El genio

Juan Antonio Hormigón||

Ensayista y escritor, catedrático de la Real Academia de Arte Dramático y director de ADE|| 

Hace unas semanas, asistí a un estreno en un teatro de Madrid, lo cual, en principio, no tiene nada de particular. Se trata de una dulce obligación que tengo que cumplir con insistente frecuencia. Podía haber sido un estreno como tantos otros, con sus consabidos rituales, sus miradas al sesgo y sus pasiones ensayadas, pero este tuvo algo de especial. La diferencia la puso que, inopinadamente, en la platea se concertaron una serie de individuos con más “potestas” que “auctoritas” en general, en cuyas manos radican decisiones y procedimientos de importancia en el devenir del teatro en nuestro país.

Son personajes a los que raramente se ve en los estrenos y tampoco en las representaciones diarias, que en esta ocasión se sentían convocados, impelidos, incluso obligados reverencialmente a asistir al evento. Hice partícipe de mis cuitas a un amigo que encontré al azar: ¿A qué se debía la presencia de tanta “potestas” en aquel estreno? Me respondió confidente: “Es que quien lo dirige pasa por ser la gran esperanza blanca del teatro que ahora se hace”.

Me vino de inmediato al pensamiento la situación tantas veces repetida: “Ya tenemos un nuevo genio en el firmamento artístico nacional”. ¿Quién determina estos ecos, estos dictámenes, estas presunciones? Posiblemente, nadie pueda determinarlo con seguridad, pero me barrunto que alguno o algunos grupos de secuaces juramentados que operan de facto en nuestra escena, son quienes otorgan estas proclamas, escritas o no. Nada sabía de esto, pero cierto día un eminente colega me los describió con algunos detalles y muchas presunciones. De hecho, estos grupúsculos existen y operan no pocas veces con impunidad, estableciendo promociones y ostracismos, y sobre todo áreas de dominio para sus adláteres, es decir: excluyendo a quienes no son de los suyos.

En otra obra que vi en aquellos días, el personaje de una actriz que tiene que marcharse a Canadá porque no tiene “curro”, decía: “Ahora sólo les dan trabajo a algunas jovencitas recién salidas de la Escuela de Arte Dramático, pero cuando comienzan a madurar prescinden de ellas, acaban con su sueño y las desaparecen”. Las palabras no son textuales pero reflejan muy bien lo que tantas veces he visto: personas que son utilizadas, que les llenan los oídos con coros de ángeles y vanaglorias fútiles, que son tiradas a la basura o relegadas al ostracismo en un pis pás dejando a las víctimas entre aleladas, deprimidas y sobre todo, lo más grave para ellas, haciéndolas invisibles. Por más que lo enuncies, una y otra vez la historia se repite porque la vanidad de los que lo sufren y la felonía perversa de quienes así actúan parece repetirse de forma implacable.

Lo más curioso es que la escenificación del advenido genio era vulgar, inane y carente de penetración alguna. De un convencionalismo ramplón y antiguo, con unos criterios en la utilización de los recursos escénicos según se hacía hace muchos años. Los espectadores aplaudieron y hasta tres o cuatro se pusieron en pie. Forma parte del ritual común en estos casos. Ignoro lo que hicieron los detentadores de las diferentes potestas, porque abandoné el campo con rapidez. No era día de conversaciones y sí para la meditación: “Miré los muros de la patria mía…”.

Cierto día, conté lo que me había sucedido con el líder palestino Arafat en Berlín, hace de esto muchos años: Simplemente, lo dejé pasar en una puerta del salón que ocupábamos, y la cosa fue lo que argüí yendo tras sus pasos. Varios colegas me dijeron que esas cosas debía escribirlas. Tengo más, desde luego. Como voy camino de ser lo suficientemente mayor, es posible que cualquier día me decida a hacerlo y, de paso, dé principio a la identificación de algunos de estos personajes y de quienes los protegen. Pero confieso, igualmente, que me desazona dedicar mi tiempo a esto cuando queda tanto por hacer.

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