de Abd el-Aziz, con otros quince osados seguidores, de escalar las murallas, en la oscuridad de la noche, hacerse con la casa del gobernador y abrir las puertas de la ciudad a sus hombres, parece sacado de una novela de aventuras. Sin embargo, fue realidad. A los seis meses de que Abd el-Aziz ocupara Riad, Ibn Rashid se decidía por fin a atacar a su rival, produciéndose entre ambos varios enfrentamientos, en los que ninguno resultó vencedor, hasta llegar Abd el-Aziz a imponerse y recuperar el territorio de sus antepasados, donde reinaría con el nombre de Abd el-Aziz ben Abderrahman ben Saud, aunque pasaría a la historia y a la posteridad con el nombre de Ibn Saud. Como sabemos, su patronímico, convertido en adjetivo, serviría para designar el reino de Arabia Saudí. Algo insólito, desde luego, que el nombre de una familia dé nombre a un país, pero revelador del carácter patrimonial del nuevo Estado como “finca particular” de la familia Saud.

Abd el-Aziz ben Saud: de rey del Nejd a rey de Arabia Saudí

En esta guerra por la posesión de territorios entre los Saud y los Rashid, la situación se complicó para Abd el-Aziz cuando Ibn Rashid decidía pedir ayuda a los turcos, aunque éstos, diezmados por las epidemias, terminarían por retirarse. El éxito de Abd el-Aziz en este enfrentamiento con su rival contribuiría a aumentar su prestigio entre los beduinos. Tras la batalla librada en 1906 entre los dos antagonistas, en la que Ibn Rashid moría en combate, su clan, privado de su jefe, no representaba ya una amenaza para los Saud.

Entretanto, en Arabia, tenían lugar sucesos importantes. En primer lugar, el emirato vacante del Hiyaz era asignado en 1908 por la Sublime Puerta al jerife Husein ben Ali; en segundo lugar, se inauguraba aquel mismo año el ferrocarril que iba hasta Medina, con lo que la ruta septentrional del peregrinaje perdía gran parte de su interés. Fue entonces cuando Abd el-Aziz pensó que, para superar las divisiones tribales y las rivalidades entre familias y clanes, imperantes de manera secular en el desierto, y dar unidad y cohesión a su reino, lo mejor sería recurrir a los orígenes del wahabismo, movilizando a los beduinos en torno a un ideal común, que no podía ser más que religioso. Con el objeto de canalizar la religión al servicio del reino que se proponía crear, envió al desierto a “misioneros”, encargados de predicar los principios del rigorismo wahabí.

El paso siguiente lo dio en 1912, cuando reagrupó a los “hermanos” (los Ijuân), ya convertidos al wahabismo, en colonias, en las que se instalaron para cultivar la tierra y adiestrarse en el manejo de las armas, a fin de luchar contra los “infieles”, entendiendo por tales, no solo a los no musulmanes, sino a aquellos que no profesaban el rigorismo wahabí. Esta hábil operación tenía un doble objetivo: por un lado, sedentarizar a miles de nómadas, inculcándoles el sentido de la propiedad de la tierra, y, por otro, contar con una reserva de hombres armados, dispuestos a combatir fielmente por la causa wahabí, identificada con la familia al Saud.

En diferentes lugares del país surgieron más de cien colonias agrícolas, con cerca de 50.000 hombres, entre los que había ex nómadas, convertidos en agricultores, misioneros y comerciantes, que llegarían a constituir un cuerpo de élite y la auténtica punta de lanza del ejército saudí. Dotado así de un poderoso instrumento religioso- el wahabismo- y de un no menos potente instrumento de combate- los ijuân-, Abd el-Aziz estaba en condiciones de retomar sus conquistas, cuidándose bien, no obstante, de entablar antes con turcos y británicos relaciones de cortesía, con el objeto sobre de conocer sus intenciones.

Ante las dos opciones que se le ofrecían, la de atacar a Ibn Rashid al norte, o la región de Hasa, al este, ocupada por los turcos, se decantó por esta última, aun a riesgo de irritar a los ocupantes, teniendo sobre todo en cuenta que, al ser Hasa una región rica, podría atender a las necesidades financieras del Nejd. No le costó demasiado esfuerzo a Abd el-Aziz vencer la resistencia de los turcos, que cedían desde el primer momento y abandonaban Hasa, a condición de que se les permitiera el libre paso a la costa. Con todo, Abd el-Aziz, temiendo una reacción de Estambul, buscó el apoyo de Gran Bretaña. Ignoraba que precisamente en aquel momento Estambul y Londres trataban de llegar a un acuerdo sobre un reparto de zonas de influencia en la Península Arábiga.

En vista de la actitud evasiva de los británicos, Abd el-Aziz recurría a los turcos, a quienes propuso un tratado, en virtud del cual éstos lo reconocerían como rey hereditario del Nejd y del Hasa, es decir, le concedían una amplia autonomía a cambio de reconocer la soberanía otomana. La Primera Guerra Mundial puso fin a las negociaciones con los turcos, siendo entonces cuando los británicos aceptaron reconocer a Abd el-Aziz como rey del Nejd y de Hasa, y le ofrecieron a cambio garantías contra todo posible ataque de los turcos. Inútil decir que en este conflicto mundial, Abd el-Aziz se situaba junto a Gran Bretaña. Muy solicitado por todos, hizo pagar caro su adhesión al campo aliado, exigiendo la entrega de armas, subsidios y la firma de un tratado en debida forma.

El concertado, después de largas negociaciones, con Gran Bretaña en 1915, estipulaba que el gobierno británico lo reconocía como gobernador del Nejd y como jefe único de las tribus de otras regiones, garantizando además la integridad de su territorio contra toda injerencia. Abd el-Aziz se comprometía, a su vez, a no ceder ninguna parte de su territorio ni hacer concesiones a potencias extranjeras sin el consentimiento del gobierno británico, además de mantener abierta la ruta del peregrinaje a La Meca y abstenerse de intervenir en Kuwait, Bahrein, Qatar y Omán, que formaban parte de la zona de influencia británica.

Paralelamente a estos acuerdos con Abd el-Aziz, el gobierno británico trataba con el jerife Husein ben Ali, razón por la que había evitado deliberadamente fijar las fronteras del Hiyaz y del Nejd, mientras que, eso sí, daba con absoluta precisión a sus emires protegidos garantías respecto de cualquier injerencia wahabí. Hay que decir que Abd el-Aziz tenía particular interés en mantener excelentes relaciones con Gran Bretaña, hasta el punto de negarse a recibir a los emisarios turcos que habían ido a verle para incitarle a proclamar el yihad contra “el infiel”. Era hombre que anteponía sus intereses políticos o económicos a su fervor religioso, demostrando así que, para él, el wahabismo era un instrumento al servicio del poder.

Así las cosas, no tardaría en estallar el conflicto con el Hiyaz, cuyo territorio ocupaba desde 1908 el jerife Husein, quien mantenía relaciones intermitentes con Abd el-Aziz. Desde el inicio de la guerra, agentes británicos presionaban a Husein para que izase el estandarte de la revuelta en nombre de los árabes y se rebelase contra sus soberanos turcos., con cuyo fin pondría a su disposición los medios necesarios. Habría que preguntarse si las promesas de los británicos no eran incompatibles con los compromisos contraídos con Abd el-Aziz.

Fuera como fuera, en el verano de 1916, Husein entraba en acción y obligaba a los turcos a abandonar La Meca, erigiéndose desde entonces en jefe de los árabes, lo que no dejaba de inquietar a Abd el-Aziz, que pedía al alto mando británico garantías. Éste, dividido, no podía, sin embargo, dárselas. En efecto, las opiniones divergían a propósito del apoyo que habría que prestar a uno o a otro: el alto mando británico en El Cairo (el Arab Bureau) apoyaba al jerife de La Meca, mientras que el alto mando británico en Bagdad (el Indian Office) era partidario de apoyar a Abd el-Aziz.

Las inquietudes de Abd el-Aziz se confirmaron cuando meses más tarde Husein fue proclamado rey, lo que motivó que de nuevo aquél buscara obtener garantías de los británicos. Éstos le callaron la boca con una condecoración y una pensión mensual de 5.000 libras esterlinas, 3.000 fusiles y 4 ametralladoras, a condición de hostilizar las líneas de comunicación turcas. Aunque accedió a todo lo que le pidieron, en realidad, con excepción de alguna incursión, no hizo absolutamente nada.

Al final de la Primera Guerra Mundial Abd el-Aziz al Saud no entraba ya en los planes de los británicos, ocupados éstos sobre todo en trocear los territorios de Oriente Próximo, pertenecientes con anterioridad al Imperio otomano, tratando de reservar la mejor parte posible para el jerife Husein y sus hijos, mientras que a Abd el-Aziz no le quedaba otro remedio que resignarse. El jerife Husein viajaba a Londres, donde era recibido como el amo indiscutible de Arabia. No tardaría en producirse un choque entre los dos hombres aspirantes a convertirse en reyes de Arabia. Cuando Husein ocupó el oasis de Jorma, sin importancia económica, pero sí estratégica por estar situado entre el Hiyaz y el Nejd, Abd el-Aziz le salió al paso, desalojando a los ocupantes del oasis y derrotando a las tropas hachemíes. Abd el-Aziz podía haber continuado su fulgurante ofensiva y haberse apoderado de todo el Hiyaz, pero temía la reacción británica, de manera que, cauto, se contentó con incorporar al Nejd los oasis de Jorma y de Toraba, excelentes bases ambos para lanzar ataques contra las regiones occidentales del Hiyaz y del Asir.

Entretanto, Husein, preocupado sobre todo por colocar en los tronos de Siria e Iraq, a sus hijos Faisal y Abdalá, respectivamente, y poder así hacer realidad su sueño del Creciente Fértil, pensaba que su proyecto sería perfectamente factible al contar con el apoyo de Gran Bretaña. Abd el-Aziz, que se veía ya asediado por todas partes por los hachemíes, temía, con razón, el apoyo británico a estos últimos, sobre todo desde que, habiendo fracasado la operación de instalar a Faisal en el trono de Siria, apoyaban abiertamente su ascenso al trono de Iraq.

Abd el-Aziz pensaba que había llegado el momento de intervenir, pero antes de hacerlo consideró oportuno que una asamblea de teólogos y de jefes de tribu lo proclamasen sultán del Nejd. Una vez conseguido este objetivo, lanzaba dos columnas de Ijuân a la conquista del Yebel Chammar, que terminaría ocupando en la última semana de noviembre de 1921, mientras que a Faisal, coronado por fin rey de Iraq en agosto en Bagdad, no le daba tiempo a intervenir. Aunque, tras estas conquistas, Abd el-Aziz había ampliado considerablemente los territorios bajo su autoridad, éstos consistían sobre todo en vastas extensiones desérticas que, no solo no le aportaban ningún recurso, sino que representaban más bien una carga para las finanzas, cuya situación atravesaba graves problemas. Los ijuân y los jefes de las tribus reclamaban subsidios para compensar la pérdida de ingresos debida a la prohibición del pillaje.

Para obtener recursos suplementarios y superar las dificultades económicas, los Ijuân lanzaron en el verano de 1922 un ataque en dirección de Amán, que provocó la rápida respuesta de Gran Bretaña. Los wahabíes fueron ametrallados por los aviones de la Royal Air Force (RAF), teniendo que retirarse a sus bases después de sufrir importantes pérdidas. Pero, en aquel país desértico sin recursos y con gastos militares considerables, los problemas económicos subsistían. Ante la prohibición del pillaje, no quedaba otra solución que recurrir a nuevas conquistas. El Hiyaz, con los importantes recursos económicos anuales que generaba el peregrinaje, aparecía como la opción preferida.

Ante la negativa de Gran Bretaña de aumentar la subvención que Abd el-Aziz solicitaba, éste decidía atender la petición de una compañí británica de obtener una concesión para la búsqueda de petróleo. Aunque esa concesión era contraria a los principios wahabíes, que prohibían todo tipo de comercio con “infieles”, Abd el-Aziz era, ante todo, un hombre pragmático. Las 2.000 libras anuales, ofrecidas por la Eastern General Syndicate, que hoy nos resultarían una cantidad irrisoria, eran en aquellos años- 1922- un ofrecimiento bastante apetitoso para un país con las arcas vacías. Venciendo los reparos religiosos del wahabismo, Abd el-Aziz optó por firmar un contrato con la mencionada compañía británica. Habrían de pasar todavía 25 años antes de que la fabulosa explotación del petróleo comenzase a dar sus frutos.

La proclamación del rey Husein califa y su pretensión de imponerse como jefe espiritual de todo el islam sirvieron de pretexto a Abd el-Aziz para atacar al Hiyaz, dado que los wahabíes pensaban que solo un jefe perteneciente a su movimiento podía optar a semejante título. Los ijuân atacaron a los hachemíes, abriendo la ruta de La Meca, que Husein optaba por evacuar, con el pretexto de que sería sacrílego luchar en las calles de la ciudad santa. Ello permitía a los wahabíes penetrar, sin disparar un tiro, en La Meca, donde, como ya habían hecho en otros lugares, se dedicaron a destruir tumbas y monumentos considerados contrarios al movimiento wahabí. La fama de brutalidad de los wahabíes provocó un éxodo masivo de la población, siendo numerosos los que huyeron a refugiarse en Yeda, a la que se había replegado Ali, hijo de Husein, con los restos de su ejército. Después de abdicar en este último, Husein huía, terminando por buscar refugio en Chipre.

Abd el-Aziz, por su parte, ponía el cerco a Yeda que, tras un largo asedio, se rendía en diciembre de 1925. Todo el Hiyaz había pasado así bajo el dominio de Abd el-Aziz, que se hacía proclamar rey el 9 de enero de 1926. Ante el hecho consumado, las grandes potencias fueron reconociendo al nuevo soberano. La primera, la URSS, seguida de Gran Bretaña y Francia. En el mundo musulmán la cosa fue más complicada, temiendo algunos países musulmanes que el acceso a las ciudades santas, con ocasión del peregrinaje, no fuese libre. Frente a las reticencias de estos países, Abd el-Aziz decidía convocar una conferencia de todos los países musulmanes, que se celebró en el verano de 1926, aunque sin resultado. Pese a ello, desde 1927 el peregrinaje a La Meca y Medina se había restablecido con entera normalidad.

La anexión del Hiyaz había aliviado la crisis económica de Abd el-Aziz, debido sobre todo a los impuestos obtenidos del peregrinaje, que permitieron a la tesorería recobrar cierta holgura. Sin embargo, no sin algunas infracciones a los principios wahabíes, como fue la venta de tabaco, que Abd el-Aziz permitió al enterarse de las pérdidas que tendrían las aduanas del Hiyaz. Solo pedía a los vendedores de tabaco que no expusieran en público su mercancía.

Las infracciones al rigorismo wahabí irritaban profundamente a los Ijuân, que reprochaban al rey una actitud excesivamente tolerante hacia los extranjeros, considerados “impuros”, en cuya categoría entraban no solo los “infieles”, sino también los musulmanes no wahabíes. Con el objeto de defenderse de las acusaciones de impío, Abd el-Aziz convocó en Riad una conferencia de jefes religiosos y militares del Nejd, en la que se examinó sobre todo, y se admitió, la compatibilidad del teléfono con las prescripciones religiosas wahabíes. También se adoptó una decisión parecida respecto de la radio. En cambio, el gramófono y el cine siguieron estando prohibidos ¡hasta principios de 1970!

A las razones religiosas y políticas de los Ijuân, había que sumar las de carácter económico. La prohibición de llevar a cabo acciones de pillaje hacía que dependieran de los subsidios del rey, lo que les parecía intolerable. Los dos jefes principales de los Ijuân se sublevaron abiertamente en nombre de la moral y la religión. Tras 18 meses de enfrentamiento con su soberano, fueron por fin sometidos en la primavera de 1929. Las unidades de élite de los Ijuân, que habían contribuido antaño a llevar a los Saud al poder, se alzaban ahora contra ellos, por considerar que se habían apartado excesivamente de los principios religiosos y morales del wahabismo.

Conviene recordar que, gracias en gran parte a los Ijuân, Abd el-Aziz había conseguido una ruptura con la sociedad tradicional beduina, que se traducía sobre todo en la sedentarización, así como en la prohibición de guerras tribales, y de las razias y los pillajes. Todo ello a cambio de asignar a los jefes de las tribus suculentas subvenciones, que no habría sido posible pagarles regularmente solo con los ingresos obtenidos del peregrinaje a las ciudades santas. Si no hubiera sido por los fabulosos ingresos del petróleo, de los que pudo disponer años más tarde, Abd el-Aziz no habría podido mantener por mucho tiempo el sistema de subvenciones a los jefes tribales.

Pero hasta el momento en que el maná del petróleo vino a calmar los agujeros del tesoro, no había otra posibilidad de ponerlo a flote más que gracias al pillaje y el botín de guerra. Pero las razias tendrían que quedar limitadas y no rebasar las fronteras de los países colindantes: al norte y al este, Transjordania, Iraq, Kuwait, Bahrein, etc., todos ellos territorios protegidos por los británicos; al sur, el desierto de Rub’ el-Jali; al sudoeste quedaba el Yemen, en cuya frontera, mal definida, entre los dos Estados, persistía desde hacía dos años una fuerte agitación aprovechada por Abd el-Aziz, tras un incidente de frontera, para dirigir un ultimátum al imán Yahya del Yemen. Tan pronto como expiró, una columna al mando de Saud, primogénito del rey, invadía la región montañosa del país vecino. mientras que otra columna, bajo el mando de Faisal, hijo menor del, soberano, invadía el Yemen en dirección del puerto de Hodeida, que fue ocupado sin oponer resistencia.

El imán Yahya no tardó en pedir negociaciones, en las que Abd el-Aziz se mostró extremadamente prudente, contentándose con una modificación de fronteras, sin reclamaciones territoriales. No obstante, para llenar las arcas vacías, exigió una indemnización de guerra de 100.000 libras. En virtud del tratado de Taif, de 1934, se solucionó el problema de las fronteras entre los dos países, y el rey wahabí vio además considerablemente mejorada su situación financiera.

La victoria de Abd el-Aziz sobre el Yemen lo convertía en el soberano más poderoso de Arabia. En 1932, era proclamado rey de Arabia Saudí, dando así su nombre al inmenso territorio, en el que reinaba. Aunque la indemnización de guerra yemení había salvado provisionalmente a Abd el-Aziz de la ruina económica, necesitaba poder obtener recursos de manera más regular. Con este propósito, ya antes de atacar al Yemen, otorgaba en 1933 a una compañía petrolera estadounidense una concesión. Pronto se descubrieron los primeros yacimientos, y, aunque la producción, iniciada en 1938, experimentaba una disminución en los años de la Segunda Guerra Mundial, se reanudaba al terminar las hostilidades, contribuyendo poderosamente a la espectacular transformación del país.

Cauto, hábil, Abd el-Aziz supo siempre “nadar y guardar la ropa”. Durante la Segunda guerra Mundial, se mantuvo al margen del conflicto hasta 1945, al tiempo que cedía la base de Dhahran a la aviación estadounidense, y, para entrar en las Naciones Unidas, declaraba la guerra a Alemania y a Japón, cuando la contienda estaba casi a punto de terminar. Deseoso de codearse con los grandes del mundo, se reunía en Egipto con con el presidente Roosevelt y con Winston Churchill. Durante la guerra de Palestina, para participar en la coalición árabe, se limitó a enviar un pequeño destacamento, que se integró en las fuerzas egipcias y no desempeñó ningún papel. En su relación con los demás países árabes, se mostró siempre muy prudente, aunque se adhirió, desde su creación en 1945, a la Liga Árabe, en cuyas reuniones los representantes saudíes tenían la consigna de votar siempre en contra del bloque hachemí. Iraq, Transjordania. Esta posición situaba casi siempre a Arabia Saudí junto a Egipto, hostil también al proyecto del Creciente Fértil y de la Gran Siria.

Poco antes de su muerte en 1952, Abd el-Aziz abolía el impuesto del peregrinaje, que ascendía a 28 libras, medida que tuvo enormes repercusiones y contribuyó a aumentar su prestigio en todo el mundo islámico.

Abd el-Aziz gobernó siempre con métodos patriarcales, tomando personalmente las decisiones sobre todos los asuntos de gobierno, sin preocuparse nunca de dotar a su reino de un aparato administrativo. Los poderes ejecutivo, legislativo y judicial estaban los tres concentrados en manos del soberano. Su manera de dirigir los asuntos del país se caracterizaba por el absolutismo y el autoritarismo, conforme a los cuales hasta los menores problemas pasaban por él.

A pesar de disponer de recursos cada vez mayores, el reinado de Abd el-Aziz se vio sacudido por crisis financieras recurrentes, debido a la ausencia de administradores competentes y responsables. Las cantidades fijas asignadas a los jefes de las tribus como indemnización por la prohibición de guerrear y saquear, así como las liberalidades a los príncipes y parientes de la familia real grababan fuertemente el presupuesto del Estado. El despilfarro imperaba a gran escala. Presionado por el déficit de las finanzas públicas, Abd el-Aziz había tenido que recurrir a arrendar a los Estados Unidos la base aérea de Dhahran, a pesar de los inconvenientes políticos que le causaba la presencia militar extranjera en suelo saudí. Cada innovación que introducía chocaba con una oposición encarnizada, que tenía que vencer, no sin dificultad.

Abd el-Aziz al Saud moría el 9 de noviembre de 1953, después de reinar cincuenta y un años. En 1933, es decir, veinte años antes, había ya decidido que su sucesor en el trono sería su hijo mayor Saud. Una nueva etapa empezaba con el acceso al trono, sucesivamente, de seis de sus hijos.

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