Soneto a la República. Lengua, historia y hegemonía

Rafael Núñez ||

Profesor de Historia ||

Una de las cuestiones difíciles de entender por muchos es cómo unos pocos, unas élites, y yo añadiría una “clerecía” de clase media, han conseguido engañar a tantos con el cuento de las cuentas del “procés” y una sarta de fantasmagorías, en el sentido literal de la palabra fantasmagoría. A muchos, a los más, no les encaja bien que en una sociedad, que durante muchas décadas ha gozado del halo de moderna y, sobre todo, de tener la imagen más avanzada y europea de España, estemos asistiendo a una historia que en todo recuerda la historia del flautista de Hamelin.

Para comprender bien la aceleración del “procés” en los años 2016 y 2017, conviene tener en cuenta la caracterización del contexto europeo y global. Para entendernos, no estamos ante una “excepcionalidad” catalana, la tan traída y llevada “cuestión nacional” o “problema catalán”, que en la reciente historia de España se ha presentado muchas veces como una singularidad irreductible. El acelerón del “procés” ha corrido en paralelo a otros nacionalismos y populismos europeos e internacionales.

La posmodernidad en la que estamos instalados, agravada por las secuelas de la crisis, ha evidenciado una vez más la extrema vulnerabilidad de las que, con cierta ingenuidad, consideramos irrenunciables conquistas de la Ilustración y de la razón, del liberalismo y de la democracia: las libertades del individuo, los derechos ciudadanos, las instituciones democráticas, la nación de ciudadanos libres e iguales, el igualitarismo democrático… El reverdecimiento de los nacionalismos, populismos, fundamentalismos y de las diversas variantes del Trump antisistema cabalgan a caballo de los “valores” identitarios, ombliguistas y emocionales del relativismo cultural (multiculturalismo) y de la irracionalidad imperante (posmoderna versión del asalto a la razón), hegemónicos tanto en los movimientos reaccionarios como en los progres e izquierdistas.

Asentada esta cuestión previa, lo primero a considerar es que, como los mismos soberanistas lo definen, el viaje a Ítaca de los “procesistas” (cantado por Lluís Llach a modo de himno nacionalista) forma parte de un largo “procés”. Es una realidad tautológica. Un proceso que comenzó a finales del siglo XIX, que alzó el vuelo en las dos primeras décadas del siglo XX y que ha parasitado la historia y política españolas desde la II República hasta ahora. Es un proceso complejo que Enric Ucelay Da Cal, uno de los mejores historiadores sobre el asunto, ha tratado de compendiar en su obra más reciente, Breve historia del separatismo catalán, que ofrece una interpretación discutible de la última década, pero que no deja de ser la historia penetrante de un “procés” desarrollado en un tiempo de larga duración.

La actual fase de ese proceso es la siguiente a la consecución de la hegemonía lingüística y cultural, social e ideológica, en las cuatro décadas que van de 1970 a 2010. La importancia de la hegemonía lingüística y cultural para alcanzar la hegemonía social y política la analizaron y teorizaron hace más dos décadas Salvador Giner, LluisFlaquer y algunos intelectuales catalanes más en la obra Cultura catalana: el sagrat i el profà.

Con bastante retraso, pero nunca es tarde si la dicha es buena, el ex dirigente de CC.OO. y del PCE Nicolás Sartorius acaba de publicar un libro en el que habla de la importancia decisiva de la batalla del lenguaje para dominar el pensamiento “políticamente correcto”, es decir, para tener el dominio político. Nicolás Sartorius acierta de lleno en su idea de cómo ciertos grupos, sobre todo nacionalistas y populistas, mediante la manipulación del lenguaje, se han alzado con la hegemonía para acabar imponiendo el “lenguaje políticamente correcto”. El trazo es un poco de brocha gorda, pero certero (ver la entrevista https://www.malagahoy.es/malaga/Nicolas-Sartorius-Lenguaje-manipulacion-libro_0_1300970192.html).

Sartorius se lo planteó a raíz de la imposición del lenguaje neoliberal imperante en las políticas europeas a raíz de la crisis y que se convirtió casi en un lenguaje doméstico, pero ha sabido proyectarlo sobre los términos clave que componen el código ideológico de progres y muticulturalistas.

Los que critican el nacionalismo lingüístico españolista, como causa primera de todos los males, acostumbran a señalar que éste empezó con el imperialismo lingüístico, desarrollado bajo el lema de “la lengua, compañera del Imperio”, que acuñó el renacentista, gramático y humanista lebrijano Antonio de Nebrija. Es más que nada un pretexto. Era uno de los estribillos fijos de Rafael Ribó, el nacionalista que fue secretario general del PSUC, cuyos intelectuales introdujeron el concepto gramsciano de hegemonía y, después, “Síndic de greuges” vitalicio (lo parece, al menos). Ha sido siempre un pretexto para justificar los contemporáneos nacionalismos lingüísticos, que han bebido en las fuentes románticas del volkgeist y del “alma de los pueblos”.

El historiador Santos Juliá, refiriéndose a unas expresiones de Pujals, ex conseller de Cultura de la Generalitat, sobre la identificación de lengua, idiosincracia o carácter y personalidad de los pueblos, cultura y nación, expresó con agudeza esa manipulación lingüística, a la vez que ironizaba sobre el uso metahistórico y agresivo que iba tomando la “normalización” lingüísita del catalán (https://elpais.com/diario/1998/07/12/espana/900194408_850215.html):

“Antonio de Nebrija, si por azar hubiera sido romántico, quizá no habría dicho nada diferente. Pero Nebrija no fue hombre del Romanticismo, sino del Renacimiento, y estaba más preocupado por el poder del príncipe que por el alma de los pueblos. Y Nebrija, al dedicar su Gramática de la lengua castellana “a la Mui Alta y assí esclarecida princesa Doña Isabel, Reina y señora natural de España y las Islas de Nuestro Mar”, le recordaba “que siempre la lengua fue compañera del imperio, y que de tal manera lo siguió, que juntamente començaron, crecieron y florecieron, y después junta fue la caida de entrambos”. Nebrija se refería a los imperios “assirios, indos, sicionios y egipcios”, pero tenía a la vista también el poder imperial en ciernes de aquella reina que le había expresado algunas dudas acerca de la utilidad y provecho de su Gramática. Para terminar de convencerla, Nebrija echó mano de un argumento de autoridad: el obispo de Ávila acababa de afirmar que una lengua común era requisito indispensable para que “los pueblos bárbaros y las naciones de peregrinas lenguas” que su Alteza iba a meter debajo de su yugo “recibieran las leyes que el vencedor pone al vencido”… Se esperaría, por eso, que al restaurar la lengua catalana como “elemento fundamental de la formación y la personalidad nacional de Cataluña”, según reza la Ley de Política Lingüística, enterrara para siempre la causa última del daño sufrido, esto es, la definición de la lengua como expresión del carácter nacional. Pues cuando la lengua expresa realidades metahistóricas se transmuta en un divino sujeto de derechos, un nuevo Leviatán, ante el que cada hablante individual no tiene otra opción que doblar la cerviz”.

El periodista Jaume Andreu (https://www.elcatalan.es/entrevista-a-andreu-jaume-tv3-es-una-verguenza-como-television-publica), lo clavó, como se suele decir, al afirmar: “La inmersión fue otra de las creaciones de Pujol que, como advirtió Tarradellas, nos llevaría a la división total. Pujol, un hijo de manual del nacionalismo folclórico de origen romántico, quiso crear la nación con la lengua. Entonces, pretextando que el catalán estaba a punto de extinguirse —lo que no ocurrió ni durante los años más oscuros del franquismo— vetó el castellano como lengua vehicular, marginando así a muchos catalanes”. Era la exclusión de esos muchos otros catalanes a los márgenes de la política lo que se pretendía.

Para ser más precisos, tendríamos que decir que la lengua y la historia han sido compañeras de la Nación y del Imperio (me refiero también al imperialismo catalán o pancatalanismo, que, desde sus orígenes, está en la base de la reivindicación dels PaïsosCatalans y “des de Salses a Guardamar”, como unidad territorial lingüística). La metahistoria generada en torno al catalán (lengua catalana) es parte primordial de la historiografía catalanista. Esta historiografía ha convertido en su objeto central de estudio y atención la conformación de un originario y mítico pueblo catalán diferenciado, mucho antes de que existiera como tal el territorio llamado después (ya en el siglo XII) Cataluña. Aunque se convierte en historia profesional y académica en los epígonos del Romanticismo, tiene numerosos precedentes en los panfletos que desde los tiempos bajomedievales trataron de legitimar el poder, malos tratos y abusos de los señores de la tierra (nobleza) sobre los payeses de remensa (pagesos de remença) y en una ingente producción propagandística posterior en la historia moderna de Cataluña.

No hay conflicto ni episodio que no cuente con una batería propagandística para defender y legitimar los “privilegios” (privilegis) o fueros estamentales, institucionales, jurídicos y políticos, siempre que estaba en juego el poder de la nobleza y de las oligarquías urbanas frente a las amenazas de los payeses y pueblo llano, o frente a las instituciones monárquicas, normalmente centralizadoras a medida que se fue configurando el Estado moderno, que en España nunca fue absoluto.

Esa visión historiográfica propagandística, tan falseada como la idea de la ausencia del castellano en la sociedad catalana moderna, especialmente la barcelonesa (ver los estudios del historiador Manuel Peña), cubre todos los grandes mitos victimistas en que se fundamenta la historiografía catalanista: Caspe, 1640, Guerra de Sucesión, 1714 (11 de septiembre), la Carrera de Indias y el monopolio comercial, proteccionismo y mercado español…

Ese relato ha sido y es tan sustancial para la hegemonía del nacional-catalanismo, como el lingüístico. Hay una extensa y decisiva historiografía científica que cuestiona y contradice toda la mitología que nutre la historiografía catalanista (Vicens Vives, Juan Reglá, Ricardo García Cárcel, John Elliot, Henry Kamen, John Lynch, Joaquim Albareda, Carlos Martínez Shaw, Roberto Fernández, Antoni Jutglar, Josep MariaFradera, Prados de las Escosura, Antonio García-Baquero, Irene Castells, Enric Ucelay Da Cal, Ángel Duarte, Gabriel Tortella, David Ringrose, Eloy Martín Corrales, Álvarez Junco, Santos Juliá, Carme Molinero, Pere Ysàs, Xavier Pericay, Ferran Toutain, Jesús Laínz, Antonio Soler….).

Esta importante producción historiográfica ha evidenciado y desnudado el falseamiento y manipulación del pasado en aras del  presentismo político e ideológico y ha construido una historia de Cataluña muy diferente a la del imaginario catalanista, pero no ha conmovido los cimientos del relato mítico en la opinión pública, no ha socavado los cimientos de la hegemonía del nacional-catalanismo. Esa hegemonía se ha proyectado incluso sobre gran parte de la historiografía española (sobre todo, la progresista y de izquierdas), que la ha legitimado y complementado con las teorías sobre el fracaso de la Revolución liberal, la Revolución  industrial y la modernidad en España, con la salvedad de Cataluña. Es una idea que no se sostiene y que resulta impostada y prejuzgada (recomiendo los recientes y “rompedores” libros de Elvira Roca y Pedro Insua al respecto).

Quizá la obra que mejor escenifica, con un acopio documental abrumador, la confrontación en el terreno de la lengua y la cultura entre los catalanistas y los “foranis” (normalmente, el proletariado y clases populares urbanas) ha sido Joan Lluís Marfany (autor de “La cultura del catalanisme” y autor también de “La llengua maltractada”, en un sentido justamente contrario al que a primera vista pudiera parecer).

La batalla por la hegemonía entre el catalanismo, de un lado, y el republicanismo (federal y radical) y el sindicalismo, de otro, a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, alcanza tintes épicos en la obra de Marfany; particularmente en lo que concierne al enfrentamiento entre la nueva cultura popular urbana y la defensora de la “tradición” catalana (esta como todas las tradiciones “inventada”, tal y como lo ha probado y demostrado E. J. Hobsbawm), en las manifestaciones culturales liberales y democráticas españolas (cuyo centro estaba en Barcelona y otra ciudades catalanas) y las catalanistas.

Para no extenderme más y hacer inteligible la tramoya del asunto, me remito a un artículo, asequible, de Maria Rosa de Madariaga, publicado hace poco en “Crónica popular”(https://www.cronicapopular.es/2018/11/los-mitos-fundacionales-y-la-manipulacion-de-la-historia/). Sin recurrir a un extenso bagaje bibliográfico, la autora asienta y desarrolla  lo fundamental, que es cómo la manipulación de la historia -como la de la lengua-, ha sido fundamental para la configuración ideológica de los nacionalismos españolista y catalanista y, en particular, para convertir en opinión pública y lograr la aceptación social de los “mitos fundacionales” de la nación originaria, frente al principio del Derecho constituyente de la nación política. Parece claro que, en este sentido, el catalanismo ha alcanzado una mayor impronta hegemónica en la idea e imagen de país (nación).

Retomando el hilo de la hegemonía a través de la lengua, la cultura y la historia en años ya recientes, es oportuno recordar que el periodista Eduard Voltas publicó “La guerra de la llengua”, al tiempo -en términos aproximados- que se publicaba el libro de Salvador Giner y compañía. En su libro de investigación periodística, Voltas, que partía de la importancia decisiva de la “batalla lingüística” que se dirimía en Cataluña, avisaba del surgimiento de una resistencia y oposición de izquierdas a las políticas de “normalización” e “inmersión” lingüísticas de la Generalitat.

Era la pata coja de las izquierdas en Cataluña, una izquierda minoritaria, aislada y “resistencial” (como “resistencia” ha sido tratada por Jiménez Losantos y Antonio Robles en sendas obras). La obra de Voltas supuso una ruptura no deliberada, quizá indeseada,  con la versión oficial y tradicional de que la oposición al nacionalismo lingüístico era un atributo de los españolistas, centralistas, botiflers, lerrouxistas,s neo-lerrouxistas, fachas, vidalquadristas… A partir de esos momentos, que tuvieron una eclosión pública con todo el movimiento ciudadano y publicístico, que se produjo en torno al “Foro Babel”, se fue escribiendo y conociendo la clamorosa ausencia de las izquierdas catalanas en la “guerra de la llengua” y de su connivencia, primero, con el pujolismo y el “proceso de construcción nacional”, y de su subordinación, después, en el “procés”, al nacionalismo identitario y “soberanista”, que han denunciado intelectuales realmente significativos de la izquierda como Félix Ovejero y Carlos Jiménez Villarejo.

En la entrevista citada, lo constata el periodista y escritor Jaume Andreu (quedan pocos que se muerdan la lengua): “Para mí, la maravilla de la democracia reside en su carácter vacío de contenidos naturales. Es decir, que usted y yo gocemos de los mismos derechos sin importar nuestra raza o apellidos. Ese vacío garantiza la pervivencia de los derechos. En cambio, la democracia directa —que, aparentemente, devuelve el poder al individuo— reactiva esos contenidos naturales. Esto es lo que ocurre en Cataluña. Los nacionalistas sostienen que tienen “derecho a decidir”. Pero, ¿por qué tienen derecho a cambiar la Constitución y destruir nuestro orden jurídico? Porque son catalanes y gozan de un derecho anterior a la democracia, ligado a la tierra y la sangre. Exactamente, lo que proclama en sus escritos Quim Torra. También inquieta que parte de la izquierda, que debería combatir este fenómeno, lo esté secundando. Lo hemos visto con Podemos, que hicieron un referendo para decidir si Iglesias y Montero se podían comprar una casa. Esa es la república del plebiscito a la que me refería: dar la palabra a todo el mundo para acabar quitándole la voz a todo el mundo”. La izquierda “soberanista” y de las “terceras vías” se ha propuesto romper -ahí radica el nudo del escándalo- con la historia de la cultura política obrera y democrática de la España contemporánea, de la que Cataluña ha sido epicentro y ombligo, para alinearse, de manera más o menos manifiesta o camuflada, con las posiciones nacionalistas.

En esa deriva nacionalista identitaria han llegado a negar incluso la naturaleza de la guerra civil española o la dimensión catalana en cuanto española de la guerra civil (lo exponía en un artículo reciente en “Crónica popular” Salvador López Arnal, indignado por la manipulación que había sufrido la “memoria histórica” de su abuelo), han adoptado en parte la versión de Manuel Benavides que era la versión “canónica” del PSUC sobre la guerra civil en Cataluña.

Han desnaturalizado la relación del franquismo con la sociedad catalana y han falseado la historia del antifranquismo empujados, sobre todo, por el miedo al reconocimiento del liderazgo del proletariado de las áreas metropolitanas formadas en las décadas del desarrollismo industrializador del siglo pasado bajo el régimen franquista. Era una multitud obrera y popular, procedente en su inmensa mayoría de pueblos españoles y castellanohablante, considerados advenedizos y que, de integrarse en el “álbum familiar” (pairal) de Cataluña, como ejemplificaba el sociólogo Jaume Botey, podrían ser considerados ” els nous” o “els altres catalans”. Paco Candel, quizá con buena voluntad, contribuyó a popularizar esta imagen del “xarnego” integrable o integrado.

Como era previsible, ese futuro asignado por el pujolismo y todos los partícipes del “consens català”  a la inmigración española (en realidad, inmigración interior) fue un espejismo. El “somni català” no ha funcionado, pese a todo el aparato de poder clientelar, de Estado, institucional, lingüístico, educativo y mediático desplegado y pese a la consecución de la hegemonía, que se tradujo en la apropiación de la “sociedad civil” y la imposición de un lenguaje “políticamente correcto”. El nacional-catalanismo presenta unos límites muy rígidos, estrechos, carcas, mojigatos y “bienestantes” (mesocráticos), para ser aceptados mayoritariamente por una realidad social mucho más compleja y plural y política y sociológicamente mucho más viva, conflictiva, diversa y amplia que la canónica oferta de los “soberanistas”. Además, por encima de todo, la mayoría social no comparte la visión anacrónica de España como Estado franquista y sociedad “africana”, atrasada y expoliadora que ofrecen los catalanistas.

La reacción nacional-catalanista a una Cataluña como mínimo dual y contradictoria ha sido la de remarcar las diferencias identitarias y establecer su superioridad moral, cívica, cultural y social. Los soberanistas del “procés” han pretendido y planeado (el “procés responde a un plan diseñado en los primeros años del pujolismo) la integración de la mayoría social heredera de una cultura política española (entendiendo a Cataluña, en particular, Barcelona, como foco generador de esa cultura), en la cultura política que históricamente le ha estado enfrentada.

El nacional-catalanismo, como todos los nacionalismos, parte de una idea organicista de la sociedad y de la nación catalana, en la cual todo elemento disidente, divergente, conflictivo o discrepante con ese imaginario nacional, es considerado un cuerpo extraño que extirpar, una patología que hay que sanar o una anomalía que hay que “normalizar”. Los términos inmersión y normalización lingüística evidencian con precisión la pretensión nacionalista de la “inmersión” en la pila bautismal del nuevo credo y la “normalización” que debe acarrear el proceso nacional-catalanista y sus políticas lingüísticas para los catecúmenos que aspiran a integrarse.

El diferencialismo y el organicismo han sido la tónica, que se ha acentuado durante los últimos años. Frente a las masas sociales del Barcelonés, Bajo Llobregat y áreas urbanas e industriales, que ahora muchos reclaman como “Tabarnia”, se ha desarrollado un supremacismo, que viene de lejos, desde los mismos orígenes del catalanismo, pero que se ha desvelado con impudicia en los tiempos del “procés”.

Durante décadas, se han silenciado o aceptado las manifestaciones racistas y supremacistas (sentido de superioridad racial y cultural) de personajes como Pujol, señora y Heribert Barrera (mera punta del iceberg de la enorme producción de textos racistas del catalanismo), la existencia de jerarquías dentro del PSC, las andanadas de Ribó y ahora de Torra… Hay una amplia literatura catalanista, desde el tardofranquismo acá, que enlaza con el “racismo científico” de finales del siglo XIX y principios del XX, del “noucentismo” y de los demógrafos catalanistas de los años veinte y treinta del siglo pasado, en la que convergen el conservadurismo característico de la Restauración (para la burguesía conservadora restauracionista, la idiotez y la degeneración era un atributo de los pobres), el sentido de superioridad clasista (Luisa Castro lo reflejó muy bien en “La segunda mujer”) y un sentimiento racista de supremacía propio de las ideologías nacionalistas.

En ese contexto resulta ahora “normal” (o “normalizado”) un discurso antiespañol xenófobo y supremacista (anglicismo de moda), que permite que dirigentes políticos, como Salvador Bonada, de Demócrates de Catalunya, haga una afirmación pública, en una red social, con una brutal carga de xenofobia y penalización de un importante sector de su propia sociedad; asevera que el fracaso de la inmersión lingüística se revela en que el 80 % ó el 90 % de los asesinatos, crímenes, delitos de robo, agresiones, violaciones y todo tipo de violencias en Cataluña lo cometen gente castellanohablante.   (https://www.elcatalan.es/un-miembro-de-la-ejecutiva-de-democratas-asegura-que-el-95-no-se-han-hecho-en-catalan?fbclid=IwAR0jH52Es18i_v0PMeRAc27yJFEQED9SxunCg5lMhSY6BaAe2BPhdbSMPu4).

Demócrates de Catalunya procede de la rama más nacionalista de la Unió Democràtica de Catalunya, con la que rompió en 2015 cuando Durán i Lleida y Ramón Espadaler optaron no montarse en el tren del “procés”. La nueva organización está presidida por Núria Gispert, ex-presidenta del Parlament, objeto del otro soneto de Jesús Royo, que podéis encontrar al final como anexo.

Este tipo de declaraciones pone al desnudo mentalidades y actitudes políticas que constituyen una amenaza real para la democracia, por muy “normalizados” que pretendan considerarlas. Posiciones como esa deben ser social y políticamente condenadas y penalizadas. El problema grave es que no lo son por parte de muchos y más cuando estos muchos son los representantes de las izquierdas encaramadas en las instituciones. Es lo que Félix Ovejero ha llamado la “izquierda ausente” en su último libro “La deriva reaccionaria de la izquierda”.

La novedad en el actual panorama es que, al margen de esas izquierdas (que han asimilado el lenguaje progre e izquierdista del multiculturalismo) y de la “sociedad civil” catalanista, exclusiva y excluyente, y rompiendo con la jerarquía clasista del lenguaje y dinámicas políticas hegemónicas, ha emergido un nuevo sujeto social, ciudadano y político, al que no se le esperaba. Sociedad Civil Catalana ha dado visibilidad a multitudes “silenciadas” que llenaron las calles, en las manifestaciones más realmente multitudinarias que se conocen en Barcelona.

Pero, un hecho igualmente significativo es la proliferación de grupos y organizaciones muy diversas, surgidas con un carácter bastante espontáneo, de abajo arriba, que han roto el miedo de salir a la calle, disputar los espacios públicos a los nacional-catalanistas, contestar la política de inmersión lingüística (submersión, al decir de Vicente Serrano) y oponerse a la simbología e iconografía” “nacional” del “procés”. Hemos pasado de décadas de actividades disidentes catacumbarias y de pequeños grupos de oposición estigmatizados (Asociación por la Tolerancia, CADECA, Profesores por el Bilingüismo, Convivencia Cívica, grupo Mogambo…) a la constitución y aparición a la luz pública, de modo osado, de numerosos grupos y organizaciones, la mayoría descoordinada entre sí, que se mueven entre el constitucionalismo (la defensa de la España de la Constitución del 78) y el españolismo.

El rechazo de los “procesistas” a estos grupos es lo que de hecho ha provocado mayor tensión social, en cuanto cada vez parece más claro que su emergencia augura un giro radical en la sociedad y política catalanas de los próximos años. Como decía en glosas de anteriores correos y algunos cronistas lo han captado con lucidez, se ha roto el acomodo de una mayoría a la hegemonía política de unas élites, que hasta ahora han gozado de un poder omnímodo gracias al “consens català”.

El “nuevo sujeto político” no se detiene en el bilingüismo y la preservación de la pluralidad en el uso de los espacios públicos, sino que también está denunciando el acoso y agresiones a los disidentes, las arbitrariedades en el uso de los presupuestos, la corrupción sistémica del andamiaje nacionalista y, en suma, la ilegalidad e ilegitimidad del “procés” y, de rebote, la connivencia de quienes establecen puentes (de “diálogo”) con los procesistas e ignoran el diálogo con este nuevo sujeto político catalán.

Agotado el “procés” hasta nuevo aviso, éste es en realidad el principal conflicto en un futuro corto para los estrategas de diálogo y pactos con los soberanistas. Este sujeto, que se sabe mayoría social, no querrá ni soportará dejarse orillar. Eran pocos los que tienen la osadía de denunciar estos hechos en la vida política catalana, pero ya no son tan pocos. Me sorprendió, por ejemplo, la intervención de la ponderada Núria Ribes, portavoz de Cs en el ayuntamiento de Lérida, tomando los derechos lingüísticos como punto de partida (https://www.elcatalan.es/video-ribes-cs-pone-en-su-sitio-a-erc-en-lleida-a-cuenta-del-bilinguismo-y-los-lazos-amarillos?fbclid=IwAR1ev9hjyXU6fNlAhvKS_6ZQOru6bOprj9ils_g7e2_QaUN72_CS9TOde9o). Inimaginable hace tan solo unos años.

Se producen brechas incluso en los fortines de la “sociedad civil catalana” (catalanista), que son los Colegios y clubes profesionales, importante en una sociedad tan dada al corporativismo y el “gremialismo”. Ha sucedido en la Universidad (https://cronicaglobal.elespanol.com/politica/complicidad-universidad-catalana-proces_200458_102.html) y sucede ahora en los colegios profesionales. Sorprende que se plante cara asimismo en el ICAB (Ilustre Colegio de Abogados de Barcelona), uno de los emblemas de la “sociedad civil” del nacional-catalanismo, en el que han salido a la luz grupos opositores que han resistido al nacionalismo durante años. (https://confilegal.com/20181113-no-es-de-recibo-que-el-icab-organice-un-desayuno-solidario-para-artur-mas/?utm_medium=social&utm_source=facebook&utm_campaign=shareweb&utm_content=footer&utm_origin=footer&fbclid=IwAR1FdziBqpTQIOAN4Ta6qHe0ogIIDGBxUuPTXkfvEXOhvmGxY1aPCAE4Zechttps://cronicaglobal.elespanol.com/politica/concentracion-contra-presencia-artur-mas-colegio-abogados_199111_102.html?fbclid=IwAR0klGMNvXqpKKwH4FQKRy4qGjfECL2aaeqQV8z046HLI09xdqDkAj_zmkg). El jueves 8 de noviembre me encontré con este correo de Vanessa González, convocando a una concentración por la dignidad de la abogacía y contra la invitación a Artur Mas por parte del ICAB al “desayuno solidario”.

Decía Vanessa González Fornas, presidenta ASOCIACIÓN DE LETRADOS POR UN TURNO DE OFICIO DIGNO EN CATALUÑA: “Desde hace tiempo el ICAB y otros colegios de abogados, especialmente en Cataluña, están siendo utilizados para satisfacer intereses personales y partidistas, pero la gota que colma el vaso es que para el próximo 16 de Noviembre de 2018, a las 09.00, el ICAB está organizando un desayuno solidario, al que invita Artur Mas, y se recaudan 15 euros por persona, que inicialmente iban destinados a la fundación Fernando Pombo, y ante las críticas recibidas, serán donados a la fundación Ignasi de Gispert, que no da ningún tipo de información a los colegiados del ICAB del destino que se le dará a ese dinero. En definitiva, se invita a una persona condenada y procesada. Mientras, a la ASOCIACIÓN DE LETRADOS POR UN TURNO DE OFICIO DIGNO EN CATALUÑA, NO SE CEDE ESPACIO NI SIQUIERA PARA REALIZAR EVENTOS INFORMATIVOS EN RELACIÓN AL TURNO DE OFICIO. DESDE LA JUNTA DE GOBIERNO DEL ICAB SE IMPIDE Y RIDICULIZA TODA REIVINDICACIÓN QUE TENGA QUE VER CON LA DEFENSA DEL TURNO DE OFICIO, además de no atender a ninguna de nuestras reivindicaciones.

Ante esta indigna situación, que nos obliga a sostener un colegio profesional que defiende los intereses de políticos a los que se invita, a pesar de sus condenas, y se recauda dinero, no sabemos para qué fines, mientras no sólo no se defienden los intereses de los colegiados y encima se pone palos a las ruedas de las asociaciones que sí los defendemos, pedimos vuestra asistencia a la concentración por la dignidad de la abogacía el próximo 16 de noviembre de 2018, en la calle Mallorca esquina Roger de LLúria, a las 09.00 h. de la mañana”.

Uno, que ha vivido tiempos en los que nos disculpábamos por no hablar catalán en un acto público y transgredíamos el pensamiento canónico nacionalista, a la defensiva, exponiendo argumentos por activa y pasiva para evitar ser tachados de fachas españolistas por gentes de nuestro entorno (casi siempre, de izquierdas), ve con cierto asombro el desparpajo y la actitud combativa y desacomplejada de representantes de ese nuevo sujeto político (dos ejemplos de dirigentes de C´s, uno de los ingredientes del nuevo sujeto político, ante situaciones comprometidas:

https://www.elcatalan.es/vicent-sanchis-pierde-los-papeles-en-la-entrevista-a-ines-arrimadas-en-tv3). No deja de ser una actitud osada, porque, por una parte, el Estado no está ni se le espera para amparar el ejercicio de derechos constitucionales y, por otra, hay una sistemática campaña de criminalización, acoso y derribo por parte de las organizaciones y medios nacionalistas, con la aquiescencia habitual de las izquierdas satelizadas por el “procés” (https://es.noticias.yahoo.com/cant%C3%B3-catalu%C3%B1a-punto-muerto-peligroso-intervenir-103814625.html?soc_src=hl-viewer&soc_trk=fb&fbclid=IwAR3mAKSo55V3qima1P9AUCbb&guccounter=1).

Uno de los sketch humorísticos más perversos que he visto se emitió en el programa de humor “Polònia” de TV3; una pareja joven, algo pijos, se dedica en sus horas de ocio a quitar lazos amarillos, vestidos de nazis e indumentaria con el águila imperial y tirantes con los colores de la bandera española. Desde el principio al final, los dos individuos, caricatura de los “guerreros de limpieza” de lazos amarillos, son una alevosa representación de nazis que presumen de serlo.

No deja de asombrar el silencio de las izquierdas ante semejantes agresiones mediáticas (y escritas, en el caso de Torra y muchísimos más), que criminalizan comportamientos cívicos de los ciudadanos. De hecho, las organizaciones de izquierda que se oponen de modo abierto al nacional-catalanismo y no tienen cordones umbilicales con las políticas identitarias y comunitaristas son escasas y no tienen ninguna representación institucional. Entiendo que el horizonte más esperanzador lo abre IZQUIERDA EN POSITIVO, en cuanto agrupa a gentes de procedencias distintas, con idearios de izquierdas (transformadores y emparentados con el igualitarismo democrático), que mantienen un claro compromiso con el sistema constitucional.

Hay un riesgo cierto de confrontación. Jesús Royo me escribía en un correo: “Me aterran los pronósticos de conflicto frontal a corto plazo. ¿No hay otra salida? No digo una tercera vía, para eso están los Obiols y cía. Digo si el sentido democrático de igualdad y soberanía de todos los ciudadanos sobrevivirá al trance que viene”. En esa batalla cotidiana por la democracia estamos.

SONETOS

34 abogados de la aseguradora Alter Mutua piden el cese de Núria de Gispert como Defensora del Mutualista

A Gispert, honorable expresidenta

del alto y honorable Parlament,

la discreción no se le da muy bien,

habla de más y mal, más de la cuenta.

Pese a su excargo y lo que representa,

“¡Ignorante!” le soltó a Inés, a quien

tacha de “inepta y lerda, ¿te das cuen?,

nenita, vuelve a Cádiz, Cenicienta”

Hoy deberá comerse los denuestos

que tuiteó en sus olvidables textos.

Alter Mutua le hará cesar del cargo

Defensora del Socio: por bocazas,

por sus afrentas y sus amenazas

y por su xenofobia: ¡Fuera, largo!

17.11.2018

Jesús Royo Arpón. Barcelona-Spain

Funden el Consell per la República: “organització política privada que voltenir el paper de govern a l’exili de la República Catalana” (de la Viquipèdia)

Benvinguda República Privada,

entitat belga, ambseu a Waterloo.

Costa d’entendre, no hoenténningú

que, essent forana, ensemssiguinostrada.

Tampoc, que la República somiada

resulti un club. ¡Igual que el Barça, tu!

Sabíem que el camí seria dur,

prôd’això Pla en diria “collonada”.

Somcom el nen del conte de Calders,

ques’inventava un continent que és

enllà de tot, i que es diuAntaviana,

on no fariamaifred ni calor,

onnigúpassariafam ni por,

itot seria guai: totcomDéu mana.

17.11.2018

Jesús Royo Arpón. Barcelona-Spain

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