El nacionalismo, enfermedad senil del izquierdismo

Miguel Cande||

Coportavoz de Izquierda en Positivo y Profesor emérito de Historia de la Filosofía en la Universidad de Barcelona||

Basta ver la cantidad de pelo blanco que jalona las manifestaciones del independentismo catalán, así como su predominio en las cabezas de quienes se ocupan de los tenderetes propagandísticos montados por ANC y Òmnium Cultural, para convencerse de la justeza del adjetivo y el primer sustantivo que titulan este texto. Justificar, en cambio, el último sustantivo requiere un cierto conocimiento de la historia de muchos propietarios de las canas melenas aludidas, así como de la evolución de la izquierda “radical” española en su largo viaje desde el optimismo revolucionario hasta el oportunismo populista vestido con andrajos izquierdistas.
Pero lo primero que hay que advertir es que el nacionalismo no tiene su base en la izquierda. Bien al contrario: en la mayoría de los movimientos nacionalistas conocidos, por supuesto también en los de aquí, la ideología política predominante puede considerarse básicamente de derechas. No sólo la ideología resultante sino también la de partida: por mucho que un nacionalista proceda de la izquierda, la ideología que ha abrazado es inequívocamente derechista, por la simple razón de que tiene como valores principales los antagónicos a la solidaridad, la fraternidad y la igualdad, por lo que acaba convergiendo con quienes desde siempre han defendido esos antivalores.
Pero hecha esta aclaración, creo poder sostener que el apoyo recibido por el proceso secesionista catalán en sectores de la izquierda política (en proporción prácticamente inversa al que recibe de la izquierda social) se explica por, entre otros, los siguientes factores:
a) Hay en España toda una “generación política perdida” (en la que me incluyo) de antifranquistas desencantados ante la forma que adoptó la Transición. Después de esperar durante años que la democracia que inevitablemente había de suceder a la dictadura cazurra del “Ratón del Pardo” (sugerente expresión oída más de una vez por quien esto escribe en las emisiones de la mítica “Radio Pirenaica”) contuviera importantes dosis de revolución social, tuvimos que aguantar que Franco muriera en la cama (no sin pasarlas canutas, según parece) y que los llamados “reformistas del Régimen” le hicieran, como quien dice, la “cama” a la oposición democrática. Nada de gobierno provisional que hiciera borrón y cuenta nueva y convocara elecciones a una asamblea constituyente, nada de depuración en la judicatura, la policía y las fuerzas armadas, nada de anulación de las sentencias sin garantías procesales que habían llevado a la muerte o a interminables penas de cárcel a decenas de miles de ciudadanos opuestos (o simplemente no afectos) al “Alzamiento”, nada de rehabilitación póstuma de esas víctimas.

En lugar de eso, una ley de reforma política aprobada por las propias Cortes franquistas y ratificada en un referéndum al consabido estilo del Régimen, en el que había que elegir entre Guatemala (el problemático y estrecho marco abierto por esa reforma) y Guatepeor (el mantenimiento del Régimen dictatorial sin más). Pero mientras se abría paso ese proyecto que muchos calificábamos de “franquismo sin Franco” (“atado y bien atado”), las esperanzas en un ulterior salto cualitativo que permitiera romper esas ataduras se mantuvieron, en general, incólumes.

b) El desánimo empezó a cundir después: paradójicamente, a medida que el salto (mejor sería decir “lento ascenso”) cualitativo iba teniendo lugar. Porque entonces se vio que la gran mayoría de la población no estaba por la labor de asaltar palacios de invierno, de verano ni de entretiempo; que en lugar de eso se conformaba con unos cambios paulatinos que, por muy modestos que inicialmente parecieran, eran juzgados con arreglo al refrán “más vale pájaro en mano que ciento volando”. La minoría de izquierda insatisfecha con aquel proceso midió, en cambio, lo conseguido con la vara de lo esperado, y el resultado le pareció corto, muy corto. La frustración generada por la constatación de que la tortuga del lento cambio pactado le había ganado la carrera al Aquiles de la revolución recibió un nombre, ampliamente utilizado en su momento (incluso por los dirigentes políticos de la izquierda que habían asumido aquella dinámica como la mejor de las posibles): el “desencanto”.

c) Fruto de ese desencanto fue que una minoría de esa minoría otrora maximalista se convirtiera de la noche a la mañana al “realismo” de baja graduación y optara por dar salida a sus ambiciones políticas en los partidos más identificados con la situación, desde la presunta socialdemocracia hasta la derecha de apariencia liberal, incluida en esta última la derecha catalanista de la época, que hizo valer su tibia actitud de distanciamiento del franquismo en lo cultural (no así en lo socioeconómico) como prueba de talante democrático “de toda la vida”.

d) La mayoría de los “desencantados”, en cambio, optó por abandonar todo tipo de militancia y dedicarse al cultivo de su “jardín interior” conservando, en el mejor de los casos, la nostalgia por los ideales de antaño. Y así hasta hace cuatro días.

e) Entretanto, la mencionada derecha catalanista había conseguido un diploma de pureza democrática generosamente expedido por una izquierda que acabó haciendo de la necesidad de pactar políticamente con ella la virtud de cederle la hegemonía cultural.
Y entonces llegó la crisis. Es decir, la enésima manifestación de la recurrente crisis consustancial al sistema económico capitalista. Recurrencia que la mayoría suele olvidar en los años de bonanza, por lo que se siente sorprendida y desolada cuando irrumpen de nuevo los jinetes del Apocalipsis, por más que sea en versión posmoderna. Los más sorprendidos y desolados son, claro está, los que más habían perdido de vista la verdadera naturaleza del sistema en el que viven: las mal llamadas “clases medias”. Ni las élites al timón del sistema ni los trabajadores más modestos que malviven en la sentina ignoran la naturaleza procelosa del mar en que navegan, los unos porque están siempre al corriente de la meteorología, los otros, por avezados a sentir los embates de las olas.
De manera que, convenientemente preparado el terreno social de Cataluña mediante el riego y abono constante con prejuicios nacionalistas, amplios sectores de las capas sociales intermedias acabaron dejándose seducir por la idea de que ese territorio, segregado políticamente del resto de España, estaría a salvo de nuevas tempestades económicas y permitiría el desarrollo de una nueva comunidad, cultural y sentimentalmente homogénea y bien avenida, donde todo serían “flors i violes”.
Y es en este punto en el que tiene lugar en la mente de muchos antiguos izquierdistas el “retorno de lo reprimido”. Los hay que creen descubrir en este nuevo movimiento la ocasión de revivir sus viejas aventuras juveniles de movilización callejera, acallando de paso su mala conciencia de apóstatas por haber claudicado políticamente, allá por los ochenta, subiéndose con su voto al carro del social-liberalismo, el liberalismo o el conservadurismo puro y duro. Y, lógicamente, ese proceso de segunda “conversión”, o mejor, reconversión se produce con una fuerza directamente proporcional al grado de “apostasía” de los ideales izquierdistas de juventud (el “furor del converso”). A contrario parece, estadísticamente hablando (y, por tanto, con las excepciones de rigor), que cuanta mayor resistencia a aceptar en su momento el rumbo impuesto por la Transición, mayor resistencia también ahora a comulgar con las ruedas de molino del “procés”.
A la mala conciencia de esa izquierda reconvertida que se autoengaña creyendo que destruir el “régimen del 78” mediante la fragmentación del Estado es la única manera de luchar hoy contra el sistema capitalista (ensoñación reforzada con eslóganes como “¡Abajo el Íbex 35!”) se suma la no menos senil tendencia de otras gentes, que nunca fueron de izquierdas, a lavar un pasado juvenil de absoluto conformismo con el bálsamo de Fierabrás del activismo independentista de última hora.
Tenemos entonces que quienes primero (precipitadamente, incluso) reconocieron en su momento la incapacidad para escribir una Ilíada se entregan ahora con fervor a componer una Batracomiomaquia (una ridícula “batalla entre ranas y ratones”), haciendo una vez más verdad la idea de que la historia se repite pero degradada: de tragedia en farsa. Lo malo es que las farsas, a veces, degeneran a su vez en tragedias, carentes, en este caso, del más mínimo rasgo heroico. Y tragedia puede acabar siendo ―lo es ya en gran medida― la creciente ruptura de una sociedad como la catalana en un conflicto sin aparente salida.
Por no hablar de la tragedia que supone, para la izquierda española en su conjunto, desviarse de su misión propia de lucha contra la desigualdad y a favor de la solidaridad y la unidad entre los trabajadores para seguir, en cambio, el aparente atajo del apoyo al rupturismo secesionista encubierto bajo el trágala del “derecho a decidir”. Nada ilustra mejor lo ruinoso del precio pagado por la izquierda en Cataluña al comprar esa mercancía averiada que el espectáculo de tantos barrios obreros de Barcelona y su cinturón dando su voto a la derecha.
Uno puede comprender que, ante el avance aparentemente imparable de la ideología individualista consustancial al capitalismo neoliberal contemporáneo, unido a la incapacidad de la izquierda tradicional para oponerle una resistencia eficaz, haya quienes busquen sentirse arropados por nuevas formas de comunidad ya no articuladas en torno a una conciencia de clase que el sistema dominante ha conseguido pulverizar gracias a los cambios introducidos en la organización del trabajo a escala mundial. Y el nacionalismo (como toda forma de populismo) ofrece un camino fácil para esa integración. Pero parece mentira que gentes de izquierda supuestamente vacunadas contra tantas formas de falsa conciencia como hemos conocido en el último medio siglo puedan haber caído en una tan irracional y tan sustentada en la mentira descarada como la que osa revestir de democracia una ideología etnicista, supremacista y radicalmente insolidaria. Decididamente, la fragua que había de forjar al hombre nuevo es mucho menos potente de lo que creíamos. Hélas.

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1 comentario de “El nacionalismo, enfermedad senil del izquierdismo

  1. Enrique José Amorin Rodriguez
    31 enero, 2019 at 8:31

    Cada dia tengo que repetirme que no es un sueño,la izquierda española quiere gobernar la Nación, pero haciéndose nacionalista de una Nación ajena,la catalana,y encima destruyendo la únidad de clase de los trabajadores,por el método expeditivo de considerar a los obreros catalanes de origen inmigrante castellanoparlante como “fascistas y colonizadores lingüísticos “,por el mero hecho de no querer abandonar su lengua materna,que además es la lengua común y la oficial del Estado,que hay que defender por simples razones funcionales,no esencialistas,a saber que sólo en una lengua compartida puede ejercerse la deliberacion pública democrática, sin exclusiones ni privilegio,acerca de las grandes cuestiones que deben regularse por la Ley común, obligatoria como Bien de todos.

    La izquierda española no tiene nada que ofrecer a la clase obrera exprimida por la crisis capitalista global de sobreacumulacion y sobreproduccion.Sólo es sensible a reivindicaciones identitarias y de reconocimiento,prioritarias para las clases medias para las que la explotacion laboral no es la principal amenaza que estrangula sus proyectos de vida.Es posmaterialista,sectaria,irracionalista y ultrapragmatista del relato creador de la realidad,por encima de las clases y las masas.

    Es sernoneadora,moralizante ritualista,abomina del realismo politico y se hunde en la más violenta falsa conciencia para conseguir la inmunidad completa de sus dogmas ante las abundantes evidencias contrarias. Si el Pueblo vota a VOX,despreciando su sacrificio, sabiduría,y excelencia moral,es que el Pueblo está alienado y no los merece,entonces que la sublime Vanguardia disuelva al Pueblo ignorante y embrutecido,nada fashion ni cool,y lo sustituya por otro más adecuado.Así nos va.

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