Cambio climático: alerta máxima

enCandela

Julián Arroyo Pomeda||

Catedrático de Filosofía de Instituto||

“La tierra, nuestra casa, parece convertirse cada vez más en un inmenso depósito de porquería. Muchas veces se toman medidas solo cuando se han producido efectos irreversibles” (Papa Francisco).

“Mientras insultamos a la tierra, su única respuesta son sus flores” (R. Tagore).

Se habla y escribe mucho sobre esta clase de emergencia mundial, tanto como lo poco que se hace por darle una solución. Las preocupaciones crecen por momentos en la medida en que se nos va haciendo presente el cambio y sus peligrosas consecuencias. La razón humana solo aprende ante destrucciones irreversibles como si no fuera capaz de pensar y elaborar previsiones. Somos tan torpes que algún día desapareceremos en el escaso y desganado intento. Definitivamente, el hombre es una enfermedad, como escribió Nietzsche.

Notamos que aumenta la temperatura con un clima más caluroso. Este calentamiento por causa de los gases de efecto invernadero produce el cambio climático. ¿Se puede afrontar el problema de tales gases? Sí y no, porque son efectos de la actividad de los humanos, que se resisten mucho a modificar. Lo sabemos bien, pero apostamos por las industrias que consideramos necesarias. Así, los cambios que antes eran más lentos, ahora se incrementan por causas humanas, porque el efecto invernadero ya no es algo natural y destruye vida en lugar de mantenerla. De aquí proceden efectos nocivos y catastróficos, como deforestación, deterioro y aun destrucción de ecosistemas marinos, unidos al aumento de la población, a la que hay que atender necesariamente.

Los humanos inician su intervención en el cambio a partir de la Revolución industrial. Esta se considera históricamente positiva, y lo es, pero se olvidó controlar la producción y el consumo. El objetivo era producir siempre más, porque, paralelamente, se consumía también más. El consumo era la única motivación y las energías de combustibles fósiles no tenían límites. Así aumentaban las emisiones, un hecho que en principio pasó desapercibido, pero dejó una factura que estamos pagando. Nos apena que se derritan las masas de hielo en los polos, pero esto incide en el aumento del nivel del mar con la amenaza de las costas. Nada digamos de una meteorología cada vez más violenta, sequías nunca vistas e incendios permanentes y aterradores. Animales y vegetales son arrastrados muchas veces por ríos desbordados e incontenibles en su paso. Así se convierte la tierra en desiertos y se suceden migraciones masivas, invadiendo y adueñándose de lugares que no estaban hechos para esto.

Los expertos alertan de que se puede frenar el cambio climático todavía para lo que conceden apenas 11 años. Después, la situación se convertirá en irreversible, si no priorizamos tal emergencia. Sólo nos queda hasta el año 2030, pero los gobiernos se ponen de espaldas ante el dato. Por eso están surgiendo plataformas de desobediencia civil, como Extinction Rebellion en Gran Bretaña y movimientos de estudiantes en España, entre otros.

Se están haciendo perceptibles los impactos del cambio en una serie de datos contrastados, que nos ponen en alerta. Entre otros tenemos la temperatura global que aumentó en 1,1° en 2016, la subida del nivel del mar, los deshielos, daños en cosechas, sequías, huracanes y riesgos en la salud (aumento de asmas y alergias, sobre todo). Mientras tanto, ¿qué hacen las industrias energéticas? Mantienen la energía del petróleo, carbón y gas, en lugar de entrar en las renovables. En España, desgraciadamente, eléctricas como Endesa, Iberdrola y Fenosa siguen empleando energía sucia, porque les resulta más barata y da mayores beneficios, que es lo que interesa.

Viniendo a España, ¿qué nos pasa? Pues que tenemos un elevado riesgo ambiental, según él Instituto Geográfico Nacional. Somos muy vulnerables. Veamos por qué. Nos encontramos en proceso de desertización, nuestro suelo se degrada, nos llegan especies invasoras con amenaza de la biodiversidad, además de aumentar el nivel del mar, proliferar las sequías, olas de calor, glaciares que se pierden, inundaciones, incendios constantes, entre otros fenómenos. La intervención de control se hace más urgente, si cabe. Un hecho preocupante es que las olas de calor duran tres veces más que lo hacían a finales del siglo XX. Nos vamos adaptando, qué remedio.

Datos de este mismo momento nos dicen que hemos pasado el invierno más seco del presente siglo. Aemet precisa que no llovió ni la mitad de lo que es habitual. La primavera ha entrado muy calurosa con varios días de lluvias torrenciales en abril. Para mayo y junio están previstas menos precipitaciones y temperaturas altas con diferencias considerables entre la noche y el día. El desierto crece entre nosotros, como pensaba Nietzsche, pero no sólo cultural, sino también demográfica y meteorológica mente. ¿Qué va a ser de nosotros? Todavía estamos a tiempo de controlar el cambio climático. Empecemos, definitivamente, ya por la cuenta que nos tiene.

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