Luces y sombras de un resultado electoral

Miguel Candel||

Catedrático de Historia de la Filosofía de la Universidad de Barcelona. Miembro fundador de IZQUIERDA EN POSITIVO||

Pues sí, una mayoría relativa de votos (más de 7 millones) y de escaños (123) “ha hecho que pase”. Que pase otra vez el PSOE a encabezar el ranking de las elecciones generales después de once años sin conseguirlo.

¿Debemos alegrarnos? Sí y no. Sí, porque se contiene el alud derechista. No, porque no disminuye, sino que aumenta (ligeramente) el alud independentista catalán (mayoritariamente derechista) y porque UP (me niego a usar el femenino como género común, por respeto a la gramática establecida, que es femenina) baja y, pese a ello, sigue en sus trece de dar coba a la “uninacionalidad”. Pero ¿cómo? ¿No habla Pablo Iglesias, venga o no venga a cuento, de “plurinacionalidad”? Sí, pero porque no sabe lo que dice.

No sabe que hablar de plurinacionalidad en España en el sentido en que él lo hace implica dar por sentado que en Cataluña hay una única nacionalidad y en Euskadi otro tanto; es decir, que la pluralidad se da dentro de España pero no dentro de Cataluña y del País Vasco; que en esas dos comunidades autónomas rige la más absoluta homogeneidad cultural, único fundamento hoy día, si dejamos de lado consideraciones raciales (por no decir “racistas”), de cualquier supuesta identidad nacional.

Y, ahora, los matices. Primero sobre el freno al alud derechista. Entiendo por tal no tanto la derrota electoral del llamado “trifachito” como la demostración de que a un electorado tan poco revolucionario como el español (más allá de su proverbial incontinencia verbal en mítines, tabernas y tertulias) no le va demasiado pasar de la incontinencia verbal a la electoral. Es decir, que las bravatas antizquierdistas del señor (fra)Casado y (en menor medida) del ciudadano Rivera no convencen a la mayoría o incluso la asustan. Sobre todo porque suenan sospechosamente próximas del discurso neo-guerracivilista de Vox (y más después del espectáculo de la plaza de Colón). Y este país, si hay una época a la que no quiere volver, es a 1936 (por más que los escuadristas del batallón vasco-catalán se empeñen cada día en hacernos creer que no nos hemos movido de esa fecha).

Segundo matiz, sobre el avance del alud independentista. Llamadme optimista, pero a mí me recuerda la subida final del PSOE de Felipe González con ocasión de la “dulce derrota” de 1996. Es decir, un supremo esfuerzo por evitar (reconocer) la derrota del “procés”, esfuerzo nutrido en gran parte de emociones victimistas (ahora más “justificadas” que nunca gracias al juicio en curso).

Es cierto, por un lado, que el bloque (crecientemente cuarteado, por cierto) independentista ha logrado su mejor resultado histórico en unas generales. Lo cual se traduce (como es norma, sobre todo, en las autonómicas) en un mayor número de escaños que el bloque (más que cuarteado, inexistente como tal) constitucionalista. Pero también, una vez más, se confirma que carecen de algo remotamente parecido a una mayoría de votos (se quedan en el 39% frente al casi 60% de quienes no comulgan con sus ideas o no están dispuestos a defenderlas.

O sea, company Iceta, que para el 65% independentista habrá que esperar, según parece. Aunque, claro, en los 15 años de plazo generosamente concedido para ese logro puede pasar de todo. Incluso que la izquierda no nacionalista de Cataluña, se llame como se llame, con sus correspondientes homólogos del resto de España, acabe marginando por fin a la izquierda acomplejada incapaz de sacudirse el prejuicio de que es “facha” defender la unidad del demos español como garantía de unidad de las clases trabajadoras (no sólo españolas, sino también europeas) frente a un capitalismo cada vez más internacionalizado. Tanto, que se puede permitir el lujo de jugar a promover los juegos florales “plurinacionales”.

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