El mal estilo de los políticos y un juez

enCandela

Julián Arroyo Pomeda||

Catedrático de Filosofía de Instituto||

Hoy nosotros estamos acostumbrados a insultarnos. Un político insulta a otro, un vecino insulta a otro, también en las familias se insultan entre ellos. No me atrevo a decir que hay una cultura del insulto, pero el insulto es un arma a la mano”. Papa Francisco, Rueda de prensa en su viaje a Bulgaria y Macedonia del Norte.

Los políticos elegidos por el pueblo representan a los ciudadanos en la casa de la democracia, sea el Parlamento o el Senado. Qué menos que mostrarse ejemplares ante sus votantes y poner el alma en la defensa de sus intereses. Esto solo ocurre por excepción, pero que no es la regla ni mucho menos. Lo que se lleva es la confrontación, el insulto, las interrupciones constantes en el debate y el menosprecio del que se considera adversario político.

A finales de abril pudimos ver en televisión los debates a cuatro, contemplando atónitos cómo se despedazaban entre sí con expresiones de lo más desagradables: ‘no mienta’, ‘todo es mentira’, ‘no se ponga nervioso’, ‘yo no he dicho eso’, y demás calaña. El déjeme terminar o no me interrumpa no deja de decirse una y otra vez. De este modo el sentido de Estado brilló por su ausencia, se notaba el bajo nivel y a muchos les horroriza que esas personas nos vayan a gobernar.

Todo esto se remonta a legislaturas anteriores en las que cada cual echaba el resto por sobresalir y alcanzar titulares escandalosos. Ante la inmersión lingüística en Catalunya, un político dijo que es como dejar que los pederastas campen a sus anchas. Otro llamó mariposón al presidente del gobierno de entonces, aclarando que ocupaba un cargo ahora y otro después. El presidente Zapatero fue lo peor que le ha ocurrido a la democracia española después de Tejero. De Santamaría se dijo que era una monja novata. Un ex presidente de Comunidad Autónoma estableció que Hitler y Mussolini destruyeron el sistema desde dentro y que esta clase de golpismo también lo practicaba el presidente de la Generalitat. Un ministro del gobierno afirmó que el aborto y ETA tenían algo que ver. Otra ministra dijo ante un escrache que el último acoso conocido es el de la Alemania nazi. Y un periodista afirmó que de tener una escopeta recortada dispararía contra algunos miembros de Podemos, o que “el bebé de Bescansa debe estar en algún contenedor”. Cuántas barbaridades.

En otros tiempos tampoco se mordían la lengua los políticos, pero lo hacían con ironía de más clase, como Gil Robles, cuando, al lanzarle que todavía llevaba calzoncillos de seda, contestó: “No sabía que la esposa de su señoría fuese tan indiscreta”. Cánovas del Castillo respondió a unas señoras que le pedían un favor, disculpándose por molestarle: “a mí las mujeres no me molestan por lo que me piden, sino por lo que me niegan”. Qué distinto a cuando una diputada abronca a Rufián con “no me guiñes el ojo, imbécil”. O un ministro del último gobierno al mismo diputado, diciéndole que en el hemiciclo esparce “esa mezcla de serrín y estiércol que es lo único que usted es capaz de producir”.

En el último debate de los aspirantes al ayuntamiento de Madrid uno de los representantes acusó a la alcaldesa de la suciedad y abandono de la ciudad y de que no apueste por la cultura. Carmena contestó defendiendo la cultura y el aumento del turismo que llega a la capital, pero el anterior le interrumpió que eso sucedía ‘a pesar de’. “Perdona, no me interrumpas”, le pidió Carmena, pero seguía haciéndolo. “¿Me quieres no interrumpir?”. Y el otro: “Si, sí, pero es a pesar del ayuntamiento”. Y Carmena: “No me interrumpas”, porque es debido a lo que está haciendo el ayuntamiento. Ni cortesía, ni educación, ni respeto, sino simple ataque para destrozar al otro.

Cosas semejantes se ven diariamente en televisión. No hace mucho había una cadena basura por antonomasia, pero ahora ya lo hacen casi todas hasta producir asco oírlas. Así se habla también en los centros de enseñanza, en muchos titulares de periódicos, en bares y cafeterías, y entre la gente normal. ¿Hasta dónde vamos a llegar en enfrentamientos apasionados, bajo nivel, encuentros broncos y de la peor baba posible?

Ahora llega la actuación poco feliz del reputado Marchena en la 44 sesión del juicio por el ‘proces’ catalán. Esta vez el presidente del tribunal ha superado las peores expectativas. Hemos podido asistir a toda una serie de broncas ásperas y amenazas de lo más desagradable, que pueden producir indignación, dado que los testigos apenas han podido defenderse ante la contundente autoridad del tribunal.

Al sindicalista y representante de USTEC le preguntaron si notificaron a los colegios que iban a ocuparlos antes del uno de octubre. Ramón Font protestó por el término ‘ocupación’, cuando se trata de la relación entre comunidad educativa y alumnado. Marchena cortó en seco: “Si usted nos hace perder el tiempo, eso tiene consecuencias legales”. Sólo había que responder sí o no.

A la filósofa Marina Garcés la espetó que retirara el guión que llevaba, porque “la ley lo prohíbe” sin consultar al tribunal. Ella contestó que le habían autorizado a usarlo. Le preguntan si conoce a alguno de los procesados y ella ironiza que tenía “un café pendiente” con Cuixart durante año y medio. Marchena: “Le pregunto si tiene alguna relación, no cuánto tiempo lleva con un café pendiente”. Luego, Garcés, preguntada por la jornada del referéndum soberanista, contestó que pasó la noche con fiebre… y otra vez llegó el corte de Marchena: “La fiebre no tiene ninguna trascendencia jurídica. No nos hable de su fiebre. Y no me replique”. Garcés intentó contar cómo había visto las cargas policiales: “Yo alucine”, dijo. Y Marchena: “Usted no viene aquí a explicar su grado de alucinación o su estado febril”. Hay que atenerse a los hechos concretos. Por fin pudo introducir algo: “Las porras rompen muchas cosas… Infiltran miedo y sospecha en los colectivos y hay que tener en cuenta las fragilidades de una sociedad cuando interrumpe la violencia estatal”.

Matamala pidió contestar en catalán y Marchena saltó: “Usted va a contestar en castellano. Si no quiere, usted se levanta, asume las consecuencias legales y hemos terminado”. Insistió el testigo y le cortó el micrófono: “Si usted introduce cualquier elemento de debate o controversia va a ser expulsado y asume las consecuencias… No me interrumpa. Cuando yo hablé, usted guarda silencio”.

El cuarto testigo fue Jaume Pich. Ante una pregunta respondió que no sabía ni le costaba si había estado procesado o no. A lo que Marchena le dijo: “Que usted sepa no, ¿ha estado procesado o no ha estado?”.

Los testigos apenas han podido ofrecer su propia versión de los hechos. Medió el mal tono, la excesiva presión y la tensión acumulada y es lo que ha prevalecido. Todo muy mal: por parte de las defensas, por parte de los magistrados, por los encontronazos permanentes entre unos y otros y por el contexto ambiental en que se está desarrollando el juicio. La situación está deviniendo insoportable.

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