Salmo para Ana Frank

Arturo del Villar||

Escritor, poeta, periodista y editor. Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio||

En su 90º cumpleaños, 12 de junio de 1929–2019.

No leerás esta carta nunca porque eres sólo un recuerdo,

lo mismo que Kitty nunca leyó las que le escribiste

en el diario que ha llegado a ser tu fe de vida,

pero te la dirijo para preguntarme a mí mismo en silencio

qué es eso que llamamos el destino, nuestro futuro resuelto.

El tuyo tenía grabada una estrella de David, niña judía,

que tú no elegiste ser, ni querías molestar a nadie con tu raza

ni tus esperanzas de traspasar la pared del amor,

todo era muy sencillo, una vida vulgar sin miedo,

pero alguien pensó que representabas una maligna amenaza

para la civilización cristiana occidental,

tú, tan insignificante, una niña entre cuentos,

que eras feliz con un trocito de sol en la ventana.

Coincidiste en tu corta vida con una ideología del infierno,

y aunque te contentabas con la amistad de una muñeca,

te convertiste en un peligro con nombre impronunciable

para una cierta humanidad deshumanizada

que edificaba un dios en el superhombre perfecto,

anunciando una aurora de piedra en donde sacrificarle

a todos los considerados indignos de recibir su mirada.

Diremos que tu destino te hizo nacer en un momento malo,

cuando el poder hacía de un gesto una consigna política,

entre el delirio y el terror entronizados como costumbre,

y los dioses extendidos por todas las religiones

estaban absortos en sus reinos entre nubes, tal vez soñando,

cuando hubiera bastado con un hermano virus,

como diría Francisco de Asís, para evitar que naciese

la bestia destinada a convertir el mundo en una antorcha,

una pequeña hermana gripe para cambiar la historia,

pero a ellos no parecía interesarles esa pesadilla,

aunque es cierto que todos los muertos en la guerra

de cualquier modo hubieran muerto por otras causas,

y su destino en tal caso resultaría muy vulgar.

Millones de personas gritaban un himno a la guerra

y alzaban al cielo un brazo con gesto arrogante,

clamando al dios de las batallas para cambiar el tiempo,

mientras tú, pobre niña judía, provocadora por serlo,

le contabas a Kitty tus miedos clavados en los ojos,

en tanto la música celestial resonaba entre las nubes

y el destino común exigía un sacrificio inconmensurable.

No comprendo a los dioses revelados en todas las religiones,

porque escriben nuestro destino desde su tiempo infinito,

sin permitirnos cambiarlo a nuestro deseo,

aunque resulte inhabitable por lleno de dolores,

o corto y derrotado como el tuyo,

condenado a una muerte temprana cercada por el odio

en el campo de concentración de Bergen—Belsen,

por el delito de ser una niña judía.

No, no comprendo a los dioses, ni comprendo al destino,

y lloro al evocar el trágico tuyo cortado en pedazos,

tú que naciste perdida ya en un laberinto

cercado por una hilera de estrellas amarillas,

sin que te concedieran una oportunidad siquiera,

pobre Ana Frank, niña judía, destinada al holocausto

porque así lo señalaba el discurso oscuro de los dioses.

Tú eras humana, los dioses inmortales,

y el destino su juego preferido para culparnos de sus errores.

Antonio Manilla, en la ribera del tiempo

EL paso del tiempo preocupa tanto a Antonio Manilla que lo ha hecho protagonista de su último poemario, Suavemente ribera, con el que obtuvo el premio Generación del 27, y acaba de ser publicado en Madrid por Visor Libros en su colección de poesía, para la que ya resulta escaso el calificativo de prestigiosa. El título es un verso del poema “Preces”, en el que pide al río que le permita ser “suavemente ribera / mientras el tiempo pasa” (página 13). Ahí está sintetizado el afán del poeta, que en versos preferentemente heptasílabos, narra la aventura cotidiana del vivir “en el río del tiempo” (20), surcando nuestro destino personal entre olas de esperanza.

Es un lugar común decir que todos recorremos el camino de la vida, haciendo pausas en nuestros trabajos. Lo recuerda el poeta: “Sin prisas ni demoras, / vivir es ir hacia la muerte andando” (63). Andando y escribiendo, en el caso del poeta. El tiempo nos empuja, y nos incita a pasarlo de la mejor manera posible en su cortedad. El carpe diem recomendado por Horacio está asumido por Manilla, que desea aprovechar la fugacidad del vivir en el momento, según se dice a sí mismo: “Lo que pretendas ser, procura serlo pronto”, y, de forma paralela, “Lo que tengas que hacer, procura hacerlo ya” (59), un ideario plasmado en una antología con un pasado esplendoroso en la

poesía renacentista, sobre todo, inspirador de excelentes poemas centrados en el disfrute del instante porque es lo único cierto.

Si se deja pasar el momento sin apurarlo al máximo, bien puede afirmarse que se ha perdido el tiempo inútilmente. El pasado es irrecuperable y el futuro un enigma, de modo que vivir al día es el precepto: “Ama, combate, bebe o triunfa ahora” (59), insiste el poeta, porque el mañana es una trampa tendida por el tiempo para tentarnos con la posibilidad de no hacer nada, pasar sin dejar ninguna huella perdurable en medio del camino.

Poesía contra la muerte

La imagen de la muerte como final cierto de la existencia azuza a Manilla para pretender recrearse en el momento presente. Es la única verdad que le inspira, gozar de ese instante antes de que desaparezca para siempre, ya que es irrepetible, su esencia consiste en pasar para convertirse en recuerdo, algo que el poeta quisiera perpetuar a su manera:

No hay posesión que valga

lo que vale un instante

de una vida vivida en plenitud” (66).

Pero vivir en plenitud requiere precisamente acaparar todas las posibilidades de cada momento, el único tesoro que de verdad nos importa, puesto que somos viajeros en el tiempo. Eso es lo que induce a Manilla a considerar que mientras existimos somos “refugiados políticos del tiempo” (44), una declaración digna de Quevedo, el gran explorador del tiempo en el suyo, al que tan magníficamente asedió en sus sonetos.

Como él, salvadas todas las distancias temporales precisamente, Manilla quiere superar la monotonía del vivir mediante la escritura. Todos los días nos parecen iguales, ya que hacemos los mismos esfuerzos para continuarnos. Lo resume perfectamente en un verso de este libro: “no existe novedad; la vida se repite” (31), como se repiten las estaciones en la naturaleza, porque así lo marca desde siempre el tiempo, y esta convicción es tan vieja como la humanidad, puesto que la señaló el autor del Eclesiastés muchos siglos atrás: “No se hace nada nuevo bajo el Sol” (1:9).

La poesía también repite conceptos antiguos con las palabras usuales en una comunidad. Es necesario afianzar la confianza en que este pasar por el tiempo de nuestra corta, porque siempre nos va a parecer corta, vida es nuestra biografía: “Este pasar y estar al mismo tiempo” (33) nos convence sobre la necesidad de fijar el paso de alguna manera que imponga una motivación para estar. Vivir exige un quehacer para que resulte soportable. No podemos dilapidar esos momentos que nos corresponden, es preciso apurar el carpe diem mientras se pueda.

Motivación de la escritura

En el caso del poeta se realiza mediante la escritura. Por eso resultaba inevitable que Manilla se plantease la razón de su trabajo lírico, el por qué ocupa ese tiempo tan rápido en su pasar escribiendo versos, en lugar de hacer otra cosa que pudiera parecer más útil, dialogando consigo mismo:

No sabrías decir

más allá de unos tópicos:

el tiempo y la memoria,

la muerte vagabunda,

los disfraces del mundo…

Ignoras la razón de tu quehacer

pero no tienes duda

sobre qué sea cuanto escribes

–más allá del valor—

y en lo que te convierte” (76).

Apunta cuáles son los tópicos de su poética, “el tiempo y la memoria, / la muerte vagabunda”, como ya lo había advertido el lector de su poemario. Son los tópicos porque le inquietan, y la escritura vuelve sobre ellos reiteradamente de manera forzosa. Escribe sobre lo que le preocupa para analizarlo y procurar encauzarlo como objeto de su vivir. La obsesión del tiempo atenaza los restantes pensamientos, es su manera de estar en el mundo.

Por qué actúa así la parece un misterio, confiesa ignorar la motivación de su acto repetitivo, aunque no le importa, porque el resultado de su trabajo es un poema, y eso lo justifica, le convierte en poeta. Otros dirán cuál es el valor de su escritura, asunto que no le parece oportuno abordar él, pero acertar a unir unos tópicos vulgares y repetidos de manera que resulten un poema original es suficiente motivación de su tarea.

Vivir en el recuerdo

Sabe que si consigue realizar una obra digna del recuerdo permanecerá en la memoria de sus lectores. También lo anunció Horacio al afirmar que con sus odas exegi monumentum aere perennius, porque han superado el desgaste de los siglos mejor que muchos bronces fundidos, y continuamos leyéndolas todavía con emoción. Lo que escribe Manilla está lanzado contra el tiempo destructor, y tal vez se convierta en un monumento memorable. Por de pronto, su escritura consigue la complicidad de los lectores, como lo demuestra que el jurado la premiara en un concurso entre otras varias. Es la máxima eternización a la que pueda aspirar un ser humano:

[…] que nadie muere nunca

mientras alguien le guarda

un asiento en su mesa,

un lugar en su casa,

un latido en su cuerpo” (55).

El latido propulsado por la lectura de un poema, por ejemplo. Tampoco esta idea es original de Manilla, sino que cuenta con una pasado muy ilustre, porque el tema que le inquieta es quizá el más recurrido por los poetas que consideran el oficio de escribir una manera de superar los olvidos del tiempo. El recuerdo en una mente garantiza la persistencia de una vida no derrochada en vano. En el planteamiento propuesto por el poeta para enfrentarse al paso del tiempo la obra tiene valor de protagonista. Sabe en qué lo convierte, si alcanza el valor requerido. Todo se halla perfectamente estructurado en esta poética bien dirigida.

Construir un monumento para perpetuar el recuerdo de una vida es una aspiración factible. Puede ser una pirámide como las ordenadas levantar por los faraones, o un poema que se transmite de generación en generación. Esa continuidad sobre el tiempo solamente es posible con algo original y grandioso por sus características novedosas. Es el monumento del recuerdo. Seguirá manteniéndolo porque la historia no se para por la muerte de una persona, por muy importante que haya resultado su vida para su época. Vendrán otras épocas con otras gentes. La obra humana bien realizada supera al autor, y se identifica con las cosas.

La historia no se para

En las reflexiones temporales de Manilla se encuentra la convicción de que a su muerte la historia seguirá su desarrollo. El mundo evoluciona sin constatar la renovación de sus habitantes. Así ha sucedido siempre, y el poeta medita sobre la distinta realidad de las cosas y las vidas:

Un día ese frutal,

cuando no estés ya tú, continuará

aligerando con su aroma el mundo,

enfrentando a la grave noche el leve

imperio de hermosura

de cuanto existe opuesto contra el tiempo” (46).

La naturaleza se renueva, mientras el cuerpo humano se agota y se transforma en polvo. En este aspecto una cosa es más firme que un ser humano. Por ello hay que disfrutar el momento, y a la vez procurar que alcance unos caracteres que lo fijen “contra el tiempo”. Merece la pena, en consecuencia, esforzarse en edificar ese monumento aere perennius que eternizará la memoria del autor. Porque lo único cierto es que el mundo está bien sostenido y no se detiene en su viaje espacial. Únicamente la vida humana es caduca. El frutal observado continuará renovándose cuando el observador sea un recuerdo en alguna memoria amiga. Al planeta no le afecta que las generaciones humanas se sucedan, porque su papel consiste en seguir incluso si la vida desaparece, hasta su propio fin:

Al margen del amor y de los sueños,

se recompone el orbe cada noche:

recupera su forma cuanto fue uno

hasta el día anterior

y alborotó en fragmentos el crepúsculo

–su alta hilatura de vencejos

lanzados al albur como unos dados” (86).

Hemos llegado hasta aquí precisamente gracias a la evolución, a esa predisposición a renovarse de todo el orbe con todo su contenido. El día sigue a la noche incesantemente, y la naturaleza efectúa sus funciones al margen de las actividades humanas. Como lo expuso Lavoisier, todo se transforma en la naturaleza, pero la transformación humana es definitiva, no se renueva (aunque algunas creencias admiten la reencarnación, pero es otra cosa).

La verdadera patria común

Con Suavemente ribera ha llevado a cabo Antonio Manilla una meditación muy honda y muy lírica sobre un tema esencial para los seres humanos: comprobar cómo nos afecta el paso del tiempo. El poemario sostiene una gran unidad temática, resumida en el tiempo, dentro de la variedad de presentaciones complementarias para componer el gran tema. Está anunciado en los dos primeros versos que el lector encuentra al abrir el volumen: “El motivo inmutable / es la muerte” (9), y por ello es el motivo de la creación poética.

Así se mantiene hasta los dos últimos versos, resumen exacto de cuanto hemos ido leyendo: “Voy a un país sin límites: / la patria sin fronteras de la muerte” (95). Un libro, pues, que podríamos calificar de redondo, porque empieza como termina, con la imagen de la muerte en inspiración continuada. Sí, todos tenemos una paria común que nos iguala: somos ciudadanos de la muerte, con el mismo cargo biológico.

Es un libro, por todo lo comprobado, en la tradición filosófica de la mejor poesía castellana, una sucesión que puede seguirse desde Jorge Manrique a Antonio Machado, pasando muy profundamente por el gran Francisco de Quevedo. En esa línea maestra se halla Antonio Manilla, que ha logrado una obra sobre el tiempo que va a superar el suyo. Ha abordado el tema esencial sin cansancio, con matices renovados por él a partir de esos ilustres predecesores, inquietos al observar los estragos causados por el paso del tiempo, para contarlo cada uno a su manera.

No hace falta explicar que Manilla utiliza sagazmente un lenguaje propio, como era obligado para componer un libro original, a su peculiar manera, sin que se aprecie ninguna influencia estilística en su verso. En la línea dibujada, con los muchos líricos insertados en ella que no hace falta recordar, el asunto medular se desarrolla apropiadamente en cada caso conforme a la presión con que lo analiza cada escritor. El tiempo afianzará el valor comunicativo de Suavemente ribera, que por derecho propio forma parte de esa meditación tradicional castellana sobre la muerte, y nos anima a recrear el carpe diem clásico mientras sea posible. Y una buena manera la proporciona la lectura de este poemario.

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