La voladura del Maine: origen de una teatralidad abyecta

Juan Antonio Hormigón||

Ensayista y escritor, catedrático de la Real Academia de Arte Dramático y director de ADE||

El episodio de la voladura del acorazado Maine de la marina de los Estados Unidos en el puerto de La Habana, en 1898, fue el inicio de un procedimiento sistemático que el susodicho país ha venido utilizando desde entonces de forma recurrente. Se trata de aunar una acción provocativa cierta o falsa, poco importa, determinada por ellos mismos pero atribuida a quien se quiere estigmatizar, seguida de una campaña en los medios de comunicación que controlan, que se ocupan de inventar relatos falsos, promover el odio hacia quienes siendo víctimas se convierte en responsables del entuerto, sembrando de este modo en una población obnubilada y obediente, el fanatismo, el desprecio de la ética y el encono que son preludio de una agresión militar.

La voladura del Maine tiene para España y los españoles un significado muy particular. Los patriotas de guardarropía nunca la nombran o pretenden enterrarla en el olvido, pesa más el respeto hacia sus nuevos mentores, amos a veces. Y, sin embargo, constituyó una premeditada agresión que desencadenó una guerra, en cuyo desenlace se ignoró y despreció a los independentistas cubanos. Así fueron los hechos.

Antecedentes de una agresión deliberada

Durante algunos años, los Estados Unidos habían prestado ayuda en armas y finanzas a los independentistas cubanos. No había en dicho gesto nada de noble, ni tampoco de ayuda a las causas emancipadoras. Se trataba de hostigar a una España que mantenía los jirones de un imperio en descomposición, a fin de que abandonara Cuba y Puerto Rico para hacerse con ellas.

En el mes de enero de 1898, el Subsecretario de Marina de Estados Unidos, Theodore Roosevelt (1858-1919), entregó al presidente McKinley (1843-1901) un informe sobre la estrategia naval a seguir en caso de una intervención militar en Cuba. Su plan preveía el bloqueo marítimo de la isla y el envío de una escuadra volante para atacar las Canarias, La Coruña, Santander, Cádiz, Barcelona y otros puertos españoles.

El 25 de enero el acorazado Maine llega al puerto de La Habana. Su misión declarada era salvaguardar la vida y los intereses de los estadounidenses que vivían en Cuba. Se trataba de una de las unidades más modernas de su flota. Hace su entrada en zafarrancho de combate, cosa impropia, y sin disponer de los pertinentes permisos. Su presencia es considerada como «anormal» por parte del gobierno español y plagada de «irregularidades legales».

Al día siguiente, el periódico de Hearst (1863-1951), New York Journal, titula en primera plana: “Por fin, la bandera de los Estados Unidos en La Habana”. Su tirada, que habitualmente era en aquel momento 150.000 ejemplares, aumenta ese día en 300.000 más. A lo largo de las jornadas siguientes, el New York Journal procede a una campaña de intoxicación y agitación con titulares de primera plana alarmantes, para fanatizar a las multitudes del país y exaltar lo que ellos entienden por patriotismo. Se decía, entre otras cosas, que los soldados españoles atacaban hospitales, violaban mujeres, envenenaban los pozos de agua potable o daban de comer a los caimanes prisioneros de guerra:

Los soldados españoles tienen la costumbre de los toreros, les cortan las orejas a los prisioneros cubanos y las guardan como trofeos”.

William Randolph Hearst era hijo de un millonario. Estudió en la Universidad de Harvard, de donde fue expulsado. Contaba a la sazón treinta y cinco años. De una ambición sin límites, diseñó para consumo de las multitudes el periodismo amarillista hasta extremos inigualables, desorbitó noticias, falseó de forma ostensible los hechos, inventó otros y provocó incidentes que le sirvieran para convertirlos en noticias sensacionalistas. Todo valía para vender periódicos. Había sido propietario de un pequeño diario de San Francisco, el Examiner, y adquirido recientemente el New York Journal.

Estaba impregnado de las tesis del «destino manifiesto» formuladas por John O’Sullivan en 1845, que establecían que los Estados Unidos de América del Norte tenían derecho y obligación de expandirse, conquistar y absorber porque gozaban de la protección y voluntad divina1. Aunque sus raíces se hundan en las ideas de los puritanos fundadores: Dios les había escogido como pueblo elegido, fue O’Sullivan quien le dio forma para justificar la anexión de Texas (1845) y, poco después, la guerra igualmente de anexión contra México (1846-48), tras la que se apropió de la mitad del territorio mexicano (Tratado de Guadalupe Hidalgo).

La guerra contra España y la dominación de Cuba eran así mismo, según ellos, necesidades para que el país se convirtiera en gran potencia. Igualmente, el dominio del canal de Panamá. Al mismo Hearst le servía para obtener pingües beneficios por la venta de su diario. Llegó a crear la cadena de periódicos más grande de los USA, fue congresista y candidato a presidente. Este sujeto inspiró el personaje de la admirable película de Orson Welles, Ciudadano Kane. Desgraciadamente los planteamientos de Hearst, como es fácil observar, han hecho fortuna y hoy dominan parte de la prensa y casi en su totalidad las televisiones privadas y no pocas veces las públicas.

El 8 de febrero, el embajador estadounidense Stewart L. Woodford (1835-1913) mantiene una audiencia confidencial con la reina Regente, María Cristina, en el Palacio Real. El diplomático le transmite la iniciativa de dos banqueros y abogados neoyorquinos, McCook y Smith, propietarios de la línea de vapores entre Estados Unidos y Cuba, de comprar la isla por 300 millones de dólares más un millón de comisión para los intermediarios españoles. No era la primera vez que lo planteaban a lo largo del siglo. Parece ser que dichos intermediarios eran entre otros, Ramón García, comerciante tabaquero, y Alfredo Escobar y Ramírez, marqués de Valdeiglesias (1854-1954), director del periódico conservador y monárquico La Época. La Regente puso en conocimiento del gobierno el contenido de la entrevista.

El embajador de Estados Unidos sugirió igualmente que, para llevar adelante la operación, sería necesario sustituir a Sagasta como presidente del Consejo de ministros. Es fácil percibir que lo de la injerencia en los asuntos internos de otros países viene de lejos. Ese mismo día, el embajador de España en Washington, Enrique Dupuy de Lôme, escribe una carta confidencial y privada a su amigo José Canalejas (1854-1912), director por aquel entonces del Heraldo de Madrid, en la que duda de que la concesión de la autonomía a Cuba dé algún resultado positivo. Pero así mismo califica al presidente McKinley de “débil, populachero y politicastro”.

Se produce entonces un incidente un tanto rocambolesco: Un amigo del secretario de Dupuy, Gustavo Escoto, ligado al independentismo cubano, roba a Canalejas la carta en el hotel en que se hospeda en La Habana. La entrega a los dirigentes insurrectos y estos a Hearst. El New York Journal tituló el 9 de febrero: “El mayor insulto en la historia de los Estados Unidos”.

Este mismo día, el Bucanero, un supuesto yate registrado como «barco de recreo que es en realidad un gran buque con casco de acero y artillado con ocho cañones», propiedad de William Randolph Hearst, fondea en el puerto de La Habana junto al Maine. Entra sin previo aviso y es multado con 500 pesos e invitado a salir. No obstante, permanece anclado setenta y dos horas y durante este tiempo, se produce gran circulación de tripulantes entre este barco y el Maine. Tres días más tarde, el 12, al abandonar el Bucanero el puerto de La Habana, entra en el mismo el torpedero estadounidense Cushing.

La explosión y sus consecuencias

El 15 de febrero era martes de Carnaval. A las 21:39 se produce la explosión del acorazado Maine, de la marina estadounidense, en el puerto de La Habana. Perecen 266 marinos. Aunque las autoridades españolas no tienen nada que ver con el incidente y parece que su origen se produjo más bien en el interior del buque, determinados medios periodísticos, políticos militaristas y belicistas, así como los consorcios armamentísticos estadounidenses, inflaman de forma inmediata a la opinión pública de su país para llevarlo a la guerra.

Al día siguiente, los periódicos españoles anuncian en primera plana la voladura del Maine. El 17, antes de que se reunan las comisiones de investigación ni haya declaración oficial, el periódico de Hearst, New York Journal, titula en primera página: “La destrucción del Maine fue obra del enemigo”. España ya era señalada como enemigo, al margen, como es común, de cualquier atisbo de legalidad. Ofrece, además, una recompensa de 50.000 dólares a quien dé pistas sobre el autor de la explosión. Nadie pudo darlas y nunca se cobraron.

El 18, dando un paso más en su calenturiento amarillismo, el New York Journal titulaba en primera página:

GUERRA… SEGURO. EL MAINE DESTRUIDO POR ESPAÑOLES.

SE DESCUBRE EL AGUJERO QUE DEMUESTRA LA EXPLOSIÓN DE UN TORPEDO

El periódico comienza a obsequiar a sus lectores con «El juego de la guerra contra España», consiste en una baraja de cartas y fichas de las escuadras de los dos países. Es fácil establecer la relación con la baraja de la guerra de agresión a Irak: prácticas antiguas podemos deducir.

El gobierno español mantiene una actitud ajustada a derecho, y propone una investigación conjunta o un arbitrio internacional que determine las causas de la voladura del Maine. La propuesta fue rechazada por el gobierno de Estados Unidos inducido por Theodore Roosevelt, belicista inflamado, Subsecretario de Marina y decidido partidario de ir a la guerra contra España. En consecuencia, Estados Unidos crea una Comisión de investigación para que determine las causas de la explosión del Maine. Su primera reunión se produce el día 21.

Entre tanto, el amarillismo de Hearst está dando sus frutos. El 23, el New York Journal alcanza el millón de ejemplares de tirada. Su titular de primera página es significativo: “Así está hundido el Maine. La nación americana conmocionada por la fiebre de la guerra”. En el colmo del delirio, el periódico anuncia otro día la creación de un regimiento formado por 6000 indios sioux mandado por Búfalo Bill para ir a Cuba.

Al grito de «Al infierno con España. Recordad el Maine», que se utiliza en los carteles propagandísticos rememorando sin duda lo dicho en relación a El Álamo, Hearst y el New York Journal promueven la recluta en todo el territorio de Estados Unidos de 300.000 voluntarios para la guerra contra España en Cuba, Puerto Rico, Filipinas y las Islas Carolinas. Compra igualmente un carguero que proyecta conducir al canal de Suez y hundirlo, para impedir el paso de la escuadra española que acudía a las Filipinas. La acción no llegó a realizarse porque los buques españoles volvieron grupas para defender las ciudades y costas que pretendía bombardear la flota americana.

El 19 de marzo, una resolución conjunta de las dos Cámaras del Congreso estadounidense autoriza al presidente McKinley a utilizar la fuerza y obligar a España a abandonar sus territorios de América. Así mismo impone un ultimátum: si antes del 23 de abril España no ha ofrecido una respuesta satisfactoria, los Estados Unidos utilizarán la fuerza sin posterior aviso. El texto de dicha resolución es pródigo en los lugares comunes que han enarbolado siempre para sus guerras de agresión o preventivas, que finalmente son de expolio:

Por cuanto el aborrecible estado de las cosas que ha existido durante los tres últimos años en la isla de Cuba, tan próxima a nuestro territorio, ha herido el sentido moral del pueblo de los Estados Unidos y enfrentado la civilización cristiana, y ha culminado con la destrucción de un barco de guerra y la muerte de 266 oficiales y tripulantes mientras se hallaba en visita amistosa en el puerto de La Habana…[…]

El congreso de los Estados Unidos resuelve:

1.º Que el pueblo de Cuba es, y de derecho debe ser libre e independiente.

2.º Que es deber de los Estados Unidos exigir, como el Gobierno de los Estados Unidos por la presente exige, que el Gobierno de España renuncie inmediatamente a su autoridad y gobierno de la isla de Cuba, y retire del territorio de ésta y de sus aguas sus fuerzas militares y navales.

3.º Que por la presente se dé su orden y autoridad al presidente de los Estados Unidos para usar en su totalidad las fuerzas militares y navales de los Estados Unidos y para llamar al servicio activo a la milicia de los diferentes estados de los Estados Unidos, hasta donde sea necesario para llevar a efecto esta resolución.

4.º Que los Estados Unidos, por la presente, declaran que no tienen deseo ni intención de ejercer soberanía, jurisdicción o dominio sobre dicha isla, excepto para su pacificación, y afirman su determinación, cuando ésta se haya conseguido, de dejar el gobierno y dominio de la isla a su pueblo.

Ultimátum:

Si a las doce del mediodía del próximo 23 de abril el Gobierno de España no ha ofrecido una completa y satisfactoria respuesta a esta demanda, en términos tales que la paz en la isla quede garantizada, el presidente procederá a usar, sin posterior aviso, el poder que le han conferido y en los términos que sean necesarios para surtir efecto”.

Una campaña para hacer la guerra

Los diferentes episodios que condujeron a esta resolución de las dos cámaras del Congreso de los Estados Unidos, lo que implícitamente suponía la guerra contra España, responden a un diseño preciso. La ubicación del Maine en el puerto de La Habana era en sí misma y en aquellas circunstancias un acto de provocación, al que las autoridades españolas respondieron con estricta cortesía y tacto. La voladura del acorazado constituía la gran excusa, el «casus belli» para desencadenar el conflicto.

La operación tiene una perfecta similitud con el falso incidente del golfo de Tonkín, que justificó para ellos los bombardeos de Vietnam del Norte, o la tenencia de armas de destrucción masiva en Irak, por supuesto inexistentes, en fechas bien próximas. Igualmente, todo lo que intentan con denuedo crear en Venezuela. Sólo los nazis para justificar las invasiones, denominadas también preventivas, de Checoslovaquia y Polonia se atrevieron a tanto.

De forma convergente se orquestó antes y al unísono una campaña de intoxicación informativa, demonización y odio a España de gigantescas proporciones. Esa fue la tarea de Hearst y su New York Journal. En cierto modo, constituyó el gran ensayo general de todo lo que se ha venido haciendo después. Se falsearon sistemáticamente las informaciones, se inventaron atrocidades, se dieron por ciertas cuestiones sometidas a investigación reservada y se exaltó un «patriotismo» elemental, rastrero, fanático, transmutado en simple impulso irracional de venganza. Para conseguir esto todo valía, con absoluto desprecio de la ética más elemental. Lo que se dijo en aquel tiempo de los españoles, no fue demasiado distinto a lo que después se aplicó a los mexicanos, los chinos, los soviéticos, los vietnamitas, los iraquíes, los sirios y en definitiva a todos aquellos a quienes convenga a los poderes explícitos y subterráneos de los Estados Unidos atacar y destruir.

No solo fue cosa de Hearst, aunque fuera el más dedicado a esta operación. La primera película con argumento que se hizo en Estados Unidos este año, llevaba el significativo título de Rasgando la bandera española. Tenía una duración de poco más de un minuto y tres únicos planos: en el primero, una bandera española ondeaba al viento; en el segundo, unas manos blancas arrancaban la bandera; en el tercero, las mismas manos la sustituían por la bandera estadounidense. Tuvo un enorme éxito de público2.

Quedaban por fin los intereses de los fabricantes de armas y de la política expansiva estadounidense representada por el partido Republicano, que abandonando la neutralidad de Cleveland necesitaba una guerra y extender su control al Caribe. El mecanismo de apariencia democrática con las dos cámaras del Congreso reunidas para darle al presidente el poder de utilizar la fuerza, es también similar a lo articulado en otras muchas ocasiones. Así se hizo hace unos años con Bush, para que a partir de una falsedad ahora demostrada, como fue hace más de un siglo la del Maine, pudiera invadir Irak y matar, porque toda guerra implica muerte y destrucción. Quizá por eso, el Congreso estadounidense ha votado ya en contra de una intervención militar en Venezuela, pero también sabemos que los fabricantes de armas y los consorcios petroleros tienen recursos sobrados para “engrasar” el mecanismo y ponerlo de su lado: “Los negocios son los negocios” y la ética y el derecho sólo son antiguallas molestas para ellos.

Para concluir diré que los Estados Unidos intervinieron sólo cuando las tropas y recursos españoles en Cuba y Puerto Rico estaban al borde del colapso3. Su intención real era apropiarse de ambas islas y todo lo que hicieron desde su desembarco estuvo destinado a neutralizar la presencia de las fuerzas independentistas cubanas, a reducirlas a unidades de apoyo y, finalmente, a desarmarlas una vez que izaron su bandera de las barras y las estrellas.

No debemos olvidar que la prensa en España adoptó, en conjunto, un comportamiento irresponsable. Envueltos en la bandera de un patriotismo de apariencia, que no era otra cosa que patrioterismo barato, intoxicaron igualmente a la ciudadanía propalando, contra toda lógica, que España iba a obtener una fácil victoria frente a los estadounidenses.

Tambores de guerra

El día 21 de marzo, España rechazó el ultimátum de los Estados Unidos y rompió relaciones diplomáticas. Mediante cable cifrado, ordenó que la escuadra española al mando del almirante Pascual Cervera (1839-1909) se dirigiera a América. Concluía: «La bandera de los Estados Unidos es enemiga». El 26, antes de conocer el informe de la Comisión investigadora sobre el incidente del Maine, Theodore Roosevelt aconsejó al presidente Mckinley la guerra inmediata contra España.

El 29, la Comisión estadounidense que investigaba la explosión del Maine presentó su informe en la Casa Blanca. Argüía que la explosión se indujo desde el exterior del buque a causa de una mina. España no había ejecutado la voladura, pero era responsable por no haber proporcionado la adecuada seguridad.

El 2 de abril, el embajador de España en Washington hace llegar al presidente el informe de la Comisión española que había investigado a su vez la voladura del Maine. Se negaba cualquier responsabilidad y aseguraba que la deflagración se había producido en el interior.

No obstante, la crónica de este incidente prosiguió a lo largo del tiempo. En 1911 se reflotaron los restos hundidos del buque, y una segunda Comisión investigadora estadounidense procedió a estudiarlos. El gobierno español no quiso participar en ella alegando que «sólo serviría para enconar viejas y dolorosas heridas». En sus conclusiones ratificaban la existencia externa de una mina, junto a una acumulación de gases entre el casco y la cubierta protectora cuya expansión violenta produjo los destrozos internos.

En 1969, una tercera Comisión dirigida por el almirante Hyman Rickover (1900-1986), director de la División de Energía Nuclear de los Estados Unidos, inició una nueva indagación sobre las causas del “hundimiento del Maine”. En 1976 se publicaron las conclusiones, un documento conocido como “Informe Rickover”.

Durante estos años se llevó a cabo un estudio completo y sistemático de fuentes, informes y restos, con la utilización de técnicas de análisis muy sofisticadas. Las conclusiones fueron sorprendentes e implacables: «La explosión del depósito de municiones A-14-M provocó todos los daños en el Maine». La causa era por tanto de naturaleza interna y se debía a una única deflagración. Su origen, el incendio de la carbonera A-16, situada junto al pañol de municiones, cargada de carbón bituminoso que, por llevar más de tres meses y medio almacenado, era susceptible de una combustión espontánea, como había ocurrido ya en otros barcos de la Armada estadounidense.

Cuando se llegó a estas certidumbres, habían pasado setenta y siete años y asunto tan grave ya podía ser tratado como cuestión histórica. Lo mismo se ha hecho siempre. Solo hace poco tiempo se reconoció que el incidente del golfo de Tonkin había sido inventado por los estadounidenses, por ejemplo. Para entonces la mayoría ha olvidado ya las destrucciones y los muertos son historia. Algunos que pasan por ecuánimes, reiteran que “no hay que remover el pasado”. Constituye en cierto modo una novedad que se haya determinado tan rápidamente que Irak no poseía armas de destrucción masiva. Con ello han quedado al descubierto las mentiras de Bush y sus secuaces, para ¿justificar? la destrucción y muerte que sembraron en aquel país.

Sigue pendiente lo que han hecho en Siria. Lo de Venezuela está descubierto, los tiempos son otros, pero se resisten a aceptarlo en connivencia con los medios que están a su servicio. También en estos casos como en el de Cuba, la verdadera razón es siempre el dominio económico sobre zonas cada vez mayores del planeta que sean pródigas en materias primas. Lo grave es que, a pesar de todo, millones de estadounidenses fanatizados por los herederos de Hearst no parezcan darle importancia.

Respecto al caso que nos ocupa, tenemos derecho a pensar que la combustión de la carbonera pudo ser «espontánea» o «provocada». Cualquier agente, gubernamental o privado, pudo inducirla. El trasiego que se produjo desde el Bucanero de Hearst, fondeado a su costado, los días anteriores a la explosión, despeja más aún dicha posibilidad. Quizás algunos piensen que constituye una desmesura mantener que alguien puede asesinar a sus compatriotas para lograr sus ambiciones. Creo que desconocen la condición de una mentalidad psicopática de este tipo, dispuesta a cualquier cosa para conseguir sus objetivos y saciar sus intereses. Gentes así no iban a dudar ni vacilar por el hecho de que perezcan 266 de sus compatriotas, muchos de ellos marinería de color, si con ello podían forzar una guerra que les interesaba y convenía en planos diversos. También esto se ha llevado a cabo muchas otras veces, aunque no se diga. Visto lo visto, si alguien con todo derecho podría invocar el grito de «acordaos del Maine», son los españoles y los cubanos.

En las primeras semanas de abril se debatió en el Congreso de Estados Unidos sobre las responsabilidades de España en la voladura del Maine. La comunidad internacional, ya entonces, a través de gobiernos y jefes de Estado, se pronunció unánimemente para evitar la guerra. Nada se consiguió, la opinión internacional no les interesaba. El 18, la escuadra norteamericana bloqueó Cuba. El 19, el Congreso de Estados Unidos declaró la guerra a España.

El domingo 1 de mayo se produjo el desastre naval de Cavite (Manila). La escuadra española es destruida por la flota estadounidense del Pacífico.

Intercambio de correspondencia

En los primeros días del mes de mayo, el capitán general de Cuba, Ramón Blanco (1833-1906), envió una carta al general Máximo Gómez (1836-1905), en su condición de «Jefe de las Fuerzas Revolucionarias», en la que le proponía una alianza entre ambos ejércitos para oponerse a las fuerzas estadounidenses que son el enemigo común4.

No puede ocultarse a V. que el problema cubano ha cambiado radicalmente. Españoles y cubanos nos encontramos ahora de frente a un extranjero de distinta raza, de tendencia naturalmente absorbente, y cuyas intenciones no son solamente privar a España de su bandera sobre el suelo cubano por razón de su sangre española.

El bloqueo de los puertos de la Isla no tiene otro objeto.

No sólo es dañoso a los españoles, sino que afecta también a los cubanos, completando la obra de exterminio comenzada en nuestra guerra civil. Ha llegado por tanto el momento supremo en que olvidemos nuestras pasadas diferencias, y en que unidos cubanos y españoles para nuestra propia defensa, rechacemos al invasor.

España no olvidará la noble ayuda de sus hijos de Cuba, y una vez rechazado de la Isla el enemigo extranjero, ella, como madre cariñosa, abrigará en sus brazos a otra nueva hija de las naciones del Nuevo Mundo, que habla su lengua, profesa su religión y siente correr en sus venas la noble sangre española.

Por estas razones, General, propongo a usted hacer una alianza de ambos ejércitos en la ciudad de Santa Clara. Los cubanos recibirán las armas del ejército español, y al grito de Viva España y Viva Cuba, rechazaremos al invasor y libraremos de un yugo extranjero a los descendientes de un mismo pueblo.

Su affmo. servidor,

Ramón Blanco, mayo de 1898”

Un guajiro llevó la carta del general Blanco a Máximo Gómez, quien respondió días después negándose en redondo a lo que el militar español le planteaba. Llega a asegurar que «cubanos y españoles jamás pueden vivir en paz en el suelo de Cuba»:

Señor:

Me asombra su atrevimiento al proponerme otra vez términos de paz, cuando sabe que cubanos y españoles jamás pueden vivir en paz en el suelo de Cuba. V. representa en esta Cuba una monarquía vieja y desacreditada, y nosotros combatimos por un principio americano, el mismo de Bolívar y de Washington.

V. dice que pertenecemos a la misma raza, y me invita a luchar contra un invasor extranjero; pero V. se equivoca otra vez, porque no hay diferencias de sangre y raza.

Yo sólo creo en una raza: la humanidad; y para mí no hay sino naciones buenas y malas. España ha sido hasta aquí mala, y cumpliendo en estos momentos los Estados Unidos hacia Cuba un deber de humanidad y civilización, desde el atezado indio salvaje hasta el rubio inglés refinado, un hombre es para mí digno de respeto, según su honradez y sentimientos, cualquiera que sea el país o raza a que pertenezca o la religión que profese.

Así son para mí las naciones, y hasta el presente sólo he tenido motivos de admiración hacia los Estados Unidos. He escrito al presidente McKinley y al general Miles. No veo el peligro de exterminio por los Estados Unidos a que usted se refiere en su carta. Si así fuere, la historia los juzgará.

Por el presente sólo tengo que repetirle que es muy tarde para inteligencias entre su ejército y el mío.

Suyo affmo. servidor,

Máximo Gómez, mayo de 1898

Este intercambio de correspondencia entre los dos jefes militares, Blanco y Gómez, es escasamente conocido, y, en mi opinión, no ha sido valorado en toda su amplitud y profundidad. En primer lugar, encuentro la propuesta del general Blanco de un atrevimiento y sagacidad notables, y también impregnada de una gran visión de futuro. Es como si comprendiera como nadie lo que en realidad pretendían los Estados Unidos: aplicar su «tendencia absorbente», es decir la anexión. Posiblemente supiera que no faltaban magnates cubanos e incluso algunos jefes del ejército mambí, que no le hacían ascos e incluso andaban en cabildeos para que la Isla se convirtiera en un Territorio, en el sentido jurídico, de la Unión.

Otra cosa bien distinta son los términos en que se expresa. Las alusiones a la raza o la religión están cargadas de prejuicios y en su carta subyace la idea de que los cubanos solo eran los blancos, es decir los descendientes de españoles, y la población de color era subsidiaria. Tampoco se atreve a pronunciar la palabra independencia y prefiere la metáfora bastante cursi de que España, «como madre cariñosa, abrigará en sus brazos a otra nueva hija de las naciones del Nuevo Mundo, que habla su lengua, profesa su religión y siente correr en sus venas la noble sangre española». Argumentos de ramplonería notoria. Ignoro si la propuesta fue aprobada por el gobierno español o fue hecha a título personal y de tanteo, aunque cuesta pensar que no lo fuera habida cuenta de su trascendencia.

Otra cosa bien distinta es si después de treinta años de enfrentamientos, podía fiarse alguien de aquellos gobiernos de la Restauración, sometidos a la intriga permanente del partido de la sacarocracia cubana, del que andando el tiempo escribiría con tanta agudeza y sarcasmo Valle-Inclán, aunque remitiéndose al periodo en que también era esclavista.

La respuesta de Gómez es digna, pero de una ceguera ostensible. Es claro y preciso cuando afirma que «no hay diferencias de sangre y raza», contradiciendo las valoraciones de Blanco, pero decir que «hasta el presente sólo he tenido motivos de admiración hacia los Estados Unidos», suena cuando menos extraño. Es como si no hubiera leído nada de Martí, o le movieran otras intenciones. Por eso su conclusión: «Si así fuere, la historia los juzgará», produce cierto escalofrío pensando que lo que vino de inmediato fue la ocupación militar y más tarde una constitución cuya soberanía estaba totalmente limitada por la enmienda Platt, que posibilitaba entre otras cosas, la intervención militar de Estados Unidos cuando lo estimaran oportuno. Además, como ya he dicho, de la emergencia de una poderosa corriente sociopolítica que hablaba sin tapujos del anexionismo por parte de los USA, y el abandono paulatino de las señas de identidad hispánicas, incluido el idioma5.

Cien años después, Fidel Castro que sí pudo experimentar cuantos quebrantos para su país trajo aparejada aquella “admiración” de Gómez, en una visita a La Habana del buque escuela Juan Sebastián Elcano, afirmó: «Sentimos un gran respeto por los marinos españoles recordando la hazaña de Cervera, algo inolvidable». Y aún después, al inaugurarse un busto en homenaje a Cervera, su hermano Raúl Castro aseveró: “Le ordenaron un suicidio, quizá por eso el almirante y sus hombres se vistieron de gala aquella mañana”.

Una guerra imperialista

Finalmente, el 15 de junio, unidades de marines estadounidenses invaden Cuba y se apoderaron de la bahía de Guantánamo. El 22, 10.000 soldados estadounidenses prosiguen la invasión desembarcando en las playas de Daiquiri y Siboney. El 1 de julio, 15.000 soldados estadounidenses sitiaron Santiago de Cuba y exigieron su rendición. Se produce la conocida como batalla de las colinas de San Juan. Tras un duro combate, el balance es de 600 bajas españolas y 2.000 estadounidenses.

El 2 de julio, la flota española al mando del almirante Cervera, un militar culto pero consciente de la inferioridad de sus buques, es destruida en Santiago de Cuba.

En la construcción de uno de los tres cruceros acorazados que entraron en servicio en 1893, creo que en el Infanta María Teresa, trabajó mi abuelo paterno, Juan Hormigón. Durante toda mi primera infancia, recuerdo que había un cuchillo de comedor en mi casa que era una reliquia, con todo el filo combado por desgaste. Pertenecía al servicio de aquel buque. Toda la escuadra española quedó destruida. Hubo 343 muertos, 151 heridos y 1.890 prisioneros por parte española. Los estadounidenses tuvieron un muerto y dos heridos leves.

El día 15, tras dos intensos bombardeos sobre la ciudad, los defensores de Santiago de Cuba acuerdan un armisticio. El 17 se produjo la rendición oficial de las tropas españolas en Santiago. Los estadounidenses izan la bandera de las barras y estrellas y prohíben que lo sea la cubana. Cuba es ocupada militarmente por los Estados Unidos de América del Norte. El general Leonard Wood es nombrado gobernador militar. El periodista, explorador y arqueólogo Gregory Masón dirá años más tarde en su libro Remember the Maine (Henry Holt, New York, 1939):

Esta guerra, a la que nos habíamos lanzado con profesiones de altruismo a favor de los pueblos oprimidos de piel oscura, nos llevó a conducir una matanza de los filipinos más eficiente que ninguna de las realizadas por los españoles. Hizo que nos anexionáramos, amparados en una fraseología jurídica, la rica isla de Puerto Rico. Incluso nos llevó a considerar el consejo de los más avariciosos de entre nuestros imperialistas partidarios de anexionar la propia Cuba…

El cambio más fundamental que la guerra imprimió en el carácter de los Estados Unidos fue el paso decisivo del país de las filas de las naciones autosuficientes y antiimperialistas al grupo de las potencias ansiosas por acaparar colonias”.

El 10 de octubre comenzaron las negociaciones en París respecto a las consecuencias para España de la guerra con los Estados Unidos.

Algunas reflexiones finales

Puede que no debiera decir nada más. Fío en la sagacidad de los lectores para establecer las pertinentes analogías con las circunstancias presentes. No obstante, no me resisto a recordar que el proceder iniciado con la voladura del Maine ha sido utilizado una y otra vez por los Estados Unidos de América del Norte para sus aventuras de agresión, expolio, destrucción y latrocinio a lo largo del siglo pasado y lo que va del presente, muchas de ellas en Latinoamérica. Siempre se han producido para cambiar gobiernos molestos para ellos, apoderarse de las riquezas, ocupar territorio y mantener un delirio hegemónico fruto de la adopción del “destino manifiesto”.

Paulatinamente, se ha depurado el mecanismo. Si antes se provocaban incidentes para convertirlos en causas de la intervención, ahora se pueden inventar mediante la fabricación de “noticias falsas”, las famosas “fake news”, destinadas a la desinformación. Para ello hace falta la colaboración de los medios y la inundación de las redes sociales y el concurso de periodistas mercenarios. Para estas operaciones existen presupuestos suntuosos, no hay problema. Constituyen una inversión razonable cuando el objetivo es quedarse con las riquezas de un país.

Lisa y llanamente, esto es lo que ha sucedido en Venezuela. En primer lugar, siguiendo el procedimiento implementado en Chile para derrocar el gobierno de Salvador Allende: se indujo una violentación económica obcecada y, a continuación, se enunció el fracaso de las políticas socialistas y la alarma ante carencias y penurias, para concluir que la situación era “insostenible”. En el caso de Chile todo está hoy documentado, pero ha sido igual en otros muchos lugares y lo es ahora en Venezuela.

Es escandaloso, eso sí, que gentes que hicieron loas jeremíacas a Salvador Allende muerto ya, con sus reformas sociales revocadas y la dictadura, esa sí, férreamente instalada, apoyen ahora a un simulador fruto de una autoproclamación grotesca, y una campaña de latrocinio gringo, aunque se reboce mucho de “democracia” en la que no creen ni sueñan con respetar. Chile sigue pagando hoy todo aquello: el cobre se volvió a entregar a consorcios estadounidenses aunque su nacionalización fue votada por el parlamento casi por unanimidad, y la enseñanza se privatizó hasta extremos inauditos, de ahí las protestas estudiantiles que no cesan.

Es escandaloso que profesionales mediáticos que pretenden pasar por serios, mientan descaradamente, se obstinen en no ofrecer la verdad de lo que sucede, desconozcan la constitución venezolana, estén dispuestos a aceptar todas las “falsas noticias” como verdades comprobadas, y no vacilen en dar auténticos mítines a favor de un intento de golpe de Estado. Han renunciado a los mínimos éticos de su oficio para convertirse en agentes de Trump, Pompeo, Bolton, Elliott Abrams, Uribe y hasta Julio Borges, urdidor de atentados.

El día 24 de enero, el de la autoproclamación del diputado de la Asamblea Nacional en desacato, tuve miedo. Hacía tiempo que no tenía una sensación como esta. En un programa mañanero en una televisión privada, dos periodistas desaforados lanzaron una arenga conjunta defendiendo lo sucedido. Uno, con aspiraciones a senador romano con semblante adolorido, y el segundo, intérprete de un seductor de guardarropía, utilizaron una vez más procedimientos teatrales de baja estofa para interpretar una escena que aspiraba al pathos y acabó en sainetillo bufo. Una dama periodista los puso a ambos en su sitio: “No creí que iba a ver nunca a dos periodistas defendiendo un golpe de Estado”. Faltan personas capaces de aducir estas verdades y demasiados que eluden adoptar posiciones claras refugiándose en el seguimiento de lo que oyen sin intentar cotejarlo con la realidad.

Así, se acepta una situación de alarma humanitaria basada en informes e imágenes falsas, mientras se ignoran desde informes de la ONU hasta testimonios directos como el de la socióloga española Arantxa Tirado, los periodistas estadounidense Max Blumenthal y Benjamín Norton, o el turista argentino Diego Itursarry, quien ha grabado con su celular, al igual que los otros, más de cuarenta videos en los lugares más dispares, definido como “lo que mi ojo ve”, que muestran que la situación es muy diferente. Y quienes siguen invocando una crisis humanitaria en Venezuela, nada dicen de Yemen o Haití, que la precisan con toda urgencia, tampoco de Honduras o Argentina, ni del propio EE.UU., con sus millones de gentes en la pobreza y sin techo, viviendo en refugios o tiendas de campaña.

Con palmaria simpleza, así es él, el asesor de Seguridad estadounidense John Bolton, expresó liso y llano, cuáles eran sus propósitos: “En esta administración no tenemos miedo de usar la frase «Doctrina Monroe»“, y agregó: “este es un país de nuestro hemisferio” –en referencia a Venezuela– “y ha sido el objetivo de todos los presidentes de EE.UU. desde Ronald Reagan, tener un hemisferio completamente democrático”. Sabemos bien lo que eso significa.

El canciller venezolano Jorge Arreaza le respondió de inmediato. Señaló que esta doctrina que asume EE.UU. para América Latina como su patio trasero, siempre ha sido inaceptable para los pueblos de la región y concluyó: “Con soberbia colonialista, John Bolton se enorgullece de enarbolar la anacrónica e ilegal Doctrina Monroe de 1823 para Nuestra América hoy. Para los pueblos latinoamericanos esto ha sido y será siempre inaceptable. Pero vemos a varios gobiernos agradecerlo y hasta celebrarlo”.

Televisiones como Cúcuta Tv y NTN24, han grabado videos ofrecidos por Madelaine García en Telesur, en los que se ve a los grupos de choque mercenarios de la oposición venezolana, preparando bombas molotov que después utilizaron, el 23 de febrero, para quemar a los agentes de la Guardia Nacional Bolivariana que defendían la frontera de su país en el estado Táchira. ¿Por qué no quieren verlos? Me recuerdan a los asesores del joven Dux en el Galileo de Brecht, que preferían refugiarse en sus creencias atávicas y no observar el firmamento por el telescopio. Sí lo hacen los expertos bien informados. El coronel español Pedro Baños, actualmente en la reserva, estudioso de cuestiones geopolíticas, ha definido de este modo la cuestión de la ayuda humanitaria: “en realidad no había interés en que entrara la ayuda humanitaria [por parte de Guaidó], no se trataba de eso, sino de hacer una especie de ‘performance’, una obra de teatro de cara a los medios internacionales”. Los medios, siempre los medios como instrumento.

Un país como España, que tiene entre sus cuitas históricas la memoria del Maine, debiera estar más despierto a la hora de no aceptar tanta mentira como hechos probados. ¿De qué patriotismo presumen?

Hay un proverbio chino que reza: “Cuando hay vientos de cambio, unos construyen muros y otros, molinos”. Lo cual significa sencillamente que cuando se generan contradicciones, unos deciden construir muros para separar y otros construyen igualmente casas, infraestructuras, laboran campos, ponen en marcha industrias, impulsan la educación y la cultura, promueven la solidaridad entre los pueblos… Decidamos quiénes son unos y otros y con quién estamos.

Notas:

1.- Ortega y Medina, Juan Antonio: Destino Manifiesto: Sus razones históricas y su raíz teológica. México, CNCA/Alianza Editorial Mexicana, 1989

2.- Plaza, José Antonio: “Al infierno con España”. La voladura del Maine. Madrid: EDAF, 1997.

3.- Roig de Leuchesenring, Emilio: La Guerra Libertadora Cubana de los Treinta Años. Razón de su victoria. La Habana, 1952.

——: La guerra hispano-cubanoamericana fue ganada por el lugarteniente general del Ejército libertador Calixto García Iñiguez. La Habana: Municipio de La Habana, Oficina del historiador, 1955.

4.- Roig de Leuchesenring, Emilio: La guerra hispano-cubanoamericana fue ganada por el lugarteniente general del Ejército libertador Calixto García Iñiguez. La Habana: Municipio de La Habana, Oficina del historiador, 1955.

Collazo, General Enrique: Los Americanos en Cuba. La Habana, 1905.

5.- Cordoví Núñez, Yoel: Liberalismo, crisis e independencia en Cuba, 1880-1964. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 2003.

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