Las silenciadas de la Edad de Plata: a propósito de Las sinsombrero 2, ocultas e impecables

José Manuel Pérez Carrera ||

Profesor y crítico literario ||

El primer tercio del siglo XX fue un periodo excepcional de la cultura española. Tras dos siglos de ensimismamiento, decadencia e ignorancia de lo que se estaba haciendo en Europa, científicos, médicos, arquitectos, artistas plásticos, cineastas, músicos, filósofos, pedagogos, ensayistas, poetas, dramaturgos y novelistas de este país empezaron a codearse con sus homólogos europeos. La sublevación militar de 1936 cercenó de cuajo esa experiencia. Muerte, exilio, cárcel o silencio, tales fueron la condena que tuvieron que pagar la mayoría de los más destacados hombres de ese periodo.

Todo esto lo cuentan, con mayor o menor detalle, todos los estudios sobre la cultura española de esa época. Si uno abre al azar media docena de páginas en la web sobre la Edad de Plata se encontrará aún hoy con un relato casi idéntico de una época en la que los hombres fueron los únicos y exclusivos protagonistas de esa revolución cultural.

En el relato tradicional, aún hoy vigente, la mujer sencillamente no existe. Y cuando aparece, lo hace casi siempre asociada a un hombre, al que acompaña como una discreta sombra: son, sin quererlo ellas, “las maridas de sus maridos”, en frase afortunada de Concha Méndez. Así, Zenobia Camprubí se cita siempre junto a Juan Ramón Jiménez, María de la O Lejárraga con Gregorio Martínez Sierra, María Teresa León con Rafael Alberti o Concha Méndez con Manuel Altolaguirre

Y, sin embargo, sí que existieron y sí que hicieron cosas por sí mismas y sí que dieron que hablar. Hubo mujeres en la política, tan señaladas como Federica Montseny o Dolores Ibárruri; filósofas como María Zambrano; lexicógrafas como María Moliner; poetas como Ernestina de Champourcín, Josefina de la Torre o Carmen Conde; novelistas como Rosa Chacel, Luisa Carnés, Mercè Rodoreda o María Teresa León; pintoras como Maruja Mallo o Ángeles Santos; ilustradoras de la categoría de Delhy Tejero; María Teresa Toral; las científicas que ha estudiado Carmen Magallón en Pioneras españolas de las ciencias; médicas como la libertaria Amparo Poch; pedagogas como María de Maeztu o María de la O Lejárraga; abogadas como Victoria Kent o Clara Campoamor; traductoras como Consuelo Berges; diplomáticas como Isabel de Oyárzabal; memorialistas como Constancia de la Mora, Concha Méndez o Carlota O’Neill; cultivadoras de la narración infantil como Elena Fortún.

Pues bien, a pesar de este somero repaso, en el relato canónico de la cultura española del primer tercio del siglo pasado estas mujeres están ausentes. Casi por completo. Y, sin embargo, como señala el subtítulo del primer libro de Tània, “sin ellas la historia no está completa”.

Cuatro etapas

Creo que se pueden distinguir cuatro etapas en la historia de la incorporación de la mujer a la esfera pública española en la primera mitad del siglo XX.

  1. Hasta la llegada de la II República irrumpen mujeres, todas ellas, casi sin excepción, de clase medias acomodadas, que han viajado al extranjero, han estudiado en centros universitarios o se han reunido alrededor de instituciones como el Lyceum Club Femenino o la Residencia de Señoritas, en Madrid. Son las pioneras, algunas de ellas muy importantes, pero su acción y radio de influencia resulta limitado más allá de un reducido grupo culto, selecto y elitista de Madrid o Barcelona.

Y, a pesar de ello, estas mujeres tienen que luchar contra un triple frente:

El del pensamiento reaccionario español encabezado por la iglesia, que instrumentalizó a muchas mujeres en contra de estas rompedoras.

El de los hombres cultos, y sensibles, que quizá veían en peligro el predominio exclusivo que detentaban en las esferas de del arte y la ciencia. En el prólogo al primer volumen de Las sinsombrero, Tània recoge textos muy significativos de la crítica que tuvieron que sufrir estas mujeres por querer ocupar un espacio público que hasta entonces tenía reservado el derecho de admisión a los hombres. Por mi parte, he encontrado otro texto del más eminente de los filósofos españoles del siglo XX. Precisamente en el primer número de la tan celebrada e influyente Revista de Occidente escribe la siguiente “perla”:

“¿Hasta qué punto puede alojarse en la mujer la genialidad lírica? La cuestión es poco galante y corre riesgo de suscitar en contra todas las banalidades del feminismo. El lirismo es la cosa más delicada del mundo. Supone una innata capacidad para lanzar al universo lo íntimo de nuestra persona. Solo en el hombre es normal y espontáneo ese afán de dar al público lo más personal de su persona.Todas las actividades históricas del sexo masculino nacen de esta su condición esencialmente lírica. La mujer, por el contrario, es nativamente ocultadora. Ese mecanismo de sinceridad que mueve al lirismo, ese arrojar fuera lo íntimo, es en la mujer siempre forzado, y si es efectivo, si no es una ficticia confesión, sabe a cínico. Cuando se da el caso de que una mujer posea facilidad y gracia bastantes para transmitir a la muchedumbre su secreto personal de una manera convincente y auténtica, descubrimos que esa intimidad femenina puesta al aire libre resulta la cosa más pobre del mundo. Ello es que la mejor lírica femenina, al desnudar las raíces de su alma, deja ver la monotonía del eterno femenino y la exigüidad de sus ingredientes”.

Y, en tercer lugar, el de sus propios compañeros de vida, que no siempre aceptaron de buen grado la proyección pública de sus mujeres o compañeros. En el volumen que hoy presentamos, Tània transcribe unas cartas de Antonio Oliver a Carmen Conde muy significativas de esta actitud machista, lo mismo que le ocurrió a Elena Fortún con los celos literarios de su marido; incluso la poeta anarquista Lucía Sánchez Saornil tiene que reconocer la contradicción que a este respecto impera en su entorno:

“He visto muchos hogares, no ya de simples confederados, sino de anarquistas, regidos por las más puras normas feudales. ¿De qué sirven, pues, los mítines, las conferencias, los cursillos, toda la gama de la propaganda si no son vuestras compañeras, las mujeres de vuestra casa las que han de acudir a ellos? ¿A qué mujeres os referís entonces?

  1. Durante la II República a ese grupo pionero de mujeres se unen con voz propia y demandas más precisas y concretas mujeres de clase media y trabajadora, muchas de las cuales se incorporan al mundo laboral y se aprovechan de las leyes republicanas para hacerse notar en la esfera pública.

Luisa Carnés en su novela Tea Rooms, sobre la vida de las mujeres trabajadoras, pone en boca de una de ellas el siguiente comentario:

“ya ha pasado el tiempo en que se consideraba ridículas y hombrunas a las mujeres que se preocupaban de la vida social, cultural y política del mundo. Antes creíamos que la mujer sólo servía para zurcir calcetines al marido y para rezar (…) Hoy sabemos que las mujeres valen más que para remendar ropa vieja, para la cama y para los golpes en el pecho; la mujer vale tanto como el hombre para la vida política, social, y cultural”.

  1. En el periodo 1936-1939 aparecen las milicianas, jóvenes la mayoría de ellas, no necesariamente cultivadas intelectualmente, pero que luchan por defender el nuevo estatus, individual y público, que las mujeres habían conquistado en el periodo republicano.
  2. El final de la Guerra Civil supuso, entre otras muchas desgracias, un corte brusco con el movimiento de emancipación femenina que tan brevemente he descrito. Mujeres intelectuales, científicas, artistas y políticas tuvieron que exiliarse y rehacer sus vidas en el extranjero, con frecuencia en situaciones económicas y ambientes sociales y familiares que no favorecían su independencia. En el interior, la política impuesta por la Sección Femenina (y bajo la vigilancia moral represiva de la Iglesia) limitó los derechos cívicos de la mujer, la redujo al ámbito del hogar y, en suma, la convirtió en subordinada al hombre.

Pero, además de esa represión generalizada contra las mujeres en cuanto tales, el régimen ejerció una violencia específica contra las mujeres que se habían señalado por su militancia republicana y también con las madres, esposas e hijas de militantes antifranquistas. Los rapados, el aceite de ricino, las palizas y las vejaciones fueron moneda corriente para esas mujeres. A otras, además, les cayeron años de cárcel, antesala de fusilamientos para muchas de ellas. Especial crueldad se ejerció con las madres jóvenes y las que ingresaron embarazadas en prisión: a muchas de ellas se les quitaron los hijos para darlos en adopción a familias del régimen.

Lento redescubrimiento en la democracia 

De a esta historia, no supimos apenas nada durante el franquismo. Doble (o triple) silencio, pues, sobre ellas: por ser mujeres y por haber querido ser autónomas e independientes (además de rojas, muchas de ellas, o, al menos, republicanas).

Con la llegada de la democracia comenzó un lento proceso de redescubrimiento de esta historia oculta. Antonina Rodrigo publica en 1979 Mujeres de España: las silenciadas, libro pionero, que está en la raíz de lo mucho que se ha escrito después. También a Antonina Rodrigo se debe la publicación de la primera biografía consagrada a una de estas “republicanas burguesas”, como otras veces se las ha denominado: María Lejárraga: una mujer en la sombra (1992).

Afortunadamente, en el siglo XXI cada año aparecen nuevos e importantes estudios que nos van descubriendo aspectos desconocidos de este movimiento y, hasta cierto punto, se podría decir que este tema “está de moda”. Y en esta corriente investigadora se inscriben las investigaciones de Tània Balló. Como las cerezas en el árbol, que unas te acercan a otras, lo que empezó con un documental, Las sinsombrero, emitido por TVE2 en 2015, continuó con Las sinsombrero. Sin ellas la historia no está completa (2016) y éstas otras, Las sinsombrero2. Ocultas e impecables; y, por lo que he podido deducir de su lectura, le seguirá otro documental y hasta un posible tercer volumen, pues aún es larga la nómina de mujeres silenciadas y perseguidas por el franquismo.

La aportación de Tània Balló 

¿Cuál es la aportación de Tània Balló en este proceso de reconstrucción de la vida cultural española del primer tercio del siglo XX?

Primero, su excepcional difusión, hecho infrecuente en publicaciones de este tipo. No me refiero solo al impacto del documental, sino al propio libro, que solo entre 2016 y 2017 alcanzó siete ediciones.

Segundo, su acertada mezcla de divulgación e investigación, que consigue conectar con toda clase de público, unos más interesados que otros por uno u otro tipo de acercamiento.

Y, en tercer lugar, la gran diversidad de enfoques con que se acerca a cada biografiada, consciente la autora de que cada personaje necesita un tratamiento distinto y específico, “una mirada diferente”, como señala Tània en el prólogo al primer volumen.

En el primero de los dos volúmenes se acercaba, sobre todo, a mujeres que tuvieron que exiliarse en 1939, muchas de las cuales acabaron su vida fuera de España. En el segundo se centra más en mujeres que se quedaron en el país y aquí lograron sobrevivir en muy difíciles circunstancias, censuradas por los poderes públicos y a veces mal vistas por sus compañeras del exilio.

En la novela de Josefina Aldecoa Mujeres de negro se recoge una conversación entre exiliados en México en medio de la cual una mujer afirma con resentimiento “Todos los que se han quedado dentro son unos traidores”, a lo que Gabriela, la madre de la narradora, replica: “Hace falta tanto valor para irse como para quedarse. Hace falta mucho coraje para seguir viviendo allí sin rendirse por dentro”. Precisamente, a estas mujeres que se quedaron en la oscura España franquista sin rendirse por dentro es a quienes Tània Balló dedica su segundo libro. [1]

[1] El autor leyó este texto en la presentación del libro de Tània Balló Las sinsombrero 2 en el Centro Cultural Blanquerna de Madrid en un acto organizado por AMESDE en diciembre de 2018.

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1 comentario de “Las silenciadas de la Edad de Plata: a propósito de Las sinsombrero 2, ocultas e impecables

  1. Maryse Bertrand de Muñoz
    30 diciembre, 2018 at 16:27

    Buen comentario de un texto que me parece fundamental para el conocimiento del lugar de las mujeres en la evolución de la sociedad española.
    No he tenido ocasión de leer el libro de Taniai Balló pero formará sin duda parte de mi lista de libros para 2019.
    Felicidades a Tania Balló y José Manuel Pérez Carrera
    Maryse Bertrand de Muñoz
    Profesora emérita
    Université de Montréal

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