La República pudo salvarse

Arturo del Villar ||

Escritor, poeta, periodista y editor. Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio ||

El 7 de julio de 1934 tres renombrados políticos republicanos, Manuel Azaña, Diego Martínez Barrio y Felipe Sánchez Román, firmaron una nota conjunta para hacerla llegar a los medios de comunicación de masas. Pretendían llamar la atención sobre el grave riesgo en que, a su juicio, se encontraba la República, y proponían unas soluciones inmediatas para corregir ese rumbo errado. En dos ocasiones habían hecho llegar inútilmente al presidente Niceto Alcalá—Zamora sus temores, sin ser atendidos. Por eso redactaron la nota informativa y la remitieron a los medios.

Manuel Azaña en 1934.

El 28 de abril de 1934, formó Gobierno Ricardo Samper, del Partido Republicano Radical liderado por Alejandro Lerroux, a quien precisamente sucedió en la Presidencia. Casi todos los ministros pertenecían al mismo partido, muy desprestigiado por los chanchullos económicos con los que se lucraban. La República Española se encontraba entonces hundida en el conocido como bienio negro, sometida a gobiernos derechistas ocupados en deshacer todo lo aprobado anteriormente por la conjunción republicano-socialista que gobernó hasta el 8 de setiembre de 1933. Las elecciones generales celebradas el 19 de noviembre de ese año dieron la victoria a la derecha anticonstitucional, por negarse los socialistas a repetir la conjunción con los republicanos, que había traído a República el 12 de abril de 1931, y que permitió poner en marcha una política progresista para sacar al país de su atraso secular durante la fatídica monarquía borbónica.

Una llamada de atención

Los tres políticos republicanos poseían una hoja de servicios sin mancha. Aunque Azaña era el enemigo número uno de las derechas, nunca pudieron acusarle de hacer nada negativo en el período en que presidió el Gobierno. También Martínez Barrio y Sánchez Román gozaban de la estima pública, porque se hallaban entregados a la tarea de poner al país a la hora de Europa. Inquietos por la deriva de la República, el 2 de junio de 1934 encargaron a Miguel Maura, correligionario del presidente, que lo visitase para exponerle su preocupación, que él también compartía. Sin embargo, Alcalá—Zamora aseguró al mensajero que no estaba de acuerdo con sus opiniones.

Decidieron hacer un segundo intento, y esta vez se designó como enviado a Diego Martínez Barrio, persona muy respetada, fundador del Partido Radical Demócrata, que había presidido el Gobierno durante dos meses en 1933. Llevaba la exposición de las propuestas planteadas por los tres republicanos resumidas en tres puntos, sobre los que consideraban necesario tomar alguna medida urgente, cuando todavía se estaba a tiempo:

  • Primero: la situación de positivo peligro en que la República se encuentra por motivos que afectan incluso a su propia seguridad.
  • Segundo: la necesidad de afrontar esa situación, tratando de remediarla, mediante un cambio profundo de la política antirrepublicana que en la actualidad se sigue; insistiendo, en consecuencia, sobre la necesidad de sustituir los instrumentos políticos actuales, esto es, el Gobierno y el Parlamento; en una palabra, crisis ministerial, con disolución de Cortes y formación de un gobierno nacional republicano que hiciera, en su momento oportuno, la convocatoria de nuevas Cortes; y
  • Tercero: que de no suceder así, los republicanos se encontrarían fuera de toda solidaridad con la política practicada actualmente en la República.

El 7 de junio, Martínez Barrio visitó al presidente, y mantuvieron una entrevista que duró una hora y media. Le expuso la opinión unánime de los tres sobre los peligros que acechaban a la República, entre otros la situación en Catalunya, ya que, en su opinión, compartida el Gobierno derechista, había dado un tratamiento funesto al problema por acciones y omisiones. Se mostró contrario el presidente a disolver las Cortes, prerrogativa constitucional que le correspondía a él, porque creía que debían apurar el mandato total para el que habían sido elegidas. Pero el carácter de esas Cortes debía dar lugar a gobiernos como el existente, dada su orientación a la derecha, de modo que con ellas nada positivo se podía esperar.

Una posibilidad fallida

De acuerdo con el tercer punto, Martínez Barrio expresó que si se cerraba a los republicanos el paso a toda esperanza, se sentirían fuera de toda solidaridad con esa manera de dirigir la República, comentario que ofendió la siempre alerta suspicacia del presidente, obsesionado con encontrar en cualquier acto una conspiración contra él. Interpretó esa manifestación como un ultimátum de los republicanos contra su alta magistratura, y de carácter violento. Las explicaciones de Martínez Barrio no bastaron para rechazar esa arbitraria interpretación de unos políticos inquietos por el devenir de la República, que deseaban encauzarlo oportunamente.  

Al final, Alcalá- Zamora reconoció que la situación tal como se le había planteado correspondía a la realidad, y prometió que estudiaría la propuesta y en breve la respondería. Pero esa entrevista se celebró el 7 de junio de 1934, y pasado un mes, plazo más que breve, no había habido contestación. Por ese motivo, el 7 de julio los tres políticos republicanos redactaron y firmaron esa nota, para facilitársela a los medios de comunicación.  

Podemos legítimamente preguntarnos si Alcalá-Zamora tuvo en sus manos la posibilidad de cambiar la historia de España, en el caso de haber atendido la propuesta de Azaña, Martínez Barrio y Sánchez Román. La disolución de las Cortes y las nuevas elecciones generales probablemente hubieran modificado la constitución del Congreso, una vez comprobada la inconsecuencia de la derecha para gobernar dignamente la República. Una comparación entre los acuerdos progresistas adoptados por los gobiernos republicanos, desde el provisional del 14 de abril de 1931 hasta el dimitido el 8 de setiembre de 1933, y las decisiones conservadoras aprobadas desde entonces por los derechistas, daba un resultado apabullante contra Lerroux y los suyos.  

Pero Alcalá-Zamora no quiso tomar una decisión, tal vez por su propensión a ver ataques a su persona en cualquier acuerdo adoptado por un grupo republicano. Estaba tranquilo con Lerroux y su gente en la gobernación de la República, aunque fuese nefasta, precisamente porque, debido a su incapacidad política y su entrega a los negocios fraudulentos, le eran sumisos. En cambio, con Azaña al frente del Gobierno había tenido discusiones y se sentía inseguro. La historia no admite rectificaciones, pero es lícito pensar qué hubiera pasado de aceptar los tres puntos regeneradores de la situación.   

Fue un grandísimo error elegir presidente a un hombre de carácter inestable, y después se escogió un momento inadecuado para reprobarlo. Todo conspiraba contra el nuevo sistema político preferido por los españoles, pero la mayor oposición se hallaba dentro. Hace 85 años se perdió la oportunidad de regenerarlo.

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