Cambio climático,  movilización social y acción política

Eduardo Moyano Estrada||

Profesor de Investigación (Catedrático) de Sociología del IESA-CSIC e Ingeniero Agrónomo||

Es indudable que el tema del cambio climático, y en general los problemas relacionados con el medio ambiente, forman ya parte de la agenda social y política.

A ello contribuye, sin duda, la cada vez mayor evidencia empírica, manifestada en estudios científicos solventes, como el último informe GEO-6 de Naciones Unidas presentado el pasado 13 de marzo en la IV Asamblea de la ONU para el Medio Ambiente celebrada en Nairobi (Kenya).

Movilización social

Como es sabido, la preocupación por el deterioro del medio ambiente ha venido impulsando desde hace algún tiempo el activismo de importantes organizaciones ecologistas (Greenpeace, WWF…), que, en algunos casos, se han transformado incluso en partidos y/o movimientos políticos (Partido Verde en Alemania, EQUO en España,…).

Ahora, sin embargo, la movilización social sobre el cambio climático ha dado un giro importante, en la medida en que no se circunscribe a los grupos más conscientes e informados, sino que se extiende a amplias capas de la sociedad, especialmente a los estratos más jóvenes.

Desde hace unos meses, miles de jóvenes de distintas ciudades europeas se movilizan para protestar contra lo que entienden pasividad de las autoridades políticas ante este problema. Acusan a los gobiernos de no hacer todo lo necesario para afrontar un problema como éste, cuyas manifestaciones son ya evidentes (deshielo de los casquetes polares, calentamiento global, desertificación, sequías prolongadas, cambio de las precipitaciones pluviométricas…), pero cuyos efectos serán de extrema gravedad en un futuro no lejano si no se adoptan medidas para remediarlo.

Llama la atención la notoriedad alcanzada por la activista sueca Greta Thunberg, que con sólo 16 años lidera las amplias manifestaciones celebradas todos los viernes en varias ciudades (Fridays for Future). El eco de su activismo le ha llevado incluso a intervenir en grandes foros e instituciones de escala internacional, como el Comité Económico y Social de la UE, el Foro de Davos o la Cumbre del Clima celebrada en diciembre pasado en la ciudad polaca de Katowice.

Esta movilización juvenil es, además, un síntoma de cómo se está ampliando la base de la preocupación ciudadana sobre el problema del cambio climático, dando lugar a un proceso de concienciación que va en sentido inverso al tradicional (son ahora los más jóvenes los que conciencian a sus padres y abuelos).

En España ya están teniendo lugar las primeras movilizaciones cuyo impacto aún es pronto de prever, pero que, sin duda, serán objeto de creciente atención.

La transición energética

Se sabe que una de las razones principales del cambio climático es, junto a otros factores, la creciente emisión a la atmósfera de gases de efecto invernadero. Y se sabe también que ello es provocado por nuestro modelo de desarrollo económico, basado sobre todo  en el consumo masivo de energías fósiles.

De ahí que se hable de la necesidad de impulsar un proceso de transición energética que conduzca a una reducción de esas emisiones y que apueste por el uso de energías renovables en la mayor parte de los sectores de actividad. En los EE.UU. se plantea ya la necesidad de un “nuevo contrato social” sobre la base de la energía y el clima (Green New Deal, GND), tal como lo reivindica la joven congresista del partido demócrata Alejandra Ocasio-Cortez.

No obstante, son bien conocidas las dificultades de los gobiernos para llevar adelante estrategias de medio y largo plazo para impulsar la transición energética. Su complejidad (implica a muchos sectores económicos) y transversalidad (exige la convergencia de muchas áreas políticas), explica gran parte de esas dificultades.

Pero también las explica la lógica cortoplacista en que suelen moverse los partidos políticos, preocupados más por la inmediatez del horizonte electoral más próximo, que por definir politicas de largo alcance.

Las orientaciones de la UE en materia de cambio climático y de promoción de la economía circular y de modelos productivos hipocarbónicos, son un paso adelante en la buena dirección, reflejándose ya en las políticas comunes, como la agraria (PAC), y en los programas impulsados desde la DG de Acción por el Clima.

Limitaciones de la acción política

Sin embargo, estas iniciativas chocan en la práctica con la compleja realidad de los países miembros de la UE, ya que los gobiernos nacionales tienen que implementarlas en sus territorios debiendo conciliar no pocos intereses diversos y hacer frente a no pocas resistencias por parte de los grupos afectados por las nuevas políticas.

Pensemos, por ejemplo, en las grandes movilizaciones de los “chalecos amarillos” en Francia en protesta contra las medidas tomadas por el gobierno de Macron respecto a los carburantes. O pensemos también en las fuertes resistencias de las poblaciones locales de muchos países al cierre de las minas de carbón o a la reconversión de las centrales térmicas.

Además, son políticas que, para ser eficaces y duraderas, necesitan amplios consensos, que no son fáciles de alcanzar en sociedades tan fragmentadas políticamente como las actuales.

Por eso, los acuerdos internacionales sobre el clima (como el Acuerdo de Paris de hace cuatro años) suelen quedarse en el ámbito de los grandes compromisos, ya que, si bien se ven expresados en políticas y planes concretos de acción a escala nacional o regional, son evidentes las dificultades para aplicarlos.

Las inercias y los intereses afectados por cada medida que altere las bases del modelo económico dominante, limitan, por tanto, la acción política y paralizan las posibles actuaciones, con la consiguiente decepción, indignación e impotencia de la ciudadanía más concienciada.

En todo caso, resulta cada vez más evidente que, sin modificar nuestro modelo económico, basado en la extracción sin límite de los recursos naturales y en el consumo desaforado de servicios y bienes productivos (que exigen un elevado uso de energía y que emiten altos niveles de CO2), no es posible abordar con éxito la crisis ecológica, una crisis de la que el cambio climático es una de sus expresiones más llamativas.

Por eso, no basta con apelar al consumo responsable, al comportamiento cívico en materia de reciclaje de residuos o a los valores de respeto por el medio ambiente, si no se afronta un cambio en el modelo económico, cosa fácil de decir, pero difícil de ejecutar.

Implicación empresarial

Es por esto que, más allá de la buena voluntad de los gobiernos y del necesario empuje de las movilizaciones ciudadanas, resulta también fundamental para hacer efectivo el citado nuevo contrato social (GND) la implicación del sector empresarial en la lucha contra el cambio climático y a favor de la transición energética, dado su relevante protagonismo en el actual sistema económico.

No ya por un compromiso de responsabilidad social corporativa, que también, sino por un simple cálculo económico, los empresarios deberían ser los primeros interesados en abordar cambios en los modelos productivos de sus empresas, introduciendo criterios de eficiencia en el consumo energético y en la gestión de los residuos.

De hecho, ya hay interesantes iniciativas en este sentido, con innovaciones significativas en diversos sectores empresariales, como el automovilístico, el agroalimentario o el energético.

Lo “verde” no es sólo una cuestión de marketing, sino un tema de eficiencia, tanto en lo que respecta a los costes productivos, como en lo relativo a las nuevas demandas de unos consumidores cada vez más sensibles a los temas medioambientales.

Por eso, la acción política (para regular y equilibrar los costes sociales que de modo inevitable acompañarán a este proceso de cambio), la movilización ciudadana (para reivindicar acciones y movilizar conciencias) y la implicación empresarial (para innovar en el ámbito de los modelos productivos y de gestión) son tres elementos fundamentales para abordar el problema del cambio climático y avanzar en el camino hacia la transición energética.

Sin esos tres elementos difícilmente se podrá pasar de las palabras a los hechos en este complejo y delicado asunto, un asunto en el que no sólo nos jugamos el bienestar de las actuales y futuras generaciones, sino también la sostenibilidad de nuestro planeta.

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