Rodrigo Vázquez de Prada y Grande ||
Periodista. Director de CRÓNICA POPULAR ||
Juan Antonio Hormigón fue, sin duda alguna, uno de los intelectuales españoles más completos y de mayor envergadura. Pero, también fue uno de nuestros grandes intelectuales que mantuvo hasta el final de sus días el compromiso político (1) con la clase trabajadora que, desde muy joven, había adoptado en plena dictadura franquista. Es decir, cuando más difícil era comprometerse políticamente y el precio que se podía pagar entonces era bien caro. Como poco, el intelectual o profesional comprometido pasaba a engrosar las “listas negras” que circulaban por las empresas, podía terminar con sus huesos en las cárceles franquistas y sufrir torturas y maltratos físicos durante su detención; o, en fin, corría el peligro de perder la vida. Literalmente.

Juan Antonio Hormigón adoptó su compromiso político durante sus años universitarios, en su ciudad natal, Zaragoza, en cuya facultad de Medicina se licenció en 1965. Como tantos otros intelectuales y profesionales españoles, no fue insensible a lo que estaba sucediendo en la España franquista. Sobre todo, en los convulsos años sesenta del pasado siglo, en los que la oposición democrática cobró una especial fuerza, tras las huelgas de los mineros asturianos en 1962 y la represión que se ejerció contra ellos, y contra la que se alzó la voz de más de un centenar de intelectuales españoles, encabezados por Jorge Aleixandre, Pedro Laín Entralgo, Valentín Andrés Álvarez y José Bergamín.
Precisamente, en 1962 comenzó a dirigir el Teatro Universitario, el TEU zaragozano, en el que se mantuvo hasta 1966. Pero se podría decir que unió su vida al teatro y a las ideas revolucionarias al mismo tiempo. Su actividad de jovencísimo director de teatro, con sus puestas en escena de obras con un alto contenido crítico, confluyó con las movilizaciones estudiantiles que se estaban desarrollando en aquellos años en la capital aragonesa, al igual que en Madrid y en otras capitales de provincias.
En aquellos años participó también en una experiencia política que tuvo una incidencia muy acusada en un amplio número de jóvenes universitarios, el Servicio Universitario del Trabajo, el SUT. Como al poeta Jesús López Pacheco, que salió a “faenar” con los pescadores de merluza de la villa asturiana de Cudillero, el economista y catedrático Ramón Tamames, el escritor Juan Goytisolo o el investigador del CSIC Emilio Criado, a Juan Antonio Hormigón le atrajo poderosamente aquella peculiar iniciativa de sensibilización social que había puesto en marcha, en 1952, el padre Llanos, un sacerdote que terminó su vida militando en el PCE, pero que en aquel entonces era todavía capellán del Frente de Juventudes y oficiaba la misa dominical en la capilla del diario falangista ARRIBA, en la antigua sede de EL SOL, en Larra 14, incautada al final de la guerra civil.
Varias fotografías conservadas por la Asociación de Amigos del SUT, creada en 2017 “para recuperar su historia” (2), testimonian su participación, en el verano de 1968, en las campañas de Educación con las que los universitarios españoles de la posguerra dotados de una intensa conciencia social trataron de acercar la cultura a los medios rurales. Concretamente, en la desarrollada en el pueblecito minero leonés de Matarrosa del Sil, enclavado en la comarca de El Bierzo, a donde había acudido como director del Teatro de Cámara de Zaragoza, en una suerte de recreación de las Misiones Pedagógica de la II República, con el Teatro Popular y La Barraca, dirigidos por Alejandro Casona y Federico García Lorca, respectivamente. En alguna de estas fotos, Juan Antonio Hormigón aparece explicando a la Guardia Civil el carácter absolutamente legal de sus representaciones teatrales en aquel pueblo leonés.
Con él, trabajó también en el SUT su hermano Mariano, al que, muchos años después, dedicó el artículo Mariano Hormigón, un científico que amaba el teatro (3). Y con su hermano Mariano, además, se incorporo a la militancia en los años sesenta y tantos en el partido político que fue el motor principal de la lucha por la conquista de las libertades y derechos democráticos, el PCE, cuya política de “reconciliación nacional”, aprobada en 1954, se expresó de manera tan profunda en La Transición y en la Constitución de 1978.
En 1968, el año en que Juan Antonio Hormigón trabajaba durante sus vacaciones en el SUT, las protestas estudiantiles se habían ido desarrollando in crescendo en toda España, tanto contra la dictadura y por las libertades democráticas como por la influencia del Mayo francés, las movilizaciones internacionales contra la guerra del Vietnam y la invasión de Praga por las tropas del Pacto de Varsovia, que frenó en seco la esperanzadora “Primavera de Praga” de los comunistas checos dirigidos por Alexander Dubceck.
Y arreciaron en enero de 1969, como protesta por la muerte en Madrid, el 20 de enero de ese año, de Enrique Ruano, estudiante de Derecho y militante del Frente de Liberación Popular, el Felipe, se cree que arrojado desde una ventana de un séptimo piso por policías de la Brigada Político Social. Enrique Ruano era novio de la también estudiante de Derecho María Dolores González Ruiz, que, ocho años más tarde, ejerciendo como abogada laboralista y militando en el PCE, sería uno de los pocos supervivientes de la matanza de los abogados laboralistas de Atocha, en enero de 1977, perpetrada por pistoleros de la extrema derecha.
Aunque ya estaba ejerciendo la Medicina, Juan Antonio Hormigón seguía muy vinculado a los movimientos universitarios, fundamentalmente a través del Sindicato Democrático de Estudiantes (SDEU), y tomó parte activamente en aquellas protestas. Fue detenido el 24 de enero de 1969, el mismo día en que el Gobierno de Franco imponía, mediante el Decreto-Ley 1/1969, de tal fecha, el sexto estado de excepción y el tercero que se aplicó “en todo el territorio nacional”, quedando “en suspenso- durante tres meses- los artículos 12, 14, 15, 16 y 18 del “Fuero de los Españoles”, la tercera “Ley fundamental” del franquismo. Es decir, aquellos artículos relativos a derechos y libertades, meramente formales, de aquel texto legal que, como señaló el historiador Manuel Tuñón de Lara, “se parecía mucho a una declaración de derechos otorgada” (4) aprobada por unanimidad en las Cortes franquistas el 17 de julio de 1945, y con la que Franco pretendía blanquear en la medida de lo posible la faz de la dictadura, una vez derrotada la Alemania nazi en la segunda guerra mundial.
Detención y condena por el TOP
Un número extraordinario sacado a la luz en abril de 1984 (5) por la revista aragonesa Andalán, de la que fue miembro fundador y que dirigía el periodista y profesor universitario Eloy Fernández Clemente, recuerda su detención y la de otros muchos universitarios aragoneses. Antes de que alumbrara el alba de aquel 24 de enero, la represión se cebó con los antifranquistas zaragozanos. Fueron detenidos un centenar de estudiantes, un número realmente elevado si se tiene en cuenta que las detenciones políticas recayeron aquel día sobre un total de 735 personas en toda España. Y muchos de ellos, entre otros, Juan Antonio Hormigón, sufrieron todo tipo de torturas infligidas por miembros de la Brigada Político Social durante su permanencia en los calabozos de la Jefatura Superior de Policía de Zaragoza, antes de ser trasladados a la cárcel de Torrero, tal como rememora su esposa, la actriz Rosa de Vicente, en estas mismas páginas.
De aquel centenar de detenidos, el tristemente célebre Tribunal de Orden Público, el TOP, creado el 2 de diciembre de 1963 y presidido por el juez José Francisco Mateu Cánoves- asesinado por ETA en 1978; uno de sus hijos, Ignacio Mateu, teniente del Ejército, también fue muerto por la banda terrorista, en 1986- procesó a un total de sesenta… Sin embargo, solamente fueron condenados tres de ellos: Elena Iraola, Eduardo González y Juan Antonio Hormigón. En aquel momento, los dos últimos eran ya médicos. Eduardo, tenía 23 años; Juan Antonio, 25.
Acusado de “asociación ilícita”, Juan Antonio Hormigón fue procesado conjuntamente con Eduardo González, en el sumario 261 de 1969, lo que motivó que ambos fueran trasladados a la cárcel de Carabanchel, de Madrid, donde permanecieron durante varios meses hasta la celebración de la vista oral, el 24 de junio de ese mismo año. Y la defensa de ambos corrió a cargo de un gran letrado comunista, Antonio Rato, que formaba parte de la organización de abogados del PCE, a la que pertenecían otros letrados muy conocidos como María Luisa Suárez, la creadora del primer despacho laboralista de Madrid, José María Mohedano, Jaime Sartorius, José María Saavedra, Javier Sauquillo, María Dolores González Ruiz, Cristina Almeida, José Luis Núñez, José Jiménez de Parga y Juan José del Águila, que, años más tarde, sería magistrado juez de lo Social y al que se debe el estudio más exhaustivo y riguroso del TOP (6), entre otros. Como era previsible, la excelente defensa de Antonio Rato no sirvió para evitar la condena de ninguno de los dos.
La Sentencia Nº 184/1969, de 24 de junio del 1969, de la que fue ponente el magistrado José Redondo Salinas, es un documento sumamente ilustrativo de los términos con los que los tribunales franquistas reprimían a los luchadores por las libertades y la democracia. En ella se hace, prácticamente en sus primeras líneas, una valoración de los procesados particularmente expresiva de cómo entendían los juzgadores el comportamiento político de los opositores al franquismo. Así, el ponente de la sentencia, introduce en el mismo encabezamiento de la sentencia una categoría realmente ajena a los conceptos jurídicos, calificando a los dos procesados “de mala conducta social”, inmediatamente después de haber consignado que ninguno de ellos tiene antecedentes penales, lo cual resulta cuanto menos sorprendente. Pero esta calificación no era excepcional en las sentencias del TOP, sino que se incluía en muchas de las que condenaron a militantes comunistas.
Figura, asimismo, en ese encabezamiento un dato que se derivaba del hecho de que el establecimiento del estado de excepción había suspendido el artículo 18 del Fuero de los Españoles, en el que se fijaba el “máximo de 72 horas” de cualquier detención “antes de pasar a disposición de la autoridad judicial”. En consecuencia, en ella se indicaba que Juan Antonio Hormigón y Eduardo González se encontraban en situación de “libertad provisional” desde el 11 y 2 de marzo, respectivamente, fecha de su procesamiento, pero no explicaba en ningún lugar que habían permanecido detenidos desde el 24 de enero.
Y en su primer resultando, proporcionaba la información que el TOP había recibido de la Brigada Político Social acerca de la militancia en el PCE de Juan Antonio Hormigón y Eduardo González. Lo hacía con una prosa y tono policíaco que refleja con nitidez la naturaleza fuertemente represiva de aquella jurisdicción especial, creada el 2 de diciembre de 1963, tras el fusilamiento del dirigente comunista Julián Grimau- un auténtico “crimen de Estado”, tal como siempre afirmó Juan José del Águila- y suprimida en 1977.
Merece la pena transcribir literalmente lo que dice en esta parte. En ella se dice lo siguiente: “Resultando probado y así se declara, que los procesados estudiantes durante el curso académico 1967-68 de la Facultad de Medicina en la Universidad de Zaragoza, fueron captados, a principios del año últimamente citado, para el Partido Comunista de España en la clandestinidad, entidad que persigue la mutación por la fuerza de la vigente estructura del Estado español, por inidentificada persona en la causa que ostentaba, a la sazón, cargo superior en las actividades organizativas de dicho grupo en el expresado centro docente, integrándose en aquel, sometiéndose ambos a la disciplina, realizando cuantos actos requerían el cumplimiento de las consignas que recibían en orden a la agitación de la vida universitaria, recogiendo firmas para determinados escritos de protesa, preparando esquemas de adoctrinamiento, asistencia a reuniones orgánicas programadas y manteniendo enlaces con otros, ignorados por ahora, adscritos o simplemente simpatizantes”.
Desde luego, este primer Resultando no tiene desperdicio alguno. En primer lugar, porque el ponente incurre en un error de bulto, al situar a Juan Antonio Hormigón la condición de estudiante en 1967, cuando, realmente, había concluido su licenciatura en Medicina ya en 1965, dos años antes. En segundo lugar, porque indica a las claras que ni a Juan Antonio Hormigón ni Eduardo González pudo la policía sonsacar nombre alguno de quienes militaban junto a ellos en el PCE, a pesar de las palizas y maltratos que recibieron durante el tiempo en que estuvieron detenidos en Zaragoza. Y, en tercer lugar, en fin, porque todo este apartado rezuma la consideración que tenía del PCE como la principal “bestia negra” a abatir.
El fallo del TOP hizo suyas las conclusiones definitivas del ministerio fiscal, sin modificarlas en ningún sentido. La fiscalía había calificado los hechos como constitutivos de un delito de asociación ilícita, en concepdo de autores, y había solicitado la imposición de la pena de 7 meses de prisión menor a cada uno de ellos, con sus accesorias de suspensión de todo cargo público, profesión, oficial y derecho de sufragio durante el tiempo de la condena…Y en los mismos términos se pronunció la sentencia. Sin embargo, uno de los últimos párrafos de la sentencia añadía que “para el cumplimiento de la pena se les abona el tiempo de prisión provisional sufrida por esta causa”. Como consecuencia de ello, Juan Antonio Hormigón y Eduardo González fueron puestos en libertad pocas semanas después de haber sido dictada su sentencia condenatoria.
Un compromiso indeleble hasta el final de sus días
Su nombre figuró desde entonces en la lista de personalidades intelectuales de la izquierda española peligrosas para el régimen franquista. Sin duda, porque tenía “la funesta manía de pensar”. Y, aunque en ningún momento se vanaglorió del tiempo que permaneció privado de libertad, desde entonces tuvo que mantener las precauciones debidas a su condición de “fichado” y “condenado”, para no ser detenido de nuevo. Así, en 2014, relataba que “a principios de los años setenta, se declaró un estado de excepción de nuevo en el país. La prudencia me aconsejó salir de naja de Zaragoza. Estaba viendo una representación de Luces de bohemia cuando me lo soplaron. Estuve en un pueblito de Tarragona unas semanas, en donde ejercía de médico mi amigo y compañero de fatigas teatrales y represoras, Eduardo González. De allí, fui a Barcelona, gracias a la solidaridad de mi buen amigo Manuel Herrero” (7).
La prudencia, sin embargo, no silenció nunca su palabra y su acción política. Su detención, torturas, procesamiento, condena y cárcel no rebajaron ni un ápice su compromiso. Y lo mantuvo contra viento y marea. Primero, con carnet comunista durante décadas y después como comunista sin carnet- al igual que varios cientos de miles-, sin renegar nunca de sus ideales y siendo tan revolucionario dentro como fuera de lo que, durante la larga noche del franquismo, se conoció en los círculos de la oposición democrática, simplemente, como “el Partido”.
Nunca quiso formar parte de órgano de dirección alguno del PCE, pero su voz y sus solventes opiniones eran escuchadas con especial atención en la Comisión de Cultura del Comité Central, que presidía José Sandoval, miembro de la Ejecutiva comunista. Como tantos otros, abandonó las filas del PCE en la década de los ochenta, tras la grave crisis que terminó provocando la salida de su secretario general desde 1962, Santiago Carrillo, el artífice, sin duda, de la política de “reconciliación nacional”. Algunos años antes, su hermano Mariano, que había formado parte del Comité Central, había sido expulsado, “a consecuencia de unas rocambolescas y oscuras intrigas zaragozanas”, tal como Juan Antonio Hormigón comentó al filósofo Manolo Sacristán en 1976 (8).
Sin embargo, su salida del PCE ni le condujo jamás a formar parte de la legión de “renegados” que buscaron el perdón de la derecha y su acomodo en las áreas de poder, ni lo convirtió en un “enfant terrible” de la política, como sucedió con bastantes otros de varios países europeos, incluido el nuestro, a los que se refería el historiador polaco Isaac Deutscher en un artículo publicado en The Reporter, en 1950, y que, posteriormente, dio título a un interesante conjunto de ensayos (9). Se marchó discretamente, en silencio, sin renunciar en ningún momento a sus profundas convicciones.
Por eso, años después, en 1986, cuando, en el marco de las movilizaciones contra el ingreso de España en la OTAN, el PCE impulsó la creación de Izquierda Unida, IU, se afilió a esta coalición política. Y en IU permaneció hasta la “desfederalización” de la IU de Madrid, el paso previo para, a través de su suicida alianza con quien nació para enterrarla, Podemos, llegar a su liquidación de facto. Desde aquel momento, Juan Antonio Hormigón tomó parte en diversas iniciativas desarrolladas en la línea de IU. Por ceñirnos a las últimas fechas, destaca, entre otras, su participación en el Manifiesto de Intelectuales por la III República, en 2014, que presentó en Córdoba junto a Julio Anguita y quien escribe estas líneas, y en el I Congreso Internacional de Escritores, Intelectuales y Artistas por el Compromiso, celebrado en octubre de 2017 en el Ateneo de Madrid, así como en unas nuevas jornadas con el mismo significado desarrolladas en fechas muy cercanas a su fallecimiento.
Pero, en unos y otros momentos, sobre todo, desde los años sesenta del pasado siglo, una gran parte de su trabajo político se expresó en artículos periodísticos, publicados en revistas y un diario en cuyas páginas coincidíamos con él otros intelectuales y profesionales con el mismo compromiso político. Entre ellas, la mítica TRIUNFO, dirigida por José Ángel Ezcurra, junto a Eduardo Haro- Tecglen, César Alonso de los Ríos y Víctor Márquez Reviriego, en la que escribió nada menos que 60 artículos en la década de los setenta y ochenta; ARGUMENTOS, creada en 1976 por otro intelectual de primer orden, el ingeniero y sociólogo Daniel Lacalle y, posteriormente, dirigida por quien esto escribe; el diario EL PAÍS, sobre todo en su primera etapa, bajo la dirección de Juan Luis Cebrián; o, en fin, el semanario Crónica Popular, a cuyo Consejo Editorial perteneció hasta su fallecimiento, y del que, desde 2011, formamos parte compañeros de Juan Antonio Hormigón con similar recorrido político; entre ellos, los historiadores María Rosa de Madariaga y David Ruiz, los economistas Antonio Gallifa y Juan Pablo Mateo, los profesores universitarios Pilar Nova Melle y Pedro López y yo mismo, como director.
No fueron los suyos artículos escritos a vuela pluma ni textos breves de opinión de los que, desde hace ya muchos años, inundan las páginas en la Prensa española. Por el contrario, son escritos redactados con seriedad y rigor desde el enfoque marxista, alejados por completo del pensamiento líquido sobre el que teorizó el sociólogo y filósofo polaco Zygmunt Bauman, tan extendido en estos tiempos, y, por el contrario, muy en la línea que había plasmado en sus Cuadernos de la cárcel, y, sobre todo, en La formación de los intelectuales y la organización de la cultura, el fundador del PCI Antonio Gramsci (10).
Textos de intervención política
Todos ellos conforman un cuerpo vigoroso “de intervención política”. Sin duda alguna, constituyen un conjunto valioso de reflexiones y análisis de indudable calado político que denotan a las claras su posicionamiento teórico y práctico, sus denuncias de los mecanismos de dominación y sus propuestas para articular propuestas alternativas desde una perspectiva marxista en torno a cuestiones clave como la lucha ideológica y el papel de la cultura. Releer ahora estas “intervenciones políticas”, en el marco de una prolífica producción periodística, permite comprobar la hondura de sus análisis y la actualidad que todos ellos poseen, por más que, muchos de ellos, fueran escritos hace ya cuarenta años.
Máxime si no perdemos de vista que Juan Antonio Hormigón optó por la militancia comunista en unos años en los que estaba todavía muy presente la polémica entre dos intelectuales franceses de primera línea, el escritor y periodista Albert Camus y el filósofo Jean Paul Sartre, que, precisamente, había reflexionado sobre el compromiso, el “engagement”, en su obra Qué es la literatura, en la que señalaba que “el ejercicio de la escritura es un acto de libertad que trasciende el lenguaje y se inscribe en el compromiso político”. Una polémica que, tras la denuncia por Kruschev de los crímenes del stalinismo, en el XX Congreso del PCUS- 14 a 26 de febrero de 1956- provocó una verdadera convulsión en la izquierda del vecino país. Y sus ecos llegaron también a España, aunque, en realidad, en el tono menor que se derivaba de la permanencia de la dictadura franquista, que, de algún modo, actuó de sordina a los elementos centrales que la definían (11).
Juan Antonio Hormigón tenía claro el significado real del compromiso de los intelectuales. En 1978, en un artículo en torno al 80 aniversario de Berltold Brecht, uno de los dramaturgos a los que dedicó una mayor atención y estudio, abordaba la posición del autor alemán ante los problemas políticos y sociales. Y aquella reflexión le permitía formular una delimitación precisa y acabada de lo que entendía por compromiso del intelectual, al tiempo que, a través de la peripecia vital y política de Brecht, deslizaba una fijación del marco no solo teórico sino práctico y real en el que se incardinaba su propio compromiso: “Brecht fue, además, y a veces, ante todo, un ciudadano activamente preocupado por los problemas políticos de la sociedad y el tiempo que le tocó vivir. Se comprometió con unas opciones, defendió unas ideas y una estrategia, criticó lo que los devotos consideraban incriticable, tomó partido por el presente de la clase obrera, su futuro histórico y las formas políticas que iban configurando su carácter hegemónico o dominante” (12).
Y en otro momento, ejemplificaba ese compromiso en la vida y obra de uno de nuestros autores dramáticos más admirables, Antonio Buero Vallejo, joven militante del PCE durante la República y la guerra civil, condenado a muerte, torturado y preso durante muchos años, al que rindió un homenaje en uno de sus escritos de los últimos años: “La grandeza de Buero Vallejo estriba en que su teatro ha servido para configurar la conciencia de varios grupos generacionales de españolitos y por ser testimonio de un comportamiento cívico honesto e inasequible a la descerebrada vorágine de frivolidad que pugna por inundarnos (…) Antonio Buero Vallejo mantuvo su compromiso de primera línea hasta salir de prisión; después, poco a poco, la fue convirtiendo en responsabilidad cívica. Nunca se rindió al franquismo aunque eligiera la senda del posibilismo. A mi entender, esa fue su postura de asunción del compromiso” (13).
A partir de aquí, varios de sus escritos criticaron con dureza el papel que la sociedad capitalista asigna a los intelectuales y, por tanto, la interesada aceptación de muchos de éstos al papel asignado, satisfechos de permanecer en un “espléndido aislamiento”, tal como apuntaba lord Palmerston que se hallaba Gran Bretaña en el siglo XIX. Ya en 1973, y escribiendo en torno a la edición argentina del último tomo de las Obras completas de Bertold Brecht, recordaba que, en Turandot o el congreso de los intelectuales, el dramaturgo alemán denunciaba “el comportamiento de los intelectuales que se han degradado en el capitalismo, hasta convertir el pensamiento y el conocimiento en simple mercancía, poniéndolos al servicio de los poderosos para justificar sus atropellos y explotaciones sobre las masas” (14).
Y, en 1989, volvía sobre el mismo asunto, aunque, en este caso, profundizaba aún más en su reflexión sobre los intelectuales, situándolos en la categoría social de “trabajadores culturales”, muy en la línea de la caracterización formulada por el sociólogo Daniel Lacalle en su obra., Los trabajadores intelectuales y la estructura de clases (15).
De un lado, denunciaba la situación en que se encontraban aquellos a los que “la burguesía ha convertido, directa o indirectamente, en asalariado, pero dejándole soñar con el mito de la independencia y el individualismo. Ha convertido sus productos en pura mercancía, los ha degradado hasta extremos insospechados y, en muchos casos, ha hecho de él un bufón que decora o divierte sus ocios y al que se aparta de un manotazo”. De otro, desvelaba los mecanismos que se utilizan desde el pensamiento reaccionario para denigrar el compromiso de los intelectuales, utilizando todo tipo de argucias argumentales: “Cuando los trabajadores culturales han querido reaccionar contra este estado de cosas han sido duramente acusados de politización, de comprometerse con opciones partidistas que empañan y ensucian la pureza de su arte”.
Pero, además, en su análisis dejaba nuevamente al descubierto la egoísta asunción de tales argumentos por parte de muchos intelectuales para permanecer, aparentemente, por encima del bien y del mal, situados cínicamente “au dessus de la melé”, por emplear una expresión francesa, en aras de preservar una pretendida “independencia”: “La confusión entre independencia de criterios, de análisis y creación y el rechazo del compromiso concreto como falsa independencia, ha servido de coartada a algunos que pernoctan en el nirvana pernicioso que la burguesía les ha creado” (16).
La lucha ideológica
A partir de este “aviso a navegantes” sobre su posicionamiento, Juan Antonio Hormigón abordó cuestiones de particular relevancia que tendrían que ser desarrolladas por esos trabajadores intelectuales, como la lucha ideológica, algo no siempre comprendido o, más bien, apenas advertido desde la izquierda. Y la primera vez que se refería a ello lo hacía en el transcurso de una larga conversación con el artista plástico comunista y director general de Bellas Artes de la II República, de 1936 a 1937, Josep Renau, al que le unió una gran amistad. “El conjunto de las fuerzas populares va a tener que derrochar inteligencia, sutileza y ahuyentar toda tentación para desmontar las formas ideológicas del imperialismo. Ahí, el frente cultural tiene una misión que cumplir, desvelando, descubriendo, proporcionando argumentos. Ahí no tiene lugar la demagogia ni el esquematismo. Por eso la lucha ideológica es compleja y las tareas del frente cultural más amplias” (17).
Sobre esta cuestión, volvería a incidir en otros artículos posteriores. Así, en Cultura, democracia y colonización, publicado en la revista Argumentos, en 1978. En su análisis, fija la atención del lector en un hecho incuestionable, cuya importancia a menudo no se tiene en cuenta, a pesar de su profunda incidencia en la conciencia colectiva: “Lo cierto es que en las sociedades de capitalismo desarrollado, dominadas por la concentración paulatina del capital internacional y de los centros de decisión política y financiera, las masas están sometidas a un bombardeo sistemática del que pueden defenderse en primera instancia pero que invade las conciencias por sutiles e intricadas vías indirectas”. Y, como consecuencia de ese dato, subraya cómo “el nuevo tipo de combate ideológico que esta situación origina, caso de asumirse verdaderamente, no convirtiéndolo en pura retórica, haría pasar a primer plano los procesos culturales, en la medida en que se convertirían en necesarios e imprescindibles” (18).
Para él, estas consideraciones tenían una importancia creciente, en unos momentos en los que la ofensiva ideológica estaba adquiriendo niveles de una gran intensidad, como consecuencia del ascenso, en las décadas de los años setenta y ochenta del pasado siglo, del neoliberalismo; primeramente, como cuerpo teórico que necesitaba la desacreditación pura y simple del marxismo y, por ende, de las formaciones políticas marxistas, y, después, como conjunto de políticas concretas de Gobierno dirigidas a imponer a las clases trabajadoras las medidas económicas más descarnadas.
Él lo denunciaba ya en 1980: “Asistimos a una ofensiva sistemática y en paulatina expansión contra la izquierda política y el marxismo como ideología. No me refiero a la levantisca nostalgia de la extrema derecha sino a la labor de ciertos grupos intelectuales que, arrullados por un liberalismo de alambique, han determinado que el marxismo está “pasado de moda” e intentan relegarlo al baúl de los recuerdos, tanto en sus aspectos concretos como en sus formulaciones teóricas”. Y si el desvelamiento de esta operación le parecía esencial, también le parecía necesaria la identificación de quienes la estaban haciendo circular por los medios de comunicación, por más que no los señalara con nombres y apellidos: “En esta ofensiva- añadía- juegan un papel importante los nuevos nihilistas del quietismo, la apatía y el desencantado rictus del arquetípico encogerse de hombros. Ácratas del canuto, culto a exóticas y esotéricas divinidades, eterno vacío de propuestas, circunscriben su impotencia vital a la ritualización del ataque sin cuartel a la izquierda marxista y limitando su exégesis a la prédica de la nada” (19)
Su denuncia de los mecanismos ideológicos de dominación, le llevó también a hacer lo propio con el papel que había jugado la Iglesia católica como apoyo de la dictadura franquista, como una especie de “aparato ideológico del Estado”. Lo hizo en el exhaustivo trabajo sobre la dirigente comunista madrileña Matilde Landa, editado por ADE como introducción a la obra dramática de Agustín Iglesias, Matilde Landa no está en los cielos. “El nacional catolicismo fue, ante todo, una fusión estrecha y contumaz entre la dictadura franquista y la Iglesia católica española. Pero, al mismo tiempo, representó la preeminencia de lo aparente, de los rituales estereotipados, de los gestos externos, de una beatería puramente formalista, sobre cualquier rastro de espiritualidad verdadera y de todo aquello que el cristianismo puede tener de buscador de la justicia y del humanismo. Lo grave no fue tanto que introdujera bajo palio en sus iglesias a un ser mentalmente minúsculo y deforme como el general Franco, que asentaba su poder sobre una montaña de asesinados, de torturados, de españoles convertidos en vasallos y muchos miles menos que eso, sino porque justificó aquella conducta” (20).
Juan Antonio Hormigón, que había estudiado el Bachillerato en el colegio de los Escolapios de Zaragoza, no fue, de ningún modo, anticlerical. Pero esa actitud suya no le frenó para ser implacable, como debía ser, con la versión más reaccionaria del catolicismo que apoyó el golpe de Estado y fue uno de sus valedores más eficaces. De ahí, su denuncia sin contemplaciones: “La iglesia sirvió los argumentos justificativos de todo aquello y aceptó fervorosa y complaciente, brindarle su apoyo propagandístico. (…) Además, y desde muy pronto, la Iglesia española contribuyó decididamente a profundizar el miedo y el terror que casaban muy bien con el terror fehaciente que se ejercitaba desde los poderes franquistas. Ellos sabían muy bien que era un medio excelente para la destrucción del pensamiento crítico y acentuar el control de la ciudadanía” (21).
En su denuncia de todo este arsenal ideológico, Juan Antonio Hormigón incluía también en los últimos años “la mentira instaurada en los medios de comunicación”, un tinglado que “tiene su origen en algunas agencias de prensa, también de otras que las parasitan, y se proyecta en las terminales mediáticas puestas a su servicio, de las que son trujamanes una serie de periodistas mercenarios”.
Su artículo La sublimación de la mentira desvelaba los mecanismos a través de los que “el pensamiento acrítico se alimenta y expande”. Una crítica muy en la línea en que la filósofa alemana Hanna Arendt había hecho, a finales del siglo XX, en su obra Política y verdad, en la que nos había advertido entonces de que “si no denunciamos, si no criticamos, la mentira campa a sus anchas”. En el caso español, sucede que “cualquier mentira que se lance al ruedo, carente de pruebas documentales que la certifiquen, encuentra rápido acomodo en los medios, muy en particular en los de papel o las televisiones genéricas. De inmediato, un selecto grupo de mercenarios que se presentan como “analistas”, construyen ideología y opinión a partir de dicho enunciado. Pasa con los asuntos de aquí y, más aún, con los de fuera. En muchos casos, se descubre a poco que el aserto inicial es falso pero, para entonces, la mentira ha hecho su camino…” (22).
Su aportación memorialista
Y, resulta particularmente interesante consignarlo ahora, bastantes años antes de que el Gobierno socialista de Rodríguez Zapatero aprobara, en 2007, la conocida como Ley de Memoria Histórica, Juan Antonio Hormigón formulaba ya un concepto de lo que tendría que considerarse como Memoria histórica y el marco en el que tendría que desarrollarse. Acuñaba este concepto en su artículo Cultura, democracia y colonización, publicado en 1978 en la revista Argumentos: “Se intenta confundir “reconciliación” con “aquí no ha pasado nada”. Por supuesto, soy de los que creen que hay que hacer justicia a los sufrimientos individuales y colectivos de una parte de nuestro pueblo; bien está que los que asesinaron, torturaron, persiguieron, maltrataron, atentaron sañudamente contra la dignidad humana no pasen por los tribunales en aras de la reconciliación, pero pedir que olvidemos, lisa y llanamente, parece excesivo. Y, sobre todo, en ese pasado están las líneas dominantes del presente, de ahí venimos” (23).
Desde entonces, volvería a tratar el asunto de la memoria en otros textos. Entre otros, en uno escrito en 2015 en el que denunciaba que “en España, al contrario que en otros países con dictaduras fascistas, incluso hay que combatir por recuperar la memoria de las masacres padecidas antaño. Más aún, existe una intención deliberada por parte del entramado político y mediático por instaurar la desmemoria y con ello la pérdida de referentes, las lecciones que emanan de las experiencias del pasado, la valoración de las conquistas que se lograron merced al esfuerzo de muchos, las figuras señeras que construyeron nuestro pasado, los grandes movimientos sociales…” (24).
En ese trabajo memorialista que nunca quiso orillar, su aportación más admirable fue, sin duda alguna, el pormenorizado trabajo de recuperación que escribió sobre la vida y la muerte de la dirigente comunista madrileña Matilde Landa. “Una mujer culta e ilustrada, de clase media, elegante y discreta”, que, un mes antes, prácticamente, de que finalizara la guerra civil española, en las peores condiciones, por tanto, para los partidos políticos que habían luchado contra los golpistas del 36, se hacía cargo de la dirección del PCE: fue elegida el 25 de febrero de 1939 responsable del Comité Provincial de Madrid, que, “en realidad se constituía como la dirección del Partido en el interior de España”, detenida en abril de ese mismo año y condenada a muerte en noviembre, pena conmutada meses más tarde, y que terminó quitándose la vida en la prisión de Palma de Mallorca, en junio de 1942, para no aceptar el chantaje del obispo palmesano para que renegara de sus convicciones y se bautizara.
De su exhaustivo estudio, extrae una conclusión que sitúa en el centro de su concepción política lo que fue su dedicación primordial: la Cultura. Para él, “la persecución y oprobio de Matilde Landa, ejemplifica, más allá de la brutal represión franquista, un nuevo aplastamiento de la ilustración española por parte del fanatismo, la ignorancia y la falta de respeto alguno por los seres humanos de que han hecho gala las clases dominantes de nuestro país desde Fernando VII (…). Nuestra historia hasta el presente está marcada por esta disyuntiva entre ilustración, que muchas veces constituye un anhelo tan solo, y la zafiedad brutal de la nobleza encanallada, de la burguesía que vendió sus afanes regeneradores en ritual de imitación nobiliaria y de los grupos sociales que les han servido como capataces, siervos, torturadores o verdugos según precisaran” (25).
La expresión del internacionalismo
Sin embargo, Juan Antonio Hormigón no redujo su investigación y reflexión memorialista a los asuntos españoles, a la historia de la resistencia y la lucha contra la dictadura franquista. Por el contrario, sus artículos de distintas épocas trataron de rescatar hechos internacionales de particular significación política. La razón de su incursión en ellos, la explicaba en 1977, en su artículo “Recuerdo del antiguo combatiente”, escrito en torno al libro Reportaje al pie de la horca y publicado en TRIUNFO, sobre Julius Fucik, dirigente del PC de Checoeslovaquia, Premio Nobel de la Paz a título póstumo y ejecutado por los nazis en el campo de concentración de Sachsenhaugen, en las cercanías de Berlín: “Nuestros heroísmos de hoy son menos traumáticos y violentos y permiten que muchos hombres y mujeres puedan contribuir a cambiar el mundo (…) pero ese trabajo sería poco sólido si no recordáramos sobre qué cimientos está construido el combate del presente” (26).
En este empeño de no olvidar esos cimientos se inscribe, entre otros, su vibrante artículo Vietnam en el corazón, escrito en el cuarenta aniversario del final de aquella brutal agresión, en 1975, de la guerra que durante dos décadas asoló al país asiático y que, a pesar de los bombardeos masivos de napalm y del llamado agente naranja, las bombas lacy cargadas con miles de cuchillas y los misiles teledirigidos por las tropas estadounidenses, resistió “con unas convicciones y una resolución pocas veces vista en la historia humana”.
En este texto, Juan Antonio Hormigón recordaba que “para quienes éramos jóvenes en aquellos años, Vietnam se convirtió en el símbolo máximo del combate por la dignidad humana. Su capacidad de resistencia ante la máquina de guerra del imperialismo estadounidense, provocaba admiración y era un ejemplo de resolución, sacrificio, abnegación y capacidad de sufrimiento”. Por eso, se lamentaba porque “ha pasado el tiempo y las cosas se olvidan. Vietnam dejó de ser el emblema y el símbolo que fue para muchos a lo largo y ancho del planeta. Pasó a ser parte de la crónica, aunque era una lección para la gran Historia. ¡Tantas cosas se han olvidado!”
Y en el mismo tono lanzaba los siguientes interrogantes: “Es posible ser de izquierdas y más aún comunista, olvidando los acontecimientos vividos por Vietnam hasta 1975? ¿Es posible borrar de la memoria colectiva estos episodios? ¿Es posible creer que el mundo se reinventa cada día, que el pasado es una losa, que quienes así piensan son los inventores de la política impoluta, aunque no pocas veces lo sean de la nada?” (27).
Ciertamente, Juan Antonio Hormigón no olvidaba nada. Ni a Vietnam ni a otro de los grandes símbolos y referentes internacionales de los años setenta. Entre ellos, al presidente de Chile Salvador Allende, derrocado por el golpe de Estado del general Augusto Pinochet, cuyo nombre forma parte de la historia universal de la infamia, junto a tantos otros dictadores. Hace pocos años, en su artículo “Y si Allende hubiera…”, recordaba que “Salvador Allende es, en la actualidad, una figura respetada, señera, tratada con respeto por todos, incluso por quienes le denostaron y se mostraron de acuerdo con el golpe de Estado de septiembre de 1973 que acabó con su vida”.
Para él no había ninguna duda de que esto fuera así. Estaba perfectamente claro: “La única razón es que está muerto, que ya no puede pronunciar aquellos discursos memorables (…) Tampoco puede ya proponer y aplicar medidas de gobierno que pretendían devolver la dignidad a su pueblo, recuperar para bien de la ciudadanía los recursos naturales y arbitrar soluciones para que la sanidad, la educación y la cultura fueran públicas y universales”.
En este artículo, Juan Antonio Hormigón consideraba “particularmente deplorable” el caso de Allende, “porque muchos de los que ahora aluden a su condición democrática deseaban que el golpe de Estado se produjera con la mayor premura y que se le hiciera desaparecer. Y, si no ellos, sus mentores. Basta recordar aquella primera plana del ABC del día siguiente del golpe, en el que se veía a dos militares descendiendo de un jeep y debajo un titular elocuente: “Justo a tiempo” (28).
Toda esta atención especial a los asuntos internacionales tenía un significado concreto que se adentraba en lo más profundo de sus convicciones, en los principios internacionalistas que siempre caracterizaron a la izquierda revolucionaria y que, lamentablemente, hoy, han tirado por la borda quienes, pretendidamente de izquierdas, apoyan en España los secesionismos. Por esa razón, su análisis político no se detendría en aquellos que, como los anteriores, sucedieron hace ya varias décadas, sino que se posaba en los más actuales, como expresión de su permanente preocupación sobre lo que ocurría en países presa de las agresiones imperialistas. Entre ellos, Vietnam y Chile primero y Siria y Venezuela, después cuya situación interna y acoso internacional le preocupó sobremanera.
Lo hizo de manera contundente en uno de sus últimos artículos, titulado La voladura del Maine: origen de una teatralidad abyecta. En este soberbio artículo, de un rigor y lucidez extraordinaria, exponía de entrada su tesis que luego fue desarrollando con toda suerte de datos: “El episodio de la voladura del acorazado Maine de la marina de los EEUU en el puerto de La Habana, en 1898, fue el inicio de un procedimiento sistemática que el susodicho país ha venido utilizando desde entonces de forma recurrente”.
Los mecanismos de tal procedimiento, inserto, por supuesto, en el marco también de lo que el definió como “la sublimación de la mentira”, aparecía con total claridad: “Se trata de aunar una acción provocativa cierta o falsa, poco importa, determina por ellos mismos pero atribuida a quien se quiere estigmatizar, seguida de una campaña en los medios de comunicación que controlan, que se ocupan de inventar relatos falsos, promover el odio hacia quienes, siendo víctimas, se convierten en responsables del entuerto, sembrando de este modo en una población obnubilada y obediente, el fanatismo, el desprecio de la ética y el encono que son preludio de una agresión militar”.
En efecto, los EEUU aplicaron este tipo de operaciones para declarar la guerra a España, en 1898, y tratar de apoderarse de Cuba. Y no ha dejado de aplicarlo desde entonces. “La operación tiene una perfecta similitud con el falso incidente del golfo de Tonkín, que justificó para ellos el bombardeo de Vietnam del Norte, o la tenencia de armas de destrucción masiva en Irak…Igualmente, todo lo que intentan crear en Venezuela (…) En primer lugar, siguiendo el procedimiento implementado en Chile para derrocar el Gobierno de Salvador Allende (…) todo esto está hoy documentado a” (29).
Y esa misma técnica desestabilizadora también la aplicó al conflicto de Siria. Juan Antonio Hormigón señalaba en fechas recientes que “hubo una demonización del presidente Bashar al – Asad, que le montaron una rebelión en apariencia civil, pero, en realidad, repleta de mercenarios extranjeros o grupos terroristas, como Al Qaeda y el Estado islámico. (…) En los noticieros españoles todas las noticias están sesgadas. (…) Hay que conocer muy bien la situación para resistir la práctica sistemática de la mentira” (30).
Las cuestiones españolas
Al mismo tiempo, no perdía nunca ocasión de reflexionar sobre el presente político de España al hilo de cuestiones históricas que abordaba en alguno de sus artículos. Así, por ejemplo, una recensión del libro Cartas de la prisión, de la dirigente comunista alemana Rosa Luxemburg, le sirve para expresar su admiración y estima de las cualidades que poseían los primeros dirigentes del movimiento obrero europeo, pero también para contraponer aquellas con las que no tienen algunos dirigentes de nuestros días.
La primera de estas consideraciones es, indudablemente, de sincero respeto: “Las Cartas de la prisión muestran a una dirigente con los rasgos típicos que caracterizaron la etapa clásica del movimiento socialista y la infancia del comunista, unos dirigentes que entendían la política como política transformadora, pero que, sobre todo, unían un amplio cultural y científico, una aprehensión de los placeres de la vida social como elementos insoslayables de su propia lucha por la transformación de las condiciones de vida de la clase obrera, y, con ella, de toda la sociedad”.
La segunda consideración que hace es, realmente, tan demoledora como real. Para él, el contrapunto de dirigentes como Rosa Luxemnburg con muchos de quienes han llegado a encaramarse en las cúpulas de algunas formaciones políticas de la clase trabajadora es, verdaderamente, lamentable: “Qué lejos estaban de la actitud hoy tan extendida entre dirigentes de partidos obreros de hacer de la política una tecnocracia correosa, de convertirla en un fin en sí mismo, de aislarla de contenidos humanísticos y culturales, como si éstos fuesen simples resortes que instrumentalizar y no elementos constitutivos imprescindibles de todo auténtico cambio hacia el socialismo” (31). Y esto lo escribía en 1977.
Otra cuestión sobre política sobre la que se pronunció fue la que concierne a la vigente ley electoral, sobre cuya necesaria reforma “todos juran que van a hacerlo, pero todo sigue igual”. Escribió en torno a esta normativa en un artículo que tituló “Ley electoral: el burle político”, el que se pronunciaba porque “el número de votos se refleje en el número de escaños obtenidos, en una palabra, que se acreciente la proporcionalidad. Eso es lo democrático y lo demás pasteleo”.
Lo tenía perfectamente claro. “Quienes tienen como objetivo prioritario perpetuarse en el poder, saben que el diseño de una normativa electoral adecuada les permite apropiarse de mayorías que no se corresponden con el número de votos obtenido y, de paso, asientan un bipartidismo que solo es en apariencia, porque a menudo se puede comprobar que ambas formaciones acaban defendiendo lo mismo”. ( ) ( ) Juan Antonio Hormigón, “La electoral: el burle político”, Crónica Popular, 11 de septiembre de 2014.
Juan Antonio Hormigón no guardó silencio tampoco ante el secesionismo catalán. Y, aunque no lo analizó de manera monográfica, sí se refirió a él en el artículo en el que rememora sus encuentros con el traductor al español de la obra del filósofo húngaro Gyorgy Lukács. Un artículo que precisamente tituló Manuel Sacristán y el nombre de España y en el que reproduce una muy interesante reflexión que le transmitió, ya en 1976, “meses antes de que el PCE fuera legalizado”, el filósofo comunista: “Estoy muy preocupado con las cosas que pasan en Cataluña. Ahora comienzan a decir Estado español en lugar de España. Yo les digo: escuchad, hay un poema de Friedrich Wolf que comienza: “Por los caminos de España va el camarada Beimler…” ¿Ahora tendremos que decir: “Por los caminos del Estado español va el camarada Beimler? Me parece una barbaridad”.
En su escrito, Juan Antonio Hormigón aporta al lector una serie de datos sobre Hans Beimler (1895-1936), “un diputado comunista alemán”, que fue apresado por los nazis y encerrado en Dachau, de donde logró escapar y que, “al inicio de la guerra civil española se unió a las Brigadas Internacionales, intervino en la defensa de Madrid, falleció en el frente en diciembre de 1936 y está enterrado en el cementerio de Barcelona…”
Y, recordando las palabras de Manuel Sacristán, añade:”Por aquel entonces, yo no estaba tan sensibilizado por aquel asunto, porque en Madrid nadie hablaba de ese modo. Ni siquiera se lo escuché a los miembros de ETA condenados en el Proceso de Burgos, con quienes coincidí en el balneario franquista de Carabanchel. Era seguramente el fruto del independentismo catalán, que comenzó transformando el nombre de España por Estado español y, finalmente, lo dejó solo en “el Estado”, lo cual, como es evidente, no significa nada, ni siquiera para rebelarse contra él reclamando la independencia. Recuerdo a un ciclista que, entrevistado por una televisión, en arranque grotesco propio de Valle-Inclán, denominó la “Vuelta a España” como “Vuelta al Estado”. ¡Toma ya! Se trataba de eludir el nombre de España.” (32).
Juan Antonio Hormigón llevó su compromiso político hasta sus últimas consecuencias. Si, como escribió el lingüista norteamericano Noam Chomsky con motivo de la guerra de Vietnam, la responsabilidad del intelectual es, sencillamente, “decir la verdad y denunciar la mentira”, dio ejemplo, sin dudar en momento alguno, de tal responsabilidad hasta que la muerte le llevó de entre nosotros. Nunca dejó de decir la verdad y denunciar la mentira.
Notas:
(2)https://sut.org.es/wp-content/uploads/2017/06/BREVE-HISTORIA-SUT-.pdf https://elpais.com/elpais/2017/06/08/album/1496941285_535518.html#foto_gal_1; José A. Martínez Soler, “El SUT, embrión (con perdón) de la Transición”, Blog “Se nos ve el plumero” en 20minutos.es
(3) Juan Antonio Hormigón, Mariano Hormigón, un científico que amaba el teatro, ADE, nº 102, 2004.
(4) Manuel Tuñón de Lara, Historia de España, Editorial Labor, Barcelona, 1980, tomo 10, págs., 213 y 214.
(5) Enrique Ortego, El primer estado de excepción La oposición sale a la calle en Zaragoza, en Aragón bajo el franquismo, ANDALÁN, nº 400/401, 15 de marzo de 1984.
(6) Juan José del Águila Torres, El TOP: la represión de la libertad (1963-1977), Editorial Planeta, Barcelona, 2001.
(7) Juan Antonio Hormigón, Manuel Sacristán y el nombre de España, ADE, nº 151, 2014; Crónica Popular, 13 de julio de 2014.
(8) Juan Antonio Hormigón, Manuel Sacristán y el nombre de España, ADE, nº 151, 2014; Crónica Popular, 13 de julio de 2014.
(9) Isaac Deutscher, Herejes y renegados, Ediciones Ariel, Barcelona, 1970.
(10) Antonio Gramsci, Obras de Gramsci, tomo 2, Juan Pablos Editor, México, 1975.
(11) Peter Watson, Historia intelectual del siglo XX. De Sartre al mar de la tranquilidad, Editorial Crítica, Barcelona, 20002, págs. 437-442; Ideas comprometidas. Los intelectuales y la política. Maximiliano Fuentes Codera y Ferran Archilés, Akal, Madrid, 2018.
(12) Juan Antonio Hormigón, “Dialéctica y productividad. Notas en el 80 aniversario de Bertold Brecht”, Argumentos, nº 11, abril de 1978.
(13) Juan Antonio Hormigón, Buero Vallejo y su compromiso, ADE, nº 163, 2016; Crónica Popular, 30 de enero de 2017.
(14) Juan Antonio Hormigón, “Bertold Brecht, un aniversario y un libro”, TRIUNFO, 1 de febrero de 1973.
(15) Daniel Lacalle, Los trabajadores intelectuales y la estructura de clases, Centro de Investigaciones Sociológicas, Madrid, 1982.
(16) Juan Antonio Hormigón, “El trabajador cultural, la independencia y la política”, Argumentos, nº 12, mayo de 1989.
(17) Juan Antonio Hormigón, Un día con Renau, TRIUNFO, nº 707, 14 de agosto de 1976.
(18) Juan Antonio Hormigón, “Cultura, democracia y colonización”, Argumentos, nº 18, 18 de diciembre de 1978.
(19) Juan Antonio Hormigón, “Teatro: el gusto del público”, Argumentos, nº 31, febrero de 1980.
(20) Juan Antonio Hormigón, Matilde Landa, una ciudadana ejemplar, Crónica Popular, 11 de julio de 2016.
(21) Juan Antonio Hormigón, Matilde Landa, una ciudadana ejemplar, Crónica Popular, 11 de julio de 2016.
(22) Juan Antonio Hormigón, ”La sublimación de la mentira”, Crónica Popular, 9 de marzo de 2015.
(23) Juan Antonio Hormigón, “Cultura, democracia y colonización”, Argumentos, nº 18, diciembre de 1978.
(24) Juan Antonio Hormigón, “Vietnam en el corazón”, ADE, nº 156, 2015; Crónica Popular, 25 de mayo de 2015.
(25) Juan Antonio Hormigón, “Matilde Landa: una ciudadana ejemplar”, Crónica Popular, 11 de julio de 2016.
(26) Juan Antonio Hormigón, Recuerdo del antiguo combatiente, TRIUNFO, Nº 778, 24 de diciembre de 1977.
(27) Juan Antonio Hormigón, “Vietnam en el corazón”, ADE, nº 156, 2015; Crónica Popular, 25 de mayo de 2015.
(28) Juan Antonio Hormigón, “Y si Allende hubiera…”, Crónica Popular, 27 de abril de 2015.
(29) Juan Antonio Hormigón, “La voladura del Maine: origen de una teatralidad abyecta”, Crónica Popular, 30 de marzo de 2019.
(30) Juan Antonio Hormigón, ”La sublimación de la mentira”, Crónica Popular, 9 de marzo de 2015.
(31) Juan Antonio Hormigón, “Lucha e intimidad en Rosa Luxemburg”, TRIUNFO, nº 763, 3 de octubre de 1977.
(32) Juan Antonio Hormigón, “Manuel Sacristán y el nombre de España”, ADE, nº 151, 2014; Crónica Popular, 13 de julio de 2014.
* Este artículo forma parte del conjunto de textos publicados en el número 177 de la revista ADE, dedicado monográficamente a Juan Antonio Hormigón. Los teatros y los días.
ADE rindió homenaje a quien desde su creación, hace ahora 35 años, fue su secretario general y director de su excelente publicación, en un acto celebrado el día 2 de diciembre en el Teatro de la Comedia. Bajo la dirección de su colaborador más cercano, el director de escena y Redactor- jefe de la revista ADE, Carlos Rodríguez, sobre el mítico escenario del Teatro de la Comedia se escucharon las intervenciones de Eduardo Alonso, Abel Martín, Amaya de Miguel, Helena Pimenta, entre otros, las canciones de la también directora de escena Vanessa Martínez, acompañada al piano por Luis Vallines, y la lectura dramatizada de un texto de Juan Antonio Hormigón, Larga espera, a cargo de Denis Rafter, Maxi Rodríguez, Nuria Gallardo, Junma Navas y Juan Messeguer, dirigidos por Luma Gómez.



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