No, el procés no está muerto

Jaume Darrer ||

Escritor. Militante de IZQUIERDA EN POSITIVO ||

 

Se dice que la caída del Imperio Romano de Occidente comenzó a partir del año 180, acabado el reinado del emperador filósofo Marco Aurelio (la vez que más cerca estuvo de hacerse realidad el programa político esbozado por Platón en su Politeia, o República). Interminable caída, por cierto, ya que no se da por definitivamente consumada hasta el 476, año en que Odoacro, caudillo de la tribu germánica de los hérulos, depuso al último emperador, Rómulo Pío Félix Augusto, despectivamente conocido como Rómulo Augústulo.

Semejante caída a cámara lenta, como es natural, nunca llegó a ser percibida como tal por nadie de quienes la vivieron (entre otras razones, porque nadie llegó a vivirla en su totalidad). De hecho, ni siquiera después de la deposición de Rómulo se pensó que el Imperio Romano había dejado de existir: durante toda la Edad Media y toda la Moderna, como mínimo hasta Napoleón, el Imperio siguió vivo en las conciencias y reencarnándose en la persona de sucesivos «emperadores romanos» aunque de estirpe germánica.

Es lo que tiene la historia: que nadie es capaz de hacer balances definitivos porque nadie se da cuenta del alcance y significado de lo que está pasando. No por falta de perspicacia de los protagonistas de los hechos, sino porque, en realidad, las cosas que pasan nunca acaban de pasar, sino que forman un continuo en el que, a diferencia de los libros convencionales, es imposible distinguir con toda claridad finales y principios de capítulo.

La historia, contra la boutade de Francis Fukuyama, no tiene final, porque no es una mera suma de hechos atómicos, sino un proceso continuo, un todo global. La lengua inglesa, tan adaptable a los pliegues de la realidad (o de su percepción) distingue aptamente entre la historia propiamente dicha, la historia como proceso, history, y el simple episodio puntual, story.

No sé si conscientes de eso (más probablemente por simple casualidad, dada su escasa talla intelectual), los líderes del «proceso» por antonomasia, el «procés» que nos lleva por la calle de la amargura (una calle sin final visible) a los habitantes de Cataluña, dieron en adjudicar ese nombre al delito continuado contra la convivencia que vienen perpetrando, como mínimo, desde la última década del siglo XX.

No quiero con esto desanimar a quienes suspiran por verle un final a este túnel, esta noche oscura del alma catalana. Pero más vale no hacerse falsas ilusiones que acaban, invariablemente, en decepción. Hacen, pues, mal quienes de un tiempo a esta parte hablan sin parar de «fracaso», «agotamiento», «descomposición», «callejón sin salida», etc. en relación con el «procés».

Es perfectamente posible vivir indefinidamente en un callejón sin salida, a condición, únicamente, de no pretender encontrarle una salida y estar dispuesto a convertir en domicilio permanente el callejón en cuestión (con o sin el gato de Valle Inclán). Y a eso parecen jugar, con actitud tan obtusa como tenaz, no sólo los líderes, sino también la nutrida tropa de portadores de lazos amarillos y exhibidores de «estelades». De hecho, hay toda una tradición que viene arrastrando estoicamente (es un decir) ese modus vivendi desde las postrimerías del siglo XIX, con eclosiones periódicas de entusiasmo militante seguidas de períodos de engañosa latencia.

Pues bien, la eclosión que estamos viviendo en el último lustro y pico, en la medida que tiene las espaldas bien cubiertas por un entramado institucional bien engrasado y con unas dimensiones y unas competencias sin precedentes en la historia de Cataluña, puede resistir sine die, aun a costa de engañarse con un remedo del negriniano «resistir es vencer».

Lo único cierto en esos prematuros diagnósticos de enfermedad terminal es que, si bien la history del «procés» no tiene visos de acabarse, sí puede afirmarse que últimamente estamos viviendo otra story distinta de la del período 2012-2016. Cabría decir, haciendo honor a la jerga de los informáticos, que hemos pasado del «procés» 1.0 al «procés» 2.0. Del «procés» de las sonrisas al de las hostias (de momento, incruentas).

No sólo los escuadristas de los CDR hacen todo lo que pueden para amedrentar a los discrepantes (esa plebe de «fascistas» en que parece haberse convertido, de la noche a la mañana, el 51% de la población de Cataluña), sino que sus insignes guías espirituales les animan a llevar su celo purificador hasta las últimas consecuencias: una pila más o menos alta de muertos (sin que quede claro quién ha de ponerlos, si los zelotes amarillos o los otros).

Hay optimistas que piensan, o quieren pensar, que la radicalización de las mesnadas esteladas comportará inevitablemente la reducción de sus efectivos. Está por ver. Una vez alcanzado el grado de intoxicación y fiebre nacionalista que parece indicar el hecho de que los partidos secesionistas obtengan reiteradamente cifras de voto en torno a los dos millones, lo previsible es que la fiebre amarilla no remita rápidamente. Lo más probable es que se avance en la línea de una creciente división del trabajo: unas «fuerzas de choque» dedicadas a crear el caos y acosar a la población refractaria, y una mayoría «pacífica» dedicada a tareas de apoyo logístico y a hacer continuas exhibiciones de victimismo. Es una fórmula conocida y bien acreditada por la experiencia vasca: unos sacuden el árbol y otros recogen las nueces. El resultado de conjunto es aquello tan viejo de «tirar la piedra y esconder la mano» (técnica en la que Oriol Junqueras, por ejemplo, es consumado maestro).

A esa división del trabajo en el interior hay que añadir el inapreciable apoyo exterior de derechistas xenófobos varios (particularmente belgas, alemanes e italianos) e izquierdistas desnortados que parecen creer en la eternidad del franquismo y se consuelan de su incapacidad para movilizar a la población trabajadora en defensa de sus derechos sociales sumándose a una movilización nacionalista que, por el mero hecho de ser masiva, les parece progresista a ellos, que a duras penas, cuando lo intentan, logran movilizar a cuatro gatos.

No, el «procés» no está muerto. Y, suponiendo que lo estuviera, lo que vendría ahora no sería un entierro, sino una «noche de los muertos vivientes». Muertos vivientes que ciertos sectores políticos parecen empeñados en apaciguar mediante gestos benevolentes, sin darse cuenta de que el objetivo de aquellos no es coger la mano que les tienden, sino comérsela.

Históricamente, se ha considerado ofensivo para Cataluña que Madrid acapare las instituciones del Estado. Pero hoy es casi una ofensa mayor que se celebre un Consejo de Ministros en Barcelona. Ante semejante disposición de ánimo, pocas dudas puede uno tener de que, si no hubiera ningún dirigente secesionista en prisión provisional, habría el doble de fugados, y si los procesistas no pudieran llorar por eso, llorarían por cualquier otra cosa. Su lista de agravios es infinita.

Como no pueden quejarse de que la lengua catalana esté marginada en la enseñanza (más bien es la castellana la que lo está), se quejan de que los alumnos no la usen lo bastante fuera de clase, o de que no se acepte el catalán como lengua oficial en las instituciones europeas (que, desde el principio, se han regido por la norma de aceptar una sola lengua oficial por Estado miembro), o de que no se use apenas en la administración de justicia. Y, junto a los agravios referentes a la lengua, está la inacabable lista de competencias cuyo traspaso se reivindica, como si a estas alturas a duras penas pudiera hablarse de autogobierno en Cataluña. Es la estrategia del niño mimado, que cuantos más regalos recibe, más regalos echa en falta.

En definitiva, el «procés» no ha terminado porque su esencia consiste precisamente en eso: en «proceder», durar, extenderse en el tiempo. Porque a estas alturas parece claro que, no conseguida la independencia, que era el programa máximo, ahora toca desarrollar ad infinitum el programa mínimo, que consiste simplemente, con muertos o sin ellos, en la tarea sadomasoquista de no vivir ni dejar vivir.

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