Marsillach en el microscopio*

Juan Antonio Hormigón||

Ensayista y escritor, catedrático de la Real Academia de Arte Dramático y director de ADE||

Hace años ya que conozco a Mariano de Paco Serrano y muchos más a sus padres, Mariano y Virtudes. Ciertamente, nuestro primer contacto en principio, fue fruto de esa relación familiar. No quisiera que mis palabras se tomaran como simple alusión anecdótica. Existe un elemento de raigambre familiar que en muchos casos fructifica en los vástagos, en la medida que estos se impregnan de un conjunto de inquietudes y referencias que van tejiendo en su interior sugestiones poderosas que los encaminan hacia un desempeño profesional. Existen sagas familiares de médicos, de profesores, de ebanistas, de investigadores, de alfareros, que tienen su origen en el aserto que acabo de enunciar.

Mariano de Paco es fruto de un entorno que le ha conducido por la senda de las inquietudes escénicas, lo mismo que a su hermana Diana. En este caso la saga se desarrolla. Pero para él su objetivo fue desde un principio la dirección de escena y sólo más tarde, quizá porque eran sus vínculos primigenios, se ocupó de la investigación al indagar y componer su tesis doctoral. La desarrolló en torno a las escenificaciones que llevó a cabo Adolfo Marsillach durante una década en la Compañía Nacional de Teatro Clásico.

Hace un par de años, Mariano vino a verme con su tesis terminada. La había defendido y le habían otorgado una excelente calificación. Aparte de comentar los diferentes episodios de la aventura, tenía interés por saber mi opinión sobre su trabajo. Como es lógico, exploró igualmente las posibilidades de que pudiera publicarse en nuestra colección de Teoría y práctica del Teatro. Hicimos igualmente un plan genérico para rastrear algunas fuentes de financiación del volumen.

Nos vimos poco después y hablamos. La cuestión que se nos planteaba era la misma que he comentado en diferentes ocasiones: había que transformar una tesis doctoral con toda su normativa y protocolo, en un libro que tiene una composición expositiva diferente. Discutimos los pormenores, los pasajes que era conveniente sintetizar y aquello de lo que se debía prescindir y Mariano se fue a su casa con tarea abundante para las próximas semanas. Las cuestiones relativas a la financiación seguían sin definirse de forma positiva.

Pasó tiempo. Cuando nos veíamos me decía que seguía trabajando, de lo cual no tenía duda. Pero percibía que el proyecto estaba perdiendo velocidad en su derrota, dicho en su acepción náutica. Mariano tenía muchos desempeños profesionales como director, algunos fuera de España, y lo relativo a la financiación continuaba sin perspectivas tangibles. Al fin conseguimos encauzar las cuestiones materiales y volví a reunirme con él. Acordamos una fecha de entrega y volvimos a conversar sobre los materiales que debían incluirse y aquellos que podían ser prescindibles. Esta vez se puso a la faena y el texto definitivo estuvo concluido en la fecha prevista y dispuesto para la composición.

El título del libro, Adolfo Marsillach: Escenificar a los clásicos (1986-1994), responde a las pretensiones del autor en este trabajo tanto indagatorio como analítico. Se inicia con una diégesis de la trayectoria de Adolfo Marsillach, una especie de biografía escénica apoyada en declaraciones del propio director de escena. Es sólo el introito. Le sigue un apartado en el que estudia y describe los planteamientos de la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC) en el diseño que llevó a cabo Marsillach. Por último, en lo que constituye la parte más extensa del libro, centra su tarea en una descripción y análisis de las escenificaciones que realizó en la CNTC en los dos periodos en que dirigió dicha institución, de 1986 a 1989 y de 1992 a 1996.

Fueron diez las puestas en escena que llevó a cabo en ambos trechos. Todas ellas a partir de obras literariodramáticas del barroco, a las que debe añadirse La Celestina e igualmente, como undécima, El misántropo de Molière. Las describe y analiza de forma pormenorizada, evalúa y establece criterios y consideraciones diversas sobre su realización escénica. En su estudio académico incluía a manera de colofón el conjunto de las más relevantes piezas críticas generadas por cada una de las escenificaciones. Se han eliminado del libro por ser un material accesible, constitutivo tan sólo del acompañamiento documental exigido en estos casos.

La CNTC se creó en 1985. El encargo a Marsillach por parte del director general el INAEM, José Manuel Garrido, para ponerla en pie, se produjo durante las Jornadas de Teatro Clásico de Almagro. Yo estaba presente cuando tuvo lugar el acontecimiento. Entonces las Jornadas se desarrollaban en uno de los salones del Parador nacional, allí tuvieron lugar momentos memorables que ahora no contaré aunque puede que algún día lo haga. Después de la comida, Marsillach y Garrido se fueron a la sombra de la piscina y jardín del establecimiento, con algún otro de los participantes. Cuando bajé de mi habitación, un compañero, no recuerdo quien, me espetó: “¿Sabes que Garrido le ha propuesto a Marsillach dirigir una compañía de teatro clásico?”

Más tarde supe lo que había sucedido. En medio de la conversación que divagaba en la hora de la siesta entre risas y bromas, el director general le dijo a Adolfo: “Me gustaría crear una compañía dedicada a los clásicos y que la dirigieras tú”. El interpelado respondió al parecer un sucinto “acepto”, con lo que sellaba el compromiso. En la sesión de la tarde de aquellas Jornadas, Garrido hizo pública la decisión adoptada.

No obstante, el proceso no era fácil. Aquello suponía un reto: poner en pie una institución

teatral de financiación pública, ministerial en este caso, de nueva planta. Adolfo se puso a la tarea. Había que proponer la estructura administrativa y funcional por un lado, y por otro, dotarla de un planteamiento en cuanto al repertorio y una línea estética consecuente.

A mi entender, uno de los grandes logros que consiguió fue que la CNTC haya sobrevivido hasta la fecha con buen pulso, a pesar de las dificultades que han surgido en este largo proceso, de ciertos políticos caprichosos o ignaros que tenían a su cargo asegurar su funcionamiento solvente, así como de alguno de sus directores de notable incompetencia para el ejercicio de dicha función. El edificio que se construyó fue lo suficientemente sólido para que sobreviviera a avatares, penurias y rutinas, hasta la institución consolidada que hoy en día es.

Por otra parte, Adolfo quiso apartarse, al menos en un principio, de caminos trillados y transitados. Para mí fue una sorpresa, creo que no fui el único, que el espectáculo de apertura, de inicio de aquella aventura, fuera El médico de su honra. A mi entender se trata de una obra áspera, hosca, obscura como pocas en toda la amplitud de la literatura dramática en lengua española. Tiene una lectura difícil si busca responder de forma consecuente a las convicciones genéricas de nuestro tiempo, sobre todo en el campo de las relaciones hombre-mujer. Deduzco que Marsillach tenía una lóbrega atracción por esta obra, de cuyo sentido estaba en contra, pero al mismo tiempo quería ofrecerla en su integridad y ello hacía imposible revertir a su vez dicho sentido. Pensé entonces y pienso ahora, que el único modo de abordar su escenificación es considerarla una “obra para aprender” (lehrstück), y proceder tanto en su lectura como en su escenificación en consecuencia: narrar el comportamiento de un asesino, instigado por el poso de su pertenencia nobiliaria y el atavismo ideológico de sus creencias sobre el honor y la condición femenina.

Ello nada quita para que la realización escénica de Marsillach fuera de una inventiva sugerente y una concreción minuciosa. Fue una tónica dominante en todos sus montajes en la Compañía en los dos periodos que la dirigió, acompañado por el escenógrafo Cytrynowski que contribuyó decisivamente a la plástica de las diferentes puestas en escena. Observado con la distancia y ecuanimidad que corresponde a los años transcurridos, escenificaciones como Antes que todo es mi dama o Don Gil de las calzas verdes me parecen prototipos de un trabajo de indagación escénica a la par que un ejemplo de altura profesional en la realización. Un paradigma también para eludir la rutina, la reiteración átona y el camino trillado.

Mariano de Paco describe cada una de las escenificaciones que trata con amplitud, cuido y descripción de recursos y desarrollo dinámico de acontecimientos. Dispuso, claro está, de las grabaciones que en su día se hicieron. Ha procedido también al examen de los cuadernos de dirección elaborados por el director. Adolfo siempre procedía a estudiar y diagramar toda la escenificación de modo concienzudo, antes del inicio de los ensayos.

En ocasiones incluso se recluía en algún enclave recoleto para llevar a cabo dicha tarea. Me lo dijo directamente en una ocasión cuando ya estaba enfermo, aunque desconocíamos la gravedad de su estado, a propósito de la preparación del libro de La familia de Jaún de Alzate, novela de Baroja cuya escenificación no llegó a realizar. Los libros de dirección constituyen en su caso una fuente de información notable, así como algunos escritos y opiniones vertidas en diferentes entrevistas.

El autor reproduce en su libro algún documento literario de singular interés, más allá de lo que podría considerarse meramente anecdótico. En un anexo transcribe una especie de entremés compuesto por Marsillach para Antes que todo es mi dama, en cuyo original aparecen notas manuscritas. Es muy desvelador de los ingredientes que quiso introducir en su adaptación en este caso.

A lo largo de los años tuve ocasión de ver muchas escenificaciones de Marsillach. Desde El huevo o La buena sopa a las que asistí cuando todavía era estudiante, hasta ¿Quién teme a Virginia Wolf?, que dirigió e interpretó luchando con las desagradables secuelas de la radioterapia. Tuve la fortuna de ver Marat-Sade en el teatro Poliorama de Barcelona, también las dos versiones de su Tartufo, y Sócrates, Canta, gallo acorralado, Yo me bajo en la próxima… ¿Y usted?, Las arrecogías…, El arquitecto y el emperador de Asiria, Una noche con los clásicos, etc. Aunque algunas fueron hitos en su derrotero y otras aportaciones de mayor levedad, siempre tuvo la fortuna y el don de otorgar a sus escenificaciones un sello personal que radicaba tanto en su lectura de los textos como en su realización escénica.

No obstante, es preciso subrayar que el conjunto de escenificaciones realizadas en sus dos periodos en la CNTC, constituyen un acervo cohesionado y representan un conjunto de sus trabajos escénicos más depurados. El autor de este volumen no ha incluido en su estudio El misántropo de Molière, por no ser una obra española. He visto diferentes escenificaciones de este título en Francia y Alemania y recuerdo la de Adolfo como sumamente interesante. En mi opinión fue uno de sus grandes trabajos.

*Introducción al libro de Mariano de Paco Serrano Adolfo Marsillach: Escenificar a los clásicos (1986-1994), que acaba de ser editado por ADE.

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