Sorolla en Lisboa y los pintores portugueses

Jaime- Axel Ruiz Baudrihaye||

Abogado y escritor||

El Museo Nacional de Arte Antiga, en la rua das Janelas Verdes, debe ser parada obligada en la visita a Lisboa. Es una institución esencial para sentir el pulso cultural del país. Alberga una pintura portuguesa desconocida en España, entre ella el políptico de São Vicente o paneles del pintor Nuno Gonçalves, que es pura historia imprescindible, muchos cuadros flamencos, italianos, y también muebles y colecciones orientales, que dan cuenta del que fuera un gran imperio marítimo.

El director, António Filipe Pimentel, no ha cejado desde hace nueve años en su esfuerzo por renovar y hacer más atractivo culturalmente este museo haciendo de él una institución cultural viva, lejos del viejo concepto de museo como archivo o depósito general.

En esa línea, presentar en Portugal a Sorolla es un auténtico reto, que ha sido muy bien recibido por el público y los críticos.

La exposición era necesaria pues en materia de artes España y Portugal siguen dándose bastante la espalda, aunque menos que hace treinta años. Es cierto que en las letras las costas voltadas se han ido superando a partir del vínculo ibérico de Saramago, con esa balsa de piedra que él vislumbraba. Pero todavía no del todo – pues no termina toda la literatura portuguesa en Pessoa y Saramago y merecería ser mejor conocida en España:Rodrigues Miguéis, Eugenio de Andrade, Ruy Belo, Nuno Júdice, o Almeida Faria, por sólo citar unos pocos. Sigue habiendo una reciprocidad asimétrica, pues Portugal presta más atención a España, en todos los ámbitos, que a la inversa.

La exposición de Sorolla, que dura hasta el 31 de marzo, se puede dividir en varios temas: los paisajes, las ciudades monumentales, el mar y los trajes regionales, éstos como un catálogo antropológico sin tanto interés.

El color fue una de las bases por las que descolló este pintor. Así, el verde, ese color tan peligroso en la pintura, que es capaz de aplastar todos los demás, es manejado por el valenciano Sorolla con una maestría singular. Verdes en todas sus gamas ya que quizá sea verdad que el verde puro en España casi no se da. De los verdes del Guadarrama y del Pardo a los verdes asturianos y vascos, o a otros verdes más hortelanos y pastosos. Por no hablar de los blancos –como en la Cartuja de Porta Coeli- y los azules, que le dieron aún más fama.

En muchos paisajes el cielo, el horizonte por así decirlo, sólo representa una quinta parte de la superficie horizontal del cuadro, en otros, una décima parte. Las rocas, las ciudades, el paisaje adusto de Castilla, son los protagonistas, y el cielo es un accidente, un pequeño punto de fuga en la parte superior. Hay como una pintura geológica, telúrica en la que las rocas, habitualmente modelos de academia, como los árboles, cobran un valor propio, un significado histórico. Pero también sabe pintar los cielos y a veces nos abruman majestuosamente, como sucede en las vistas del Guadarrama, donde los azules plomizos, los malvas, nos traen la tormenta sobre los prados aún iluminados. Sorolla en muchas de sus obras parece enfocar la vista hacia abajo, hacia las arenas húmedas de las playas valencianas, hacia el mar en las orillas, o la vista hacia el fondo de un jardín o el fondo de una calle de Nueva York donde se desarrolla un maratón.

El paisaje se despliega en Sorolla con fruición (en la escuela que inaugurase un siglo antes el belga Carlos Haes y que seguirían Beruete y muchos catalanes).

No es casual que Sorolla fuese el contemporáneo de escritores que casi por primera vez en España trataron el paisaje, como Unamuno, el gran paisajista que fue Baroja y el mismo Azorín, que es citado también acertadamente en el catálogo. Pues también es cierto que en España el paisaje nunca tuvo la importancia que en otras pinturas, como la francesa, inglesa, norteamericana o alemana.

Pero si situamos a Sorolla en el contexto europeo de la pintura, nos damos cuenta de que es un paso atrás. En 1910, Kandinsky ha publicado De lo espiritual en el arte, que sienta las bases de otra forma de pintar y critica el materialismo. El cubismo, el constructivismo van a avanzar en pocos años. El arte se “deshumaniza”, como decía Ortega.

Mientras, Sorolla sigue tranquilamente pintando paisajes a la manera, no ya siquiera de Cézanne, sino de Corot. Es una pintura confortable para el salón del burgués, tranquilizadora. Su función, se diría, es que el dueño del cuadro esté tranquilo, se plazca en la contemplación apacible. Su maestría del color, su oficio, suple la ausencia total de misterio. Pintura lineal, descriptiva, realista y conservadora. No suscita sueños ni preguntas, sólo admiración. La ekphrasis no es posible, pues no es necesaria ya que lo que cuenta el cuadro es evidente.

Aunque la fotografía ha liberado al pintor de tener que imitar y reproducir la naturaleza, Sorolla sigue en esa línea, sin tampoco llegar al misterio de otros pintores de ultramar, como Edward Hopper o antes, Winslow Homer.

El impacto de un Sorolla en Portugal es considerable porque éste es un país atlántico, no mediterráneo y la luz de Sorolla, sus motivos, sus paisajes sorprenden aquí. Como sorprende esa visión de Castilla, tan ligada al 98 y la Institución Libre de Enseñanza, fenómeno puramente español y casi diríamos castellano, oportunamente citada por el comisariado de la exposición (es de recalcar que los textos están perfectamente pensados para situar al espectador portugués en el marco de esa época).

La pintura y los pintores de Portugal

Más lírico que plástico, como decía el gran amigo de Portugal que fue Unamuno, en este país la pintura ha sido menos apreciada históricamente que, por ejemplo, la poesía. La pintura portuguesa tiene como más penumbra, un verdor más oscuro, unos marrones oscuros y densos, más nubes cargadas de lluvia, y recuerda a veces a la francesa de la época, como si fuesen paisajes normandos.

Los mejores pintores portugueses de la época, contemporáneos de Sorolla, quedaron bastante limitados dentro de sus fronteras, relegados, o se fueron a Francia, como Henrique Pousão, o Souza Cardoso. Otros de más adentrado el siglo XX, como Carlos Botelho, solamente son conocidos aquí en Portugal. Sin olvidar la pintura del rey Don Carlos que, denostado por la historia, dedicaba su tiempo libre a la navegación y a la pintura y acuarela, con gran mérito. Otros pintores de mérito, como Francis Smith, Eduardo Viana, Marques de Oliveira, Jorge Barradas o Almada Negreiros, son prácticamente desconocidos en España.

Los decimonónicos como Columbano Pinheiro, Ernesto Condeixa, Silva Porto o José Malhoa sólo están representados en los museos portugueses, el Soares dos Reis de Oporto y el del Chiado, en Lisboa, éste diminuto, o en el pequeño pero interesante Museu de Caldas da Rainha (tierra natal de los hermanos Columbano Pinheiro, el pintor y el ceramista, y de Malhoa).

Pero hay mucho por descubrir en la pintura contemporánea portuguesa, como el recientemente desaparecido Júlio Pomar, con un pequeño museo en Lisboa, Helena Vieira da Silva o Nadir Afonso, por no citar a Paula Rego, que tiene un museo espectacular y bellísimo en Cascais.

Desgraciadamente, una cierta incuria cultural que dedica poco presupuesto la cultura y que asola la Europa del sur, ha obligado al director, António Filipe Pimentel a tener que poner fin a su trabajo a partir del próximo, inmediato, mes de junio. Le echaremos de menos pues abrió el museo a la contemporaneidad, a las exposiciones singulares, a los creadores. Ante su dimisión anunciada (no le dan fondos, tiene hasta problemas en los tejados del museo, que el gobierno parece ignorar, no es escuchado), la por otra parte conspicua y habladora ministra de Cultura, Graça Fonseca, calla.

El principio establecido en Crónica Popular exige que, para que los autores de un comentario a un artículo, firmado con nombre y apellidos, vean publicado su comentario, deben firmar de igual modo el textos que nos envíe. En caso contrario, no se publicarán.
Y eso lo haremos aunque el comentario sea favorable al artículo: no se publicará ningún comentario si no va acompañado por la identificación personal de su autor.

1 comentario de “Sorolla en Lisboa y los pintores portugueses

  1. Maria José Rodrigues
    28 abril, 2019 at 0:18

    Jaime
    Li o teu artigo jornalístico. Gostei de o receber. Por agora não vou fazer comentários porque ainda não tive oportunidade de o ler com atenção.
    Para já digo que é um bom incentivo receber noticias de estrangeiros a falar sobre o nosso acervo artístico. Continua.
    Até segunda na SNBA
    Maria José Rodrigues

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *