La retirada. 80 años después del final de la guerra

María Rosa de Madariaga||

Historiadora||

Este año de 2019 se cumple el 80 aniversario de lo que se conoce como La Retirada, es decir, el éxodo por la frontera con Francia de miles y miles de españoles, particularmente después del derrumbamiento del frente de Cataluña.

Si en la Barcelona ocupada por las tropas franquistas, los miles de barceloneses, que desde siempre habían estado a favor de Franco y que permanecían agazapados en la sombra, se atrevían a salir de sus madrigueras a la calle a medida que avanzaba el día, para mostrar su júbilo por la victoria de los suyos, Madrid, capital de España, “capital de la gloria” como la llamaría Rafael Alberti, siguió resistiendo hasta abril.

El 1º de abril de 1939 las ondas de Radio Nacional de España emitían el parte de guerra del cuartel general de Franco, que anunciaba la victoria de las fuerzas franquistas en la guerra. El éxodo republicano, que ya había comenzado semanas antes, proseguía su inexorable curso. A los que ya habían salido por la frontera de los Pirineos, después de la caída de Cataluña a finales de enero de 1939, vinieron a sumarse los que habían ocupado cargos políticos en la zona central, los cuales partieron de los aeródromos de Levante o en buques como el carbonero Stanbrook y acabarían en Argelia, dejando en manos de las autoridades coloniales francesas su carga de refugiados. Los miles de republicanos que quedaron atrapados en el puerto de Alicante darían con sus huesos en el campo de concentración de Albatera, que llegó a albergar de 20.000 a 30.000 personas. Clausurado en octubre de 1939, los miles de presos allí hacinados serian distribuidos por diferentes cárceles españolas.

El avance fulminante del general franquista Juan Yagüe el 14 de enero de 1939 a lo largo del Ebro hasta llegar al mar y conquistar Tarragona, preludiaba la caída de Barcelona, que tendría lugar pocos días después, el 26 de enero. Cuando entraron las tropas franquistas, la ciudad parecía vacía, después de que miles y miles de personas la hubieran evacuado huyendo hacia el norte en dirección de la frontera. Además de los habitantes de la ciudad, miles y miles de refugiados de otros lugares de la región y de otros lugares de España – Andalucía, Extremadura- huían atemorizados ante la inminente entrada de las fuerzas franquistas. No hubo resistencia. Las gentes estaban extenuadas, desmoralizadas, sin ánimos para seguir resistiendo. Fue una desbandada total. Como si toda Cataluña se hubiera puesto en camino hacia la frontera, la carretera de Francia aparecía abarrotada de personas- hombres, mujeres y niños- a pie, en camiones, en vehículos oficiales y particulares, que trataban como fuera de llegar cuanto antes a la frontera, mientras los aviones de la Legión Cóndor los bombardeaban. En los pueblos y ciudades próximos a la carretera a Francia se agolpaban gentes con rostros marcados por la fatiga, el temor y el hambre.

Ante la avalancha humana que se les venía encima, las autoridades francesas rechazaban la entrada de tantos refugiados, aunque permitieron la apertura de la frontera para la población civil (170.000 mujeres y niños, y unos 60.000 paisanos) y los heridos (unos 10.000). Penetraron en territorio francés por los puestos fronterizos de Cerbère, Le Perthus y Puigcerdà. Los primeros refugiados empezaron a cruzar la frontera el 27 de enero. En la primera semana de febrero, cuando ya se puso de manifiesto que el ejército de la República no estaba en condiciones de seguir resistiendo, el gobierno francés de Daladier permitió el 5 de febrero la entrada en su territorio del elemento militar, a condición de entregar las armas. A los que ya habían cruzado la frontera, se sumaron, entre el 5 y el 10 de febrero, 220.000 sodados del ejército de la República, elevando así la cifra de los que abandonaron España a cerca de medio millón de personas.

Sixto Agudo, en sus Memorias tituladas En la “resistencia” francesa (Zaragoza, 1985) da para aquel éxodo las siguientes cifras: 270.000 soldados, oficiales y jefes del ejército de Aragón y Cataluña, unos 35.000 hombres y ancianos no aptos para el servicio militar, 105.000 mujeres, 75.000 niños y 15.000 heridos y enfermos. Las cifras que da Sixto Agudo suman exactamente el medio millón de personas. Los refugiados recibían cada día, según este mismo autor, un pan para cinco y un cazo de sopa caliente. Los más privilegiados ocupaban hangares, con suelos de paja, mientras el resto se veía obligado a estar a cielo descubierto, transidos por el frío de los Pirineos. Y describe así el incesante y masivo éxodo republicano español: “Extenuados por el hambre y la fatiga, acosados por la disentería, humillados e insultados por los militares y guardias móviles franceses, la inmensa mayoría de los españoles fueron conducidos a los primeros campos de concentración”.

Aunque la izquierda francesa simpatizaba evidentemente con los republicanos españoles, las autoridades se mostraban recelosas y hostiles a la entrada de tantos refugiados. Ya un año antes, la ley del 12 de noviembre de 1938 del gobierno presidido por Daladier se refería a los “extranjeros indeseables”, cuya expulsión proponía. Había ya, pues, antes del final de la guerra de España una opinión muy contraria a la acogida de extranjeros, considerados en general “indeseables”. Para la derecha francesa, muy trabajada por la propaganda contra la República española, la mayoría de los refugiados eran peligrosos “rojos”. Si más adelante el gobierno autorizó el 5 de febrero la entrada de los militares fue con la condición, como ya dijimos, de que entregaran las armas. Para acoger a aquella masa de refugiados hubo que acondicionar “estacionamientos temporales”, que se convirtieron en “reclusión administrativa”, lo que llevaría a la creación de campos de concentración, sobre los que diremos más adelante unas palabras.

Muchas mujeres con niños pequeños fueron repartidas en refugios situados en diferentes puntos de la geografía francesa. En cuanto a los niños, muchos de éstos fueron colocados ya sea con familias o en centros habilitados para tal fin como los que solían acoger a niños franceses en las llamadas “colonias de vacaciones”. El sindicato francés CGT desarrolló en este sentido una formidable labor de solidaridad a través de su Comité d’accueil aux enfants d’Espagne (CAEE), que llegó a crear hasta 21 centros de alojamiento para los niños refugiados españoles. El alojamiento de cada niño costaba 300 francos mensuales, para lo cual la CGT recurrió, a través del sindicato de Correos, Telégrafos y Teléfonos (Postes, Télégraphes et Téléphones), a la venta de sellos de solidaridad mensual de 2 a 5 francos a los afiliados al sindicato, y a una campaña de patrocinio. Además del de Correos, sindicatos de otros ramos de la CGT, sobre todo el del metal y el de los ferroviarios, fueron también muy activos en la acogida de niños refugiados españoles. Hubo centros de acogida desperdigados por todo el territorio francés, y en ella participaron también algunas municipalidades, entre las que cabe destacar la de Ivry, en la región parisina. El movimiento de solidaridad con los niños refugiados fue extraordinario, emocionante. Aquella infancia desvalida, desamparada, suscitaba hondos sentimientos de simpatía y compasión entre amplias capas de la población francesa.

Unas palabras sobre los campos de concentración, para empezar el de Argelès-sur-Mer. Situado en los Pirineos Orientales, consistía en un terreno pantanoso rodeado por el mar, y una playa desierta, dividida en rectángulos de una hectárea cada uno, y rodeada de alambradas. Cuando se produjo la llegada de los primeros refugiados se construyeron primero algunos abrigos de fortuna, que pronto resultaron insuficientes para la multitud que afluía. Al cabo de tres días había ya un “campo”, rodeado de postes con alambradas de cuatro hileras o más. Después fueron construidos varios “subcampos”. Un segundo “campo” colindante, con dos o tres barracones, limitado por postes y una hilera de alambradas; luego, un tercero, un cuarto, un quinto, con solo postes más o menos espaciados, y así sucesivamente. La playa de Argelès era una playa desnuda, batida por los vientos, en la que los refugiados se veían obligados a excavar agujeros en la arena para protegerse de la intemperie y las inclemencias meteorológicas. El invierno de 1939 fue uno de los más fríos del siglo.

Allí permanecieron hacinadas cerca de 100.000 refugiados españoles con una rama o una vieja manta por techo. La falta de higiene, el frío y la subalimentación causaron epidemias. En los primeros meses del campo, cuando los barracones, el agua potable y los servicios de higiene escaseaban, los muertos se contaban por decenas. Si las condiciones de existencia en el campo eran ya deplorables, a ellas hay que añadir la estricta disciplina militar a la que los refugiados estaban sometidos, estrechamente vigilados por diversos cuerpos de tropas o por guardias móviles, muchos de ellos pertenecientes al ejército colonial francés como los tiradores senegaleses. El acceso al campo estaba prohibido y los internados en él tampoco podían salir más que para realizar tareas penosas.

Aunque Argelès-sur-Mer fue el primer campo de refugiados españoles y también el más importante de todos, el que albergó a más personas, ante el incesante flujo de refugiados fue necesario abrir nuevos campos como Saint-Cyprien y Barcarès, situados también en las playas de los Pirineos Orientales. Si la actitud de las autoridades francesas dejó bastante que desear, por decirlo suavemente, la población local tuvo con frecuencia hacia ellos gestos de solidaridad. Todavía hoy los habitantes del pueblo de Argelès recuerdan con emoción la Retirada..Entre ellos y los refugiados españoles se tejieron lazos de amistad y fueron muchos los republicanos españoles que eligieron como segunda patria el Rosellón.

Por el campo de Argelès-sur-Mer, que permaneció abierto hasta 1941, transitaron más de 220.000 personas. Además de los republicanos españoles, el campo albergó a gitanos, judíos y antifascistas de diversos países europeos. En el perecieron 216 republicanos españoles, de los que 70 eran niños.

Diseminados en varios departamentos del sur de Francia, hubo otros muchos campos de concentración, en los que los refugiados republicanos fueron distribuidos según su clasificación en categorías: Gurs (Béarn), en los Pirineos Atlánticos, en el que fueron internados sobre todo vascos y miembros de las Brigadas Internacionales; Vernet-les-Bains (Ariège), para los declarados “indeseables”, entre los que se contaban los miembros de la ex columna Durruti, es decir, anarquistas. En Vernet estuvieron recluidos unos 15.000 refugiados españoles; Rivesaltes (Pirineos Orientales), que albergó a unos 15.000 españoles, y Agde (Hérault), que albergaban sobre todo a catalanes, Bram (Aude) y Septfonds (Tarn-et-Garonne), destinados fundamentalmente a albergar a “técnicos y obreros cualificados”, que no tardaron en convertirse en mano de obra barata o esclava para muchos empresarios franceses. En Septfonds reposan los restos de los 81 españoles que allí fallecieron. Pero, quizá de todos estos campos, el que más persistió en la memoria colectiva como “campo de concentración” por antonomasia para los refugiados republicanos españoles en Francia fue el de Argelès-sur-Mer.

A todos estos campos de concentración empezaron más tarde las autoridades francesas a llamarlos púdicamente “campos de internamiento”, para diferenciarlos de los campos de concentración alemanes, la mayoría de los cuales eran no solo campos de concentración, sino también de exterminio. Las asociaciones memorialistas de republicanos españoles en Francia luchan hoy por recuperar la apelación original de “campos de concentración”, porque, sin andarse con eufemismos, eso es lo que eran.

Pero, para hacerse una idea de cuál era la situación en la Francia que acogió a aquellos cientos de miles de refugiados republicanos, recordemos brevemente algunos de los hechos más salientes de aquel periodo. Al gobierno del Frente Popular establecido en Francia tras las elecciones de mayo de 1936, bajo la dirección del socialista Léon Blum, y conformado por socialistas y radicales, con el apoyo de los comunistas, le sucedió el gobierno presidido por el líder del partido Radical, Édouard Daladier, desde el 10 de abril de 1938 al 21 de marzo de 1940, en que Daladier dimitió y fue sucedido por el también miembro del partido radical Paul Reynaud. Recordamos que bajo el gobierno de Daladier se promulgó en 1938 la famosa ley sobre los “extranjeros indeseables”, a la que antes hemos aludido.

Fue bajo el gobierno de Reynaud cuando empezó de nuevo a destacar el mariscal Philippe Pétain, nombrado en mayo de 1940 jefe de Estado Mayor del Ejército francés. En lo que se conoce como batalla de Francia, las tropas francesas sufrieron una aplastante derrota ante la ofensiva fulminante de la Wehrmacht. El 14 de junio de 1940 París era ocupado por las fuerzas hitlerianas, y el 16, Reynaud presentaba su dimisión, y, apoyado por los presidentes del Senado y de la Cámara de Diputados, sugería confiar a Pétain la presidencia del Consejo. El 22 de junio Pétain firmaba en Compiègne el armisticio con los alemanes, y el 29 del mismo mes, el gobierno se instalaba en Vichy, situado en una zona no ocupada por la Wehrmacht, por lo que se la conocía como la “Francia libre”, aunque, supeditada totalmente al régimen nazi, de “libre” poco tenía. Los alemanes, que ocupaban desde el 22 de junio de 1940 el Norte y el Oeste de Francia hasta la frontera con España, ocuparon también, después del desembarco de los aliados en el Norte de África el 8 de noviembre de 1942, la llamada “Francia libre”

Muchos de los refugiados en Francia, se dice que unos 340.000 regresaron a España antes del armisticio de junio de 1940, ya fuera voluntariamente o forzados por las autoridades francesas, confiando en que, como les había asegurado el régimen de Franco, no les pasaría nada “por no tener las manos manchadas de sangre”. De ellos fueron numerosos los que no tardaron en saber que estas garantías no valían nada para los tribunales de Franco.

Los republicanos españoles desempeñaron un importante papel en la Resistencia francesa contra el ocupante nazi. Sobre la aportación de los españoles a la Resistencia francesa existen numerosos testimonios, tanto franceses como españoles. Entre estos últimos, quisiéramos destacar el libro de Sixto Agudo “Blanco”, titulado precisamente En la Resistencia Francesa. Memorias, publicado en Zaragoza en 1985. El Alto Garona, con capital en Toulouse, se convirtió en el centro de la actividad política española. Fue en Toulouse donde se decidió la creación del XIV Cuerpo de Guerrilleros españoles, a los que se deben las primeras acciones de agosto de 1942 en la línea del ferrocarril entre Portet y Saint-Agne contra la Oficina Alemana de Trabajo Obligatorio y contra el Centro de Propaganda de la Milicia. Fueron asimismo autores de otras acciones de sabotaje contra transformadores y puentes.

En su obra citada, Sixto Agudo narra en detalle las numerosas acciones llevadas a cabo por los guerrilleros españoles en la Resistencia Francesa y su contribución fundamental a la liberación del territorio francés, incluida la liberación de ciudades como Foix, en la que intervino activamente José Antonio Alonso Alcalde, más conocido por su nombre de guerra como “el comandante Robert”, fallecido a los 96 años en diciembre de 2015, al que Crónica Popular dedicó varios artículos. Sin detenernos a relatar detalladamente las diversas acciones de guerrilla realizadas por estos valientes compatriotas, de 1942 a 1944, bástenos con decir, de acuerdo con los datos del Estado Mayor de las FFI (Fuerzas francesas del interior), que recoge Sixto Agudo, que esas acciones fueran numerosísimas y de todo tipo: combates, enemigos hechos prisioneros o matados, ataques a fábricas, sabotajes en minas de carbón, locomotoras destruidas, vías de comunicación cortadas, etc. Los guerrilleros tuvieron numerosas bajas, entre muertos, heridos y prisioneros.

Todo esto es suficientemente conocido de los estudiosos franceses del tema, pero creemos oportuno recordarlo, dado que esta lucha se inscribía en el marco de la resistencia contra el fascismo, primero en España, de 1936 a 1939, luego, en Francia, de 1940 a 1945, y de nuevo en España, de 1939 hasta la instauración de la democracia en España en 1978.

Muchos de los exiliados republicanos no se quedaron en Francia, sino que se trasladaron a otros países, sobre todo después de la ocupación por el ejército alemán de media Francia en junio de 1940, y el establecimiento del régimen de Vichy. La diáspora republicana tuvo como principales destinos, además de Francia, algunos países de América Latina, principalmente México, que acogió a unos 25. 000 republicanos. Otros países latinoamericanos de acogida fueron Argentina, Chile, Colombia, Cuba, República Dominicana y Venezuela. Algunos intelectuales, en general profesores universitarios, encontraron acomodo en universidades de los Estados Unidos. Países europeos como Bélgica o el Reino Unido acogieron también a algunos refugiados republicanos, así como la Unión Soviética que acogió fundamentalmente a muchos niños y a dirigentes y cuadros comunistas acompañados de sus familias.

Por último, unas palabras más sobre la contribución de los españoles a la liberación de Francia de la ocupación nazi. Después del desembarco de las tropas aliadas en Normandía el 6 de junio de 1944, la 9ª Compañía, la famosa “la Nueve” (“la Neuf”), formada por republicanos españoles entraba en París por la puerta de Italia el 24 de agosto de 1944. Iban en el semioruga que llevaba grabadas las letras EBRO. En las fuerzas aliadas, al mando del general Leclerc, que entraron en París el 25 de agosto, figuraban numerosos half-tracks o semiorugas que llevaban pintadas las letras de míticas batallas de nuestra guerra contra el fascismo como “Madrid”, “Guadalajara”, ”Brunete”; otras, las de “España cañí”, “Guernica” o “Don Quijote” (en francés, Don Quichotte). Todos ellos nombres reveladores de la voluntad del pueblo español de proseguir la lucha contra el fascismo,” la bestia parda”, como la llamó Bertold Brecht.

Bibliografía:

Agudo, Sixto, En la “Resistencia” francesa. Memorias. Zaragoza, 1985.

Association Nationale des Anciens Combattants de la Résistance et de l’Institut d’Histoire Sociale de la CGT, Les Pyrenées-Orientales, plaque tournante de l’accueil des enfants espagnols (1936-1939), Perpignan, 2018

Dreyfus-Armand, Géneviève, L’exil des républicains espagnols en France. De la guerre civile à la mort de Franco, Albin Michel, Paris, 1999.

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