Venezuela, instrumentalizada en la crisis de los países desarrollados
a la orden de la locura imperial de los EEUU

Rosario Gómez Carrasquel*||

Economista venezolana residente en Madrid||

En 1989, “El Caracazo” marca el punto de partida de la historia de un pueblo que decide revelarse contra la pobreza que le atrapaba, mientras que era víctima de las políticas injerencistas aplicadas en alianza con los sectores poseedores del capital nacional. De forma arbitraría, se había implantado un modelo de desarrollo excluyente, desigual y empobrecedor que enraizaba las relaciones neocoloniales de Venezuela.

En este contexto se inscribe la rebelión cívico-militar del 4 febrero de 1992, liderada por Hugo Chávez Frías contra las terribles consecuencias que estaban teniendo las políticas neoliberales adoptadas por el gobierno de Carlos Andrés Pérez y el Fondo Monetario Internacional (1). Se escuchaba en los hogares el sonido del toque de las cacerolas y a las amas de casa decir: “No hay comida en los supermercados y en el mercado está carísima”, se iba la luz y el agua, el transporte pasaba de forma distante, no se podía jugar en la calle y pare usted de contar cuántos niños y niñas vivían en ella.

Ante un panorama desolador de pobreza extrema casi normalizada por las raíces clasistas de una sociedad que crece imbuida por la hegemonía cultural de los EE.UU, este país “heroico” y sus gobiernos satélites-lacayos no se plantearon declarar una crisis humanitaria o intervención militar al tirano dictador que favorecía al capital trasnacional-criollo, mantenía vigente una constitución (1961) pro-inversión extranjera, violaba la transparencia de cada proceso electoral (2) y daba cumplimiento al Pacto de Punto Fijo (1958) que establecía que los partidos políticos tradicionales, Acción Democrática (AD), el Comité de Organización Política Electoral Independiente (COPEI) y la Unión Republicana Democrática (URD) se alternaran la presidencia cada periodo electoral, haciendo ver que era un “Acuerdo de gobernabilidad”, artimaña que contó con el visto bueno de la comunidad internacional.

En Venezuela, quienes alcanzaban el poder se repartían las riquezas con sus insaciables socios gringos. De esta manera, obtenían el pasaporte de la verdadera ciudadanía: ser y sentirse norteamericanos. No se notó ningún interés por despertar una seña de identidad histórica y cultural asociada a una cultura de paz como la que despierta el ánimo de la construcción colectiva de Nuestra América (3). Con cierta naturalidad, se hacía referencia a los ciudadanos de primera, segunda, tercera y marginales en detrimento del género humano y de la práctica igualitaria que dicen existía antes de la revolución bolivariana.

Ni la decisión fue la injerencia militar del grupo de aliados, porque es evidente que sus intereses estaban a resguardo y no había que quejarse ante la comunidad internacional, ni había amenaza para el orden mundial, ni la opción del pueblo fue desencadenar una guerra civil. El Caracazo, levantamiento protagonizado por las personas empobrecidas en 1989, puso de manifiesto que se había reconocido al opresor, al enemigo: el mismo que hoy hostiga y somete al pueblo a una guerra económica, política, social, diplomática, sin miramientos.

En la actualidad, algunos ciudadanos ni se dan cuentan de que están siendo manipulados, que desde Europa, EE. UU, Canadá, etc., interfieren contra la soberanía de un pueblo que votó democráticamente; avalan a una persona que se autoproclamó como presidente en una plaza y miran todo el proceso desde casa con acceso a Internet, con un clic presionan un “me gusta”, acompañado de un emoticono gracioso o no; las redes todo lo han facilitado. Con esta acción, aceptan la idea de que en Venezuela se desarrolle una guerra sin precedentes en los últimos años de la historia de America Latina. Se han dejado convencer por los comentarios de voceros que opinan que, como mucho, se puede dar un conflicto continental de bajo impacto y se han creído toda la narrativa de la supuesta transición democrática. Pareciera que no han visto o leído acerca de la gravedad de los hechos que se han suscitado durante las intervenciones y golpes de Estado que en América Latina han llevado a cabo los EE. UU.

La crisis de ética y legitimidad no está en Venezuela; está en los dirigentes de los países que se jactan de proclamarse desarrollados y respetuosos de los derechos humanos, cuando en el manejo de sus conflictos internos y externos evidencian que han sobrepuesto los derechos económicos de la minoría a los derechos humanos de la mayoría.

En el mundo desarrollado, se ayuda a que el capitalismo se trague la vida de sus ciudadanos con desahucios, privatizando servicios que deberían ser públicos, agudizando la flexibilidad del mercado laboral, ignorando el problema de la juventud sin salida, discutiendo sobre el feminismo desde perspectivas confusas, financiando la construcción de muros porque las personas migrantes son categorizadas como “buenas o malas”, provocando crisis de refugiados, incurriendo en gravísimos escándalos de corrupción, criminalizando manifestaciones de obreros, entre otros temas que no toca debatir por ahora.

Con la postura asumida con relación a Venezuela, se han puesto a la cola del tren poderoso, confundiendo a sus pueblos y obligándoles a aceptar como verdades únicas una serie de mitos. Definitivamente, no les conviene que sus ciudadanos les midan a través de otra vara porque se arriesgarían a que, en un ejercicio de democracia, libertad y solidaridad con la subsistencia de la raza humana y del planeta, les exijan trabajar por la creación y consolidación de un mundo pluripolar, multiétnico e integrado en la diversidad.

Venezuela tiene las mayores reservas probadas de petróleo y otras potencialidades naturales, además de su tesoro real, su hermoso y concienciado pueblo. En la sesión del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (ONU) solicitada por Mike Pompeo, secretario de Estado de EE. UU, Jorge Arreaza, Canciller de Venezuela, denunció que EE. UU. está delante del golpe de Estado en desarrollo y del llamado a la guerra. El resultado de su intervención se registra en la historia de la diplomacia bolivariana como una victoria para que la paz reine en el país.

Bajo este hilo argumental, la oposición venezolana en alianza con los EE.UU. sigue la hoja de ruta, entregando la soberanía del país, participando abiertamente en el golpe de Estado en desarrollo, avalando la autoproclamación de un presidente para Venezuela (4), negociando la empresa estatal Petróleos de Venezuela S.A (PDVSA) y todo lo demás sin consultar al pueblo soberano. Mientras desconoce procesos democráticos, legítimos y transparentes, pide y apoya la aplicación de sanciones unilaterales que retienen el dinero destinado a alimentos, medicinas y otros. Con ese dinero se están financiando las acciones de un gobierno ilegitimo, violatorio de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela (CRBV) y de la Carta de las Naciones Unidas.

En este inciso es importante señalar que el gobierno de España sabe que los EE.UU ha utilizado las medidas coercitivas unilaterales para asfixiar económica y comercialmente a Venezuela, y así socavar las instituciones democráticas mediante la instauración de un Estado paralelo de facto que le garantice a EE.UU el control de los inmensos recursos naturales de Venezuela para expandir su política guerrista.

Se suma el uso del aparato mediático internacional para convencer a través de mentiras contadas una y otra vez, transmitiendo como mensaje constante que un gobierno autoproclamado en una plaza se integrará con organismos internacionales irresponsables que aúpan la violación del Derecho internacional y de la CRBV. Por su parte, los politiqueros de siempre y de ahora hacen uso de sus redes sociales para manifestar su intención de ocupar cargos claves en la Administración pública que llaman de transición. La euforia les hace olvidar que los dueños del poder económico no tienen amigos, solo intereses, se prestan al teatro que ha provocado escasez, hiperinflación, violencia, etc., y ahora amenaza de injerencia militar.

No se trata de partidismos, es hora de ser críticos y firmes, en el espacio que a cada quien corresponda. La problemática central es que un único país no puede determinar a su antojo las guerras y miserias del mundo movido por un afán de dominación grosero.

Los venezolanos y las venezolanas llevan más de una década castigados porque con valentía decidieron tomar las riendas de sus vidas, participar y no dejar que otros seres humanos con desviaciones conductuales sumado a complejos de superioridad y prepotencia les escribieran su historia, considerándolos un pueblo inferior.

¡Basta de locuras imperiales! ¡Urge instar el diálogo, la solidaridad y el respeto mutuo para vivir en paz!

* Rosario Gómez Carrasquel es licenciada en Economía por la Universidad Central de Venezuela y Máster en Economía Internacional y Desarrollo (UCM) y en Cooperación Internacional y Gestión de las ONG’s (Universidad de Granada).

Notas:

1-  El Fondo Monetario Internacional durante el Gobierno de Carlos Andrés Pérez (1989) pacta aplicar sus Planes de Ajustes Estructurales (PAE), reseñados en la historia por evidenciar los pasos que se deben seguir si se desea profundizar el neoliberalismo con consecuencias devastadoras en términos de pobreza y bienestar social.

2- Hay registros verificables de que en Venezuela los votos se compraban y que votaban personas que habían fallecido.

3- Término incluyente, integrador e igualitario, expreso en el espíritu de la Carta de Jamaica (1815) escrita por Simón Bolívar, idea-fuerza del pensamiento emancipador de Francisco de Miranda (1750-1816), así expuesto en el libro de Carmen Bohórquez, “Francisco de Miranda. Precursor de las independencias de la América Latina” y título de un ensayo filosófico de José Martí (1981).

4- Juan Guaidó es el resultado de un experimento de mercadeo político y empresarial sabemos que no sería determinante en la toma de decisiones que marquen el rumbo del país.

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