Independencia o barbarie (II)

Eduardo Luque Guerrero||

Periodista y analista||

Cada vez que EEUU salva un pueblo lo deja convertido en un manicomio o un cementerio”. Eduardo Galeano.

Los días pasan y lo que se pretendía una “Revolución de los Colores”, con la autoproclamación de Juan Guaidó, no acaba de concretarse. La situación del pseudo-presidente no puede prolongarse “sine die” si no obtiene los resultados apetecidos; su base social puede desmoralizarse y aflorarían la tensiones ahora solapadas entre los diferentes personajes opositores (Capriles y compañía) que han quedado relegados en este proceso. Ahora se anuncia una fecha el 14 de febrero.

La posición política de Juan Guaidó ha recibido en las últimas horas dos grandes golpes: la UA (la Unión Africana), que engloba a 53 países, sólo reconoce a Maduro como presidente. El segundo, y mucho más importante, el Congreso de los EEUU, ha votado en contra de una propuesta de Trump de llevar “ayuda humanitaria”, aunque implicara el uso de la fuerza militar. Cada día que pasa se evidencia lo obvio, Guiadó ni controla el poder ni el territorio donde ejercerlo.

La intervención, ¿sí o no?

Los comentaristas a sueldo y algún dirigente político quieren establecer un paralelismo entre Venezuela y la invasión de Panamá de 1989. Nada más lejos de la realidad. Venezuela con sus 500.000 soldados, sus casi 2.000.000 de milicianos que pueden ser armados, con el apoyo internacional de China y Rusia, no es Panamá.

Todo forma parte de la guerra mediática y todo, incluso las opciones más impensables, es posible. Trump usa una retórica que recuerda cada día más el caso coreano. La intervención la confirmaba el propio Donald Trump el 3 de febrero en una entrevista a la cadena CBS News.Para el dignatario, intervenir militarmente en Venezuela es “definitivamente una opción”; asimismo, aclaró que no quiso dialogar con Maduro hace unos meses. La portavoz oficial de la Cancillería rusa, María Zajávora, lo confirmaba el 7 de febrero “Washington ya ha tomado la decisión sobre el uso de la fuerza”. La realidad de las guerras de EEUU, como escribía el periodista William Astore, es que Washington las ha perdido todas desde 2001, incluida la guerra de Afganistán, donde está negociando su retirada del país con los talibanes.

EEUU tiene un enorme problema. Su capacidad logística está casi al límite: en las 177 bases militares que tiene distribuidas por todo el mundo se acumulan más de 300.000 soldados. Para una intervención directa en Venezuela precisaría de no menos de 180.000 efectivos. No será una operación puntual, será un proceso largo, con múltiples frentes en varios escenarios y, posiblemente, en varios países. En un conflicto de esas características, las rotaciones necesarias de los efectivos supondrían usar el triple de la fuerza inicial. Los puntos de despliegue serían las 37 bases que rodean al país caribeño, aunque los 2.200 km de frontera permiten múltiples formas de intervención.

Nada en la guerra es sencillo: del lado venezolano hay experimentados asesores cubanos y rusos que han venido adiestrando a las tropas desde hace años. Aunque la huída, hace meses a EEUU, de uno de los generales venezolanos responsable de las compras de armamento a Rusia, buscado por corrupción, ha representado un gran golpe para Maduro. De todas formas, si se diera este conflicto y con esos parámetros, las bajas que sufrirían las tropas estadounidenses serían cuantiosas y eso limitaría las posibilidades de reelección del presidente norteamericano. No es impensable que, frente a las dificultades crecientes, Trump gire hacia la búsqueda de algún tipo de arreglo, como en el caso norcoreano.

Sin duda, de producirse la intervención adoptaría la fórmula de guerra por encargo. De nuevo el modelo sirio: utilizar fuerzas extranjeras “desechables”, que permitan minimizar las bajas de los EEUU, reservando sus tropas para acciones puntuales. Pero este escenario es complejo: los militares brasileños han impedido que se instale una base americana en su territorio, y son reacios a intervenir. Los enfrentamientos internos entre el canciller de Exteriores brasileño y el vicepresidente en ejercicio (un militar) son, cada día que pasa, más evidentes. Por otra parte, el presidente Bolsonaro fue intervenido quirúrgicamente la semana pasada y se ha abierto una investigación por corrupción en su entorno familiar. Colombia, el otro aliado de EEUU, teme implicarse en una guerra abierta con Venezuela. Su ejército ha sido incapaz de derrotar militarmente a las FARC o al ELN. Invadir Venezuela sería abrir su retaguardia a las acciones de la guerrilla que no se ha desarmado.

Están dadas las condiciones, afirmaba hace muy pocos días Thierry Meyssan, para una intervención militar; pero su concreción y los “tiempos” requieren controlar una serie de resortes y voluntades que se están demostrando difíciles de domeñar. La intervención implicará a todo el continente latinoamericano. Lo definía con claridad John Bolton cuando calificaba a Cuba, Venezuela y Nicaragua como “la troika de la tiranía”. Se le olvidó incluir a Bolivia aunque diversos senadores de EEUU ya habían recomendado al presidente Evo Morales que no se presente a la reelección.

La “niebla de guerra”

Las vías para la agresión están dibujadas. Su “niebla de guerra” será la llegada de la supuesta “ayuda humanitaria”. La propuesta de Méjico de introducir “ayuda humanitaria sin carácter político”, pretende eliminar la justificación para el ataque.

EEUU roba 18.000 millones de dólares en activos financieros del país pero ayuda con 20 millones al montaje mediático que inundará los grandes medios de comunicación. Es un escenario repetido en Irak, Libia o Siria. Ni la Cruz Roja ni Caritas venezolanas están dispuestas a participar en este montaje. Serían sustituidas por no menos de 87 ONG financiadas por Washington que proporcionarían la necesaria cobertura mediática. En la guerra híbrida que se desarrolla bajo nuestra mirada,el papel otorgado a las ONG como medio para “blanquear” la agresión militar es clave. Se persiguen tres efectos: el primero es, como ya hemos dicho, justificar la guerra adornándola de causa “ética y humanitaria”.El segundo, consecuencia del primero, anestesiar a la opinión pública. El tercero, desmovilizar a los grupos que se pueden oponer a esa intervención, aislándolos, al presentarlos como enemigos de los Derechos Humanos.

Es un guion muy repetido. En las revoluciones de colores, la venezolana lo es, aparecían multitud de ONG sin arraigo social, que desaparecían con la misma rapidez que habían emergido una vez alcanzados sus objetivos (normalmente la instauración de un gobierno afín a EEUU).En Siria se utilizó, por ejemplo, el denominado Observatorio Sirio de los Derechos Humanos como ariete mediático de la desinformación; en Venezuela se le denomina Observatorio Venezolano de Conflictividad Social.

Europa, España y la “izquierda caviar”

Algunos países europeos se aprestan a participar en este aquelarre. El presidente español, olvidando cualquier veleidad de “izquierda”, se convierte en un referente internacional del ataque a Venezuela. Su ministro de Exteriores (Josep Borrell) ha reconocido, quizás justificando su mala conciencia, las presiones de Washington. Mientras algunos personajes que pasan por “izquierdistas” cierran filas en torno al golpismo: Felipe González y Alfonso Guerra no sólo compararon a Maduro con Pinochet, sino que se atrevieron a defender al dictador chileno. Son una parte del “establishment global español” que se apunta a la narrativa de las “transiciones democráticas”, como lo hicieran en su momento con Libia y Siria. Los resultados, las decenas de miles de muertos, el sufrimiento y la destrucción son siempre responsabilidad de otros, normalmente de los gobiernos legítimos, a los que hacen responsables.

Por eso, tampoco es una novedad que la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, haya vuelto a dar una dentellada. En principio, ella y su formación política votaron en contra del reconocimiento de Guaidó, horas más tarde cambiaron de parecer. ¿Qué había cambiado de un momento al otro? El propio interés de la alcaldesa en diferenciarse de IU y Podemos y su deseo de aparecer como “responsable e institucional”, alineándose con las fuerzas de la derecha (PP, Cs y PSOE). Nada nuevo, ya recibió hace unos meses a los terroristas sirios transmutados en ONG (Cascos Blancos). Alguno de los personajes que recibió en el Ayuntamiento estaban buscados por terrorismo por la CIA. De nuevo, la “izquierda caviar” ejecutando políticas de derecha. ¿Qué diferencia hay entre el Aznar que jaleó el golpe de Estado contra Chávez y la genuflexión de Pedro Sánchez ante Trump?

La Geoestrategia entra en juego

Sin duda, el apoyo prestado por Rusia ha impedido hasta ahora una intervención en el país. Gracias a la acción política de éste y otros países, el Imperio ha sufrido derrotas políticas muy importantes en los últimos días.La primera, el no reconocimiento por parte de la OEA del gobierno ilegítimo de Guaidó. La segunda, la derrota en el Consejo de Seguridad de la ONU, cuando EEUU no se atrevió a presentar una moción pidiendo la intervención del organismo internacional en Venezuela. La tercera, la posición de la ONU, que mantiene el reconocimiento a Nicolás Maduro como único gobierno legítimo. Las declaraciones del Secretario General de la ONU a este respecto han abandonado la típica ambigüedad política y se han posicionado a favor del gobierno elegido democráticamente. La cuarta, ya lo hemos dicho, la toma de postura de la UE y la última la posición del Congreso de EEUU.

Asistimos al enésimo enfrentamiento geoestratégico. La presión sobre Maduro tiene dos objetivos: Rusia y China. Moscú tiene inversiones por valor de 55.000 millones de dólares, incluida la posesión del 50% de las acciones de PDVSA ahora sancionada por Trump. China invierte el 40% de sus inversiones latinoamericanas en este país, con un monto total cercano a los 65.000 millones de dólares. Por otra parte, la visita de Maduro a Moscú, a comienzos de diciembre, ha marcado un hito en las relaciones entre los dos países a diversos niveles, entre ellos el militar. Rusia, a diferencia de lo que hizo en Siria, no podrá aportar tropas en número significativo (ya hace tiempo que hay un número reducido de asesores rusos en territorio venezolano).Como es sabido, Moscú posee un ejército defensivo pero no tiene la suficiente capacidad de proyección de fuerza para enviar combatientes a 10.000km de distancia; en cambio, ha dotado al ejército venezolano de armamento sofisticado y entrenamiento militar. En los últimos tiempos, China ha vendido material de guerra muy novedoso por valor de 2000 millones mientras Rusia aportaba otros 4000 millones. Rusia ha instalado fábricas para construir y reparar los Kalasnikov de última generación. Conforme a los protocolos firmados por las partes, China ha obtenido una estación de rastreo satelital en la base aérea venezolana Capitán Manuel Ríos, mientras Rusia la tiene en la base naval Antonio Díaz “Bandi”. El enfrentamiento no es sólo regional sino geoestratégico.

La farándula entra en juego

Mientras la amenaza de la intervención sobrevuela Caracas, la preparación mediática se multiplica, se pretende suavizar el escenario y fortalecer ante la opinión pública los motivos para llevar al país a la guerra. En este mar de “fake news”, se ha introducido una novedad que no conocíamos. Posiblemente sea una característica específica del escenario latinoamericano (¿Un nuevo método a seguir para futuras acciones?) El Imperio recurre a la participación de cantantes y miembros de la farándula con fuerte proyección mediática. Algunos afincados en Miami, como Alejandro Sanz o el cantante colombiano Rubén Blades. Otros, en España, que han visto una forma de revitalizar sus carreras profesionales en espera de ser recompensados por sus “servicios”. ¿Recuerdan esas “figuras” como acabó la ayuda humanitaria en Haití y Somalia? Es curioso que esos personajes callen frente a la miseria creciente en sus países pero que alcen la voz contra aquellos que buscan soluciones progresistas para sus ciudadanos. Son, en definitiva, los mismos que apoyaron el intento de la “Revolución de las flores” a principios del 2017 y que ocasionó la muerte de más de un centenar de personas.

El “gobierno profundo” marca los objetivos

Trump no tiene política exterior propia, la define el “gobierno profundo”. Ha sido el vicepresidente de los EEUU, Mike Pence, quién ha definido los márgenes y objetivos del conflicto. EEUU trata la situación en Venezuela desde una perspectiva regional y, como ya hemos descrito, geopolítica. Se pretende, como hemos señalado, la reconfiguración de toda Latinoamérica, comenzando con el país más difícil. Juan Guaidó es un “nadie”. Es más que evidente que EEUU marca los pasos y los tiempos. Seguir el conflicto es seguir las declaraciones de John Bolton, Mike Pence, Mike Pompeo, Elliot Abrams, Steven Mnuchin, Marco Rucio o Donald Trump. La posición de Guaidó es irrelevante. La cadena de mando es tan evidente que el presidente “autonombrado” repite las directrices de Washington con casi las mismas palabras que sus superiores. Mike Pompeo ya ha amenazado: “Siguiendo la petición del presidente interino Juan Guaidó, y en consulta con sus funcionarios, EE.UU. movilizará y transportará medicamentos de ayuda humanitaria, suministros quirúrgicos y suplementos nutricionales para el pueblo de Venezuela. Es hora de que Maduro se quite de en medio”.

El “gobierno” en la sombra de Juan Guaidó, en realidad, no controla más allá que las imágenes de la televisión de sus cadenas afines. ¿Cómo introducirá la Ayuda Humanitaria si el territorio está en manos del ejército bolivariano? ¿Con qué permiso, con qué actores, con qué logística? El gobierno ilegítimo no controla, como hemos dicho, dos variables claves: territorio y capacidad de ejercer el poder. El personaje carece de la fuerza necesaria para llevar a cabo la estrategia que predica. Por ello el auxilio de las tropas extranjeras se hace imprescincible.

El punto concreto de entrada por su alta exposición mediática será la zona de Cúcuta. Es una zona fronteriza con alta presencia de paramilitares, mafias de contrabando de petróleo venezolano. El procesamiento de la cocaína colombiana requiere enormes cantidades de combustible que obtienen a buen precio en Venezuela. Los autores materiales del atentado fallido contra Maduro en agosto fueron entrenados en esa zona. Fue esa línea fronteriza la que visitó Nikki Haley, a la sazón embajadora de EEUU ante la ONU, y Luis Almagro, secretario de la Organización de Estados Americanos y peón de Trump en esa organización.

Ningún gobierno puede permitir la penetración de fuerzas extranjeras o actores contratados para controlar el territorio nacional. Es evidente que la intervención la tendrá que realizar una fuerza extranjera. Donald Trump necesita una guerra victoriosa, por eso anunciará la semana que viene que ha limpiado el 100% del territorio sirio de terroristas, aunque no sea cierto, igual pasará si no impone su voluntad a Venezuela.

Las cartas están echadas. EE.UU se niega a dialogar; descarta los intentos como el de los gobiernos de México y Uruguay, o posiciones como la del Secretario General de las Naciones Unidas. Si el grupo de contacto que se ha reunido en Montevideo con algunos países de la Unión Europea y otros latinoamericanos fracasa, las pocas opciones que quedan se reducen aún mas. Parece claro en este momento que los EE.UU. avanzarán y utilizarán cualquier argumento para redoblar su narrativa de que no habrá negociación. Muchos de sus mensajes tienen por objetivo quebrar la voluntad de lucha del chavismo y en particular de la Fanb, a la que necesitan partir. Para esto último han creado un abanico, desde la promesa de amnistía hasta las amenazas de intervención, pasando por cuentas creadas en redes sociales para que los soldados no obedezcan a los generales.

Termina así otra semana en Venezuela. No habrá descanso. Los discursos de los EE.UU. remiten a una ofensiva final que se han puesto a conducir. El chavismo se mantiene entero, movilizado, con voluntad de diálogo y de pelea.

En aras de subsanar ciertos errores de bulto que condicionan los análisis y comentarios, si me lo permiten, he aquí algunos datos “desconocidos” para contribuir a la mejor salud del debate global sobre Venezuela:

Juan Guaidó fue electo por el mismo órgano electoral con el cual se eligió al Presidente Maduro. Guaidó obtuvo 97.492 votos en Estado de Vargas en el año 2015.

La Organización de los Estados Americanos no ha reconocido a Guaidó como presidente de nada. Lo ha hecho su secretario general por su cuenta y riesgo, pero no sus estados miembros como bloque. Naciones Unidas tampoco ha reconocido a Guaidó; y así lo ha dejado saber claramente en una carta publicada su secretario general AntónioGuterres, que dio su visto bueno a dar ayudar humanitaria en tanto fuera solicitado por el actual gobierno. El Papa Francisco tampoco se sumó a lo propuesto por Trump sobre Guaidó ante una pregunta explicita por una periodista en el vuelo de vuelta de Panamá. Países de cierta importancia geopolítica, tales como China, Rusia, Turquía, Irán, México y Sudáfrica, tampoco validan la opción de otro presidente que no sea Maduro. No todos los países de la Unión Europea (UE) se suman al desconocimiento de Maduro. Hasta el momento no lo han hecho Italia, Grecia, Rumanía, Irlanda, Bulgaria, Chipre, Malta y Eslovaquia. Otro dato: la jefa de la diplomacia europea, la italiana Federica Mogherini ha aceptado estar en Montevideo el próximo 7 de febrero para iniciar el dialogo en el seno del grupo de contacto internacional sobre Venezuela. Por su parte, el Parlasur, el parlamento del Mercosur, tampoco ha considerado de ninguna manera la existencia de otro Presidente que no sea Maduro.

Con reservas probadas, Venezuela es el octavo país del mundo con mayor cantidad de reservas de gas; el primero en petróleo; en oro, el valor sus reservas supera el PIB de Chile o Dinamarca; en hierro, el valor supera al PIB de México o España; en diamantes, la cifra es mayor al PIB de Paraguay o Bolivia; y para colmo, recientemente se ha demostrado que hay mucho coltán en su territorio.

En términos de propiedad, el 98,5% de las empresas constituidas en Venezuela son privadas; 0,5% son mixtas y 1% completamente públicas. Y otro dato: el 80% de los medios de comunicación en Venezuela son privados.

Según un artículo en The New York Times, de acuerdo con los estimados del gobierno de Trump, las nuevas sanciones le costarán a la economía venezolana 11.000 millones de dólares en ingresos perdidos del petróleo. Y esto se suma a los efectos ya consumados de decretos previos. El primero fue el de Obama, aprobado el 9 de marzo de 2015, donde se anunciaron las primeras sanciones contra Venezuela en base al “riesgo extraordinario” para la seguridad de EEUU. Luego vinieron muchos más, ya con la administración Trump en marcha.

En el siglo XXI, Venezuela ha diversificado sus relaciones económicas y política. Y China se convierte en uno de sus principales socios. Por ejemplo, Venezuela representa el 40% de la financiación que Pekín concede a toda América Latina. Rusia y Turquía también son claves en estas nuevas alianzas.

A veces se nos olvida que Venezuela tiene frontera con Estados Unidos regulado por el Tratado de Límites marítimos de 1978, que fija los límites marítimos entre las islas de Venezuela en el Mar Caribe y los territorios dependientes de Estados Unidos (Puerto Rico e Islas Vírgenes).

Son algunos elementos significativos que debemos considerar a la hora de enjuiciar lo que está pasando sobre Venezuela. A partir de ahí, hacer análisis hacia delante se convierte en un ejercicio altamente complejo. Lo único cierto es que cada vez que Estados Unidos habla de ayuda humanitaria, la cosa no termina bien. Ojalá esta vez todo se quede en la misma guerra que Trump declaró contra Corea del Norte, en el muro que jamás se pudo construir en la frontera mexicana. Veremos.

El principio establecido en Crónica Popular exige que, para que los autores de un comentario a un artículo, firmado con nombre y apellidos, vean publicado su comentario, deben firmar de igual modo el textos que nos envíe. En caso contrario, no se publicarán.
Y eso lo haremos aunque el comentario sea favorable al artículo: no se publicará ningún comentario si no va acompañado por la identificación personal de su autor.