Iglesia moderada en las elecciones de abril

enCandela
Julián Arroyo Pomeda||
Catedrático de Filosofía de Instituto||

[…] la política es esencial: una sociedad que la menosprecie se pone en peligro. Resulta urgente rehabilitarla y replantearse en todos los ámbitos (educación, familia, economía, ecología, cultura, sanidad, protección social, justicia…) una relación activa entre la política y la vida cotidiana de los ciudadanos (COMISIONE SOCIALE DE L`ÉPISCOPAT [FRANCE]. Réhabiliter la politique. Ed. Centurion/Cerf/Mame, 1999, p. 5).

Me ha resultado bien sorprendente la posición moderada de la Iglesia española ante las elecciones generales del pasado mes de abril. Espero que no se trate de ningún señuelo para poner en valor la separación Iglesia-Estado, porque, aunque ninguna concesión tiene carácter estatal entre nosotros, se reconocen las creencias religiosas de la sociedad y las relaciones de cooperación con ellas. Si los representantes de la Iglesia lo hacen convencidos, esto me parece positivo.

Creo que esta vez se han seguido las orientaciones de la Conferencia Episcopal. Su presidente, el cardenal Blázquez, ha reconocido que “la dedicación a la política es un servicio necesario”, declarando que la honradez ennoblece y la corrupción degrada. La moralidad en la sociedad depende mucho de la ejemplaridad de los representantes políticos. Así que ya no es la Iglesia quien dicta las normas morales y de este modo se da un gran paso teórico, que es preciso aplaudir.

Blázquez recuerda cuatro causas que merecen consideración. Aquí entra en la defensa de la vida, el cuidado y promoción de la familia, el trabajo (de los jóvenes, especialmente) y el respeto a los derechos humanos sin discriminación alguna. Quiero pensar que no se trata de ningún error de cálculo y que las declaraciones han sido sinceras. Quizás sea que la sociedad española -y los obispos son parte de la misma- tenía la firme convicción de que la estructura de corrupción alcanzada merecía un castigo ejemplar, que nadie dejaría de pagar por mucho poder que tuviera. Así no se podía seguir y los resultados electorales lo han confirmado.

La coronación de semejante clima termina con una carta a Pedro Sánchez, dirigida por el cardenal Ricardo Blázquez en nombre de la Conferencia, felicitándolo por los resultados obtenidos y la cortesía de ofrecerle colaboración para la búsqueda del bien común. Si no es una estrategia pastoral, hay que reconocer que las cosas están cambiando, definitivamente. Puede que el Papa Francisco esté dejando sentir su carisma en la cerrazón medievalizante de los obispos españoles.

¿Se traspasa, igualmente, toda esta actitud a los obispos titulares de diócesis y hasta a las revistas y representantes religiosos? Veamos algunas cartas pastorales de obispos significativos, que suelen intervenir en otras ocasiones.

El obispo de Santander, Sánchez Monge, dirige un mensaje breve a los fieles ante las próximas elecciones de abril. Parte de que la política es un compromiso con el bien común: pide honradez a los políticos y rechaza la corrupción. De nuevo saca la defensa de la vida y el apoyo a la familia, añade el derecho de los padres a la educación que deseen para sus hijos, justicia, solidaridad, salud, trabajo digno y la preocupación por los más débiles, además de la acogida y promoción de los inmigrantes y la práctica de una laicidad abierta y positiva. Los obispos no recogen nunca el término laicismo, que les debe producir alergia, aunque terminan pidiendo actuar en conciencia, lo que está cercano a la libertad de conciencia del laicismo. (Véase: Cifuentes, L., El laicismo y la Ética cívica. Ápeiron 2019).

Braulio Rodríguez, arzobispo de Toledo, no habla en su pastoral de partidos políticos, porque supone madurez suficiente en los católicos para saber lo que votan. Particularmente, pide que se destierren actitudes que nos llevaron a la lucha entre hermanos. Cree que hay que distinguir entre el bien del mal, pero no dividir a la sociedad entre buenos y malos. Es el Primado de España quien se expresa así. Frente a una política partidista, propone buscar el bien de todos, su dignidad, la igualdad entre seres humanos, incluyendo mujeres y hombres, y la defensa de la vida. Subraya el respeto al otro, “aunque no sea de los nuestros”, y rechaza la fractura entre políticos y ciudadanos.

Javier Martínez, obispo de Granada, titula su carta como Trágica confusión en el pueblo cristiano. Sin citar a ningún partido, refiere que hay ambientes católicos que perciben una opción política cercana a la visión cristiana del mundo, pero esto significa que no sabemos lo que es el cristianismo y por eso lo podemos confundir con una ideología o espiritualidad determinada. No hay un partido cristiano, ni tampoco se necesita. Por eso no se debe picar en el anzuelo, sobre todo si la supuesta cultura cristiana “se compagina con una defensa del capitalismo global y de la cultura del máximo beneficio”. Ahí queda eso. Por otra parte, se entiende bien a qué partido se refiere el obispo.

Una conocida revista religiosa plantea el dilema de si un católico puede votar a un partido que proponga legalizar la eutanasia o expulsar a extranjeros en situación irregular. Contesta que no hay respuesta a la pregunta de a quién debería votar un católico. En todo caso, habrá que tener en cuenta la promoción del bien común, la justicia, la libertad y el desarrollo de las personas y los pueblos. Otros alertan sobre la sustitución de la democracia por la demagogia con palabras vacías y truenos sonoros para manipular a los ciudadanos. La Iglesia no ha sido ningún modelo del diálogo en el pasado. Ahora necesitará grandes dosis del mismo para pasar de las protecciones derechistas acostumbradas a tener que convivir con otros signos muy diferentes.

Se acercan cambios morales y de mentalidades. Posiblemente los partidos políticos no pueden resolverlos por sí solos, pero su marcada influencia en los mismos no puede negarse. Cada vez tiene menos sentido práctico el desinterés por la política y los deberes cívicos de los ciudadanos. El menosprecio de la Educación cívica en la escuela ha sido un gran error. Ha de haber un sistema de valores universales, que permita respetar las instituciones, sus funciones y competencias. Los monopolios de la política y de la Iglesia han sido ya superados. Imponer principios y valores no funciona ni resulta efectivo. Es preferible construir ciudadanías activas.

Quizás ha llegado la hora de aprovechar los silencios, que continúan resonando, para impulsar formas de convivencia y diálogo como modos de vivir en democracia. Los resultados de las elecciones últimas hablan una vez más con tal de no cerrar los oídos a sus señales.

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