César JaraSin periodismo libre no hay democracia

enCandela

 

César Jara*

El pasado día 24 de enero, tuve ocasión de compartir con decenas de colegas periodistas, en Valencia, la celebración de la fiesta anual de nuestra bella profesión.

Tras algunos cortos parlamentos a cargo de compañeros de varias asociaciones, brindamos con buenos vinos valencianos y charlamos en corrillos durante un buen rato acerca de la lamentable situación de la profesión, constatando que hay un retroceso terrible en sus condiciones laborales, profesionales y deontológicas.

No había en ese acto apenas gente joven y salí del lugar algo apesadumbrado, comentando con una veterana colega, amiga hace muchos años, mi desolación.

De vuelta a casa, gracias al largo trayecto en tren, tuve tiempo de seguir reflexionando ya solo y enseguida recobré la autoestima personal como periodista y me sentí de nuevo orgulloso de serlo; recordé la famosa cita del gran escritor y periodista británico George Orwell: “Periodismo es publicar lo que seguramente alguien no quiere que publiques; todo lo demás es sólo relaciones públicas”.

Durante mis más de cuarenta y cinco años de profesión, siempre he tenido claro que mi compromiso social era algo inequívocamente unido al ejercicio en libertad y sentido crítico del periodismo y que estaba para servir a la sociedad en la que nací y vivo.

No entiendo el oficio de otra forma y por tanto, he ido chocando contra los poderes habidos y por haber y haciendo no pocos enemigos a lo largo de mi dilatada carrera, en cuantos medios de comunicación he trabajado, por no traicionar mis principios.

Problemas me he buscado a espuertas por no venderme ni claudicar jamás ante las presiones; pero con la cabeza siempre alta, asumiendo mis errores y superando las dificultades.

Ya por la noche, recibí la llamada telefónica de una compañera a la cual tengo un cariño muy especial desde hace algún tiempo; una mujer relativamente joven que ha luchado y lucha contra un grave problema de salud y que, sin embargo, ama nuestro oficio y no concibe, como yo, haberse dedicado a otra cosa.

Conversamos un buen rato acerca de los sinsabores del periodismo actual, de las penosas condiciones laborales y económicas para ejercerlo, de cómo se infravalora cada vez más al buen y experimentado profesional y se opta por lo fácil, rápido y barato para sacar adelante los medios de comunicación, logrando que cada vez más haya un bajo nivel de calidad informativa y que abunden las falsas noticias o las noticias mediocres o estúpidas.

Me confesó que ella ha estado muchas veces tentada de dejarlo todo y buscarse la vida de otra manera, pero que al final, como si fuese una adición, algo la retiene en el oficio y sigue adelante contra viento y marea.

Enseguida, la animé y le dije que me sentía orgulloso de ser periodista, de estar comprometido socialmente, gracias a personas como ella, que a pesar de encontrarse en una situación personal de salud delicada, hace cada día el esfuerzo por ser una periodista valiente, honesta y seria.

No hay democracia real sin la existencia de un periodismo libre y crítico; no hay democracia real si los periodistas nos arrugamos y autocensuramos o, lo que es peor, nos rendimos o vendemos ante los cada vez más poderosos poderes fácticos que manejan y manipulan a su antojo los grandes canales de información de masas.

Y que nadie se equivoque: tener acceso inmediato a internet y redes sociales no garantiza estar bien informado.

Más de la mitad de lo que se publica en esos espacios es sencillamente falso o carente de seriedad y criterio.

Sin periodistas, no hay información.

¡Gracias colegas por hacerme sentir orgulloso de ser periodista!

¡Gracias especialmente a esas dos mujeres de las que he hablado en este artículo!

*Periodista.

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