Azaña, Mérimée y los clérigos

Arturo del Villar||

Poeta, escritor, editor y periodista. Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio||

EL excelente ensayo de Enrique Moral Sandoval en el volumen Azaña traductor, recientemente publicado por el Ayuntamiento de Alcalá de Henares, la Universidad de Alcalá, el Foro del Henares y la Fundación Largo Caballero, quedó incompleto por faltar el comentario a dos breves piezas teatrales de Prosper Mérimée. La primera, La carroza del Santísimo, parece haberse perdido, aunque yo publiqué un estudio sobre ella, El primer estreno teatral de Azaña: “La carroza del Santísimo”, editado en 2004 por cuenta del Colectivo Republicano Tercer Milenio, y la segunda, El cielo y el infierno, fue erróneamente atribuida a la autoría de Azaña por el preparador de sus Obras completas, Santos Juliá, e incluida como obra original suya en el séptimo volumen, páginas 479 a 491, de la edición patrocinada por el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales en 2007. Por esos dos motivos quedaron fuera de la cuidada atención puesta por Moral Sandoval en su trabajo, y me animan a intentar su comentario.

Autorretrato de Mérimée.

Las dos traducciones fueron realizadas por gusto, después de haber visto la representación de Le Carrosse du Saint—Sacrement en el Théâtre du Vieux—Colombier en 1920, durante su estancia en París con Cipriano de Rivas Cherif. Le interesó tanto que decidió traducirla para procurar que se representase en Madrid, sin haber negociado ni la edición ni la representación, dejado para el regreso en Madrid. Dado el argumento anticlerical, no le fue posible concertar el estreno hasta después de la proclamación de la República, cuando ocupaba el cargo de ministro de la Guerra en el Gobierno provisional, concretamente el 17 de junio de 1931.

Quizá los problemas encontrados para conseguir esa puesta en escena le disuadieron de intentar convencer a una compañía para que montase El cielo el infierno, aunque Rivas Cherif fue director teatral y representante de compañías dramáticas. O fueron tal vez las disparatadas críticas de los diarios derechistas y ultraconservadores a La carroza, reseñadas en mi ensayo, las que le convencieron de que el país no estaba preparado para asistir a otro estreno anticlerical, hasta que la República modificase con sus leyes democratizadoras la triste herencia dejada por la monarquía, en la secular alianza entre el altar y el trono.

Las dos piezas fueron adjudicadas por Mérimée a una supuesta dramaturga y actriz española, Clara Gazul, descendiente del rey moro Gazul, nacida de una gitana en Motril (Granada). Las obras que presuntamente redactó son cortas, con intención crítica, en las que muestra a unos españoles sometidos al capricho de los eclesiásticos, retratados por la ficticia autora con caracteres muy negativos. Las dos piezas que ahora nos interesan se incluyeron en la segunda edición del Théâtre de Clara Gazul, comédienne espagnole, impresa en París en 1830.

Un sainete intencionado

Calificada por el verdadero autor de sainete, La carroza del Santísimo está ambientada en el Perú virreinal, concretamente en Lima y en el siglo XVIII. Toda la acción transcurre en el despacho del virrey, en un solo acto. En síntesis el argumento cuenta la amoralidad del sexagenario virrey, que se deja sobornar fácilmente sin importarle la gobernabilidad del virreinato, y el descaro de su amante, una actriz veinteañera que se aprovecha de esa situación en tanto se divierte con otros amantes jóvenes.

Los personajes son históricos, el virrey Manuel de Amat y la actriz Micaela Villegas, apodada La Perricholi. En la escena el virrey acaba de recibir de España una espléndida carroza, y su amante le exige que se la regale, para presumir al pasearse en ella por la calles de Lima, superando en magnificencia a las cinco carrozas que hay la capital. La consigue con las mulas y el cochero incluidos, pero después de haber satisfecho su orgullo no le interesa mantenerla, y se la regala a la catedral para que los eclesiásticos lleven el viático a los enfermos con el debido honor y gloria.

Todo Lima conocía bien la vida inmoral de La Perricholi, pero el obispo recibe el regalo como un gesto devotísimo, y un canónigo que le sirve asegura a la actriz que esa carroza será para ella el carro del profeta Elías que la conducirá directa al reino de los cielos. Los pecados le son perdonados gracias al regalo, de modo que también el obispo se deja sobornar, lo mismo que el virrey.

La afición de los clérigos a poseer riquezas terrenales, en contra de la predicación de Jesucristo, según se expone en los evangelios que ellos debieran conocer, queda así caricaturizada con las palabras del obispo y del canónigo, dispuestos a santificar a la disoluta actriz a cambio de una carroza. Los diarios derechistas fulminaron la obra, al autor, al traductor y a los actores, sin atender a los valores estrictamente teatrales, sino solamente a la intención de Mérimée de satirizar a un obispo y un canónigo corruptos.

Una comedia con fraile

Las piezas dramáticas concluidas con una muerte suelen ser calificadas como tragedias, pero Mérimée catalogó a El cielo y el infierno como comedia. Se desarrolla en Valencia, aunque el lugar es lo de menos, en dos escenas solamente, y con tres personajes: Doña Urraca es una dama muy religiosa de la alta sociedad, dominada por un fraile del llamado Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, Fray Bartolomé, avaro, comilón y taimado. Ella está enamorada de un militar, Don Pablo, de ideas liberales mal avenidas con la beatería de su amada, pero los dos pasan por alto esa discrepancia ideológica en aras de la felicidad mutua que sienten.

La primera escena transcurre en el salón de la casa de Doña Urraca, un miércoles de ceniza. La visita Don Pablo, que pretende darle un casto beso, lo que ella rechaza debido a la que considera santidad del día. Al quedarse sola toca una guitarra, y así la sorprende Fray Bartolomé, horrorizado de verla en esa actitud en ese día precisamente. Ella pide perdón, le obsequia con dulces y vino, lo que implica un soborno a la glotonería del fraile, y le pregunta si ha recibido un cesto de botellas de vino de Burdeos que le envió al convento. El fraile dice que sí, pero que tuvo que compartirlas con la comunidad, de modo que los siguientes envíos le pide los haga disimulados en una caja de libros, lo que nos hace suponer que sus compañeros son tan borrachos como él, les tienta el vino, pero no los libros.

Después hace que se confiese arrodillada ante él y como la dama se acuse de querer a su perrito, el fraile la condena a pegar cien latigazos al animalito, sin duda inocente. Sigue un diálogo hilarante, en que ella se acusa de haberse tragado un mosquito en día de vigilia, y el fraile distingue entre una mosca, que es de carne, y por tanto hubiera sido pecado tragarla, y un mosquito, que no lo es. Se hace regalar unos cigarros y unos candelabros de plata, y pretende que no vuelva a recibir a Don Pablo, al que acusa de ser autor de un libelo condenado por la Inquisición.

No quiere Doña Urraca romper con su enamorado, y el fraile como por casualidad deja caer un retrato suyo que dice le ha entregado una antigua amante para que lo destruya. Loca de celos, la dama confiesa que efectivamente, él es el autor del libelo, para que lo detengan.

La segunda escena transcurre en un calabozo de la Inquisición, en el que espera la condena Don Pablo. Acude a visitarle la amada, con el encargo de aconsejarle que se arrepienta y entre un convento, a lo que el militar se niega. Además, le aclara lo sucedido con el retrato, una infamia del fraile, ante lo que ella le pide perdón y le ofrece un puñal para que mate a Fray Bartolomé, se ponga sus hábitos y escape. Pero él se niega por considerar que no es propio de un militar hacerlo, y ante su negativa es la misma Doña Urraca la que apuñala al fraile, y propone a su amado que se marchen de España para no regresar nunca. Este final era posible en una comedia porque en la realidad resultaba imposible escapar de un calabozo inquisitorial, sin ventanas, con una sola puerta cargada de cerrojos, y vigilado a todas horas.

Motivo para las traducciones

Se trata, pues, de dos obritas sin mucho interés literario. Es probable que Azaña se decidiese a traducirlas por el gusto de hacerlo, para representarlas en los escenarios españoles, con intención de mostrar a los espectadores la maldad de los frailes, ansiosos de dominar plenamente las conciencias de los ingenuos que creen en sus predicaciones, sin ver que son taimados, ávidos de comer y beber, y deseosos de codiciar los bienes ajenos. Y si no cumplen la predicación de Jesucristo, no pueden ser llamados cristianos.

La intencionalidad de Azaña es semejante a la de Mérimée, con la diferencia de que el francés la había puesto en práctica con un siglo de antelación. Pero las medidas de la República Francesa desde el mismo inicio del siglo XX para separar a la Iglesia catolicorromana del Estado no habían entrado en España, a causa de la protección dispensada por la monarquía a los clérigos, que le devolvían el favor alabándola en sus sermones.

Todo el trabajo de Azaña se dirigió a modernizar el país, que en muchos aspectos seguía anclado en la Edad Media sin aceptar las ideas renovadoras impuestas en Europa. La Inquisición impidió el progreso científico, quemó las obras innovadoras del pensamiento ilustrado, y persiguió a quienes pretendieron sacar al reino del oscurantismo religioso. La amenaza inquisitorial pendía sobre las conciencias incluso después de abolido el Santo Oficio. Por eso Azaña supuso que unas obras divertidas podrían enseñar a los espectadores un aspecto de la clerigalla oculto durante siglos.

El Théâtre de Clara Gazul se imprimió en París en su segunda edición en 1930. Hubo de pasar un siglo para que en Madrid se consiguiera representar una de sus piezas. Y las críticas de la mayor parte de los periódicos resultaron negativas, por la intención moralizante destilada por Mérimée. Esa España real, por ser monárquica y por ser clerical, terminó derrotando a Azaña, y hundiendo a la República.

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