Venezuela: Independencia o barbarie

Eduardo Luque Guerrero ||

Periodista y analista ||

El único país del hemisferio donde no ha habido un golpe ha sido en EEUU, porque en Washington no hay embajada de EEUU. 
Evo Morales.

El hostigamiento viene de largo. El hostigamiento se mantiene y crece. Desde  la victoria electoral de Hugo Chávez en 1999, Venezuela libra una batalla donde se juega su independencia como nación o su caída en la barbarie.

Los planes militares comenzaron a desarrollarse en 2008, cuando se reactivó la cuarta flota estadounidense. En aquel momento, Hugo Chávez vio que era el inicio de una fase nueva en la intervención de los Estados Unidos en Latinoamérica. Las imágenes de ese futuro diseñado por Washington son Libia, Irak o Siria.

Tras la derrota de las fuerzas progresistas en Brasil, Argentina o Ecuador le toca el turno a Venezuela; después, Nicaragua, Bolivia y Cuba. El histriónico  presidente brasileño lo dijo en Davos, hace pocos días: “No queremos una América bolivariana como hace poco existía en Brasil con gobiernos anteriores (…) La izquierda no prevalecerá en esta región”.

Caracas es la bestia negra del “Imperio”. EEUU está utilizando todo el arsenal del que dispone  para destruir Venezuela como Estado y devolverlo a la  Edad Oscura. El sabotaje (la voladura de la líneas de alta tensión son constantes); los enfrentamientos (en la difícil frontera con Colombia y Brasil son reiterados); las sanciones económicas que asfixian la economía nacional; las llamadas al Golpe de Estado; la compra de voluntades políticas de una oposición incapaz de proponer una alternativa creíble de país que no sea la venta de las riquezas nacionales; la manipulación mediática; los intentos para provocar una reacción de las fuerzas armadas; el golpe de Estado contra Chávez en 2002; la Revolución de los colores en 2017; el intento de magnicidio en agosto pasado; la actual la “asonada militar”(la autoproclamación como presidente de Juan Guaidó)…  Nada parece funcionar, el gobierno de Chávez y Maduro ha resistido la presión durante estos años. Quedan pocas bazas para jugar: o la intervención militar o provocar una guerra civil. No es una hipótesis conspiranoide.

La desesperación de la Oposición y de Washington es tal que el Congreso norteamericano  redactó en 2017 la “Ley de Asistencia Humanitaria y Defensa de la Gobernabilidad Democrática de Venezuela”. En aquella época, Associate Presshabía filtrado una de las reuniones del gabinete Trump donde se habría planteado la intervención militar. (Parece ser que el mandatario preguntó “¿Por qué EEUU no puede simplemente invadir ese país tan problemático?

Ya en mayo del 2018, poco antes de las elecciones, la periodista argentina Estella Calloni, denunció al mundo el riesgo que corría Venezuela. La periodista publicó un documento secreto del Comando Sur de Estados Unidos donde se desarrollaba el plan de intervención. Se denominó “Golpe maestro” y estaba firmado por  el almirante Kurt W. Tidd, jefe del Comando Sur de EEUU.  Un texto que  marca y define los objetivos políticos,  mediáticos y militares del golpe de Estado en ciernes

¿Cómo acabamos con Maduro y la Revolución Bolivariana?

La pregunta que recorre las editoriales de la prensa occidental, no sólo la norteamericana, es casi unánime desde hace tiempo: ¿Cómo acabar con Maduro y lo que significa la revolución bolivariana? Los medios juegan con la idea de un golpe de Estado o la Intervención militar. Hace mucho tiempo, décadas ya, que los medios fabulan en contra de la Revolución bolivariana. Han preparado el terreno y han formateado a la  opinión pública en un escenario repetido en Irak, Libia o Siria.

La primea de las opciones, el golpe Estado, se ha vuelto a plantear estos días con la asonada del 21 de enero. La segunda es una alternativa muy compleja para Washington. Los recursos a movilizar son enormes puesto que se precisarían más efectivos que en la  guerra de Irak. Existe  la certeza de que las bajas serán altísimas y la guerra sería difícilmente controlable. La alternativa intermedia sería llevar a  término una intervención con “carácter supuestamente humanitario” amparada por la OEA (1) o  la ONU (2). Esta misma idea fue propuesta por Juan Guaidó en su discurso de autoproclamación (El personaje no representa a toda la oposición. Uno de sus principales líderes, el secretario general del MAS, Felipe Mújica, calificó el acto de autoproclamación como “bochornoso” y a las “órdenes del Imperio gringo”).La reunión en el consejo de Seguridad de las NNUU en los próximos días será decisiva. Ya ha sido anunciada la inversión de  los primeros 20 millones de dólares para esta opción.

Los medios de difusión, auténtico espolón de la intervención mediática, apuestan por la campaña de descrédito contra la Revolución bolivariana. Muchos medios  (incluidos los españoles El País, El Periódico, La Vanguardia…) tienen una característica común: forman parte de las estructuras mediáticas de las grandes corporaciones financieras internacionales que pretenden destruir, desde hace años, el cambio político en Venezuela.

Estos medios hace tiempo que promueven una campaña sistemática de descrédito; primero, contra Hugo Chávez  y ahora, contra Maduro. Los dos fueron  y son caricaturizados como “dictadores”. Es uno de los núcleos centrales de preparación para la intervención “humanitaria” en Venezuela. La campaña ha sido de tal intensidad y duración que ha conseguido que las fuerzas progresistas europeas vean la aproximación al gobierno bolivariano como una rémora política y electoral.

Calentandoel Golpe

Desde el campo político estadounidense las declaraciones se suceden. En una intervención milimetrada, momentos después de la autoproclamación de Juan Guiadó, el Vicepresidente norteamericano, Mike Pence (3), intervenía apoyando el Golpe de Estado. Inmediatamente, y en cascada, otros países hacían lo mismo pretendiendo dar la imagen de ser “toda la comunidad internacional”.

Otros personajes han venido “calentando” el ambiente desde hace tiempo. José Cárdenas (cargo relevante en la agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional durante la administración Bush) no se recató lo más mínimo: “Es tiempo para un golpe de Estado en Venezuela”, afirmó a finales de junio, descartando asimismo el “diálogo o la diplomacia”. También propuso crear el consenso internacional adecuado para imponer la acción militar si fuera necesaria. El senador republicano Marco Rubio (delegado extraoficial para asuntos de Cuba y Venezuela) dijo: “El mundo apoyaría a las Fuerzas Armadas en Venezuela si decidieran proteger a su pueblo y restaurar la democracia sacando al dictador” (el senador republicano olvidó decir que gran parte de la crisis venezolana es fruto de las durísimas sanciones impuestas por Washington que impiden, por ejemplo, la compra de medicamentos básicos). En nuestro país, Felipe González, Aznar, Rajoy, Casado y Rivera  se han manifestado contra la Revolución bolivariana.

Bloqueo económico, cerco militar e intervención humanitaria

Para conseguirlo es imprescindible la creación alrededor de Venezuela de un cordón sanitario de países contrarios a su política.  Cercan a Venezuela 34 bases militares de EEUU y la OTAN. Se han realizado decenas de ejercicios con tropas, incluso con fuego real, cerca de sus fronteras. En el último, (a 15 km de la frontera entre Colombia y Venezuela denominado “Ejercicio Multinacional Unitas-2018)” participaron 11 países afines a la política estadounidense (Argentina, Brasil, Canadá, Ecuador, EE.UU., Honduras, México, Panamá, Perú, el Reino Unido y República Dominicana).

Hace pocas semanas, a la embajadora norteamericana en la ONU, Nikki Haley – la misma que ha justificado las atrocidades de Al-Qaida en Siria o el bombardeo de autobuses escolares en el Yemen- se la veía fotografiarse en la frontera colombiana/venezolana. Sus llamamientos al derrocamiento de Maduro y la necesidad de una “intervención humanitaria” rayan la obscenidad.

Los diferentes gobiernos, e incluso algunos de los organismos regionales,  actúan en muchos casos de meras comparsas.  Desde 2014, y utilizando a la OEA, EEUU ha emprendido 32 intentos de agresión contra Caracas que, por otra parte, no ha querido condenar el intento de magnicidio de agosto pasado contra Maduro. A este respecto, Rex Tillerson, en su momento secretario de Estado, dijo sin ambages: “Continuaremos utilizando a la OEA como un vehículo para promover la presión sobre el régimen de Venezuela”. Esta cobertura política indirecta es la que hubiera permitido a Estados Unidos actuar en un segundo plano. El fracaso político cosechado estos días ha puesto en evidencia cuáles son los objetivos del Presidente Trump. 

Venezuela sufre un bloqueo económico, político y mediático no declarado oficialmente. El objetivo siempre es el mismo: deslegitimar al gobierno venezolano, sea el que sea, siempre que mantenga una posición crítica contra EEUU. Se intenta enfrentar a la población entre sí y  privar al país de la posibilidad de apelar a las instituciones internacionales. El aislamiento político, ya lo vimos en el caso libio o sirio, es una de las condiciones básicas para la intervención. Lleva aparejado el control de los “medios” de difusión y la estigmatización del gobierno “objetivo”. Se consigue de esta manera un clima internacional adecuado, capaz de aceptar y justificar una necesaria “Intervención humanitaria”.

El derrocamiento de Maduro a través de una “intervención humanitaria” se baraja desde hace tiempo. El 26 de Junio pasado, después de las elecciones en Venezuela, se desviaron 230 millones de dólares de partidas presupuestarias reservadas para la financiación de los “Cascos Blancos” en Siria (terroristas travestidos en ONGs) que fueron transferidos a un grupo de “mercenarios humanitarios” asentados en un campamento militar en la  ciudad colombiana de Cúcuta, fronteriza con Venezuela; un “regalo” hecho por el vicepresidente norteamericano en su visita a la región.

El libreto de un Golpe de Estado

La última ofensiva de Estados Unidos y sus aliados en América Latina presagia lo peor para Venezuela y para la región en su conjunto. El propio gobierno constitucional llamó al diálogo y a la necesidad de integrar a sectores de la oposición. Se vio en las elecciones de mayo del 2018. En ellas, la mediación, entre otros, de Rodríguez Zapatero en el conflicto venezolano, propició un acuerdo que suponía la realización de elecciones con la participación de la oposición. Incluso se negoció un cambio de fecha del 23 de abril al 20 de mayo, para dar más tiempo a los grupos opositores. Pero una vez firmado el acuerdo, la oposición recibió órdenes de Trump de romperlo e iniciar el proceso que ha conducido a la situación actual. Al parecer, fue el propio Secretario de Estado norteamericano, Rex Tillerson, quien ordenó la ruptura del acuerdo. Las elecciones no estaban en el libreto escrito desde Washington. Ese es uno de los grandes problemas en Venezuela: la oposición es meramente la voz del amo, no tiene voluntad propia.

La cobarde y desunida Unión Europea amenaza con reconocer a un golpista si no se repiten las elecciones. Pedro Sánchez y Josep Borrell se han cubierto de gloria apoyando esa propuesta y no la mejicana de abrir un diálogo entre gobierno y oposición en la propia capital ¿Cuándo estará contento Occidente? ¿Cuando salga elegido en candidato del Imperio? De nuevo, como en el caso sirio y libio, la UE espera sacar tajada de las riquezas de los países a los que ayuda a destruir. En Libia, las compañías petrolíferas norteamericanas, francesas e inglesas se repartieron las zonas de extracción. Incluso la española Repsol dejó de pagar los 80 millones que debía al gobierno libio de Gadafi y, sobre todo, se aseguró de  que Gadafi no nacionalizara las riquezas del país.

La puesta en marcha del nuevo orden monetario en Venezuela es un elemento central para intentar resolver la aguda crisis económica que padecen. La ayuda rusa para reestructurar la deuda del país es una afrenta a Estados Unidos que no puede permitir. La autoproclamación de Juan Guaidó pretende que los fondos del Estado Venezolano retenidos ilegalmente por los bancos de EEUU y Reino Unido alimenten a la oposición y la guerra si es necesario

Las formas de intervención pueden ser múltiples. En una primera fase, bastante improbable, es la participación directa de soldados de Estados Unidos en el conflicto. La reacción popular en América Latina sería considerable. El escenario más probable (en realidad, son tres, aunque  intercambiables y complementarios) es utilizar la difícil situación energética y económica de alguno de los Estados o provincias fronterizas con Colombia o Brasil para crear alarma social.  Atentar contra las infraestructuras críticas (puentes) que permiten los pasos fronterizos y desde donde se distribuyen a todo el territorio venezolano bienes y alimentos esenciales sería un objetivo primordial. O (y éste es uno de los métodos más usados en este tipo de conflictos) crear  un “falso positivo”, que implique un ataque al Ejército colombiano y la respuesta de éste.

El 18 de agosto, corresponsales de guerra de Sputnik daban cuenta de los combates en la frontera colombiana contra un grupo de 300 contrabandistas armados que intentaban contrabandear gasolina en una zona frecuentada por paramilitares. El enfrentamiento con los grupos de operaciones especiales del ejército venezolano causó 7 muertos, 25 heridos y un número indeterminado de prisioneros.

La Asamblea Nacional y los 100 presidentes

Ya hemos explicado los vaivenes de las elecciones presidenciales en Venezuela  del 2018. Las elecciones se celebraron bajo la supervisión de 2.000 asesores internacionales, bajo el escrutinio de 24 partidos diferentes y 24 auditorías de voto. El control democrático estaba asegurado. Pero, como hemos dicho, la oposición de derechas en Venezuela, es sólo es la voz del amo. Incluso el Secretario General de la OEA, Luis Almagro, estuvo haciendo campaña en contra de las elecciones para, “con el fin de desconocer [al presidente electo] su mandato y proclamar el “’vacío de poder” a fin de darle “legitimidad” a un Gobierno paralelo impuesto por EEUU”.

Maduro gana las elecciones frente a sus rivales. La autoproclamada Asamblea nacional no reconoce las elecciones. La AN es declarada en desacato por el Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela y el Tribunal constitucional. Las acciones de la oposición, completamente  derrotada una y otra vez en el pasado (puesto que el chavismo mantiene, a pesar de las dificultades, una enorme base social) rayan la esquizofrenia.

El 4 de agosto del 2018, se intenta asesinar a Maduro y descabezar al Estado Mayor del ejército bolivariano en un atentado con “drones”. Las investigaciones  vinculan a tres países en el atentado, Colombia, Chile y Méjico. La oposición apoya el intento. Washington y La UE, calla.

El 10 de enero, toma posesión el presidente Maduro. Es su segundo mandato. Asisten a la ceremonia representaciones de más 130 países que representaron más de 4/5 de la población mundial. Incluidos los más grandes, como Rusia, China o India. También asistieron más de 30 Organismos internacionales y representantes de todos los poderes del Estado menos el legislativo. Mientras la prensa habla de la soledad de Maduro, los datos lo desmienten.

El 16 de enero la Asamblea Nacional, basándose en una interpretación chapucera de los artículos 233,333 y 350 de la Constitución, decide declarar a Maduro como “usurpador” (en ninguno de esos artículos se recoge la posibilidad de apropiarse de las competencias presidenciales). Los diputados de la oposición socializan la resolución. Es decir, todos los diputados opositores, los únicos representados en esa Asamblea, asumieron las “atribuciones presidenciales”. Así se proclaman un total de ¡¡¡¡100 presidentes!!!! El caos y la “sinrazón organizada”  obligan al Vicepresidente de los EEUU, Mike Pence, a presionar a Juan Guaidó, un diputado de la Asamblea, para que actuara de presidente de la Asamblea, como hizo efectivamente el  5 de enero. Su objetivo: unificar las filas antichavistas.

El 21 de enero del 2019, algo más de una veintena de soldados de baja graduación (su líder es un sargento) intentan dar un golpe de estado. Es un intento cronometrado para ser difundido por las televisiones opositoras a Maduro. Su objetivo: la sublevación de las fuerzas militares y animar a la población opositora a salir a la calle apoyando el intento golpista. Es una operación alocada, sin planificación, sin estrategia; un ir de aquí para allá, de allá para aquí. A las pocas horas, son detenidos. Pretendía ser una chispa que encendiera la llama de la intervención extranjera o de la guerra civil. Se repite el mismo esquema del intento de golpe de Carabobo, en 2017.La televisión opositora comenzó a emitir imágenes de manifestaciones opositoras del 3 de septiembre del 2016. Si el caso no fuera tan grave, sería un golpe estilo “Miguel Gila”.

El 22 de enero, la Asamblea Nacional, en rebelión y contumacia, decide que ni el Tribunal supremo ni el Constitucional existen y decide nombrar un embajador ante la OEA. Es un acto de usurpación de funciones (como la guerra se libra en la comunicación, la palabra usurpación  ha sido cambiada rápidamente en Wikipedia por el de disputa). Los embajadores en todos los países son nombrados por el poder ejecutivo, nunca por el legislativo.

El día 23 de Enero, y apoyándose en una manifestación opositora que pide la destitución del Presidente elegido en las elecciones de Mayo, Juan Guaidó, se autoproclama presidente legítimo del país (sin haber sido refrendado por las urnas) invocando la ayuda de Dios y acusando al presidente constitucional Nicolás Maduro de ser un usurpador (a pesar de  haber ganado las elecciones). El autoproclamado presidente había obtenido 97.000 votos en las elecciones al Parlamento; Maduro había obtenido 6.000.000 en las elecciones a la presidencia. El primero quería suplantar al otro ¡Ver para creer!

Sólo hacía 13 días que Maduro había tomado posesión de su cargo, tras las elecciones celebradas en Mayo. Juan Guaidó, en un completo vacío jurídico, fue proclamado y autoproclamado al mismo tiempo como presidente del poder “legislativo (Asamblea nacional en desacato)” y “presidente del poder ejecutivo”. Sólo le falta proclamarse Rey de España o Emperador de Brasil.

Desde todo punto de vista, se trata de un Golpe orquestado y financiado por EEUU. Washington había prometido a Juan Guaidó su apoyo. El secretario de Estado, Mike Pompeo, el director de Seguridad Nacional, John Bolton, el presidente Trump fueron los primeros en reconocer la legitimidad del autoproclamado presidente golpista. El grupo de Lima y la OEA también participan. Sin embargo, Luis Almagro, el Secretario General de esta Organización y peón del Imperio, acaba de cosechar su enésima derrota política. La OEA no va a reconocer a Juan Guaidó ni a su embajador porque ha perdido la votación. Necesitaba 34 votos y sólo ha conseguido 16, a pesar de las tremendas presiones que ha ejercido EEUU.

La oposición y Washington comienzan a estar desesperados. Maduro recibe el apoyo de Rusia, China, Turquía, Irán, Méjico, Bolivia…La revolución bolivariana no está sola. A pesar de todos los intentos Venezuela resiste.

Los días por venir

La usurpación, los atentados, los golpes de opereta por su mala planificación, buscan el impacto propagandístico y el reconocimiento internacional, más que el impacto en el mismo país.

La batalla de Venezuela se juega en el ámbito internacional. El apoyo decidido de Rusia y China (los dos países tienen grandes intereses en la zona) equilibran la balanza de poder en la crisis venezolana. El apoyo de las instituciones políticas del país así como el ejército dificultan mucho las posibilidades de la oposición.

En caso de una acción militar estadounidense dentro del territorio venezolano, Rusia y China tendrán una participación activa dentro del conflicto, principalmente porque sus intereses comerciales y económicos se verán afectados de manera directa.

Se está repitiendo el  escenario sirio. Los supuestos “luchadores por la libertad” que se enfrentan al tirano, en este caso Maduro, son la base para orquestar la campaña propagandística que conduzca a la guerra o la intervención. Si Trump ve un resquicio que le permita ganar políticamente la partida no empleará la fuerza directa. La represión, que será brutal y masiva, la realizarían posteriormente las fuerzas de la derecha si alcanzan el poder. Si EEUU pierde la partida política, la intervención estará servida.

Parafraseando a Von Clausewitz, podemos decir que ‘la guerra es la continuación de la política por otros medios”. Hoy podemos  afirmar que “la orden de ataque ha sido dada”, como se dice en términos militares.

  1. En este organismo EEUU ha cosechado un nuevo fracaso, Luis Almagro su Secretario General y peón del imperio, sólo ha conseguido reunir 16 votos de los 34 necesarios para reconocer al autoproclamado presidente y recibir a su embajador.
  2. En este caso se repetiría el caso yugoslavo de 1999 y el libio en marzo del 2011. Como recordaremos bajo  la resolución que impedía volar a la aviación libia. EEUU y Occidente iniciaron los bombardeos sistemáticos sobre la población civil. Esta resolución, de presentarse, no prosperará por el veto de Rusia.
  3. Mike Pence, vicepresidente de EEUU, se negó a reconocer la legitimidad de Maduro tras vencer en las elecciones presidenciales del mes de mayo del 2018 aunque los observadores internacionales, incluidos los norteamericanos, habían validado la elección. Es una cantinela repetida. Es el mismo pretexto utilizado por la OTAN para intervenir Yugoslavia en 1999. La posterior condena de la ONU a la intervención, dado que era contraria a la carta de las Naciones Unidas, no tuvo ninguna repercusión porque la desintegración de Yugoslavia ya se había producido.

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2 comentarios de “Venezuela: Independencia o barbarie

  1. 28 enero, 2019 at 22:32

    Lúcido resumen. ApoyAdo.

  2. Julio Martínez Portela
    3 febrero, 2019 at 18:19

    Magnífico trabajo

Los comentarios están cerrados