La Casa Real saudí: petróleo, corrupción y luchas por el poder. La teocracia saudí; un gran negocio familiar (II)

María Rosa de Madariaga ||

Historiadora ||

Los sucesores de Abd el-Aziz y el reparto del pastel entre los príncipes de la familia al Saud

A la muerte del patriarca, es decir, Abd el-Aziz, le sucedió en el trono su hijo mayor, Saud, nacido en 1902, que reinó de 1953 a 1964, año en el que fue apartado del trono por su medio hermano Faisal. Saud falleció pocos años después, en 1969. Faisal, nacido en 1906, y, por tanto, algo más joven que su hermano, reinó de 1964 a 1975. Su sucesor en el trono, su medio hermano Jalid, nacido en 1912, reinó de 1975 a 1982. Tras Jalid, le llegó el turno a Fahd, nacido en 1920, que reinó de 1982 a 2005, y, posteriormente, Abdalá, nacido en 1923, que ocupó el trono saudí de 2005 a 2015.

Actualmente, reina desde esta última fecha, Salman, medio hermano de todos los anteriores monarcas, excepto de Fahd, de quien es hermano también de madre, Husah al Sudairi, del poderoso clan del mismo nombre. Vemos que la sucesión se hacía de hermano a hermano, es decir, entre los hijos del fundador del reino, Abd el-Aziz, lo que se traducía en que fuesen cada vez de más edad cuando ascendían al trono. Si Saud tenía 51 en 1953, la edad de los que le sucedieron iba en aumento hasta llegar a Salman, nacido en 1936, y cuyo ascenso al trono se produjo a los 79 años.  Hoy, anda por los 82 años. En vista de la media de edad de los herederos a la corona, podemos considerar a la Casa real saudí una gerontocracia.

El príncipe heredero Mohamed ben Salman (MBS)

Al no tener ya de quien echar mano de la generación de los hijos de Abd el-Aziz, hubo que recurrir a la generación más joven, es decir, a la de los hijos de los anteriores, sobre todo después de que los príncipes herederos de la generación mayor, Sultan y Nayif, que gozaban ambos de mala salud, fallecían el primero en octubre de 2011, y el segundo en junio de 2012. Para empezar, sus padres los habían ido ya preparando para ocupar puestos clave: Sultan había promovido en el Ministerio de Defensa a su hijo Jaled, quien, a la muerte de su padre, pasó a ser ministro de Defensa. En cuanto a Nayif, que había sucedido a Sultan como príncipe heredero, conservaba su cargo de ministro del Interior, que le daba un inmenso poder y el control de todos los asuntos religiosos, jurídicos y de seguridad del Reino saudí.

Cada uno trataba de colocar a sus hijos en puestos de poder. Siendo rey Abdalá había promovido a su hijo Mitab, jefe de la Guardia Nacional saudí, al rango de ministro, el viceministro de Defensa Jaled ben Sultan había sido cesado, Mohamed ben Nayif era ascendido a ministro del Interior, y Saud ben Nayif nombrado gobernador de la región oriental. Tras la muerte de Sultan y Nayib, se produjeron toda una serie de movimientos en los puestos de poder, en virtud de los cuales, después de la muerte del primero en 2011, el príncipe Salman, gobernador de Riad, era nombrado ministro de Defensa, y, tras la muerte de Abdalá en 2015, hubo de nuevo reasignación de cargos. Esta vez, el entonces príncipe heredero, Salman ben Abd el-Aziz, era proclamado rey y lo sigue siendo en la actualidad. Al propio tiempo, los parientes más jóvenes eran designados para desempeñar puestos ministeriales menos importantes, como Educación, Turismo, Deportes, Cultura y Patrimonio.

Conviene señalar que dos reyes, Fahd y el actual monarca Salman, así como los que fueron príncipes herederos, Sultan y Nayif, aunque estos dos, al haber fallecido antes, no llegaran a reinar, eran todos ellos hermanos de padre y madre y formaban parte de los llamados “siete hermanos Sudeiri”, que pertenecían, por la madre, al poderoso clan de los Sudeiri. Esta circunstancia no es, en ningún modo, ajena a haber sido designados los cuatro para reinar. Otro rasgo distintivo de los príncipes de la familia Saud es el reparto entre ellos de puestos clave del gobierno, como son los ministerios del Interior y de Defensa o el de jefe de la Guardia Nacional.

No obstante, a pesar de las luchas  por el poder dentro de la familia, todos los al Saud son conscientes de que los enfrentamientos tienen ciertos límites, que es mejor no sobrepasar, y que la ruptura de la unidad familiar en facciones sería la ruina de todos y el final del reino saudí.

Aunque los hijos que Abd el-Aziz tuvo fueran numerosísimos- se dice que tuvo más de cien-, es indudable que los habidos en mujeres de clanes poderosos alcanzaron más altas cotas de poder que los hijos de concubinas o de mujeres no pertenecientes a las grandes familias tribales. Ya nos hemos referido a los “siete hermanos Sudeiri”, por el nombre del clan materno, al que es preciso añadir los nombres de las familias de otras esposas, como los Shaij, clan de la madre del rey Faisal, o los Jaluwi, clan de la madre del rey Jaled. Lo mismo que Abd el-Aziz al Saud buscaba tomar esposa dentro de las familias tribales más poderosas, los jefes de esas tribus buscaban, a su vez, casar a sus hijas con el máximo jefe “supratribal”, es decir, el rey, como medio de alcanzar mayores cotas de poder.

Los descendientes de la familia reinante suman hoy miles. A finales de los 70 del pasado siglo el número de príncipes adultos iba de 2.000 a 7.000. Hoy, son, por supuesto, muchos más. Pese a los esfuerzos del régimen por sustituir la “lealtad tribal” por la lealtad a la “nación”, representada por la Casa de los Saud, subsisten tensiones entre las tribus, sobre todo entre los miembros de la familia reinante, cuya filiación materna los asocia con las facciones menos poderosas. Todos ellos reciben subvenciones del rey de turno, de mayor o menor cuantía, según la relevancia del beneficiario y del lugar que ocupa dentro de la familia reinante.

Aunque los sucesores de Abd el-Aziz introdujeron cambios y retoques en el régimen para tratar de adaptarlo a los nuevos tiempos, los introducidos no pasaron de ser puramente cosméticos, sin que la naturaleza del régimen experimentara transformaciones esenciales. Seguiría siendo un régimen teocrático y despótico. Saud, el primero de la estirpe, que sucedió al fundador de la dinastía, parecía inaugurar un nuevo estilo, al efectuar numerosas visitas oficiales a países extranjeros: Pakistán, Irán, India, Estados Unidos, España, Marruecos, Túnez, Libia, Etiopía.  

En los primeros años de su reinado, mantuvo la hostilidad tradicional hacia los descendientes de los hachemíes, antiguos señores del Hiyaz, lo que llevó a Arabia Saudí a alinearse, por oposición a Bagdad y a Amán, con Egipto, con el que firmaba un tratado de amistad y defensa en octubre de 1955, que no entraría nunca en vigor. Cuando se produjo la expedición franco-británica a Suez, en octubre de 1956, Arabia Saudí se limitó a romper las relaciones diplomáticas con Gran Bretaña y Francia. La creación de la República Árabe Unida (RAU) en febrero de 1956 y el panarabismo de Nasser llevaron a un deterioro de las relaciones entre egipcios y saudíes.

Paralelamente, asistimos a un acercamiento a los hachemíes, particularmente después del asesinato en Bagdad de Faisal II y la instauración de la República  en Iraq en julio de 1958. La nueva polarización del mundo árabe entre regímenes socializantes y monárquicos conservadores propició la alianza de la dinastía wahabí con su “antiguo enemigo”. Cuando Husein de Jordania pidió a Riad ayuda económica, ésta le fue concedida.

A nivel interior, Saud tuvo que hacer frente a la oposición representada por su propio medio hermano Faisal, príncipe heredero, al tiempo que desempeñaba las funciones de presidente del Consejo y ministro de Asuntos Exteriores. Lo que dio a Faisal más notoriedad fue su intervención para resolver la grave crisis económica que atravesaba el país, como consecuencia, entre otras cosas, del despilfarro y pésima gestión económica del rey Saud. La tarea de recuperación financiera lo obligó a tomar medidas de austeridad, que generaron malestar entre la burguesía saudí. Las críticas a la política económica de Faisal se extendieron a otros problemas que llevaron a su destitución del puesto de primer ministro, encargándose el propio rey de asumir las funciones inherentes a este cargo, con una composición ministerial en la que por primera vez la mayoría de las carteras- seis de once- era ocupada por miembros de la burguesía no pertenecientes a la familia real.  

Menos de dos años más tarde, en septiembre de 1962, la revolución del Yemen hizo comprender a Saud que si ésta llegara a triunfar al otro lado de la frontera sur, su propio trono correría peligro. Para evitar esa situación, era urgente tomar medidas drásticas. En estos momentos difíciles, Saud delegaba una vez más los plenos poderes en su medio hermano Faisal, quien puso al país en estado de alerta, mientras el rey viajaba a Europa para seguir un tratamiento médico. Fue entonces cuando Faisal juzgó que la actitud de su medio hermano Saud, asistiendo a una conferencia de Jefes de Estado, reunidos a propuesta de Nasser, y dando públicamente la mano al mariscal Sellal, presidente de la República del Yemen, que había derrocado al soberano de ese país, era equívoca y comprometía su política yemení. Entre los dos hermanos se iniciaba una vez más un conflicto de intereses. Si en el enfrentamiento anterior entre los dos hermanos en 1960, Saud había obtenido el apoyo de la burguesía saudí, cuatro años después le faltó ese apoyo. Las medidas socializantes y las nacionalizaciones de Nasser habían golpeado fuertemente los intereses de numerosos burgueses saudíes en Egipto.

Las autoridades religiosas wahabíes, por su parte, declaraban abiertamente su hostilidad al régimen nasseriano, al que tachaban de “ateo”. Saud, cuyo estado de salud era bastante frágil, se vio completamente aislado. Radio La Meca anunciaba el 1º de noviembre de 1964 que, el Consejo de Ministros y la Asamblea Consultiva acababan de destituir a Saud y de proclamar rey a Faisal. Saud se retiraba de la escena, para partir meses más tarde al exilio, donde moriría en 1969. A su ascensión al trono en 1962, Faisal tomó algunas decisiones como la abolición de la esclavitud, encaminadas sobre todo a evitar las críticas de la comunidad internacional, pero sin repercusiones sociales en la práctica, ya que los libertos, es decir, los esclavos liberados, al estar muy unidos a sus antiguos amos, seguían siendo igual de dependientes de éstos.  

Fue en el ámbito económico en el que se puso fundamentalmente de manifiesto la acción de Faisal. Después de poner fin al despilfarro y mala gestión de los fabulosos ingresos del petróleo, de que había dado muestras Saud, Faisal administró hábilmente los recursos del Estado, evitando cualquier déficit presupuestario. Dio particular importancia a mejorar las infraestructuras, ampliando el puerto de Yeda, creando un nuevo puerto en Daman, construyendo numerosos aeródromos, y prolongando las carreteras. Se preocupó, asimismo, por aumentar la capacidad militar del país, dotando al ejército de tierra de blindados y de armamento pesado, y al reino, de una aviación de combate.  El soberano podía permitírselo, ya que poseía los medios financieros necesarios para llevar a cabo esta política, sin olvidar vastos proyectos de desarrollo en el ámbito de las prospecciones mineras e hidráulicas, así como la puesta en marcha de varias industrias, particularmente la petroquímica.

Frente a estos vastos proyectos de transformación del país, Faisal, en política interior, no se diferenciaba demasiado de su antecesor. Preguntado en una ocasión por un periodista  de Le Monde(24 de junio de 1966) sobre la posibilidad de dotar al país de una Constitución, Faisal respondía: “¿Una Constitución. para qué? El Corán es la más antigua y la más eficaz de todas las constituciones del mundo. ¿Elecciones, un Parlamento? Después de las desgraciadas experiencias de los países vecinos, vale más no pensar en ello. Créame, el islam es una religión suficientemente previsora y flexible como para garantizar la felicidad de nuestropueblo”. Estas ideas retrógradas las mantuvo a lo largo de toda su vida, sin apartarse ni un ápice de ellas.

Pero la “felicidad” de su pueblo no debía de convencer a todos. Cuando su reinado se vio sacudido, en julio y septiembre de 1964, por dos golpes de Estado, ambos fallidos,  el primero, protagonizado por varios notables del Hiyaz, que aspiraban a una modernización de las instituciones, que fueron decapitados sin contemplaciones. En cuanto al segundo intento, parecía estar promovido por militares influidos por el nasserismo, decididos a instaurar una República. El compló fue descubierto y la represión que se abatió sobre los implicados en el fallido golpe fue aún más brutal que en la intentona anterior.  

El derrocamiento de la monarquia en el Yemen hizo comprender a Faisal que lo que estaba en juego era el futuro de toda la Península Arábiga. Por ello, no escatimó su ayuda a la guerrilla monárquica. Realista y pragmático como su padre, se acercó a Gran Bretaña y trató de oponer al panarabismo de El Cairo el panislamismo saudí. La conjunción de intereses británicos y saudíes se tradujo en un restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Londres y  Riad, y en una cooperación militar, en virtud de la cual instructores británicos entrenaban sobre el terreno a pilotos y soldados saudíes, y las industrias aeronáuticas y electrónicas británicas suministraban aviones y radares.

Los intentos de llegar a un arreglo con los egipcios a propósito del Yemen no dieron los resultados apetecidos y la guerra entre las tropas egipcias, que apoyaban al gobierno yemení, y la guerrilla monárquica, apoyada por los saudíes, prosiguió aún durante algún tiempo, hasta que Nasser decidía retirar las tropas egipcias en enero de 1968.

Pero Faisal aspiraba a que Arabia Saudí desempeñara un papel protagónico en la escena internacional. Cuando el presidente egipcio muere, en septiembre de 1970, su sucesor Anuar el Sadat se aproximará ostensiblemente a Arabia Saudí. Lo mismo que Faisal, Sadat pensaba que los Estados Unidos eran los únicos que podían presionar a Israel para poner fin al conflicto israelo.árabe. Los estadounidenses trataban al soberano wahabí con toda consideración y tenían muy en cuenta sus opiniones. Faisal desempeñó un papel decisivo en el acercamiento entre Egipto y los Estados Unidos. 

Tras la crisis petrolera consecutiva a la guerra israelo-árabe de octubre de 1973, la potencia económica de Arabia Saudí fue un factor decisivo en la política internacional. Faisal ejerció una influencia moderadora en relación con los precios del petróleo en más de una ocasión, sin que el soberano temiera oponerse a las exigencias de sus socios dentro de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP).

Faisal cayó abatido por las balas de un asesino, en marzo de 1975. Según las autoridades saudíes, el asesino, un sobrino del propio Faisal, no era ningún desequilibrado ni enfermo mental, sino que se trataría, al parecer, de una venganza personal. Se dijo que el hermano menor del asesino había sido matado por la policía años antes, durante una manifestación de protesta contra la introducción de la televisión y la relajación de las costumbres. Es decir que, según la versión oficial- nunca hubo otra- el asesino habría sido un integrista wahabí, que quiso vengar la muerte de su hermano a manos de la policía de un régimen considerado ¡en exceso liberal!

Tras el asesinato de Faisal, le sucedió su medio hermano Jaled. Los ulemas y el ejército le prestaron juramento de fidelidad, sin que los estamentos fundamentales ni los miembros de la familia real dieran la menor muestra de disconformidad. Tan pronto como accedió al trono, Jaled nombró príncipe heredero a su medio hermano Fahd, miembro por el lado materno del poderoso clan de los Sudeiri.

Aunque Jaled presidía el Consejo de ministros, Fahd fue nombrado vicepresidente del Consejo, conservando sus cargos anteriores; ministro del Interior y comandante jefe de la Guardia Nacional, presidente de la Sociedad de Hidrocarburos, de Universidades y de la Juventud, del Consejo Nacional de Seguridad y del Comité de Peregrinación a La Meca. Lo mismo que había sucedido ya con Faisal cuando era príncipe heredero, que era él quien en realidad gobernaba, quien realmente gobernaba Arabia Saudi en la etapa del rey Jaled, era el príncipe heredero Fahd. Éste, prosiguiendo la política de Faisal, se esforzó por que Arabia Saudí desempeñara un papel de primer orden en la escena internacional.

Aunque en Arabia Saudí existe un Consejo de Ministros, quien toma en última instancia las decisiones sobre los diferentes asuntos examinados en el Consejo es su presidente, cargo que suele recaer en el príncipe heredero, si bien las decisiones adoptadas solo son efectivas después de ser ratificadas por el rey. Un mes antes de su muerte, Abd el.Aziz al Saud creaba un Consejo de ministros, que solo se reunía oficialmente por primera vez el7 de marzo de 1954, en Riad. Entretanto, algunos ministerios existían ya, el primero, el de Asuntos Exteriores, creado en 1930, y el de Finanzas en 1932. A éstos fueron añadiéndose otros como el de Defensa en 1944, el de Interior en 1951, y el de Comunicaciones en 1953. Más adelante, se fueron creando nuevos ministerios, como el de Instrucción Pública, el de Agricultura, el de Comercio, etc.

El núcleo duro del poder está compuesto tradicionalmente por el rey, un número reducido de príncipes, y algunos notables pertenecientes a familias relevantes y de una “lealtad inquebrantable” a la Casa de al Saud.  Si es el rey quien zanja en última instancia los asuntos más litigiosos, lo habitual es que consulte con los miembros de la familia más próximos, de manera que las decisiones son “consensuadas” dentro de lo que podríamos calificar de “autocracia familiar”.

El maná del petróleo, el Estado rentista y las oposiciones a la Casa real

Después de la concesión de Abd el-Aziz, en 1923, a la compañía británica Eastern General Syndicate, la búsqueda de petróleo, motivada sobre todo por las necesidades de dinero, se intensificaba a partir de 1934, con la concesión de Abd el-Aziz a una compañía estadounidense, filial de la Standard Oil of California, que adoptó el nombre de California Arabian Standard Oil Company. Más adelante, cuando otras compañías estadounidenses se sumaron al consorcio, el nombre pasó a ser Arabian American Oil Company, más conocida por las iniciales de ARAMCO. Desde la explotación del petróleo,  la historia de Arabia Saudí es indisociable de estas siglas.

Descubierto primero en la isla de Bahrein, a escasos kilómetros de las costas saudíes, menos de dos años después se descubrían las primeras capas de petróleo y la producción se iniciaba en 1938. En los años de la guerra mundial, las dificultades de transporte imposibilitaron que la producción fuera superior al medio millón de toneladas, pero desde 1944 aumentaba rápidamente y a un ritmo regular. La ARAMCO, hoy llamada Saudi Arabian Oil Company, con sede en Dhahran, es, por sus ingresos, una de las mayores compañías del mundo y la más rentable. La ARAMCO saudí posee las segundas reservas probadas de petróleo a escala mundial, con más de 270 billones de barriles, y ocupa el segundo puesto en la producción diaria de petróleo. La producción total de la ARAMCO Saudi fue en 2013 de 3-4 billones de barriles, y administra más de cien campos de petróleo y de gas en Arabia Saudí, incluidos 288,4 trillones de pies cúbicos estándar de reservas de gas natural.   

A Arabia Saudí, se la suele calificar de Estado “rentista”. Es decir, de Estado cuyos recursos económicos no se derivan de actividades productivas, sino de la exportación de un producto, el petróleo en este caso, en detrimento del desarrollo de otros sectores de la economía. Una minoría de la población genera y controla la renta, mientras que la mayoría participa solo en su distribución y utilización. Las rentas del petróleo pueden servir a los regímenes de países ricos petroleros para aplacar a los disidentes y sofocar las aspiraciones democráticas de la población.

El dinero del petróleo ha contribuido de hecho a “comprar voluntades, es decir, a conseguir la lealtad de personas o grupos contestatarios. El rey Abdalá reaccionó a la Primavera Árabe de 2011 ordenando la asignación de 130 billones de dólares a ayudas sociales, vivienda y empleos, En un esfuerzo por reprimir la disidencia, especialmente la de la minoría shií. Esta “diplomacia del riyal” ha sido el modo de obrar de la familia real. Fue así cómo consiguió aplacar, al menos a algunos de los mayores detractores del régimen, cuando no ya a elementos duros, como al-Qaida. Cuando en 1979 el régimen saudí se vio amenazado al tener que hacer frente a una sublevación shií, supuestamente fomentada por Irán en la rica provincia petrolera del este del país, y fanáticos islamistas se apoderaron de la Gran Mezquita en La Meca, el régimen saudí reprimió brutalmente la revuelta, y, luego, para apaciguar los ánimos de los shiíes, recurrió a la “diplomacia del riyal”. Hoy, la sigue practicando en aras de la “estabilidad”.   

En este escenario que hemos esbozado, el margen de maniobra de los disidentes era muy estrecho, entre una feroz represión y la compra de voluntades. Aún así, surgieron algunos movimientos como el que patrocinó la petición “Declaración por la reforma nacional”, cuyos autores, junto con jóvenes activistas, lo difundieron por Internet. En ella, se limitaban a pedir una monarquía constitucional. Los firmantes, que ascendían a 119, incluían a liberales y a islamistas moderados, así como a algunos shiíes, mujeres activistas de los derechos humanos y universitarios. La petición puede considerarse un documento de carácter liberal dentro de un marco islámico moderado.  

Lo que pedían los firmantes de la Declaración eran urgentes reformas políticas, económicas y sociales, la protección de los derechos civiles y humanos, la participación política, un desarrollo económico equitativo, la erradicación de a pobreza y la corrupción y la elección de una asamblea nacional. Pedían asimismo una constitución escrita, una sociedad civil independiente y gobiernos regionales elegidos y no nombrados a dedo. Aunque no eran nuevas, estas reivindicaciones reflejaban el descontento con la Asociación de derechos humanos nombrada por el gobierno. La autonomía regional era especialmente importante, después de que la corrupción y mala gestión de proyectos de desarrollo llevaran a inundaciones y muertes en varias ciudades saudíes, como Yeda en enero de 2011.

Otra petición, “Hacia un Estado de derechos e instituciones”, que expresaba compromiso con los principios islámicos, reclamaba la elección de una asamblea nacional, una separación entre las funciones del rey y del primer ministro, y el final de la corrupción. Pedía también libertad de expresión, asociaciones independientes, la puesta en libertad de todos los presos políticos y la supresión de restricciones de movimiento para los activistas. La petición tenía un claro tono islamista, evitando términos como democracia, gobierno regional y monarquía constitucional, si bien insistía en la importancia de una distribución equitativa de la riqueza, y la participación y representación políticas.

Fue una petición que reunió miles de firmas y que reflejaba una creciente corriente islamista, fundada tanto en el islamismo como en el discurso sobre derechos humanos. Esta petición se inscribe dentro de lo que se conoce en Arabia Saudí como Sahwa(Despertar), en referencia al complejo movimiento contemporáneo surgido a raíz de la guerra del Golfo de 1990, cuando miembros de esta corriente cuestionaron abiertamente la decisión del régimen saudí de invitar a tropas estadounidenses a defender a Arabia Saudí de la invasión iraquí.

El movimiento está constituido de partidarios de los Hermanos Musulmanes, de activistas salafíes y de losIjuân, conocidos como Sururis, así como de otros islamistas marginales, cuyas estrategias iban desde el enfrentamiento violento al activismo pacífico contra el régimen saudí durante las dos últimas décadas. Dirigentes de este movimiento, encarcelados en los años noventa, fueron puestos en libertad hacia 2000. Si permanecieron callados durante años, la Primavera Árabe y el éxito alcanzado por los Hermanos Musulmanes en Egipto y en Túnez los hizo reaparecer con un nuevo discurso y estrategias políticas. Celebraron la Primavera Árabe y alabaron la movilización pacífica que derrocó a algunos dictadores árabes.

Más bien cautos, no solo no llamaron abiertamente a manifestarse contra el régimen, sino que se opusieron al llamamiento del 11 de marzo de 2011 a manifestarse , lo que se tradujo en que nadie lo atendiera. El contenido de ambas peticiones era a todas luces políticamente moderado. Ninguno de ellos llamaba a derrocar el régimen, limitándose a señalar graves deficiencias y decepciones. Los firmantes se abstuvieron de adoptar posturas radicales para evitar ser detenidos. Pedían reformas y prometían lealtad al rey.

Había, desde luego, una frustración y decepción evidentes respecto del rey Abdalá, que no había atendido hasta entonces las peticiones anteriores. A los partidarios de introducir reformas, de todo el espectro político, les preocupaba el futuro del país, teniendo en cuenta la avanzada edad del rey y la incertidumbre respecto de la sucesión al trono. Abdalá se había rodeado de un entorno bastante “liberal”, que contribuyó a forjar su imagen de un gran reformista. Muchos temían que el enfoque securitario del gobierno, que tenía el príncipe Yayif y que heredó su hijo, terminarían con la  influencia del sector más liberal e intensificarían la represión.

La mayor denuncia de Nayif y de su hijo procedía de una organización no oficial, la Asociación de Derechos Sociales y Políticos en Arabia Saudí, cuyo cofundador era detenido en marzo de 201, y entablado al año siguiente una huelga del hambre. Esta asociación acusaba al régimen de haber detenido a su cofundador después de que éste denunciara la muerte bajo la tortura de un inmigrante yemení, y pedía que Nayif  fuera juzgado por abuso de los derechos humanos. La Asociación confirmaba su lealtad al rey Abdalá, considerado un reformista, mientras que denunciaba a su medio hermano Nayif como partidario de practicar métodos policíacos que violaban los derechos humanos y la ley islámica.

Varios activistas del movimiento fueron encarcelados, y algunos veteranos islamistas, sentenciados a más de diez años de cárcel. Nayif falleció en junio de 2012, pero algunos de sus descendientes ocupaban puestos de poder. Nombrado ministro del Interior, su hijo Mohamed dirigía un extenso aparato de seguridad y grupos religiosos que controlaban la educación religiosa, el Comité para la Promoción de la Virtud y la Prohibición del Vicio, la judicatura y otras instituciones religiosas y judiciales wahabíes. Al principio de la Primavera Árabe, Nayif se esforzó por realzar el carácter salafí del Estado, actitud que su hijo Mohamed retomó en sus intentos de apaciguar a los islamistas, en el contexto de la Primavera Árabe, y sobre todo de los gobiernos que se constituyeron posteriormente cuando los Hermanos Musulmanes se presentaron, particularmente en Túnez y en Egipto, como alternativa viable a las dictaduras.  

Nayif necesitaba recalcar las credenciales salafíes de Arabia Saudí, en contraposición al actual maridaje de democracia e islam, que parece prevalecer entre los Hermanos Musulmanes de determinados países. Mohamed ben Nayif continuó practicando las estrategias de su padre, consistentes, por un lado, en convencer a los países occidentales de que él era indispensable en cuestiones de seguridad e inteligencia, y, por otro, en mantener la imagen de Arabia saudí como único Estado islámico legítimo.

Los salafíes-wahabíes tradicionales, fieles a la doctrina original, coincidían con Nayif en su denuncia de los shiíes, y su supuesto valedor, Irán, así como de los Hermanos Musulmanes, considerados por los wahabíes tradicionales demasiado laxos y divisivos. A muchos fieles salafíes les gustaría renovar su lealtad a un poder político, que prometía controlar a los shiíes, cuyo credo sigue suscitando sus recelos, y a competidores relativamente moderados, como los Hermanos Musulmanes. Aunque Nayif se aseguró bien de que los salafíes que lo criticaban fueran detenidos, tendía a adaptar su conservadurismo social.

Además de los movimientos de oposición a que nos hemos referido, caracterizados por su extremada moderación, cabe mencionar a otros grupos representados fundamentalmente por periodistas como Hamza Kashgari, un joven de veintitantos años, cuyos comentarios en el periódico digital Al-Bilad(El País) fueron considerados blasfematorios para la religión. Kashgari pertenecía a un nuevo grupo de debate religioso en Yeda, que mantenía regularmente reuniones en una biblioteca privada y cafetería llamada con el significativo nombre de Yusur(Puentes). No tardó en intervenir el Comité para la Promoción de la Virtud y la Prohibición del Vicio, y Kashgari fue acusado de apóstata por escribir en su blog twits ofensivos para la religión y el profeta Mahoma, Aunque se disculpó públicamente, no se libró de la cárcel ni de correr el riesgo de ser condenado a la pena de muerte y ser decapitado.

El caso de Kashgari no fue un caso aislado. Otros muchos periodistas y blogueros, así como activistas de derechos humanos, incluidas numerosas mujeres, sufrieron persecución, con duras penas de cárcel y riesgo de pena de muerte.  Durante el reinado de Abdalá, la política represiva fue sobre todo obra del príncipe heredero y ministro del Interior, Nayif ben Abd el-Aziz, y, la muerte de éste en junio de 2012, de su hijo Mohamed ben Nayif, que le sucedió en el cargo de ministro del Interior,

El príncipe heredero Mohamed ben Salman (MBS) y la lucha por el poder

El 23 de enero de 2015, moría el rey Abdalá y le sucedía en el trono su medio hermano Salman ben Abd el-Aziz, un Sudeiri por su madre. Nacido en 1985, su hijo Mohamed ben Salman, conocido también por sus iniciales como MBS, era el primogénito de los hijos habidos con su tercera esposa. Mohamed ben Salman había sido ya “asesor especial” de su padre cuando éste desempeñaba el cargo de gobernador de Riad. Tan pronto como Salman accedió al trono, nombraba ministro de Defensa a su hijo Mohamed, y, en abril de 2015, su sobrino Mohamed ben Nayif era designado príncipe heredero, y el hijo de Salman, príncipe heredero suplente. Si como ministro de Defensa tenía ya un poder inmenso, del que se sirvió para intervenir en el Yemen contra los rebeldes hutíes, mayoritariamente musulmanes shiíes, aunque entre ellos hay también sunníes, su designación como príncipe heredero en junio de 2017 amplió y reforzó aún más sus elevadas cotas de poder

Recordemos que el hasta entonces príncipe heredero, Mohamed ben Nayif, fue destituido de su cargo por el propio rey Salman, que lo había nombrado en abril de 2015, para poner en su lugar a su propio hijo Mohamed ben Salman (MBS). Toda una recomposición de los puestos al más alto nivel del Estado, con el objeto de beneficiar a su hijo predilecto.

El periodista saudí Jamal Kashoggi

La sustitución de Mohamed ben Nayif podría interpretarse en el sentido de que obedecía a la conveniencia de relegar a alguien partidario de la línea pura y dura del wahabismo y reemplazarlo por una persona de talante más abierto y liberal. En efecto, esa era la imagen que pretendía dar ante la opinión pública, sobre todo internacional, el nuevo príncipe heredero. En efecto, la vertiginosa ascensión de Mohamed ben Salman (MBS) fue acompañada de la adopción de toda una serie de medidas políticas, económicas y sociales, destinadas a ganarse el aprecio de los países occidentales. Así, frente al Estado Islámico (EI), y como prueba de su cooperación con la UE y los Estados Unidos de América, decidió crear la Coalición Militar Islámica contra el Terrorismo, cuya primera reunión tuvo lugar en Riad en noviembre de 2017, con la presencia de ministros de Defensa y otros altos funcionarios de 41 países

Ya en enero de 2015 MBS había sido nombrado presidente del recién creado Consejo para Asuntos Económicos y de Desarrollo, y un real decreto le daba el control de la ARAMCO saudí. Así, iba poco a poco acaparando puestos de control de poderosas empresas estatales que, como la ARAMCO, constituían la espina dorsal de la economía saudí.

Si su posición política correspondía a la mantenida tradicionalmente por la monarquía saudí, es decir, ultraconservadora, en asuntos económicos y sociales tenía una postura más bien liberal. Su decisión “estrella”, adoptada en septiembre de 2017, de permitir que las mujeres puedan conducir automóviles, como las activistas de los derechos de la mujer venían reclamando desde hacia tiempo, convirtió a MBS en un reformista modernizador.  En diciembre del mismo año permitió el primer concierto público de una cantante, y, en enero de 2018, un estadio deportivo en Yeda admitió por primera vez en Arabia Saudí la presencia de mujeres en su recinto. En abril de 2018, después de una prohibición de 35 años, abrió sus puertas el primer cine del país. Otras muchas medidas liberalizantes, que limitaban los poderes de la policía religiosa, contribuyeron a realzar en el exterior el prestigio del príncipe heredero.

Paralelamente a estas medidas innovadoras, MBS se preocupó por restructurar la economía del país, lanzando el ambicioso Plan Vision 2030, de cambio económico y social, destinado a diversificar la economía saudí y poner fin a su dependencia del petróleo. El plan contempla alcanzar metas en varios ámbitos, desde el desarrollo de los ingresos no procedentes del petróleo y la privatización de sectores de la economía hasta la informatización de la administración pública y el desarrollo sostenible.

En la conferencia inaugural Iniciativa de Futuras Inversiones, celebrada en Riad en octubre de 2017, MBS anunció planes para la creación de NEOM, una zona económica de  500 billones de dólares, que abarcaría una superficie de 26.000 km2 en la costa saudí del Mar Rojo, con prolongaciones en  Egipto y en Jordania. NEOM, cuyo nombre se compone de la voz latina NEO, nuevo, y de la letra “M”, inicial de la voz árabe “mustaqbal”, que significa “futuro”, se propone atraer inversiones en diversos sectores como las energías renovables, particularmente la solar, la biotecnología, la robótica y las tecnologías avanzadas de fabricación. A este anuncio siguieron planes para transformar una superficie de 34.000 km2 a lo largo de una laguna de 50 islas en la línea costera del Mar Rojo de Arabia Saudí,  en un destino turístico de lujo, regido por leyes acordes con las normas internacionales. Se trataba de fomentar el turismo en Arabia Saudí, aún a riesgo de infringir los estrictos y rígidos principios del rigorismo wahabí.   

En su ambicioso proyecto de modernización del país, MBS no podía dejar de lanzar una vasta campaña contra la corrupción, El 4 de noviembre de 2017, la prensa dio a conocer la detención del príncipe y multimillonario saudí al-Walid ben Talal, cuyo padre el príncipe Talal ben Abd el-Aziz ya había tenido choques con el anterior rey Abdalá, por sus llamamientos en favor de una monarquía constitucional,  sus entrevistas en medios de comunicación internacionales, instando al rey a adoptar reformas, celebrar elecciones a escala nacional y formar gobiernos más representativos.  Además del príncipe al-Walid fueron detenidos, por orden de MBS, más de 40 príncipes y ministros del gobierno., acusados de corrupción y de blanqueo de dinero. MBS ordenó asimismo la reclusión domiciliaria, en el hotel Ritz Carlton de Riad, de unos 200 hombres de negocios y príncipes muy acaudalados, que solo fueron puestos en libertad después de entregar billones de dólares a un organismo contra la corrupción creado por el príncipe heredero.

Todas estas medidas draconianas, aparentemente destinadas a erradicar lacras y vicios que obstaculizaban el progreso y la modernización del país, tenían en realidad por objeto eliminar a posibles competidores o disidentes. Si el poder en Arabia Saudí había sido hasta entonces un poder absoluto, aunque compartido en cierto modo, en la medida en que las decisiones importantes solían adoptarse por “consenso” de un pequeño círculo de miembros de la familia real y allegados. Mohamed ben Salman no estaba dispuesto a compartir el poder con nadie, lo quería todo para sí solo. En este sentido, no era persona que admitiese la menor disidencia, en lo que no difería de sus antecesores, con la diferencia de que la compra de voluntades o la prisión y la pena de muerte para los más recalcitrantes empezaron a ser sustituidas por la eliminación física, considerado el método más eficaz para acallar definitivamente las voces discordantes.

Promotor de la política de eliminación física de los opositores al régimen, el príncipe heredero MBS suele recurrir para silenciar a los disidentes al Escuadrón del Tigre (Firqat al-Nimr), según revela el Middle East Eyedel 22 de octubre de 2018. Este auténtico “escuadrón de la muerte” estaría compuesto de unos 50 miembros, que actuarían a las órdenes de MBS., en general dentro de las fronteras de Arabia Saudí, haciendo pasar los asesinatos por accidentes. La eliminación física en el extranjero planteaba más problemas, por lo que la táctica utilizada suele ser la de convencer a la persona designada para ser eliminada de que regrese al país donde se le asegura que no le pasará nada grave. Si hubiera resistencia la consigna es tratar de secuestrar o raptar al disidente para llevarlo al país, y poder asesinarlo allí impunemente.

En el caso del periodista Jamal Kashoggi, conocido disidente moderado, y miembro de una conocida familia de la alta burguesía, cuyo abuelo había sido el médico del rey Abd el-Aziz al Saud, abuelo de MBS,  y el tío, el famoso traficante de armas y multimillonario Adnan Kashpggi- su asesinato en los locales del consulado de Arabia Saudí en Estambul obedeció probablemente a que al comando de 15 miembros, llegado para secuestrarlo y llevarlo de vuelta al país, algo se le fue de las manos cuando el periodista  se resistió y forcejeó , viéndose obligados a terminar por estrangularlo. No se explica que fueran necesarias 15 personas para asesinar a una sola, mientras que sí lo serían para llevar a cabo un secuestro.

Según un informe de la CIA, que dio a conocer su directora Gina Haspel, Kashoggi habría sido no solo asesinado, sino descuartizado con una sierra y sus restos disueltos en ácido para hacer desaparecer más fácilmente su cadáver. De ahí que las iniciales  del nombre del príncipe heredero, MBS, sirvieran para adjudicarle el siniestro apodo en inglés de “Mister Bones Saw” (Señor Sierra de cortar Huesos). Kashoggi. que había ejercido varios años el periodismo en Arabia Saudí, era crítico con el régimen, particularmente con el nuevo príncipe heredero Mohamed ben Salman. En 2017, Kashoggi abandonó Arabia Saudí, para trasladarse a los Estados Unidos, donde colaboraba, entre otros periódicos, con el Washington Post. Próximo, en su juventud, a los Hermanos Musulmanes, había evolucionado con los años hacia posturas más liberales.

Contrariamente a las acusaciones de MBS, de que era un peligroso terrorista islamista, Kashoggi era un musulmán extremadamente moderado. Lo que reclamaba para su país era una monarquía parlamentaria y reformas democráticas. Creía que un islam tolerante y abierto no era incompatible con la democracia, y que ambos podían combinarse armoniosamente a semejanza de como lo hacía el cristianismo en el seno de los partidos democratacristianos. Inútil decir que la combinación islam-democracia preocupaba extraordinariamente a Mohamed ben Salman. Echaba por tierra su pretensión de aparecer ante la opinión pública internacional como el joven príncipe heredero reformista y y modernizador, y el único capaz de hacer frente al radicalismo extremista islámico y al terrorismo. De su doble rostro de Doctor Jekyll y señor Hyde, Mohamed ben Salman cada vez desvelaba más que este último rostro, el del señor Hyde, era el suyo verdadero.

Bibliografía

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