Del 15M a la disgregación de España

Antonio Gallifa||

Economista||

España, como país y como Estado, está padeciendo una profunda crisis, la mayor desde la conquista del período democrático, y ello está creando el peligro de llevar a su disgregación. En el centro de esta crisis se halla el separatismo catalán. Para alcanzar sus objetivos -la creación de un Estado catalán independiente e incluso enfrentado al Estado español- necesita debilitar a éste al máximo, y a ello se están aplicando ante la pasividad del gobierno anterior e incluso la complicidad del actual.

Para ello se multiplican todos los medios propagandísticos posibles: al margen de la ley se crean embajadas de la Generalitat en el extranjero (17 en la actualidad) para extender la idea de que España es un Estado franquista y represor que persigue las libertades de los catalanes y en el que existen presos políticos, encarcelados exclusivamente por sus ideas. La radio y la televisión catalanistas, subvencionados por la Generalitat, constituyen un escandaloso ejemplo propagandístico y de difamación de todo lo que sea español. Se trata de marginar todo lo que no sea separatista: la proliferación de lazos amarillos en la indumentaria induce a señalar públicamente como modelos quién defiende a Cataluña y quién no, lo que asemeja a esos partidos que quieren distinguir a sus afiliados ante el resto de los ciudadanos por el color de sus camisas.

Hay un terreno específico de inmensa importancia por sus repercusiones sobre la convivencia, que es el de la educación de los niños. Se pretende oficialmente crear una generación nueva antiespañola, idea que posee graves antecedentes históricos que se han producido en Europa. Se falsifica escandalosamente la historia de Cataluña y la historia de España, la historia de los buenos y la historia de los malos. Los colegios discriminan o maltratan a los alumnos que hablan español. Violando lo dispuesto por la ley, se reduce al máximo o se suprime la enseñanza del castellano.

En Cataluña siempre ha existido un sentimiento colectivo de cierto rechazo a España y a los españoles. (No olvidemos que a lo largo de su historia, Cataluña ha llevado a cabo nueve sublevaciones, todas ellas fracasadas). Pero lo que se está creando ahora, de manera plenamente consciente, es un auténtico odio, lo cual se manifiesta de forma cada vez más visible, que hace la vida imposible al menos a la mitad de los habitantes de Cataluña. Y ello está dividiendo y enfrentando entre sí a amistades y miembros de una misma familia. Se está empezando a aceptar como normal que cuando dos catalanes entran en contacto, se indaga inmediatamente si el que se tiene al lado es partidario de la independencia de Cataluña. Todo esto se manifiesta incluso en el idioma. Los catalanes tienen (tenemos) la suerte de poseer dos idiomas, pero parece como si algunos quisieran tener sólo uno, como si el idioma español, que hablan 650 millones de personas en el mundo, debiera desaparecer.

Conocer cómo los españoles hemos podido aceptar pasivamente la amenaza de disgregación de España que estamos viviendo requiere un esfuerzo de análisis que contribuya a explicarlo. La política, salvo en el caso de los golpes de Estado, no se mueve si no hay un sujeto masivo que la agite. Por ello, para intentar comprender cómo se ha llegado a esta situación es necesario remontarse, como indudable hecho político, al mayor acontecimiento de masas que ha tenido lugar en España en el período democrático: la aparición del 15M a partir de la manifestación en Madrid el 15 de mayo de 2015.

El 15M surgió, como un saludable revulsivo de las masas, especialmente juveniles, frente a la corrupción, la incapacidad y el derechismo de lo que, no por casualidad, algunos empezaron a llamar “clase política”. Se basó, esencial, y casi únicamente, en la irritación: una irritación colectiva que congregó a miles de manifestantes cargados de razón, entre los que no existía una idea política común que ofrecer, una perspectiva política que permitiese sustituir por algo nuevo aquello contra lo que se luchaba. Dicho en pocas palabras, se carecía de alternativa. Y la ausencia de alternativa significa una ausencia de perspectiva política. Un movimiento que aspiraba a cambiar radicalmente la política requería una idea clara del tipo de Estado que debía realizarlo o, al menos, del tipo de gobierno que ofrecer para que encabezase los cambios urgentes a llevar a cabo. Y esto no existió.

Carente de alternativa, e integrado por innumerables componentes de muy diferentes procedencias, el movimiento acabó por desintegrarse como tal. Una gran mayoría de sus componentes, desilusionados, abandonaron el movimiento. Pero una parte reducida de ellos continuó su actividad política y, en el espacio de pocos años, se fue uniformando, buscando el planteamiento político que les faltaba y acabó derivando en una formación que, partiendo del radicalismo formal que les caracterizaba desde su inicio, sin renunciar a él, acabó convirtiéndose en un partido populista. Así surgió Podemos como una formación basada en propuestas que pueden resultar atractivas para el pueblo, pero que tienen un componente manipulador y demagógico.

Una de las primeras declaraciones públicas de Podemos anunciaba que su primer objetivo era destruir –laminar fue la palabra utilizada- el Partido Comunista. Y lo consiguió gracias al apoyo, tacañamente retribuido, de la propia dirección del Partido Comunista. En parte quizá por ello, pero, esencialmente, debido a otras razones políticas de índole estratégica, Podemos gozó, en sus dos primeros meses de existencia, de un inconmensurable apoyo propagandístico de importantes medios periodísticos y, sobre todo, televisivos. Ello le permitió lograr un crecimiento espectacular que hizo creer a su dirección en las posibilidades de legar a convertirse en gobierno.

Sin embargo, su propio origen, la ausencia de coherencia política de sus fines, la inexperiencia política de sus militantes y cuadros, la ambición personal mostrada por gran parte de sus dirigentes en clara contraposición con la realidad, han convertido a Podemos en una formación en absoluta regresión con el paso del tiempo, cuyo papel, aunque sus dirigentes no sepan reconocerlo, se limita -y ello no es poco cualitativamente, como veremos- a aguijonear con sus pretensiones a los demás partidos y a presentarse frente a éstos como la única fuerza revolucionaria pura.

Podemos ha heredado la idea latente en el 15M de que la aprobación de la Constitución constituyó una traición que impidió que se alcanzasen objetivos auténticamente “revolucionarios”. Dicha idea está encabezada generalmente por quienes no conocieron, en su auténtica dimensión y gravedad, el régimen franquista y que, por lo tanto, desconocen la correlación de fuerzas entonces existente entre un ejército golpista procedente de la dictadura de Franco, que habría de intentar el 23-F, un auténtico golpe de estado militar, y los partidarios de la democracia, recién salidos de la represión permanente y divididos en diferentes partidos, sin otro medio de defensa que la razón. No se sabe o no se quiere ver que, a pesar de las posibles limitaciones que pueda tener la Constitución aprobada en tales circunstancias, esta aprobación no habrá sido posible sin el consenso sobre lo esencial entre las fuerzas más dispares, lo cual significó un auténtico triunfo de la política, que permitía desvanecer el peligro de un golpe militar y avanzar en el desarrollo de la democracia hacia objetivos mas profundos. .

Esta idea de la traición es la que está llevando, a quienes nada saben de la política, a denominar despectivamente, cada vez de forma más extensa, a la democracia española como “el régimen del 78”. Y, como conclusión de todo ello, a considerar que las instituciones democráticas, empezando por el Congreso, pero también todas las demás, no sirven para nada y no nos representan. (“Que no, que no, que no nos representan, que no, que no”). Ya no se trata de atacar o negar la validez de unas u otras personas, sino a las instituciones en sí. Se trata de negar la validez del Estado español (en negrita)

Y este debilitamiento del sistema democrático español coincide -y no es casual- con las últimas decisiones adoptadas por la dirección del separatismo. El escándalo –perfectamente planificado- que organizaron recientemente en las Cortes, con asistencia masiva de todos sus diputados, era el comienzo de la campaña para desacreditar la institución ante el mundo. Y esta campaña ya se está desarrollando contra los tribunales españoles, especialmente contra el Tribunal Supremo que está presidiendo el proceso contra los dirigentes separatistas presos. Resulta sorprendente comprobar que quienes tildan al Tribunal Supremo de franquista son los mismos que el 8 de septiembre de 2017, sin permitir apenas su discusión en el Parlament, aprobaron en un par de horas la Ley de Transitoriedad, nada menos que una “Constitución” catalana que, entre otras aberración es, establecía que los jueces serían nombrados a dedo por el Govern. Y no menos sorprendente es que se intente desprestigiar internacionalmente el Estado español por parte de un Govern que en más de un año desde su constitución, no ha sido capaz de aprobar una sola Ley. ¿Es con estos mimbres con los que quieren romper con España y crear una República independiente? El desbarajuste es tal que no es de extrañar que en el plazo de un año hayan abandonado Cataluña más de 3.500 empresas. ¿Es ésta la Arcadia que aseguran llegará cuando Cataluña sea independiente?

La línea descendente que marca el debilitamiento del Estado español posee, como explicación, una segunda derivada: la moción de censura interpuesta por Pedro Sánchez contra el gobierno de Rajoy, como consecuencia de la cual fue nombrado Presidente del Gobierno. Ya lo intentó en el pasado y fracasó. Pero esta vez, gracias al apoyo de los diputados separatistas catalanes, lo ha logrado. Es la primera vez que se produce este hecho en las Cortes. ¡Albricias!

El sistema empleado por Pedro Sánchez para que su ambición se haga realidad es totalmente legítimo pues está previsto por la Ley. Pero, por su contenido, su finalidad y su aplicación posterior, constituye una auténtica chapuza política que, como veremos, conduce a resultados catastróficos para el sistema democrático.

Lo inicial y más grave lo constituye el hecho de que, para lograr su ambición de convertirse en Jefe de Gobierno, hubo de apoyarse en los 17 votos de los separatistas catalanes (PDCat y Esquerra Republicana de Cataluña) y los dos de Bildu. Con ello, el PSOE de Pedro Sánchez traicionaba el pacto con Ciudadanos y el Partido Popular con el que hasta entonces se había combatido el separatismo, para unirse a las fuerzas separatistas y a los sucesores de ETA. Siendo esto grave, pues demuestra la falta de honestidad política de Pedro Sánchez y su falta de fiabilidad, son mucho más graves las consecuencias políticas que acarrea. Pedro Sánchez se puso en manos de los separatistas catalanes y, para poder gobernar, debía aceptar sus exigencias independentistas. Y así lo ha venido haciendo y obligando a todos los funcionarios a seguir por esta vía.

Al poco de asumir la Presidencia, Pedro Sánchez nombró como delegada del Gobierno en Cataluña a Teresa Cunillera, quien se precipitó a declarar que tenía que indultarse a los presos catalanes. ¿Los tribunales son independientes del Gobierno? ¿Para qué sirven si al final es el Gobierno quien decide? El indulto es una figura jurídica que permite la Ley, aunque en casos excepcionales. Pero lo que es insólito es que se anuncie un indulto antes de que se juzgue. Y en este caso ¡qué ridículo se le impone nada menos que al Tribunal Supremo! Otra muestra inequívoca de la supeditación al independentismo catalán es imponer como Presidente del Congreso a la ministra Maritxell Batet, que una y otra vez manifiesta su apoyo decidido a los independentistas.

Pedro Sánchez manifestó públicamente que los políticos presos debían ser juzgados por rebelión. Al poco tiempo cambió de opinión (¡son tantos sus cambios!) y manifestó que debían ser juzgados “sólo” por sedición. Y al poco tiempo destituyó al Jefe de la Abogacía del Estado, que defendía la acusación de rebelión y le sustituyo por una abogada del Estado que se pronunció automáticamente por el delito de sedición.

Ante la petición insistente del Govern, se celebró en Barcelona una reunión de éste con el Gobierno español. Por parte de este último asistieron Pedro Sánchez, la vicepresidente Carmen Calvo y la ministra Maritxell Batet. Por parte del Govern asistieron su Presidente Joaquim Torra, la portavoz Elsa Artadi y el vicepresidente Pere Aragonés. Al final de la reunión los dos “gobiernos” se hicieron una fotografía (sugiriendo con ello que se trataba de los Gobiernos de dos países en pie de igualdad) y firmaron un comunicado conjunto (también con la misma sugerencia) del cual, a petición de Joaquim Torra, se suprimió la palabra “Constitución” como marco necesario en el que encuadrar las ”negociaciones”. Bajada total de pantalones.

La entrega de Pedro Sánchez a los separatistas catalanes le está costando, como era de prever, un alto precio. La dependencia de sus votos para seguir gobernando no sólo está debilitando a España ante el conflicto catalán, sino que está impidiendo la propia acción del gobierno, La negativa de los diputados separatistas a votar los presupuestos generales del Estado si no se les conceden determinadas exigencias ha impedido su aprobación. En consecuencia, el actual gobierno ha tenido que prorrogar los que había aprobado el gobierno de Rajoy, es decir de aquél a quien Pedro Sánchez expulsó del gobierno mediante un voto de censura.

Esta misma situación ha obligado al Gobierno a convocar unas nuevas elecciones, para las que el Gobierno ha llevado a cabo una campaña de publicidad, con una utilización de los medios públicos como no se había visto hasta ahora. El gran hallazgo publicitario de este gobierno es el de presentar las elecciones como una lucha de LA izquierda para defenderse de LAS derechas. Esta simplificación constituye un auténtico engaño en el que está cayendo la totalidad de los medios de comunicación, los que intervienen en debates públicos y la gente normal y corriente en sus conversaciones. ¿No existe acaso un centro-derecha, entre quienes llaman “las tres derechas”? ¿Son acaso de izquierdas Puigdemont, Torra, Sánchez, Cuixart, Elsa Artadi, Unidas Podemas, etc.? Resulta que el mapa político, las decisiones políticas, lo diseña Pedro Sánchez, y sobre él debemos apostar.

El bipartidismo ha desaparecido, pero ha sido sustituido por una cohorte numerosísima de partidos minúsculos sin apenas una ideología clara, compuestos muchas veces por gente apenas identificada, y fomentados exclusivamente en muchas ocasiones por la ambición personal. En esta situación, ante la proximidad de unas nuevas elecciones generales, la lucha electoral se ha reducido a un grotesco intercambio de cromos en el que, al margen de la ideología de cada partido, se cede en un lugar para ganar en otro a fin de arrebatar o conservar cargos con independencia de proyectos y programas. Ha desaparecido la política, concebida como una noble actividad dirigida a mejorar la vida de los ciudadanos. No es esto lo que necesita nuestro país.

Nuestro país no necesita un espectáculo de fuegos artificiales. Necesita un conjunto reducido de partidos sólidamente implantados que sepan captar y representar intereses de las diferentes clases sociales y de los distintos pueblos que conviven (o deben convivir) en nuestro país. Y que, con independencia de la flexibilidad que es siempre necesaria en la vida política, se mantengan firmes en sus principios

No vale la disyuntiva “la izquierda o las derechas”, porque, en el panorama actual, de puro cambalache de cargos, no existe la derecha como tal ni la izquierda como tal.

¿Qué es necesario entonces? Olvidarse de esta subasta disyuntiva de la izquierda o las derechas y concentrar la dedicación y los esfuerzos en defender una España unida y diversa. Y, para ello, defender prioritariamente, con sus necesarias reformas, la Constitución que la garantiza.

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4 comentarios de “Del 15M a la disgregación de España

  1. david ruiz
    29 junio, 2019 at 18:42

    La lectura de este artículo me ha dejado estupefacto.Su autor, promotor y principal mantenedor de Crónica Popular, renuncia a la izquierda y se suma a las derechas españolistas para finiquitar el problema catalán.
    ¿ Para cuando la convocatoria de una reunión del Consejo editorial de Crónica Popular en la que debatir la orientación política del semanario?

  2. ANTONIO GOMEZ
    4 julio, 2019 at 13:39

    Totalmente de acuerdo con el anterior comentario. Existe una visión de embellecimiento de la denominada transición política y claramente se sitúa del lado de la monarquía borbonica. Extravio absoluto . Es reflejo de una izquierda eurocomunista y stalinista que existió en la transición

  3. Koldo
    10 julio, 2019 at 0:16

    Claro Sr. David Ruiz, como resulta que las “derechas españolistas” tienen la mala costumbre de querer mantener la unidad de España, la izquierda ( españolista? ) tiene que poner en cuestión esa unidad, porque, según parece, en eso consiste ser de izquierdas, en propugnar siempre todo lo contrario que prediquen las derechas, no sea que te vayan a confundir. Vamos por la vida pendientes de lo que hace el vecino sin saber a donde queremos ir. La palabra izquierda está ya tan usada, tan desgastada, tan manipulada, tan vaciada de contenido, que se ha convertido en un trampantojo, en un refugio para brivones sin ideología.

  4. Koldo
    10 julio, 2019 at 0:28

    “una izquierda eurocomunista y stalinista” dice D. Antonio Gómez. Pero si son dos conceptos del comunismo totalmente antagónicos. Documentese antes de escribir semejante barbaridad.

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