Elecciones y animalismo

Adrià Casinos||

Zoólogo||

Hemos estado sumergidos en plena liturgia preelectoral, una de cuyas características es que hubiera candidatos que prometieran el oro y el moro y, correlativamente, grupos de presión que intentaran arrancar promesas de aquellos, por si acaso.

Es en ese contexto que me ha llegado, por azar, un manifiesto con el encabezamiento “Nova Eucària.cat Aliança Barcelonina de Protecció Animal” y titulado “Bases per un acord polític ampli en l’aplicació de polítiques públiques de protecció animal a Barcelona”. Ignoro si además de esta versión en catalán (por cierto, muy mejorable; hay algún “doncs” causal que clama al cielo) existe otra en castellano; lo digo por si alguien la prefiriera.

En líneas generales se trata del típico alegato animalista que comienza con la referencia a los derechos de los animales, derechos que sigo sin saber cuáles son, dejando de lado el de la protección, que afecta también a cualquier otro elemento de la Biosfera, o incluso de la parte no orgánica del Planeta. Por supuesto que asumo que esa protección debe quedar limitada a que una determinada especie o población no suponga una amenaza al bienestar humano. Luego veremos por qué hago esta apostilla.

Creo que estaremos totalmente de acuerdo que en este momento de la historia de nuestro planeta, que se suele denominar Antropoceno, es evidente que la presencia no ya de la actual especie humana, sino también de las anteriores de su linaje, ha transformado radicalmente las realidades orgánica e inorgánica. De tal manera que, si por cualquier catástrofe el ser humano desapareciera, la Tierra tardaría largo tiempo (tiempo geológico) en llegar a un equilibrio huérfano de la influencia que habríamos dejado. Y esta cuestión tiene mucho que ver con el control poblacional.

La acción humana ha provocado que especies relativamente próximas hayan reaccionado de forma muy diferente a las transformaciones señaladas, según sean o no oportunistas. El puma y el jaguar son un claro ejemplo. El primero campa a sus anchas, mientras que el segundo corre un serio peligro de extinción. Por otro lado, están además las consecuencias de la domesticación.

Por lo que consigo entender, el animalismo no admite otra medida de tipo poblacional que lo que denomina “control ético”, que excluye el sacrificio y se basa en la esterilización, ya sea directa en los animales domésticos o indirecta (pienso esterilizante, por ejemplo) en los otros. Las noticias que me llegan sobre dicha metodología son del tipo de que el gasto económico que supone para una ciudad la esterilización indirecta, en relación a su eficacia, es difícilmente asumible.

Quiero dejar bien claro que, a riesgo que me acusen de menguelismo, yo no me opongo al sacrificio justificado de animales, que no implique sufrimiento innecesario. En relación a las especies de importancia cinegética, tampoco habría que olvidar que la caza, que, hoy por hoy, es una actividad legal, constituye un sistema de control, en especial de especies oportunistas que han experimentado una explosión demográfica como consecuencia de nuestro marco cultural.

En el caso de Barcelona, tratar de resolver el problema de los jabalíes, al que se alude en el manifiesto, sin considerar la importancia de aquella actividad, es negar una parte de la realidad. En definitiva, en última instancia la posición contraria al control poblacional por sacrificio, conduce inevitablemente a la imposición del veganismo, sin tolerancia alguna hacia los ciudadanos que no se sienten tentados por ese régimen alimentario.

El manifiesto que me ocupa evidencia una completa ignorancia en cuestiones de biología básica. Por ejemplo, cuando a propósito de los perros niega que existan razas agresivas, considerando que solo se trataría de ejemplares agresivos. Eso no es tener ni idea de lo que significa la selección artificial que, en el caso de los perros, por ejemplo, ha consistido en reforzar la variabilidad espontánea que aparecía en la especie salvaje, en el sentido de exagerar aquellas características que le interesaban al ser humano. De esa manera se han seleccionado razas agresivas, como también de compañía (falderos), pastores, etc. Hubo un señor llamado Charles Darwin que escribió un gran libro (uno más) hace ya 150 años sobre el tema (The variation of animals and plants under domestication, 1868). Ahora bien, si se me demuestra que Darwin erró, me callo.

En el texto que me ocupa se plantean supuestamente soluciones de control, en línea de lo dicho, para diversas especies de animales, tanto domésticas como salvajes. Sin embargo, cualquiera que lo lea con un poco de atención echará en falta que no haya la más mínima alusión al mamífero que es, en estos momentos y en Barcelona, la principal preocupación de los ciudadanos, por su proliferación y peligrosidad. Las ratas. Sorprendente. ¿A qué se debe este digamos lapsus? Como yo soy muy mal pensado, más por viejo que por diablo, se me ocurre lo siguiente. Como, por un lado, la idea de exterminio es tabú para el animalismo y, por el otro, resultaría muy difícil venderle al ciudadano medio la moto del control ético en lo que se refiere a dichos roedores, lo mejor es eludir el tema. Pura hipocresía.

En línea con lo anteriormente dicho sobre los grupos de presión, he tenido conocimiento de que la citada plataforma pidió una reunión con representantes de las diferentes candidaturas con la finalidad de que se adhirieran al manifiesto. El chantaje era claro. Cualquier candidatura que no firmara podía quedar criminalizada. Pero resulta que se pasaron de listos. Una de las exigencias era especialmente delicada en plena campaña electoral. Ni más ni menos que la eliminación del Zoo. Dicha exigencia condujo a que las candidaturas en bloque rechazaran la adhesión.

No puedo hacer más que alegrarme, si bien me gustaría que, de cara al futuro, las fuerzas políticas fueran más capaces de plantar cara a la demagogia que puede contener manifiestos del tipo referido. Sería de desear también que fueran más firmes en la defensa de un equipamiento cultural de la mayor importancia como es el zoo barcelonés. No basta con rechazar su cierre en época de elecciones, sobre todo después del lamentable y equívoco espectáculo dado sobre el tema en el último pleno.

Al parecer, solo dos candidatos se han dignado pisar el recinto del zoológico y escuchar los argumentos de sus trabajadores, Jaume Collboni y Manuel Valls, el segundo de los cuáles, según me llega, fue mucho más allá de lo que normalmente puede esperarse de una visita electoralista. Por supuesto, no era esperable que Ada Colau, causante directa del desaguisado, apareciera por allí.

Ojalá que el comportamiento responsable referido dé lugar a una reacción en el nuevo consistorio, que enmiende los disparates de la mayoría anterior, disparates de los que la espada de Damocles que pende sobre nuestro zoo, no es el menor.

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