¿Vuelta del existencialismo? (I)

Julián Arroyo Pomeda||

Catedrático de Filosofía||

Estos días de epidemia son propicios para recordar la historia de la humanidad. Me detengo en la mitad del siglo XX, para volver a Camus y a Sartre. Apenas se llevaban ocho años y concebían la vida desde el existencialismo ateo.

 

 

Ambos escriben sus obras más comprometidas en la posguerra, que recogen las situaciones vividas y conocidas. Aquel desastre fue la causa del desencanto en Europa. Occidente empieza a declinar. La desacralización es un hecho y muchas naciones se encuentran divididas entre colaboracionistas y leales, fascismo y democracia, artesanos y gobernantes de partido único, rojos y azules, y similares.

Ya no suenan los ecos del ‘Dios ha muerto’, porque ahora se hace realidad. La náusea de Sartre tiene como base el espíritu del existencialismo. Lo trascendental se va alejando más. La finitud humana y la contingencia se despojan ya de cualquier creencia y esperanza de salvación. Esto puede aparecer tanto en el plano teórico (Dios es una contradicción metafísica, tendría que ser el “en-sí”-“para-sí”, a la vez), como en el inmediato de la angustia, porque es absurdo.

“La existencia precede a la esencia”. El ser humano nace, es y se encuentra en el mundo, pero no es nada, porque después tendrá que definirse, haciendo lo que quiera ser en una libertad condicionada. Nadie ha concebido el marco de su creación. Arrojado en el mundo, siente el impulso por existir, sin apoyos ni agarraderos. No tiene importancia colectiva, es sólo un individuo que se encuentra con objetos que no significan nada, porque la nada se ha instalado en él y solo le queda escoger: “es eso, una especie de náusea en las manos”. Las cosas son lo que parecen ser, nada más, detrás no tienen nada. Elegir y vivir, pero sin ninguna razón para ello. Me penetra la existencia, la siento y también las cosas que están próximas que no puedo soportar.

Para Camus nos movemos entre la vida y la muerte. Sísifo es un mito, en el que valoramos mucho la existencia, sin dejar de ver que moriremos. Hay que aceptar lo absurdo de empujar la piedra, que volverá a caer. “El hombre es una pasión inútil”, afirma Sartre, porque ya nadie lo acoge, Dios murió en Auschwitz, no hay ninguna trascendencia. Se ha producido una gran crisis, de la que surgirá la libertad y los valores. La náusea nos ayuda a descubrir que somos libertad y en ella descansa la vida y le da sentido, porque podemos elegir. Somos proyecto que tendrá que realizarse: estamos condenados a ser libres y por ser libres somos responsables de lo que hagamos: es un peso que nos angustia, pero no tenemos excusa, ya que somos responsables de lo que hayamos elegido.

Dios no habla ya. Es la ausencia. Pura positividad, absoluto, identidad, “en-sí”, sin conciencia ni libertad (“para-sí”). Negar a Dios es afirmar al hombre y comprometerlo con sus actos, de los que es responsable.

¿Podría aplicarse esto, que parece tan teórico, a nuestra realidad actual? Sí, con tal de no pensar en el contexto y en la situación de postguerra. Vivimos una época de incertidumbre en todos los planos. El que más nos ocupa ahora es el plano sanitario, el virus se encuentra con nosotros por mucho que parezca estar controlado. Siguen ingresos en hospitales por contagio y fallecimientos a diario. Ya se cuentan por cientos de miles los muertos de la pandemia. Todavía más. Los expertos están a la espera de nuevos rebrotes para octubre y febrero próximos. ¿Qué pasará? ¿Será la vacuna la solución definitiva?

La división entre conciudadanos de los países es otra realidad manifiesta. El apoyo total para vencer la epidemia y la unidad de todos ha quedado roto. Los gobiernos se ponen al frente, estableciendo un plan de actuación, que aconsejan los científicos, pero parte de la ciudadanía muestra su disconformidad, manifestándose por las ciudades con grave irresponsabilidad, muchas veces. Aumentan las desavenencias: se inculpan hasta las instituciones.

En el plano económico-social el trabajo se ha destruido en muchos ámbitos. Cuando no entran recursos económicos en casa, no se come, ni se puede mantener la familia. Sin sustento, sólo queda acudir a las ayudas de diferentes organizaciones. Los barrios se organizan para distribuir alimentos. ¿Hasta cuándo aguantarán? Hay que reconstruirlo todo.

Se impone el absurdo existencial. Los ancianos mueren en las residencias, movidas por intereses económicos en su mayoría. No hay en ellas personal médico. Cuidamos, no curamos, se dice como excusa. Vivir sin poder ganarse la vida y contribuir al progreso social no tiene horizontes. La política está condicionada cada vez más por la economía y el capital financiero. Los puestos de trabajo se destruyen, las terrazas son la única evasión.

Ni siquiera queda rezar, porque la trascendencia se aleja más y más. El ser humano se queda solo y tiene que inventarse cómo vivir, explorando ámbitos nuevos, sin que los resultados sean previsibles. La náusea nos tiene y se impone la desolación entre la pesadilla. ¿Queda algo de esperanza todavía?

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