Cáncer de ovario. Reflexiones de una afectada

Ana Cristina Tolivar Alas||

Socia de ASACO y de CRIS contra el cáncer||

El miércoles 8 de mayo se celebró el Día Mundial del Cáncer de Ovario, una enfermedad silenciosa, asintomática en muchísimos casos, con el agravante de que, cuando muestra indicios, estos son inespecíficos y suelen confundirse con los de otras dolencias mucho menos preocupantes.

Por otra parte, se desconocen casi por completo sus causas. Existen, sí, factores de riesgo, como antecedentes familiares, mutaciones genéticas, terapias de reemplazo hormonal, obesidad, etc. Sin embargo, ninguno de esos factores se da en buena parte de las mujeres que padecen o han padecido este cáncer.

Según el informe  que realiza la Sociedad Española de Oncología Médica (SEOM), en 2018 se registraron en España 3.412 casos de este tumor maligno, del que existen múltiples variedades. Es el quinto tipo de cáncer más frecuente en mujeres, detrás del de mama (26.370), colorrectal (13.711), útero (5.473) y pulmón (5.247).

Desde hace algún tiempo, estoy en contacto personal o telemático con grupos de afectadas por cáncer de ovario, lo que me ha llevado a ver la necesidad de deshacer algunos malentendidos muy comunes que causan angustia y confusión en pacientes que, por lo que sea, no transmiten esta zozobra a sus oncólogos, que son los profesionales con autoridad para despejar sus dudas.

La mayor parte de esos malentendidos son consecuencia del “buceo” en estadísticas publicadas en internet. No se debe criticar la curiosidad de las pacientes que quieren saber cosas sobre su enfermedad, pero sí conviene prevenir acerca de las interpretaciones erróneas de muchas informaciones que aparecen en la red.

La más llamativa es la que se hace de la expresión “supervivencia a cinco años”, expresión que no suele ir acompañada de la palabra “mínimo”, lo que clarificaría el asunto. Como consecuencia de esto, se dan casos de mujeres totalmente curadas que, sin embargo, aguardan con terror el día en que se cumplen cinco años de su diagnóstico o del final de su tratamiento, convencidas de que ese día van a caer fulminadas. Tampoco, a veces, se deja patente en esas estadísticas si en el cómputo de fallecimientos antes de los cinco años entran solo los óbitos producidos como consecuencia directa del cáncer, o se contabilizan también las muertes por otras causas (accidentes de tráfico, por ejemplo).

Otra interpretación errónea es la que a menudo se da a los términos “recaída”, “recurrencia” o “recidiva”. Alguna mujer ooferectomizada se ha preguntado: “¿Cómo voy a recaer de cáncer de ovario si ya no tengo ovarios?”. Y es que nadie le ha explicado que, aunque el cáncer reaparezca en otra parte del cuerpo, sigue llamándose “cáncer de ovario” por tener el mismo tipo de células que el tumor primario. Ante esto me pregunto si no sería más oportuno hablar de metástasis diferida o tardía en lugar de utilizar esos otros términos.

Por último, unas reflexiones sobre la necesidad de contar con métodos fiables para la detección precoz de este “asesino silencioso”. La mayor parte de los médicos rechazan el cribado poblacional de cáncer de ovario al considerar que con las herramientas actuales –ultrasonido y marcador tumoral CA-125- no se da la misma fiabilidad que con las pruebas que se emplean, por ejemplo, para la detección del cáncer de mama, de colon o de cuello de útero. No obstante, en mi modesta opinión, ante la más mínima sospecha, no se debería dudar en aplicar las pruebas de que hoy se dispone, aun a riesgo de obtener inicialmente un falso positivo o un falso negativo.

Afortunadamente, es mucho lo que se ha avanzado y lo que se está avanzando en terapias contra las distintas variedades de cáncer de ovario; sin embargo, insisto, seguimos huérfanos de métodos que permitan una detección lo más temprana posible. Por desgracia, casi el 80% de estos tumores se diagnostica en etapas avanzadas, cuando las posibilidades de curación, e incluso de supervivencia, se reducen drásticamente.

Por ello se hace absolutamente imprescindible investigar en el campo de la detección precoz. Dejando fríamente de lado el factor humano, solo por el factor económico ya vale la pena volcarse en hallar métodos fiables de cribado para toda la población femenina, destinando a este fin la máxima inversión posible. Igualmente, es imprescindible que los médicos de atención primaria estén alerta ante los equívocos síntomas del cáncer de ovario, actuando con la máxima diligencia para evitar demoras que no harán sino agravar exponencialmente el pronóstico. La diferencia de coste para la sanidad pública entre el tratamiento de un cáncer de ovario en estadio inicial y el de otro ya diseminado, alcanza una cifra astronómica. Y eso sin contar el sufrimiento de las pacientes.

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