Pérez de Ayala denunció la pederastia frailuna hace 119 años

Arturo del Villar||

Escritor, poeta y editor. Presidente del Colectivo Republicano III Milenio||

La sociedad ha perdido el miedo a la Iglesia catolicorromana, a nadie le asustan ya sus anatemas y excomuniones, por lo que en todo el mundo se suceden las acusaciones de pederastia contra curas y frailes. Incluso ha empezado a denunciarse a los clérigos en España, último reducto del integrismo debido a que su rey ostenta el título de rey católico, por concesión del repugnante papa Alejandro VI en 1496.

A la Iglesia catolicorromana no le ha quedado más remedio que asumir una realidad conocida por todos, pero silenciada hasta hace poco tiempo. La corrupción sexual alcanza hasta al Colegio Cardenalicio, el sumo consejo asesor del papa, y encargado de su elección.

El 15 de marzo de 2015 fue aceptada la renuncia del cardenal Keith Michael Patrick O’Brien, arzobispo emérito de Saint Andrew and Edinburgh, al admitir que su vida sexual no había sido la adecuada, después de quedar probado que abusó de menores.

El 20 de junio de 2018 el actual papa suspendió del ministerio activo al cardenal Theodore McCarrick, arzobispo emérito de Washington, y el 28 de julio lo expulsó del Colegio Cardenalicio, para terminar el 15 de febrero de 2019 privándole del sacerdocio, al quedar demostrada la comisión de abusos sexuales a monaguillos 45 años antes.

Otro cardenal, George Pell, considerado el banquero del Vaticano por ser el prefecto de la Secretaría de Economía, ha sido condenado el 26 de febrero de 2019 por un tribunal de Australia, su país de origen, al quedar probados los abusos sexuales sobre adolescentes cometidos en la catedral de Melbourne, donde era ejercía como arzobispo.

El 23 de marzo de este mismo 2019 le fue aceptada la renuncia al cardenal Ricardo Ezzati, arzobispo de Santiago de Chile, imputado en ese país por encubrir a una larga lista de sacerdotes acusados de pederastia.

Discusiones sin actos

Para intentar atajar esta situación que ha deshonrado a la Iglesia catolicorromana, los días 21 a 24 de febrero de 2019 se reunieron en el Vaticano 190 presidentes de conferencias episcopales. Las conclusiones le fueron entregadas al papa, mientras grupos de víctimas protestaban indignadas al considerar que todo era una pamema ineficaz.

Ya los días 23 y 24 de abril de 2002 el entonces papa Juan Pablo II convocó en el Vaticano a los cardenales y obispos de los Estados Unidos, por ser el país que más denuncias de pederastia sacerdotal tramita. Muchas diócesis estadounidenses se hallan en quiebra, a consecuencia de las indemnizaciones que deben pagar a las víctimas, por sentencia judicial. También el minúsculo Estado Vaticano, siempre floreciente antes, gracias al llamado óbolo de san Pedro que recibe de todo el mundo, entró en quiebra en 2014, por ese motivo. La venta de bulas, indulgencias, imágenes milagreras, rosarios bendecidos por el papa e incluso títulos nobiliarios, ya no es capaz de cubrir el déficit causado por el pago de indemnizaciones a víctimas de curas y frailes.

Su sucesor, Benedicto XVI, también convocó a los cardenales de todo el mundo en el su sede el 19 de noviembre de 2010, con igual propósito de poner fin a esa costumbre tradicional de los clérigos. Aunque es posible que las intenciones sean buenas, resulta imposible apartar del ejercicio sacerdotal a todos los acusados, porque cerraría la Iglesia catolicorromana. Que es lo que debiera hacer, admitir su corrupción y disolverse. Pero hay que mantener ese inmenso negocio internacional, que guarda sus reservas de oro en la base militar de Fort Knox, en Kentucky, junto con las de los Estados Unidos, el lugar más protegido de la Tierra.

En España hasta hace muy poco tiempo no se presentaban denuncias contra sacerdotes, y las pocas aceptadas no prosperaron, porque los jueces absolvían a los denunciados y reconvenían a los denunciantes. Todos sabemos que aquí los casos de pederastia son habituales, especialmente los que hemos tenido la desgracia de estudiar en un colegio de frailes. Con intención de evitar la propagación de esa costumbre generalizada, la organización de Escuelas Católicas envió el 13 de marzo de 2019 a todos los directores de centros integrados en la entidad un protocolo de actuación, en el que se explica cómo encarar una denuncia cuando se presente.

A.M.D.G.

En España una novela había descrito con gran realismo el horror de los internados jesuíticos, por alguien que los padeció, Ramón Pérez de Ayala. Se segunda novela, A. M. D. G. La vida en los colegios de jesuitas, impresa en Madrid para la entonces prestigiosa editorial Renacimiento, apareció en noviembre de 1910, alcanzó tanto éxito que al año siguiente se reeditó, y volvió a ser impresa en 1923 y en 1931, año en que también se estrenó su adaptación teatral. Lamentablemente las autoridades no tomaron en consideración la atroz denuncia contenida en sus páginas, y por eso ha continuado el horror hasta hoy mismo.

Escribió lo que había visto en sus años de internado en dos colegios jesuíticos, en Carrión de los Condes primero y en Gijón después. Este último es el retratado en la novela, el Colegio de Segunda Enseñanza de la Inmaculada Concepción. En su fachada lucía las siglas de la divisa latina jesuítica, Ad Maiorem Dei Gloriam, esto es, “A la mayor gloria de Dios”, interpretada por los frailes en su beneficio, porque toda su tarea tiende a lograrlo así. No puede ser que crean en Dios, cuando cometen todas las aberraciones posibles.

El protagonista de A. M. D. G. es Alberto Díaz de Guzmán, Bertuco según el diminutivo asturiano, como lo es de las otras tres novelas iniciadoras de la narrativa del autor. En él reflejó Ayala sus recuerdos biográficos, según declaró varias veces. Por ejemplo, en el prólogo al libro póstumo de Julio Cejador Recuerdos de mi vida (Madrid, 1927), un jesuita decente que, por serlo, abandonó la Compañía de Jesús, harto de sufrir persecuciones de sus superiores jerárquicos, que eran inferiores a él en cultura y costumbres. Se cita por el tomo IV de las Obras completas de Ayala (Madrid, Fundación José Antonio de Castro, 2002, p. 699):

Conocí a don Julio Cejador de maestro en el colegio de San Zoil, de los padres jesuitas, en Carrión de los Condes, provincia de Palencia. Viví en aquel viejo monasterio los dos últimos cursos que fue colegio laico. Al tercer curso pasé al Colegio de la Inmaculada Concepción, en Gijón, de los jesuitas también, que se inauguró aquel año, y es el que describo en mi novela A. M. D. G.”

Por lo tanto, no se puede dudar sobre el contenido autobiográfico del relato, puesto que el mismo autor lo proclamó en diversos escritos. Por recordar uno solo, en el artículo “La autobiografía de mis obras”, que citamos por una pésima edición de sus mal llamadas Obras completas, puesto que no incluyen precisamente A. M. D. G., mal ordenadas por J. García Mercadal para la editorial madrileña Aguilar; la cita está en el tomo IV, impreso en 1969, páginas 1003 y siguiente:

Me atrevo a hacer esta insinuación, ya que mi comunicante sostiene que jamás me trasparento en mis personajes y, por el contrario, la crítica y los lectores (y es el único pormenor en que los pareceres coinciden) han establecido el dictamen de que el ciclo de mis cuatro primeras novelas (A. M. D. G., Tinieblas en las cumbres, La pata de la raposa y Troteras y danzaderas) es simplemente una autobiografía aderezada”.

Y en nota se copia un comentario aparecido en La Revue de Genève que hace referencia a “Cette serie d’autobiographies morales”, así que no puede discutirse la veracidad de la novela.

Otro mártir de los jesuitas, José Ortega y Gasset, que los padeció en el colegio de Miraflores del Palo, cerca de Málaga, se apresuró a publicar una glosa muy laudatoria de la novela inmediatamente de su aparición. En ella confirmó los horrores descritos por su amigo el novelista en otra latitud, pero con idénticos métodos de tortura, inolvidables para el resto de la vida de quienes los soportaron. La recopiló en su libro Personas, obras, cosas… (Madrid, La Lectura, 1922, p. 268 para la cita):

Sólo hallo una divergencia: Ayala envuelve las escenas de su muchachez en un paisaje del Norte, que conviene muy bien a la melancolía y al dolor de la vida que describe, al paso que la armadura de una infancia sometida a la pedagogía jesuítica me llega a mí bajo los recamos de un mediodía magnífico”.

Recordemos un testimonio más de una víctima jesuítica, ofrecida por el escritor divulgativo Francisco Pina. En su ensayo Escritores y pueblo (Valencia, Cuadernos de Cultura, 1930, p. 52), también proclamó la veracidad del espantoso retrato fijado por Ayala sobre su experiencia con los jesuitas, por haberlo sufrido en carne propia y sentirse identificado con Bertuco y sus compañeros:

En la novela A. M. D. G. pinta la vida en un colegio de jesuitas; es tan fuerte y veraz la pintura, tan honrado y noble el propósito, que ningún padre que haya leído aquellas páginas se atreverá a cometer la felonía de dejar la educación de sus hijos en manos de los vástagos de San Ignacio. Quienes hemos pasado algunos años de nuestra niñez en un colegio semejante, sabemos bien el cúmulo de verdades que se amontonan en esta hermosa novela”.

Al divulgarse ese espanto cotidiano hubieran debido tomarse medidas para impedir que continuase, pero nadie se atrevía entonces a actuar contra los todopoderosos jesuitas. Por eso la llamada Compañía de Jesús mantiene abiertos colegios y universidades por todo el mundo. Es la peor compañía para unos adolescentes que empiezan a conocer la vida, con pésimos ejemplos de conducta. Con los testimonios confirmatorios de la veracidad del relato se puede formar un grueso volumen. A pesar de ello, los jesuitas continúan cometiendo los mismos abusos y acumulando riquezas y poder.

El cubano Alberto Insúa también lo contó

Sin duda, Ayala tuvo en cuenta, para describir su trágica experiencia, un precedente que trató el mismo asunto tres años antes que él. El escritor cubano instalado en Madrid Alberto Insúa publicó como folletón en la revista semanal madrileña La República de las Letras su novela De un colegio de jesuitas. Dulces memorias, en los números 2, 3, 4 y 5, fechados en abril y mayo de 1907.

El subtítulo resulta sorprendente, porque las memorias revividas en estas páginas no tienen nada de dulces, sino mucho de amargas. Describen la estancia del niño Gaspar de Isla en un colegio jesuítico, desde su llegada hasta su expulsión por haberse disfrazado con la negra sotana frailuna para delatar a uno de ellos, que abusaba sexualmente de los internos. Ya en el primer capítulo un jesuita hace objeto al protagonista de su lascivia, al sentarle sobre él y dedicarle besos y caricias.

Hay muchos otros novelistas que han denunciado las atrocidades jesuíticas. Por ejemplo, Vicente Blasco Ibáñez en La araña negra (1892), con una continuación en El intruso (1904), exposición del dominio que los taimados frailes llegan a alcanzar sobre las familias adineradas, a las que destrozan para conseguir sus fines. Sin embargo, la novela de Ayala concuerda con la de Insúa en resaltar el sadismo y la lujuria, por lo que debe considerarse su precedente.

Un mal ejemplo

Los frailes pretenden ponerse como ejemplo de piedad, cuando lo que consiguen es hacer abjurar a sus alumnos de la fe. Quizá los jesuitas cumplen exactamente su cuarto voto, el de obediencia al obispo de Roma, pero los tres comunes a todos los consagrados de castidad, pobreza y obediencia es seguro que los infringen. A consecuencia de esa terrible experiencia, Ayala perdió la fe inicial, la aprendida en el hogar burgués de sus padres, con la que llegó al colegio. Es lo habitual en los alumnos de colegios frailunos de cualquier orden, como puedo atestiguar por haber sufrido a los escolapios, esos cínicos que denominan Escuelas Pías a sus colegios, y son las más impías que cabe imaginar.

Es imposible contemplar las acciones de unos frailes lujuriosos, ignorantes, viciosos, ávidos de dinero y de poder, sin sentir rechazo en cualquier mente sana, por juvenil que sea. Por ello, al perder la inocencia precisamente por causa de las torpes aberraciones frailescas, se pierde al mismo tiempo la fe heredada: son intolerables las predicaciones de tan abominables pecadores, ellos son la representación del pecado.

La consecuencia de aquella traumática experiencia se la explicó Ayala en una confidencia hecha al crítico Andrés González Blanco, quien la reprodujo en su ensayo Los contemporáneos. Apuntes para una historia de la literatura hispanoamericana a principios del siglo XX. Primera serie (París, Garnier Hermanos, s. a., ¿1907?, p. 208):

Lo que no sabe usted, y es muy importante, es que he perdido hace algún tiempo otro divino tesoro, que es la fe. Pero en cuanto le diga que estudié seis años con jesuitas (dos en Carrión de los Condes y cuatro en Gijón) se explicará usted fácilmente esta segunda pérdida”.

Al comienzo de la novela adelanta Ayala cuál va a ser la suerte que les espera en la vida a los compañeros de curso de Bertuco: uno morirá frenético con parálisis general, otro alcohólico, dos internados en manicomios, cinco tuberculosos, otro será homosexual pasivo, otro se hará jesuita, otro más será alcalde de pueblo, y el que encuentra la muerte más inmediata es el que no puede seguir soportando la vida en la cárcel llamada colegio y se escapa, pero fallece al caer al mar desde un acantilado durante la noche. Aparte los tuberculosos y el alcalde, así como el mismo Bertuco, los demás son resultado de la mala educación recibida.

Vamos a repasar algunas de las escenas más truculentas, que obligan al lector a tomar una actitud crítica hacia la llamada Compañía de Jesús, más bien de Satanás. Se cita siempre por el primer volumen de las Obras completas de Ayala, Madrid, Fundación José Antonio de Castro, 1998.

La educación de los niños consiste en dividirlos en grupos enemigos, de forma que se impida su unidad de acción, lo que representaría un peligro para los frailes deseosos de dominar sus voluntades:

El sistema de emulación, mediante el cual los niños ignoraban el concepto de lealtad y compañerismo no viendo los unos en los otros sino émulos, es decir, enemigos del propio bien, seres tortuosos, les estaba encomendado a los maestrillos, en las cátedras. Cada clase se dividía en dos bandos, romanos y cartagineses, con sus estandartes correspondientes”. (P. 337.)

El colegio está situado en las afueras de Regium, nombre dado en la novela a Gijón, por lo que el cocinero utiliza los servicios de un asno para traer las provisiones. Lo han bautizado con el nombre de Castelar, como burla al político republicano (p. 348).

Papel protagonista tiene el padre Mur, el más sádico y lascivo del convento; somete a los alumnos a crueldades inimaginables en una mente equilibrada, tantas que asustan hasta a sus compañeros. Una comisión de los frailes acuerda denunciarlo al rector, para que impida la continuación de esos procedimientos inhumanos, pero el superior no les permite que digan nada, y él es quien protesta airado y asustado:

¡Una comisión…! ¡Una comisión…! En la milicia de Ignacio nacen los retoños primeros del sistema democrático… Y a ustedes cinco corresponde la honrosa empresa… Retírense por Dios vivo, y hagan por aliviarme de esta pesadumbre que me imponen. ¡El sistema democrático!” (P. 375.)

Efectivamente, la orden está sometida a una escala jerárquica dictatorial, como toda la Iglesia catolicorromana. Cuando Bertuco se encuentra mal acude a la enfermería, en donde es atendido a su manera por el enfermero, que investiga la causa de la indisposición allá por donde le satisface ejercitar la exploración para su deleite libidinoso:

A poco de quedarse solo llegó el hermano Echevarría, enfermero, el cual le hizo varias preguntas, inquiriendo los síntomas de la dolencia; le pulsó, le tocó las sienes, por ver si tenía calentura y, a la postre, introduciendo la mano por debajo del embozo, le tanteaba con dos dedos el vientre, punto por punto, e interrogaba: “¿Te duele aquí?, ¿y aquí?”, bajando siempre, con tendencia a la coyuntura de los muslos, hasta llegar a lo que Celestina denomina graciosamente el rabillo de la barriga, al cual tomó por la base, así como al descuido y a manera de accidente en el examen facultativo; entretúvose con él buen espacio de tiempo, que fuera de cierto más largo si la manifiesta inquietud y turbación del muchacho no le hubieran obligado a abandonar la débil presa”. (P. 375.)

El repulsivo padre Mur odia a Bertuco porque “en cierta ocasión, había repelido coléricamente las asiduidades cariciosas y pegajosas del jesuita” (p. 449). Aprovecha la disculpa de sorprenderlo hablando con un compañero de fila para darle “una sonora y recia bofetada”, y lo lleva agarrado por una oreja hasta el pasillo de los retretes, en donde le obliga a arrodillarse y hacer una cruz con la lengua en el suelo.

Como el muchacho no obedece le pega puñetazos en la nuca y se la pisa, hasta dejarle la cara llena de sangre. Después le ordena que permanezca arrodillado en el refectorio sin cenar, y que a continuación se quede de rodillas en su habitación hasta que él vaya a levantarle el castigo. Cuando aparece lo hace como un fantasma lascivo:

Allá, muy avanzada la noche, se le apareció Mur de pronto. Venía envuelto en una manta de Palencia y descalzo. Sin decir palabra, arremetió sobre Bertuco a puñadas y rodillazos, estrujándolo contra los hierros de la cama. Con el furor de la arremetida, la manta se le desprendió de los hombros, dejándolo en ropas muy menores y descuidadas, a través de las cuales mostraba velludas lobregueces, y las vergüenzas, enhiestas. Cuando tuvo al niño bien molido, se fue, cerrando la portezuela de golpe”. (P. 452.)

El tormento continúa cuando hora y media antes de la señalada para levantarse, el padre Mur lo despierta a pellizcos, le obliga a estar arrodillado en la capilla y le prohíbe desayunar. A consecuencia de tales tormentos Bertuco sufre una crisis nerviosa y se desmaya. Llamado a consulta el médico de la localidad, recomienda que avisen a los familiares del enfermo, porque no está seguro de lo que sucede y de lo que vaya a ocurrir. No ha visto nunca un caso semejante, como es lógico.

Bertuco es huérfano, por lo que está al cuidado de su tío y tutor. Acude enseguida al colegio con un amigo médico, quien al examinar al muchacho descubre los malos tratos en su cuerpo. Deciden llevárselo del colegio, y uno de los frailes, el padre Atienza, personaje que representa a Julio Cejador, aprovecha la oportunidad para fugarse con ellos, hastiado de soportar aquel ambiente carcelario. En la carretera se produce este diálogo entre el médico y el jesuita en fuga, con el que termina la novela:

–¿Cree usted que se debería suprimir la Compañía de Jesús?

–¡De raíz!” (P. 458.)

Ortega y Gasset concluyó su comentario crítico, ya citado, copiando ese diálogo, y añadió esta consideración personal del ensayista, en las páginas 273 y siguiente:

Bueno; yo no soy partidario de que se suprima a nadie ni de se que se expulse a nadie de la gran familia española, tan menesterosa de todos los brazos para subvenir a su economía. No obstante, la supresión de los colegios jesuíticos sería deseable, por una razón meramente administrativa: la incapacidad intelectual de los reverendos padres”.

Nótese el sarcasmo de llamar reverendos a tan nefastos sujetos, juzgados por otro de sus antiguos alumnos. ¿Qué poder oculto poseen los jesuitas para que las denuncias contra sus métodos de enseñanza no obliguen a las autoridades estatales a clausurar sus colegios, y a disolver la orden sectaria? Se les considera la milicia del papa, por el voto de obediencia ciega que le hacen, y parecen una organización militar.

La II República puso freno a la prepotencia de la Iglesia

Tuvo que llegar la II República para que las Cortes Constituyentes se atrevieran a poner freno a su prepotencia sobre la sociedad española, y un Gobierno aplicase (en parte) las disposiciones del texto legal.

El 10 de febrero de 1931 se publicó en los medios de comunicación el manifiesto constitutivo de la Agrupación al Servicio de la República, cuando ya se advertía que su proclamación era inevitable e inminente. Lo firmaban Ramón Pérez de Ayala, José Ortega y Gasset y Gregorio Marañón, seguros de adelantarse a un acontecimiento histórico. Y así fue, porque al 14 de abril siguiente el despreciado rey Alfonso XIII huyó de palacio a toda la velocidad de su automóvil, dejando a su familia encomendada a la protección de los madrileños.

Aquel día se inauguró una etapa de libertad para la mayor parte de los españoles, y de odio reconcentrado para algunos otros. El día 22 Ayala fue designado embajador de la República en el Reino Unido, una misión difícil, porque el rey británico era pariente de la exreina española, lo que le hizo oponerse al nuevo régimen instaurado por la voluntad del pueblo.

También la Iglesia catolicorromana patentizó su rechazo de la República desde el primer día. El 14 de octubre las Cortes Constituyentes aprobaron el polémico artículo 24, que finalmente fue 26 en el definitivo texto constitucional, por el que se adoptaban medidas para controlar el poder eclesial, hasta entonces inmenso. El presidente del Gobierno provisional, Niceto Alcalá—Zamora, y el ministro de la Gobernación, Miguel Maura, antiguos monárquicos y fanáticos catolicorromanos, dimitieron de sus cargos. Inmediatamente fue elegido Manuel Azaña, agnóstico, presidente del Gobierno provisional.

La adaptación teatral de A.M.D.G.

El momento político le pareció apropiado a la editorial Pueyo para reeditar A. M. D. G., y el autor introdujo algunas modificaciones al texto primitivo para la nueva publicación. Otros supusieron que podría ser un éxito adaptar la novela al teatro, aprovechando la actualidad del tema, y así lo hicieron López de Carrión y Martín Galiano.

El autor de la novela pidió a Cipriano de Rivas Cherif, prestigioso hombre de teatro en sus diversas facetas, además de cuñado de Azaña, que dirigiera la obra, y él aceptó el encargo, según recordaba en la biografía que tituló Retrato de un desconocido. Vida de Manuel Azaña (Barcelona, Grijalbo, 1981, p. 213). Parece ser que Ayala asistió a los ensayos, pero no quiso inmiscuirse en la tarea del director, aunque había sido crítico teatral, y muy duro en sus comentarios.

Como era previsible, el estreno fue un escándalo. Tuvo lugar el viernes 6 de noviembre, a las 22,30, en el Teatro Beatriz. Nada más levantarse el telón comenzaron los disturbios, programados por los secuaces de los jesuitas: decían que se trataba de una obra sectaria y blasfema, que no debía representarse. De modo que pretendían imponer su voluntad a cuantos habían adquirido una entrada para ver la representación: es la actitud habitual de la Iglesia catolicorromana, porque se considera la única verdadera, con derecho a aplicar su criterio y matar a los disidentes.

Desde el teatro avisaron del suceso a la Dirección General de Seguridad, que envió a una compañía de guardias de Seguridad. Algunos reventadores fueron expulsados a la fuerza, con empleo de violencia, en medio de un enorme griterío a favor y en contra de unos y de otros. Al finalizar el primer acto se repitieron los pateos y abucheos, pero al empezar el segundo era tal el griterío que resultaba imposible oír a los actores. Nueva petición de ayuda a los responsables del orden, quienes esta vez enviaron a una compañía de guardias de Asalto, para que restablecieran la paz, lo que se pudo conseguir y acabar la representación.

Se practicaron 45 detenciones, y se comprobó que entre los arrestados había varios militares en activo. El testimonio de Santos Martínez Saura delata a uno de los alborotadores, según se lee en sus Memorias del secretario de Azaña (Barcelona, Planeta, 1999, p. 118):

Por aquellos mismos días se apresó también al comandante Méndez Vigo –con quien yo había tenido, por cierto, un buen altercado en una representación de la obra A. M. D. G., de Pérez de Ayala, en el Teatro Infanta Beatriz [sic], de Madrid, al presentarse él allí con unas gentes a provocarnos a quienes aplaudíamos al autor” […].

No tuvo en cuenta El Planchadito, como le apodaban los amigos, que el teatro había perdido la referencia infantesca en su nombre desde la proclamación de la República, y ya sólo era Beatriz. Lo cierto es que las protestas no surgieron de forma espontánea, sino que estaban programadas de antemano. El autor abandonó el teatro sin esperar a que terminase el espectáculo, aunque para entonces solamente se daba en el escenario, y se dice que estaba arrepentido de haber autorizado la adaptación.

Manuel Azaña y su esposa acudieron al teatro el 16 de noviembre, y Ayala los acompañó en el palco. Ese día se interpretó el Himno de Riego y se vitoreó a la República, sin que se produjera ningún alboroto. Como era obligado, las fuerzas del orden estaban visiblemente presentes, para proteger al jefe del Gobierno provisional.

La denominada Compañía de Jesús, una sociedad anónima con empresas en todo el mundo, fue muy beligerante contra la República Española. Su prepósito general en 1936, el padre Wlodomir Ledokowski, ordenó a los superiores nacionales de la orden que hicieran propaganda a favor de los militares monárquicos sublevados, y difundieran la Carta colectiva del Episcopado español entre los feligreses.

Una novela testimonial

Con motivo de la aparición de la novela, que también originó escándalos, aunque menos sonoros que los de su estreno teatral, el Ateneo Científico, Literario y Artístico de Madrid organizó un ciclo de conferencias para glosar diversos aspectos de los tratados en sus páginas. Fueron seguidas con expectación y sin provocaciones. Los oyentes se hallaban de acuerdo con el argumento, y añadían incluso otras anécdotas.

Al clasificar A. M. D. G. parece convenirle la condición de novela de tesis, porque denuncia las aberraciones habituales en los colegios regidos por jesuitas, semejantes a las cotidianas en los administrados por las demás órdenes religiosas. Pero los gobiernos prefieren no enterarse, para evitar enfrentamientos con la Compañía de Jesús, un poder inmenso en el inmenso poder de la Iglesia catolicorromana en España. En las novelas suelen inventarse situaciones especiales para distraer la atención de los lectores, pero la escrita por Ayala carece de invención, es de un realismo agobiante. Asimismo le cabe la calificación de autobiográfica, de acuerdo con los argumentos vistos anteriormente Y desde luego es una novela testimonial, porque otros alumnos de colegios clericales defendemos la realidad de su escritura, basada en la experiencia personal del autor.

Puesto que nada ha cambiado en el siglo transcurrido desde la primera edición, e incluso en estos momentos consigue una radical actualidad por las continuas denuncias de pederastia contra cardenales, arzobispos, obispos, abades, frailes y curas del romanismo, A. M. D. G. mantiene plena vigencia. Si en su momento las autoridades políticas hubieran comprendido que tanto el autor como los comentaristas, todos intelectuales prestigiosos, denunciaban una situación aberrante, pero cotidiana en los colegios jesuíticos, y por extensión en todos los frailunos, y tomado medidas para impedir su continuidad, muchísimos jóvenes se habrían librado de servir a la lujuria eclesiástica. Sin embargo, la alianza secular entre el altar y el trono impidió que se tomara en cuenta su testimonio.

La República sí lo hizo: el artículo 26 de la Constitución disolvió la Compañía de Jesús, nacionalizó sus bienes y los aplicó a fines benéficos, y el punto 4º prohibió a todas las órdenes religiosas “ejercer la industria, el comercio o la enseñanza”. Por eso la Iglesia catolicorromana se propuso acabar con ella, y dado que su poder es omnímodo, lo consiguió.

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