In memoriam: Juan Antonio Hormigón, estratega de la Cultura como bien social imprescindible

Rafael Fraguas||

Periodista y sociólogo||


La Cultura española acaba de perder a uno de sus principales estrategas: el dramaturgo Juan Antonio Hormigón Blázquez (Zaragoza, 1943-Madrid, 2019) fallecido de un derrame cerebral en Madrid el sábado 13 de abril de 2019.

Quien abandonara en su juventud el ejercicio de la Medicina para consagrarse en cuerpo y alma, a partir de 1967, a vertebrar con pautas racionales el caótico mundo de la escena en la España franquista, logró trascender el ámbito propiamente dramatúrgico para convertirse en uno de los pensadores más comprometido en reivindicar el alcance social de la Cultura como herramienta popular de crítica, conciencia y conocimiento.

Y todo ello al servicio del pueblo, al que consideró siempre como “conjunto de clases productivas que crean riqueza y Cultura”. Así lo atestiguan sus escritos, además de sus montajes y adaptaciones teatrales, en número y calidad sorprendentes, en todos los cuales hizo explícita su consideración de la Cultura como bien social imprescindible que precisa, necesariamente, de una delicada racionalización para generar su más precioso fruto: la libertad, concebida ésta por él como conjunción de justicia, solidaridad e independencia.

Para ello Hormigón se aplicó al estudio en profundidad y a la divulgación de la obra de grandes autores como el veneciano Carlo Goldoni (1707-1793), el gallego Ramón María del Valle Inclán (1869-1935) o el germano Bertold Brecht (1898-1956). Lo hizo sobre la idea-eje de que su entidad literaria demandaba la racionalización de una dimensión escénica adecuada a su genialidad como dramaturgos.

Latía en Hormigón la idea de que la dirección escénica como concepto y como arte, de la cual él sería principal abanderado en España, ha de ser el verdadero instrumental de socialización de los contenidos propiamente literarios del Teatro. Sin él, aseguraba, el arte dramático dejaría de ser tal para quedarse en un mero remedo del quehacer de quienes lo escriben.

Añadía así un vector nuevo –en España- al mundo del teatro, pese a permanecer vigente en la mayor parte de las latitudes europeas, pero inexistente aquí por mor de la incapacidad histórica de la burguesía española para dotarse de un proyecto político y cultural propio. De tal vacío derivaría la ramplonería del discurso culturalista oficial del franquismo.

Contra tal discurso Juan Antonio Hormigón combatió valientemente desde las bambalinas, las tablas y la calle, mediante su militancia de décadas en el Partido Comunista de España, que le llevó a coprotagonizar, con su presencia, su compromiso y su firma, las reivindicaciones más certeras contra el régimen dictatorial. Sufrió detención, así como multas y el flagelo de la censura.

El pensador aragonés recién desaparecido, se mostró siempre guiado por una metodología dialéctica y crítica, en la cual la historicidad cobraba toda su entidad a la hora de fijar socialmente los trasuntos tratados, ya fuera en obras propias –Judith contra Holofernes (1973), A la sombra de las luces (1993) o su novela Un otoño en Venecia (2011)- como en creaciones ajenas que, en tan plural proporción, se avino a adaptar, desde las de Lope de Vega a las de William Shakespeare, de Tirso de Molina a Vsévolod Meyerhold, de Moratín a Máximo Gorki.

Mentor de una política cultural democrática

Fue asimismo Juan Antonio Hormigón un adalid en la lucha por persuadir a los primeros Gobiernos de la democracia, también desde las páginas de EL PAIS, de la necesidad de elaborar una política cultural –hasta entonces inexistente bajo el franquismo- acorde con el proyecto democratizador ínsito en la Transición de salida de la dictadura. Instaba desde entonces a las Administraciones a consolidar la estabilidad contractual del trabajo de las gentes del mundo de la escena, considerada como la única herramienta realmente eficaz para zanjar la condición temporera de actrices, actores, tramoyistas o director@s.

Pero, además, Hormigón se pronunció de modo permanente por la propiedad estatal de los centros dramáticos, concebidos como verdaderas apuestas culturales, focos de dinamización crítica y de movilización socio-política, de Cultura en clave democrática, a salvo de las fluctuaciones del mercado del espectáculo, que, a juicio suyo, “degrada a los profesionales, sometidos a la precariedad y a la temporalidad”, y “crea sus propios y privilegiados bufones de lujo”.

Casado con Rosa Vicente, actriz, y padre de Laura, primera bailarina del Ballet Nacional de Cuba y hoy investigadora de Danza, más una adorada nieta, Vera, deja Juan Antonio Hormigón una grata estela de amistad e inteligencia, rubricada, asimismo, por su apoyo a los más jóvenes y su apuesta permanente por el talento creador. A él dedicó sus mejores esfuerzos para abrirle camino mediante su quehacer intelectual infatigable desde la creación, la reflexión, la cátedra y el Periodismo.

A su trayectoria crítica, cimentada en la dialecticidad de pensadores marxistas como Gyorgy Luckàcs o Antonio Gramsci, unía el dramaturgo aragonés una firme y, aún hoy, vigente esperanza: “Las peores plagas políticas acaban por sucumbir”, afirmaba. Un derrame cerebral ha acabado con su vida en la madrugada del sábado 13 de abril. Familiares, directores escénicos, actrices, actores y amigos le despidieron con el cántico de La Internacional en el crematorio madrileño del Este el miércoles 17 de abril, envuelto en una bandera republicana.

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