Salvador López Arnal
Profesor-tutor de Matemáticas en la UNED y enseñante de informática en el IES Puig Castellar
Doctor en Literatura Española por la Universidad Autónoma de Madrid, documentado editor de La mina, de Armando López Salinas y La consagración de la primavera, de Alejo Carpentier, responsable de la sección de Estética y Literatura de la Fundación de Investigaciones Marxistas (FIM), colaborador de La Marea, Mundo Obrero, El telégrafo y El Confidencial, autor de numerosos estudios y artículos de crítica literaria, autor del ensayo La novela de la no-ideología, David Becerra Mayor ha publicado recientemente en la editorial Clave Intelectual La guerra civil como moda literaria. En su última obra se centra nuestra conversación. http://www.cronicapopular.es/2015/03/david-becerra-la-memoria-como-arma-politica-para-hacer-anicos-el-presente-i/
Continuamos si te parece. Creo que habéis presentado el libro en Madrid. No estuviste mal acompañado, Julio Rodríguez Puértolas, Ángel Basanta, Noelia Adánez y Lourdes Lucía. ¿Qué tal fue?
Fue muy bien, gracias. La verdad es que sí, estuve y me sentí muy bien acompañado. Todo un privilegio poder conversar con Julio, Ángel, Noelia y Lourdes sobre el libro. Y también con el público que acudió al acto. Nos recibieron muy bien.
La presentación fue el 3 de marzo, 39 años después de los asesinatos de Vitoria. ¿Casualidad o fecha buscada? ¿Una forma de enlazar pasado y presente?
Fue casualidad. Fue la fecha que nos propuso la librería, La Central de Callao, y nosotros la aceptamos. Otro episodio histórico, otro más, sobre el que valdría la pena detenerse seriamente…
De acuerdo, tienes mucha razón. Una novela que estoy leyendo toma lo que pasó como eje central y enlaza con nuestro presente. Estábamos en el capítulo II del libro: “La vuelta al pasado: un fenómeno posmoderno”. Cuando hablas de posmodernismo, ¿a qué te refieres? ¿Qué es el posmodernismo para ti? Tú mismo citas a Harvey cuando afirma que nadie se pone de acuerdo con la definición de este término.
Es la primera advertencia que se hace en el libro. Hablar de posmodernidad es, desde el comienzo mismo, complicado. A pesar de ser un concepto que se difundió rápidamente, y que incluso ha pasado a formar parte de la lengua cotidiana, no está muy claro de qué hablamos cuando hablamos de posmodernidad. Por eso, antes de asumir el riesgo de hablar de posmodernidad, tuve la precaución de fijar el sentido que se le iba a dar a lo largo de las páginas del libro al término «posmodernidad». Y, en el ensayo, partimos de la definición que le dio Fredric Jameson, esto es, como la lógica cultural del capitalismo avanzado.
¿Y qué lógica cultural singular es esa? ¿Capitalismo avanzado? ¿Por qué avanzado?
Jameson se enfrenta a las teorías que sobre la posmodernidad circulaban a principios de los ochenta, que reducían el concepto a una modalidad estética, afirmando que la posmodernidad no era sino la cara más estrambótica de la modernidad. Jameson acierta en señalar que la posmodernidad no supone un cambio estético sin más, sino que es un cambio radical en la forma de concebir el mundo y de concebirnos en el mundo; una concepción que deriva directamente de la nueva fase en la que ha entrado el capitalismo. Ernest Mandel denominó esta nueva etapa capitalista como capitalismo tardío; y en Jameson lo encontramos referido como capitalismo avanzado. ¿Por qué avanzado?, me preguntas. Por la traducción. En realidad, Jameson hablaba–y así aparecía en su conferencia- de «late capitalism», que se ha traducido como «capitalismo avanzado», pero se podría haber traducido –quizá más exitosamente- como «capitalismo tardío», que es como en inglés se tradujo el ensayo de Mandel: Late capitalism (en castellano: Capitalismo tardío). Sea como fuere, y más allá del «traduttore, traditore», y yendo a la singularidad sobre la que preguntabas, el capitalismo –digámoslo así- avanzado se caracteriza por el hecho de que, a medida que va eliminando sus antinomias, se va totalizando, se va convirtiendo en sistema-mundo; a medida que esto ocurre, digo, se va constituyendo asimismo la idea de que se trata del mejor de los mundos posibles, de que no hay una alternativa mejor. El capitalismo se vuelve más hegemónico que nunca. El capitalismo alcanza el conjunto del planeta, llega donde nunca antes había llegado, y como dice Jameson –como así se lo atribuye Anderson- se satura cada poro del mundo por el suero del capital.
Pero, ¿no hay aquí una cierta contradicción? ¡Pues vaya saturación es esa! Bolivia, Ecuador, el zapatismo que sigue tan vivo como hace 20 años, Venezuela plantando cara, victoria popular en Grecia,… ¿No hay resistencias insumisas e invisibles que diría Luis Martín Cabrera?
Claro, las cosas están cambiando. Piensa que cuando se formula la teoría de la posmodernidad, la URSS está en vías de descomposición. Y, una vez caído el muro en 1989 y en 1991 cae la URSS definitivamente, el capitalismo ya se ha extendido a lo largo y ancho del planeta. Y satura todos sus poros. Ahora bien, que se hayan aniquilado las viejas antinomias, que se hayan deshecho de sus antiguos enemigos, no significa que no vayan a salir de nuevos. En 1989, cuando el neoliberalismo está descorchando botellas celebrando y proclamando el «Fin de la Historia», en Caracas la Historia seguía su curso; en Venezuela se estaba plantando la primera semilla de lo que después fue el proceso revolucionario bolivariano y el socialismo del siglo XXI. El neoliberalismo es hegemónico, sí, pero eso no significa que su política de ajustes y su condena a la pobreza y la exclusión social a buena parte de la población mundial no vaya a tener consecuencias políticas, respuestas articuladas en torno a la transformación y la emancipación social. Claro que hay resistencias insumisas e invisibles –por seguir con la terminología de Luis Martín Cabrera-, y en algún momento esas luchas tendrán que tensar y hacer estallar las contradicciones del capitalismo.
Hablas también de las tesis de Fukuyama sobre el fin de la Historia. Pero, ¿alguien se cree a estas alturas de la historia reciente que lo único que nos queda, que lo único a lo que podemos aspirar es al capitalismo liberal?
Parece mentira, pero sí, nuestros novelistas se lo creen. Y acaso también el grueso de la sociedad que todavía se resiste al cambio, que tiene miedo al cambio. Lo que el thatcherismo denominó TINA (There is no alternative) es lo que cohesiona la sociedad; el pensar que vivimos en el mejor de los mundos posibles, que no hay una alternativa mejor porque, dentro de lo que cabe, no estamos tan mal. La resignación. Nos han convertido en ciudadanos resignados, sin esperanza, sin horizonte, apáticos en lo político. Este discurso inmovilizador está muy presente en estas novelas, que no se plantean ni una sola crítica –creo que ya hablamos de ello en nuestra conversación anterior- al presente que habitan, un presente apacible, «aburrido y democrático». Pero, quién sabe, quizá estamos ya cambiando y poco a poco vamos a dejar de asumir que no hay alternativa. Quizá la literatura también lo asuma y narrativice nuestro presente y nuestro pasado de otra manera.
Pero no generalizas en exceso… Nuestros novelistas, dices, se lo creen. Alberto Méndez, por ejemplo, te lo puedo asegurar, no se lo creía en absoluto.
Hay excepciones, claro. No muchas, pero las hay, y la de Alberto Méndez que mencionas es una de ellas. Pero te garantizo que en el libro no generalizo en absoluto, no establezco teorías generales; todas las conclusiones a las que se llegan están respaldadas en un análisis muy apegado al texto. Como te comenté en la entrevista anterior, hay mucho de comentario de texto en este libro.
Pero eso está muy bien. Citando a Navajas, comentas que con Tiempo de silencio de Martín Santos se inicia el arranque de la estética posmoderna española. ¿Y eso es bueno o es malo? En El cura y los mandarines, como sabes, Gregorio Morán habla maravillas de la novela.
Creo que Navajas se equivoca cuando señala que con Tiempo de silencio se inicia la posmodernidad. Navajas, en mi opinión, aplica ex ante el concepto posmodernidad. Y lo argumento de la siguiente manera: si la posmodernidad es la lógica cultural del capitalismo avanzado, ¿cómo va a ser posmoderna una novela producida en un capitalismo periférico, subdesarrollado, como era el español de la década de los sesenta? Creo que no se utiliza correctamente, cuando se define Tiempo de silencio como novela posmoderna, el término «posmodernidad». Luego, te diré que coincido con Gregorio Morán en que Tiempo de silencio es una excelente novela, aunque lamentablemente la crítica literaria hace un uso interesado de ella: se valoran sus recursos estéticos, su experimentación, su inteligencia, las reflexiones profundas de sus personajes, etc., solamente pare negar el valor –y expulsar del canon literario- a los novelistas que la precedieron, esto es, los novelistas sociales, los que escribían realismo social o socialista, como Armando López Salinas, López, Jesús López Pacheco, Antonio Ferres, etc. Y eso también hay que decirlo.
¿Y por qué crees que no se dice? ¿Por desconocimiento, por sectarismo, porque piensan que el realismo social está pasado moda, porque son novelas demasiado políticas, escritas además por novelistas socialistas o comunistas…?
Porque molesta, porque el realismo social(ista) ensucia el relato de la Transición. El mito o relato de la Transición cuenta que la democracia en España se la debemos a grandes hombres que, con grandes gestos, de un día para otro decidieron sacar a este país de la dictadura y traerle, como un regalo, la democracia. Nos cuentan que le debemos al rey y a Suárez la democracia, que fue un mérito exclusivamente suyo. Los novelistas socialistas, en cambio, nos recuerdan quienes son los que lucharon, nos recuerdan que para que este país pueda vivir en democracia tuvieron que acumularse luchas y muertos, que la democracia no es una concesión de los poderosos, sino el resultado de muchos años de luchas. La democracia germina en esas luchas, en esas luchas que tienen lugar, por ejemplo, en los años cincuenta y sesenta que el realismo social o socialista retrata.
Tomando pie también en él, en Navajas, hablas de los narradores neomodernos. Elogias su línea de demarcación con los narradores de la fase anterior. ¿Cuál sería el aire de familia de los primeros?
He de decirte que no comparto esta clasificación que hace Navajas entre posmodernos y neomodernos. Entre los primeros cita a autores como Luis Martín-Santos o Juan Goytisolo, mientras que en el segundo bloque introduce a los autores que yo analizo en el ensayo. Creo que está bien diferenciar entre Martín-Santos y Muñoz Molina, evidentemente hay una diferencia sustancial; lo que no comparto son las etiquetas que Navajas propone. Creo que lo sencillo es llamar a las cosas con su nombre y no poner en circulación más terminología que nada aporta, como puede ser la de neomoderno. Luis Martín-Santos no es un posmoderno porque no existía la posmodernidad.
En todo caso, tú sitúas en 1989 la marca del inicio de la posmodernidad. ¿Por la caída del muro de Berlín? ¿Por qué entonces?
Por lo que te refería anteriormente: sólo podemos hablar, en sentido estricto, de la posmodernidad cuando el capitalismo ofrece su rostro más totalizador. Y eso sólo puede ocurrir cuando se deshace de sus contrarios. La caída del muro de Berlín es el primer síntoma que anuncia que el capitalismo se está totalizando.
Haces referencia a Mijail Bajtin. ¿Qué opinión te merece su obra?
Es un teórico de la literatura fundamental para entender en qué condiciones históricas «nace» la novela; o mejor dicho, se produce la novela; cómo se define históricamente la novela, por qué surge de pronto ese género nuevo que no se corresponde con los géneros clásicos –épica, lírica y dramático–, con el surgimiento de qué clase social se acompaña su aparición. Pero también en fundamental para estudiar Dostoievski o Rabelais. Sin duda, un autor de cabecera.
Pero no muy conocido en España incluso en estos momentos…
Puede que tengas razón, aunque yo no he tenido esa percepción. De Bajtin se habla mucho en mi Facultad (Filosofía y Letras de la UAM), es una referencia constante en las clases. Iris M. Zavala, una de las autoras de Historia social de la literatura española, coordinada por Julio Rodríguez Puértolas y también firmada por Carlos Blanco Aguinaga, ha trabajado mucho sobre Bajtin en las dos últimas décadas y ha realizado una labor encomiable para su relectura y recuperación. Pero es muy posible que mi percepción sea errónea y, en verdad, no sea muy conocido en España en estos momentos.
Refiriéndote a una nota de Grandes sobre su Inés y la alegría, comentas que ha interiorizado y asumido el carácter aconflictivo de nuestro presente. Pero eso parece raro o imposible. Grandes no cesa de intervenir en nuestros conflictos. Escribe sobre ellos, da su opinión, se ha comprometido políticamente con fuerzas que no aspiran simplemente a continuar el sistema, etc.
A veces la vida y la literatura recorren caminos divergentes. Aunque lo peor que se le puede decir a un escritor es que su «voz» en realidad no es «su voz», sino que a través de ella habla la ideología que le imposta «su voz», lo cierto es que a veces –y esto ya lo teorizaron Macherey y Balibar- el proyecto literario de un autor dista mucho de parecerse a su resultado ideológico. Precisamente, porque no es el autor quien habla, sino su inconsciente ideológico, que diría Juan Carlos Rodríguez. También decían Balibar y Macherey que un autor no inventa ideologías, sino que se las encuentra, y que su texto funciona como un operador privilegiado de la reproducción y la legitimación ideológica. El autor no lo explica todo, es sólo una mediación más en el proceso de producción literaria. Por eso, un autor o una autora, como puede ser Almudena Grandes, puede reconocer los conflictos y tener un actitud crítica ante ellos –en sus intervenciones en la radio, en sus columnas en prensa- pero, cuando esto se transforma en literatura, puede ocurrir que el propio texto termine desbordando al autor y lo que era el proyecto inicial tenga un resultado ideológico muy distinto. En el caso de Inés y la alegría, su proyecto es encomiable, muy loable, pues persigue el objetivo de contarnos una historia que no sabemos, que ha estado sumida en el silencio, la llamada «Operación Reconquista», la frustrada invasión de Arán por parte del ejército de la UNE (Unión Nacional Española) que tuvo lugar en octubre de 1944. Pero, ¿cuál es su resultado? El texto reproduce, como has comentado en la pregunta, la idea de que nuestro presente es aconflictivo. ¿Por qué? Porque nos dice que se «permite el lujo» de contarnos esa historia del pasado porque vivimos en un presente «aburrido y democrático». ¿De verdad vivimos un presente aburrido y democrático? ¿Acudir al pasado es un lujo? De esta afirmación se extraen dos conclusiones que son cruciales, porque definen su novela: que se acude al pasado no por la urgencia y la necesidad de rescatar una historia del pasado (que era su proyecto), sino como un lujo, como algo accesorio y secundario; y segundo, que la vuelta al pasado no persigue cuestionar nuestro presente, porque este no necesita ser cambiado, ya que estamos tan bien en él, en esta aburrida y democrática España, que no es necesario luchar para su transformación. Si la memoria no sirve para cambiar el presente, ¿para qué recordamos? Esa pregunta habría que hacérsela a Inés y la alegría, y a muchas otras novelas que sobre la Guerra Civil se escriben en la actualidad.
Pero, si me permites insistir… En defensa de la obra literaria de Grandes se podría decir que eso que citas es un mero apunte, que es un paso poco meditado, un descuido, que de acuerdo, que cometió un error ahí, pero que su novela está lejos de ser coherente con eso mismo que ella enunció…
Puede que sea un descuido, pero acaso en los descuidos –en aquellos planteamientos que carecen de reflexión- es donde más transparente se muestra el inconsciente ideológico. Pero, insisto, en cualquier caso no me interesa tanto Almudena Grandes como la voz que habla a través de Almudena Grandes. La voz de su inconsciente ideológico que habla a través de su literatura. Eso es lo que a mí me interesa estudiar. Sin embargo, permíteme, Salvador, que discrepe con esto último que señalas, que ese descuido no es coherente con lo que narra la propia novela. En mi opinión –en realidad, no es opinión, sino resultado de un análisis-, Inés y la alegría, con su final feliz, nos está hablando precisamente que vivimos en una España democrática y aburrida. La fotografía final de los personajes en la puerta de un cine, que regresan, ya en democracia, del exilio y se encuentran un Madrid moderno y muy iluminado, ciertamente está reforzando esa idea. Porque el final feliz es también una construcción ideológica.
Sin duda, sin duda, y gracias por el comentario crítico. En un número importante de las novelas que integran “nuestro corpus”, afirmas, pasado y presente conviven por medio del recurso literario de la analepsis narrativa. El mecanismo, afirmas, deja al descubierto la ideología y la complicidad con la que nos relacionamos con nuestro pasado. ¿Y eso cómo funciona? ¿No es un recurso admisible en ningún caso?
El recurso, por sí mismo, no es perverso. Creo que podría usarse la analepsis narrativa perfectamente sin establecer una relación de complicidad con el pasado. Pero estas novelas siempre –o casi siempre: matizo, que si no me dices que generalizo- se sirven de este recurso para desactivar el presente y el pasado. Se sale del presente para conocer el pasado, pero ese conocimiento del pasado nunca sirve para llenar de sentido el presente, para transformar el presente. El viaje al pasado es estéril. No visibiliza la relación que hay entre el pasado vencedor y el presente que es heredero de ese pasado. No se visibiliza la continuidad entre pasado y presente; si no se establece esa continuidad, es muy difícil tratar de establecer una ruptura, de romper esa relación de continuidad, si las novelas nos muestran que pasado y presente no tienen nada que ver, que son dos mundos distintos, discontinuos y desconectados.
La aproximación novelística al pasado debe servir para que ese pasado deje de intervenir en el presente. ¿Esa sería la característica común de la “ideología” que subyace a las novelas analizadas? ¿Ese es uno de los puntos fuertes de tu crítica?
Sí, esa es la función ideológica que cumplen estas novelas. Nos hacen creen, como estaba diciendo, que ese pasado no forma parte de nuestro presente. La memoria, en un sentido políticamente fuerte, tiene que ser un instrumento de oposición al presente; si se borra la línea continua que pone en relación el pasado vencedor y su presente heredero, difícilmente habrá ruptura. No podemos romper algo que no vemos. Y la función de la literatura debería ser visiblizar esa línea, no borrarla, mostrar la continuidad, descubrir que los que ayer vencieron siguen venciendo hoy, porque siguen ocupando una posición de clase dominante.
Sorprendentemente citas a Lukács, al olvidado Lukács. ¿Tienes interés en su obra estética?
Sí, pero no lo digamos muy alto, que nos van a tachar de «marxistas vulgares». Creo que, como todo, hay que saber leerlo en su contexto histórico. Para el estudio del realismo, Lukács es un autor que puede resultar muy útil, aportó muchas cosas; aunque quizá no tanto para el estudio de las llamadas vanguardias históricas. Es un buen instrumento teórico que hay que saber utilizar, sin prejuicios; si nos acercamos seriamente a su obra, descubriremos que en absoluto se corresponde con la caricatura que sobre él se ha realizado.
Lo de marxistas vulgares, depende de quien lo diga, puede ser incluso un elogio. ¿No te parece?
Sí, hay insultos que pueden ser elogios, ciertamente. Antes hablaba de la Historia social de la literatura española de Julio Rodríguez Puértolas, Carlos Blanco Aguinaga e Iris M. Zavala. Cuando se publicó, El País la reseñó en dos artículos y la calificó de «inquisidora» y «estalinista». Un artículo lo firmaba Rafael Conte y el otro Federico Jiménez Losantos, ni más ni menos. Supongo que una calificación de este tipo, que provenía de donde provenía, debió suponer todo un honor para los autores.
Me da que sí. Te cito: “El capitalismo avanzado, después del café descafeinado, la cerveza sin alcohol y el helado sin grasa, que diría Zizek, nos presenta la novela histórica sin Historia”. ¿Te interesa la obra de Zizek? ¿No es él a veces, no digo siempre, un intelectual muy posmoderno, muy asumible por el sistema a pesar de su (aparente) radical heterodoxia?
Y ahora acaba de sacar un libro de chistes… Sí, y ya que hablábamos de caricaturas, con Zizek da la sensación de que antes de que alguien diseñe su caricatura, él mismo se ha encargado de hacerlo. Sin embargo, creo que, a pesar de sus contradicciones, es un autor que pone sobre la mesa reflexiones muy pertinentes sobre la posmodernidad, situándose incluso el mismo dentro -¿acaso alguien puede escapar de ella?- de la posmodernidad. Para entender a Zizek, a ese intelectual posmoderno de pose radical, resulta muy interesante leer el ensayo que le dedicó Antonio J. Antón, Zizek. Una introducción, un libro escrito desde la admiración al autor retratado, pero también desde el rigor. A través de ese libro, he extraído una visión de que Zizek, a pesar de todo, sí es un autor radical.
Pasamos a la segunda parte del libro si te parece. Antes de ello… En el mientras tanto electrónico de mes de marzo Juan-Ramón Capella habla maravillas de una novela sobre la guerra civil publicada en 1987 y poco conocida: Días de llamas, de Juan Iturralde, un pseudónimo de José María Pérez Prat fallecido en 1999. ¿La has leído? ¿Qué opinas de ella? Creo que Martín Gaite escribió el prólogo.
No entró en el corpus por cuestiones cronológicas. Aunque sí he tenido ocasión de leerla; creo que me referí a ella en nuestra anterior conversación.
Gracias, tienes razón, qué memoria la mía.
Por supuesto, Días de llamas es una obra muy distinta a estas otras que constituyen la moda literaria sobre la Guerra Civil. En ella la Guerra Civil es algo más que un telón de fondo. Además, seguramente como consecuencia de este fenómeno literario, en el año 2000 se reeditó en Debate, después de estar trece años sin editarse. A veces, las modas literarias, también traen buenas noticias. La reedición de Días de llamas es una prueba de ello.
Algo más que quieres añadir…
No, por el momento. Simplemente agradecerte tus preguntas y confesarte que disfruto mucho respondiéndolas. Tal vez no haya mejor cosa en el mundo, en este mundo que tanto nos aísla a los unos de los otros, que tener buenos interlocutores. Así que mi más sincero agradecimiento.
¡Qué generoso eres conmigo! El honor es mío y el que tomo notas soy yo. Sin atisbo para ninguna duda que diría mi maestro Sacristán.
Nos habíamos quedado en la segunda parte de tu libro. Tendré que caminar con pasos más agigantados. Señalas en el primer apartado de esta parte que cuando aparece la II República en las novelas analizadas nunca aparece como algo considerado en sí mismo sino como antesala de la mal denominada guerra civil. ¿Y eso es grave? ¿Por qué? En algunos casos, añades, la II República es sinónimo de caos y conflicto permanente. ¿No fue el caso en algunos, en muchos momentos?
Creo que la República tiene su propia sustancialidad histórica. La República se puede entender y explicar sin necesidad de hacerlo desde la Guerra Civil, como si sólo fuera una causa y no un episodio histórico específico. Hay una visión, que es hoy dominante, no sólo en las novelas que analizo sino también en buena parte de los ensayos que se escriben sobre la República, que yo denomino teleológica: la República se explica desde su final. Creo que hay que reivindicar qué fue verdaderamente –históricamente- la República, señalando sus logros, asumiendo sus grandes contradicciones, sus fracasos, sus expectativas logradas pero también las no satisfechas, como hechos que le pertenecen a la República, no como algo que tiene que desencadenar “inevitablemente” en una guerra civil. Creo que esa sería la forma más rigurosa de acercarse a la República. Y estas novelas no lo hacen. De hecho, no tenemos novelas de tema estrictamente republicano; la República, como digo, siempre aparece para explicar la guerra que ha de venir de un modo casi inexorable. Esta descripción teleológica no hace justicia –desde un punto de vista histórico- a la República.
Por otro lado, cuando la República se define según el mito de la cruzada de Franco, que aunque fue desterrado por Southworth sus fantasmas todavía merodean por las páginas de nuestra novela reciente, la República aparece como sinónimo de caos y conflicto permanente. ¿Fue así? Como tú señalas, en algunos casos. Claro que hubo tensión social, conflicto de clase, enfrentamientos políticos.Pero eso no puede aplicarse al conjunto del periodo republicano y, ni mucho menos, utilizarlo como una forma de legitimar (o relegitimar) el golpe de Estado, como sucede en algunas novelas que analizo. Hay novelas que muestran el caos para legitimar la necesidad de un correctivo que le devolviera a España el orden. Ese correctivo fue el golpe de Estado.
Otra de tus críticas se adentra en territorios soviéticos: la República, señalas, no fue una marioneta de la URSS, el PCE no fue el brazo ejecutor de las políticas dictadas por las instancias gubernamentales soviéticas. ¿Ésta es también una de las constantes de las novelas analizadas? ¿No resulta extraño teniendo en cuenta lo que muchos historiadores, Ángel Viñas entre ellos, Fernando Hernández Sánchez también, han sacado a la luz?
Así es. Esta idea está muy presente en las novelas. Es una idea que alimentaron los ideólogos de la cruzada de Franco. Ellos, los autoproclamados nacionales, tenían que luchar contra una fuerza extranjera que pretendía invadirles, convertir España en una colonia soviética. Franco inició de este modo su cruzada contra el comunismo. Se levantó para salvar España del comunismo. Esta idea, que, insisto, creíamos que Southworth ya la había desterrado para siempre, vuelve a aparecer en nuestra novela. Es verdad que tenemos historiadores prestigiosos y rigurosos como Ángel Viñas o Fernando Hernández Sánchez o Helen Graham que cuestionan, con datos y documentación, esta teoría/mito; sin embargo, nuestros novelistas parece que prefieren reproducir el mito de la cruzada de Franco que arrojar nueva luz para desterrar el mito. Nuestros novelistas prefieren el mito a la Historia.
¿Cómo son tratados los hechos de Mayo de 1937 de Barcelona en las novelas que has analizado?
No son tratados. Hay referencias constantes, pero nunca se abordan “els fets de maig” en profundidad, con voluntad historicista. Se alude a lo que los comunistas hicieron en aquel mayo de 1937 en Barcelona, pero apenas se dice nada de la posición de Azaña, del gobierno de la República, de las causas que lo desencadenaron, de las contradicciones que estallan en la retaguardia de un frente que va perdiendo una guerra; simplemente se quiere transmitir la idea, sin contrastarla ni analizar lo ocurrido con rigor, de que los comunistas españoles, a las órdenes de Stalin, cometían todo tipo de barbaridades, mucho peores que las que cometían los franquistas en su bando. Entre ellas, este episodio.
¿Y la muerte-asesinato de Nin? ¿Hay alguna novela que te parezca especialmente recomendable o destacable que se centre en la “desaparición” del dirigente del POUM?
Lo mismo que lo anterior. Se habla mucho de Nin. Pero tampoco hay un intento de clarificar nada. Nin está puesto al servicio de la ecuación República/URSS, solamente se utiliza para reafirmar la idea de que quien gobernaba en España no era un gobierno democrático y legítimo, sino Stalin. A nuestros novelistas no les importa la historia de Nin, les importa el uso interesado que se puede hacer contando la historia de Nin. Hay una novela que sí se ocupa del caso Nin en concreto; es La noche desnuda de Juan Carlos Arce. Es una novela policíaca.
Tal vez esté equivocado pero dos de los novelistas que merecen más críticas tuyas son Manuel Maristany y Antonio Muñoz Molina. Apenas conozco al primero, pero ¿no ves también alguna transformación en las aproximaciones del segundo al hilo de su evolución política? Algo así como si su mano política guiase su mano novelística.
Manuel Maristany es abiertamente un fascista. Y él mismo lo reconoce. Y afirma que escribe desde su punto de vista de clase, que es la de alguien que pertenecía a la burguesía catalana y que vio como la República hizo retroceder sus privilegios. Y contra la República arremete, poniéndose de lado de los golpistas. Y legitimando el golpe. El golpe fue imprescindible para que su clase perdurara y pervivieran sus privilegios. Y lo celebra. Salvó a España, en su opinión, cuando en realidad salvó a los suyos. Por su parte, Muñoz Molina seguramente no reconoce que es un fascista, y seguramente no lo sea, pero cuando leí su novela La noche de los tiempos no pude sino pensar en aquella frase de Thomas Mann que dice: “Colocar en el mismo plano moral el comunismo ruso y el nazifascismo, en la medida en que ambos serían totalitarios, en el mejor de los casos es una superficialidad; en el peor, es fascismo. Quien insiste en esta equiparación puede considerarse un demócrata, pero en verdad y en el fondo de su corazón es en realidad un fascista, y desde luego solo combatirá el fascismo de manera aparente e hipócrita, mientras deja todo su odio para el comunismo”.
Dicho esto, coincido contigo en que la mano política guía su mano novelística. Si –acuérdate- en nuestra anterior conversación hablamos del inconsciente ideológico, en el caso de Muñoz Molina no es el inconsciente el que habla, él es muy consciente de lo que piensa, de lo que dice, de lo que escribe.
Pero es un caso bastante peculiar. ¿No estuvo hace ya algunos años en las proximidades de IU?
Seguramente. Pero hace un par de años, quizá tres, defendió, desde su posición de escritor y de académico de la RAE, que la palabra «comunismo» tenía que equiparse, en el diccionario, a la de fascismo, en tanto que, a su parecer, ambos son regímenes en esencia igualmente totalitarios. Y lo decía sin tener en cuenta que en los textos fundacionales del fascismo esta ideología política se definía a sí misma como totalitaria, mientras que el comunismo nunca se ha definido a sí mismo en esos términos. No sé a quién votará Muñoz Molina, ni me interesa; lo que me interesa es ver qué dicen sus textos. Y su última novela es claramente anticomunista y su anticomunismo se asemeja mucho más al anticomunismo que construyó el fascismo que al anticomunismo liberal. Aunque hay un poco de todo.
Hablas de una clara y digna excepción, de una novela de Felipe Alcaraz. ¿Nos hablas un poco de ella? Por lo demás, perdona la impertinencia: ¿no será que tu juicio positivo sobre La muerte imposible está mediado o cuanto menos influenciado por tu mayor proximidad política a las posiciones del que fuera diputado del PCE?
Asumo la impertinencia, porque, si me permites el juego de palabras, es muy pertinente. Cuando hago juicios positivos –y lo hago en el caso de Felipe Alcaraz, pero también de Isaac Rosa- no lo hago por nuestra proximidad política, sino porque creo que coincidimos en nuestra forma de concebir la memoria, no como una forma estéril de acercarnos al pasado, sino como un modo de cambiar el presente. Pero me preguntas por la novela.
Sobre ella te preguntaba
Es interesante, porque nos habla de Mercedes Olmedo, una mujer que decide, cuando los fascistas van a capturarla para fusilarla, no ser derrotada. Y se suicida. El suicidio, se dice, es una victoria al revés. Aunque, como dice Pavese, los suicidios son homicidios tímidos y - así se dice en la novela -, también se contempla como una victoria. No la han asesinado, no permitió que la asesinaran, no permitió que en su cuerpo se encontrara ni una sola huella de la derrota. Antes de sufrir la derrota, ella misma se quitó la vida.
¿Cómo debería escribirse una novela sobre la guerra civil española? No sé si has leído Todo que ganar: ¿De esa forma, de la forma en que Juako Escaso relaciona y vincula nuestro pasado relativamente reciente (Vitoria, 3 de marzo) y nuestro presente?
No he leído, todavía, la novela de Juako Escaso. La enorme labor que están realizando Eva Fernández y Alfonso Serrano en la editorial La Oveja Roja hace que se nos acumulen lecturas. Qué mes de febrero: Panfleto para seguir viviendo, Insurgencias invisibles y ahora Todo que ganar. La Oveja Roja demuestra que otra literatura es posible. Celebro que existan.
Tienes razón. Yo también.
Ahora bien, no sé –ni es la función del crítico saberlo- cómo debería escribirse una novela sobre la Guerra Civil. El trabajo del crítico no es normativo. Tienen que ser los novelistas quienes diriman cómo tiene que tratarse un tema en su literatura; luego, la labor del crítico es impugnarlo o celebrarlo, observar si es un discurso inmovilizador o emancipador. No obstante, me aventuro con una respuesta: una novela sobre la Guerra Civil tiene que mostrar la continuidad que existe entre el pasado vencedor y nuestro presente, que es heredero de ese pasado. Tiene que mostrar la continuidad para que podamos establecer una ruptura con ese pasado que pervive todavía en nuestro presente.
Dos preguntas un poco descorteses. De las novelas que has citado hasta el momento, hay una en la que creo que eres un pelín injusto: Los girasoles ciegos. A mí me parece que es una novela que ayuda a amar la República y la resistencia antifascista, a acercarse a ellas, a proseguir con su legado. Mueve al lector/a a la insumisión, no a pensar que vivimos en el mejor de los mundos posibles, en una aburrida democracia, por ejemplo, y que todo ya está hecho. No te oculto mi admiración por Alberto Méndez.
Tú nunca eres descortés, querido Salvador. Agradezco esta pregunta. A mí también me parece una buena novela Los girasoles ciegos. De hecho, si no recuerdo mal, lo que en el libro analizo de la novela de Alberto Méndez es bastante positivo: hablo de la posibilidad de hacer de la escritura un instrumento para mantener viva la memoria, un arma para combatir no ya contra la muerte física, sino la muerte hermenéutica, aquella que condena a los muertos a la insignificancia, aquella que borra su nombre de la Historia.
La segunda de estas preguntas: ¿Novela no es ficción, no es creación? ¿No estás ideologizando en exceso el trabajo de un novelista? ¿No estás presuponiendo que el novelista tenga que mancharse sus manos más de la cuenta y que lo mire todo con ojos políticos?
Si asumimos que la novela es sólo ficción o creación y que, por lo tanto, tenemos que analizarla sólo desde la propia ficción y tenemos que aceptar que la literatura sólo a la literatura se debe y no a la Historia, supone asumir la visión dominante de lo que tenemos que entender por literatura. Yo entiendo que la literatura no es sólo un discurso bello o un discurso que nos entretiene, creo que la literatura es un operador privilegiado de reproducción y legitimación ideológica, como nos enseñó Althusser, Balibar, Macherey, Juan Carlos Rodríguez o Julio Rodríguez Puértolas. Por eso, y no por voluntad inquisidora, analizamos la ideología que late en los textos. Porque, en tanto que discurso público, construye ideología, transmite una visión del mundo. La labor del crítico, en mi opinión, es analizar qué tipo de discurso ideológico se esconde detrás de una novela y señalarlo. Porque la literatura no es inocente, no es un discurso autónomo y neutral, participa en la esfera pública. Por ello es necesario analizarlo.
Un comentario de texto. El comité de la noche, se le pregunta en Diagonal a Belén Gopegui, “tiene un lenguaje cuidado, una capacidad de crear diálogos intensos, referencias intertextuales precisas. ¿Es posible un lenguaje antagonista dentro de los códigos del poder?”. Su respuesta, la respuesta de Belén: “Entre la frase de Audre Lorde “las herramientas del amo no destruirán la casa del amo”, aquella de Chirbes “la buena letra es el disfraz de las mentiras” y el verso de Adrienne Rich “éste es el lenguaje del opresor / y sin embargo lo necesito para hablarte”, transcurre un debate de siglos”. En realidad, prosigue la autora de Lo real, “parte de la evolución de lo que sea que llamemos arte ha estado marcada por la necesidad de cambiar las herramientas, violentar el lenguaje y hacer estallar en pedazos la buena letra impuesta por la clase dominante”. Cita entonces a Jesús Ibáñez (José Luis Moreno Pestaña ha escrito un gran libro sobre él) quien “contaba la historia de aquel maestro que le decía a su discípulo: “Si dices que este palo es real, te pegaré con él, si dices que no es real, te pegaré con él, si callas, te pegaré con él”. La salida, decía, era arrancarle el palo de las manos y darle con él en la cabeza”. Dicho de otro modo y con respecto al arte, concluye Belén, “aun manteniendo siempre la atención hacia todo lo que los códigos y herramientas cuentan por sí mismos, y aun procurando siempre destrozar esos códigos y esas herramientas, recordemos también que la razón de destrozarlos no es un dilema formal, como si eso existiera, sino arrebatar el palo, el monopolio de la violencia real, microfísica, simbólica, que, de modo ilegítimo, ejercen el capital y el patriarcado”. ¿Qué tal esta reflexión? ¿La suscribirías?
Totalmente. Belén Gopegui es una de las escritoras que más ha reflexionado sobre las posibilidades de la literatura para la emancipación y la transformación política y social. Aprendo mucho leyéndola. Suscribo cada una de sus palabras.
Llegamos a la tercera parte. ¿Abuso de ti si te propongo una cuarta entrevista? La última, te lo prometo. Por cierto, ¿qué es eso de la liquidación de la historicidad, el título de esta parte anunciada? ¿Liquidación de la historicidad hablando de novelas que toman pie en la mal llamada guerra civil española? ¿No es eso una verdadera contradicción?
En absoluto abusas de mí. Agradezco mucho tus preguntas y la molestia que te estás tomando. El interés que estás mostrando en mi trabajo. Es para mí un placer enorme poder dialogar contigo. Y para responderte, voy a utilizar un chascarrillo de Zizek, de quien ya hablamos en nuestra última conversación. En el capitalismo avanzado la cerveza es sin alcohol, el café sin cafeína, el helado sin grasa…Y yo añado: y las novelas históricas sin Historia. Parece una contradicción, en efecto, pero esto es la liquidación de la historicidad. Novelas históricas donde la Historia, en un sentido fuerte, como lugar de conflictos y contradicciones, como algo vivo, en movimiento, desaparece de estas novelas históricas. El pasado se vuelve un lugar estático, un escenario, un telón de fondo, en una localización, donde ocurren conflictos individuales, pero en vez de situarse en la actualidad se sitúan en plena Guerra Civil. Seguiremos profundizándolo en la ¿definitiva? entrevista. Será, insisto, para mí un placer proseguir este diálogo.
De acuerdo. Hasta pronto.




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