Tercer análisis electoral del 28A: la estabilidad del Gobierno de Sánchez, no mejor que la de Rajoy

Vicente Serrano*||

Miembro del Grupo Promotor del partido IZQUIERDA EN POSITIVO y de la Junta Directiva de la asociación Alternativa Ciudadana Progresista||

La pasada semana cerraba mi segundo análisis aseverando que en las elecciones del 28 de abril hubo casi un millón y medio de votos más a la derecha que a la izquierda con el siguiente cuadro:

Definir si un partido es de derechas o de izquierdas es, en sí mismo, algo subjetivo por lo que mi apreciación es posible que no coincida con otras valoraciones.

Para llegar a dicha conclusión he partido de la autodefinición que cada partido hace de sí mismo y las posiciones que ha mantenido en el pasado.

Tal vez la más polémica o discutible es la adscripción que hago de ERC en la derecha. Es algo que no solo pienso yo sino muchos de mi entorno. Primero, por sus orígenes (Estat Catalá es uno de sus componentes iniciales) y, después, por su posicionamiento al lado del independentismo aprobando y participando en los gobiernos de la Generalitat que más recortes sociales han realizado en los últimos años. Es evidente que situarlo en un lugar u otro cambia la situación dado que sus votos superan el millón. Tampoco hay que olvidar que el segmento ideológico que ERC disputa es el del nacionalismo del PdCat o CDC.

La identidad

La orientación identitaria o nacional de cada formación nos permite también valorar la posición del electorado respecto un tema tan controvertido como es la organización territorial del Estado y, en concreto, ante el proceso secesionista catalán.

Evidentemente, al asignar una identidad a los votantes de un partido no implica afirmar que son nacionalistas en el sentido excluyente de la palabra. No es lo mismo un votante de Vox, en un extremo claramente españolista, que un votante del PSOE, al que también se le asigna la identidad o sentido de pertenencia española, pero no una ideología nacionalista. Igualmente, dentro de la identidad catalana podríamos diferenciar niveles de sentimiento de pertenencia entre votantes, aunque también podemos afirmar que en los últimos años se han radicalizado bastante las posiciones hacia un nacionalismo rupturista. Algunas identidades son más regionalistas que nacionalistas aunque no estén reflejadas en la gráfica, por su baja incidencia.

A la vista del gráfico, podemos afirmar que los sentimientos nacionalistas vasco y catalán suben muy levemente en términos relativos. En votos 181.740 y 274.321 respectivamente.

El que más crece en términos relativos y absolutos es el sentimiento de pertenencia español: 3 puntos porcentuales y 2.280.461 votos. Y eso a pesar de los 3,5 millones de votos que pierde el PP pero se dirigen a Vox (2,6M.) y C’S (1M.) El que más crece y aporta a la identidad española es el PSOE, que incrementa 2 millones de votantes.

El abandono del electorado de posiciones ambiguas sobre el debate territorial ha perjudicado claramente a Podemos y sus antiguas confluencias. El soberanismo ha perdido 435.375 votantes y el valencianismo 475.566. Ese millón de votos es insuficiente para entender el crecimiento de la identidad española en las elecciones. El incremento de la participación desde el 66,48% al 75,75% es determinante: son más de 25 millones de españoles (2,1M. nuevos) que han entendido que en las elecciones nos jugamos mucho, que quedarse en casa no es una opción inteligente, que la política no les es ajena.

Izquierda y Soberanismo. El problema de España

La izquierda en España adolece desde la Transición de un “complejo de culpa impropio” que le ha hecho abandonar en manos de la derecha la idea de España. El PSOE se ha dejado arrastrar hacia posiciones de defensa de la plurinacionalidad por un PSC trufado, hasta no hace mucho, de nacionalistas catalanes (no es que Iceta no lo sea, pero lo disimula). Persiste la idea de esa plurinacionalidad que le permite flexibilizar la idea de España en función de intereses partidistas, aunque, durante estas elecciones, Pedro Sánchez y su equipo ha ocultado hábilmente ese tema.

El gran drama está a la izquierda del PSOE. Desde el PSUC y PCE, pasando por ICV, EUiA e IU hasta la actualidad en una concentración dispersa, valga el oxímoron, de Unidas Podemos y ex-confluencias, la defensa a ultranza del derecho de autodeterminación de las comunidades españolas ricas, mantiene a dicha izquierda en un proceso de estancamiento y/o decaimiento continuo (salvo momentos donde lo social se ha impuesto a lo territorial, véase 15M). Además, esa ambigüedad permite que el nacionalismo (siempre conservador y clasista) se haya convertido en el árbitro de toda la política española.

A la hora de asignar identidades a UP y En Marea les he situado como “soberanistas”, mientras a ECP y a Compromis como “catalán” y “valenciano” dado el cariz más marcado de sus reivindicaciones “nacionales”. El caso de Jaume Assens, líder y declarado independentista de la candidatura de ECP, es paradigmático.

El soberanismo representa más de 3 millones de votantes. El soberanismo es de izquierdas pero es incapaz de plantearse un cambio respecto al proyecto España, es una herencia de un franquismo no superado, que, a su vez, ha alimentado el resurgir de un nacionalismo español que aparentaba ser residual. Si superase el aludido complejo, la izquierda española estaría en paridad de votos con la derecha española. Española, ya que la victoria de la derecha a la que aludo en el primer cuadro incluye a toda la derecha del nacionalismo periférico.

Es evidente que el sistema electoral es otro factor determinante en la crisis de Estado en la que nos encontramos inmersos. Un sistema electoral que le permite a Pedro Sánchez formar gobierno a pesar de ser una mayoría minoritaria. Como en su día se lo permitió a Rajoy.

Los sistemas electorales no pueden ser buenos o malos en función de a quien beneficien coyunturalmente, sino en base a representar fielmente la voluntad de la ciudadanía.

Cataluña

Ciertamente, la participación en estas elecciones generales es la más alta de la serie histórica, como se puede observar en el cuadro que sigue. La abstención se situó en los mismos niveles que en las autonómicas de 2015 que también marcaron un hito en la implicación de los catalanes en la vida política. Cambio de tendencia y desaparición del llamado abstencionismo diferencial que se consolida en las autonómicas de 2017, donde se registra el abstencionismo más bajo de la serie.

De todas formas, echar las campanas al vuelo por el crecimiento del independentismo se me antoja un tanto exagerado por no utilizar otro término. Cierto que es el porcentaje más alto en unas elecciones generales, pero tan solo supera ligeramente el 30% sobre el censo. Si a eso sumamos a los partidarios de realizar una consulta, que no son independentistas, se quedan en un honroso 42%. Muy lejos aún del cacareado y nunca demostrado 80% de la sociedad catalana.

Otra cosa es la representación que el sistema electoral otorga al secesionismo tanto en las generales como en autonómicas.

Es fácilmente observable como el sistema electoral beneficia posiciones independentistas o de partidarios del, mal llamado, “derecho a decidir”, mientras infra-representa al no soberanismo o no independentismo.

Conclusiones

Seguimos instalados en un sistema electoral que no ayuda a la estabilidad de la política española, siempre más pendiente de tensiones territoriales que de solventar los problemas reales: sociales, económicos, laborales.

Se necesita un compromiso de regeneración democrática que no será posible mientras el sistema actual no cambie. Para ello es preciso que los partidos mayoritarios sean generosos y acuerden un sistema de representación más justo para las cámaras legislativas y se doten de un sistema que permita la estabilidad con arreglo a mayorías sólidas, mediante, si es necesario, la elección directa del Presidente del Gobierno.

Jugar a parlamentarismo cuando las elecciones legislativas se plantean como presidencialistas es una estafa a los ciudadanos.

En mi primer análisis de las elecciones generales 2019 explico la propuesta de Circunscripción Única y acompaño un cuadro de cómo quedaría repartido el hemiciclo con dicho sistema. La primera conclusión es que sería difícil cerrar pactos para la formación de gobierno; indudablemente, los ciudadanos estaríamos mejor representados. Es importante remarcar en este punto que en un sistema parlamentaristas las elecciones a diputados son para la constitución de la cámara legislativa. Si bien es cierto que el gobierno ha de salir de la negociación entre las partes, no es menos cierto que se podría arbitrar un sistema que completase y garantizase la elección de un ejecutivo fuerte dentro de un sistema parlamentario de representación proporcional.

Digamos que el pacto progresista sumaria 160 escaños (PSOE, ECP, UP,Compromis, Recortes Cero, PACMA y PACT), frente a los 151 que sumaria un pacto conservador (PP, C’s, VOX) y si les sumamos CC, NA+, PRC llegarían a 156. En esas circunstancias al cabo de máximo 3 meses los ciudadanos deberíamos elegir directamente entre los dos candidatos más votados en la cámara, previsiblemente los líderes de los dos partidos más votados, es decir Pedro Sánchez y Pablo Casado.

Este sistema incluido en mi propuesta permitiría un gobierno estable no dependiente de pactos espurios con minoritarios (léase secesionistas) a la par que garantiza un poder legislativo que representa fielmente la voluntad popular y controla eficaz, pero no arbitrariamente, al gobierno. Hay matices en mi propuesta.

La estabilidad del próximo gobierno de Pedro Sánchez, en las actuales condiciones, no son mucho mejores que las del derrotado Rajoy…

Y si no… al tiempo.

Nou Barris, Barcelona. 10 de mayo de 2019

*Autor del ensayo EL VALOR rEAL DEL VOTO, Editorial El Viejo Topo, 2016.

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