Wikileaks, frente a la extradición de su líder, Julian Assange

Rafael Fraguas||

Periodista y sociólogo||

La detención de Julian Assange, líder de Wikileaks, en el interior de la Embajada de Ecuador en Londres, donde se hallaba asilado desde 2012, constituye un hecho de alcance informativo y geopolítico evidente. No solo afecta a la situación y al futuro de una persona de nombradía relevante, como es el caso de este australiano de 47 años, nacionalizado ecuatoriano, cuya organización filtró decenas de miles de documentos secretos y confidenciales sobre la acción encubierta estadounidense en distintos escenarios bélicos, como Irak y Afganistán, y en ámbitos políticos o diplomáticos, como los relativos a España y otros Gobiernos aliados de Washington. Su apresamiento en sede diplomática concierne asimismo al Derecho Internacional y a las Relaciones internacionales, por involucrar a los Gobiernos del Reino Unidos, Ecuador y al de Estados Unidos, que planteó a Londres una demanda de extradición del detenido tras presionar a Quito para que expulsara de su embajada a Assange. Pero, además y sobre todo, la captura del australiano se inserta de lleno en la disputa planteada en términos globales sobre la muy extendida reivindicación de transparencia política frente a la opacidad del secreto estatal, combatida ésta mediante el filtraje de informaciones de alcance estratégico por la organización Wikileaks (del hawaiano wiki, veloz y leaks, en inglés, filtración).

En el plano personal, cabe decir que Assange se atuvo a la inviolabilidad de la legación diplomática ecuatoriana en Inglaterra por sospechar que el Gobierno estadounidense se proponía secuestrarlo y aplicarle una legislación drástica por revelación de secretos. Asimismo, con motivo de una estancia previa de Assange en Suecia, la justicia del país nórdico le abrió posteriormente un expediente judicial en el que se le acusaba de violación, instrucción interpretada por el líder de Wikileaks –cuya defensa letrada coordina al juez español Baltasar Garzón- como un elemento más de un montaje de la persecución emprendida contra él. Para conjurar todo aquello, en junio de 2012, disfrazado de repartidor de comidas a domicilio, Julian Assange se adentró en la misión diplomática iberoamericana y tiempo después obtuvo la nacionalidad ecuatoriana, avalado por el entonces líder de la República del Ecuador, el bolivariano Rafael Correa. Al dejar éste el poder, su -a la sazón- mano derecha, Lenín Moreno, tomó distancia de su antecesor -quien en la práctica había roto relaciones con Washington-, para restablecer esas relaciones, enfrentarse al Gobierno bolivariano del venezolano Nicolás Maduro, desmontar todas las acciones políticas y diplomáticas emprendidas por Correa y alinearse estrechamente con el Gobierno de Donald Trump.

Las presiones de Washington sobre Quito y Londres dieron resultado y la detención de Assange es hoy un hecho. Si, tras un proceso de examen de la demanda de extradición -que podría durar un par de años-, Londres se aviene a extraditarlo, sobre Assange pende la posibilidad de ser sentenciado a una pena de, al menos, cinco años de prisión. Precisamente a prisión ha regresado Chelsea Manning, militar analista de Inteligencia estadounidense, que filtró miles de documentos Assange; tras ser descubierta y condenada por un tribunal militar, sería indultada por Barak Obama pero, ulteriormente, por oponerse a colaborar con el sistema judicial estadounidense, vuelve a la cárcel.

Más allá de la trayectoria personal de Assange y del circuito diplomático seguido a lo largo de su caso, el asunto Wikileaks planteó en su día -y mantiene hasta hoy latente- la cuestión del alcance político y moral de la irrupción de las llamadas redes sociales en los circuitos informativos y comunicativos mundiales. A ella acudía con un nuevo ethos consistente en la demanda y la búsqueda del acceso del ciudadano de a pie a la esfera de los secretos de Estado que, a la postre, tanto tienen que ver con las guerras y las presiones del Poder y afectan en tan gran medida a la vida cotidiana de las gentes. A grandes rasgos, Wikileaks se proponía trastocar al completo el sistema de secrecía sobre el cual el Poder históricamente se ha asentado blindando con el secreto las poderosas razones de Estado tejidas en torno a intereses estatales supuestamente invariantes, relativos a su perpetuación en el espacio territorial y en el tiempo histórico.

Si bien Wikileaks contó en una primera etapa con la anuencia de los medios de comunicación tradicionales, que se brindaron a difundir sus filtraciones sobre la red de influencias del Departamento de Estado norteamericano sobre Gobiernos amigos y enemigos, muchos de los periódicos que inicialmente le apoyaron actuaron de manera auto-referencial, movidos por el prestigio que la revelación de secretos suele acarrear, pero sin profundizar en el alcance de lo que ello implicaba en términos de eticidad, de responsabilidad social y de transparencia informativa. Asimismo, la organización alteró los criterios de noticiabilidad vigentes hasta su salida a escena.

Como talón de Aquiles de la organización Wikileaks cabe señalar la adopción de una estructura de seguridad interna que la condujo a encriptar a sus colaboradores bajo una codificación militar secreta, que proyectó sobre los métodos de Assange acusaciones de megalomanía y despotismo. Por otra parte, el archivo de su expediente judicial en Suecia podría ser reabierto.

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1 comentario de “Wikileaks, frente a la extradición de su líder, Julian Assange

  1. Jaime-Axel Ruiz Baudrihaye
    16 abril, 2019 at 7:52

    Vale, pero me resulta curioso que Assange sólo investigase a los americanos y occidentales. Si tan listos eran los de Wikileaks por qué no han mirado las tropelías de otros gobiernos, como el chino o el ruso? Creo que no fue objetivo y se guió por su antiamericanismo primario. Doble moral.

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