Candido Portinari, en el museo portugués del neo-realismo

Jaime- Axel Ruiz Baudrihaye||

Abogado y escritor||

¿Por qué hay un Museo del neo-realismo en Vila Franca de Xira? Antes de construir el puente 25 de abril, que se llamaba Ponte Salazar, es decir, antes de 1965, la carretera de Madrid pasaba por Vila Franca de Xira. Con ese puente y luego con la autopista de Oporto, esta ciudad quedó algo más apartada de las rutas obligadas.Se ha salvado de ser una mera ciudad dormitorio gracias al dinamismo de sus gentes. Si el urbanismo de los últimos treinta años hizo estragos, ha conservado sin embargo un centro más cuidado, una estación de tren preciosa y un bello y agradable parque al borde del Tajo.

 

Esta localidad ribatejana, muy taurina, con muchas ‘peñas’, se sitúa a unos cuarenta kilómetros al noreste de Lisboa; ha sido tradicionalmente de izquierdas, obrera, votante comunista o socialista. Actualmente el Ayuntamiento está presidido por el PS, con el apoyo de los comunistas y del Bloco de Esquerda.

A mediados de los años ochenta se vio la necesidad de crear un museo para reivindicar y proteger el neo-realismo portugués en sus vertientes, literaria, artística y musical (www.museudoneorealismo.pt ). Hace doce años que ocupa un edificio moderno, bien acondicionado, en el que se organizan exposicionescomo la de Portinari y alberga también una interesante biblioteca que reúne el acervo de esta corriente artística y literaria.

Neo-realismo o nuevo realismo es el término escogido para distinguirlo del realismo y del naturalismo del tipo de Eça de Queiroz o de Fialho de Almeida, decimonónicos. Porque en el siglo XX el realismo portugués fue una literatura cargada de intención política y denuncia, entre las rendijas de la censura y de los imperativos de la guerra fría.

Un neo-realismo que no tiene mucho que ver con aquellas ideas del realismo socialista, a menudo algo épico, sino que en aquel Portugal bajo la dictadura salazarista, muchos escritores entre 1920 y 1974 se dedicaron a describir con acierto y calidad literaria la realidad oculta del pueblo portugués, de las clases trabajadoras, obreros, campesinos, emigrantes. La representación del pueblo “ese vasto material humano”.

Alves Redol –a quien está dedicado el museo-, Aquilino Ribeiro, Urbano Tavares Rodrigues, Antunes da Silva, Fernando Namora, Virgilio Ferreira y decenas más, indagaron sobre esa realidad incómoda que el Estado Novo pretendía ocultar bajo el lujo de Estoril y Cascais y la anglofilia estética –que no política, pues execrabam la democracia- de las clases altas. Y ello con una prosa excelente, con un egregio dominio de la lengua portuguesa. Su gran refugio fue la revista Vértice, más o menos tolerada por el régimen.

En estas semanas se exponen en el museo obras, documentos y fotografías de y sobre el pintor brasileño Cândido Portinari(1902-1962), un pintor de gran talla que hizo un realismo lírico sin caer en el panfleto muralista ni en el maniqueísmo. Nacido en una pequeña ciudad cerca de São Paulo, hijo de campesinos inmigrantes italianos, conocía por experiencia propia los campos brasileños, las plantaciones de café, cacao, la industria del carbón vegetal, sus trabajadores fueran lavanderas, emigrantes del norte desértico (os “retirantes”), del caucho (seringueiros), del oro (garimpeiros) o del café. La mano de obra de los inmigrantes italianos, principalmente, fue la que sustituiría a los antiguos esclavos, una vez abolida la esclavitud. Presentó el Brasil trágico, duro, lejos de los estereotipos turísticos del ‘país del futuro’ que imaginase Stefan Zweig. Su ‘brasilidad’, por así decirlo, se alejó de la imagen romántica del mulato, de las baianas, del folklorismo y el decadentismo, para centrarse en la clase trabajadora porque el realismo enlaza siempre con el territorio, con sus pobladores.Portinari pasó dos años cruciales en París, 1927 y 1928, donde observaba más que pintaba, donde se impregnó de lo que se pintaba entonces, desde Picasso a Modigliani. No fue, por tanto, un pintor primario sino que trabajó el color, las formas, para resaltar lo que otros no querían ver.

En cierto modo fue el equivalente en la pintura al realismo del escritor baiano Jorge Amado. No es casual, precisamente, que ilustrase A selva, esa novela epopéyica de los trabajadores del caucho en el Amazonas tan bien descrita por el portugués Ferreira de Castro.

Fundamental es también recordar aquí a su gran intérprete en Portugal, Mário Dionísio, un intelectual, pintor y crítico de arte comprometido que ha dejado una obra considerable, entre la cual los cinco volúmenes A paleta e o mundo, que es una interpretación marxista pero no ortodoxa ni académica de la pintura. El puso el acento en el papel del artista y el estatuto dela obra de arte, sobre si ésta dejar de ser arte al hacerse social o relatar lo social. Mário Dionísio tiene una Fundación en Alfama, A casa da Achada (www.centromariodionisio.org), que presenta películas, análisis de las obras de arte y conferencias sobre esa etapa tan relevante de la literatura y las artes portuguesas, poco conocida en España.

Hoy parece que el realismo ya no está de moda aunque la mayoría de las novelas sean realistas sin querer ser llamadas así. Lo que pasa es que ahora el realismo parece que se centra más en describir con retórico detalle, casi obsceno, las vidas de consumidores compulsivos, su sexualidad o la gastronomía de lujo, y menos en la vida cotidiana de los explotados de siempre, los viacrucis de los hospitales, los desahucios o la explotación de los inmigrantes, por hablar de algo que vemos a diario. “Hablar de comida es bajo, y se comprende porque ya han comido”. El verso de Brecht sigue siendo actual.

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