Eduardo Luque Guerrero||
Periodista y analista||
Asistimos, entre incrédulos y asombrados, a un auténtico maremoto político en la capital del Imperio. Dicen que la causa es la pandemia aunque no es sólo un problema de salud pública, las consecuencias del aislamiento social, al impactar sobre los sistemas productivos, acaba mostrando rasgos muy diferentes a los anteriores “cracks” financieros. La actual crisis no se destaca por la mortalidad de la enfermedad (no es mucho mayor que otras), y no lo es porque haya causado un colapso en los mercados financieros, sino porque revela las debilidades, distorsiones y desequilibrios internacionales, consecuencia del modelo de producción neoliberal que los ha ido moldeando desde hace décadas. Sólo estamos viendo el inicio.
En la segunda semana de marzo, cuando la OMS anunció la “pandemia global” de coronavirus, los mercados mundiales colapsaron, experimentaron la mayor caída en un día desde de 1987, las cifras de paro superaron en EEUU los índices de 1929 y todo eso a pesar de que la Reserva Federal de los Estados Unidos inyectó inmediatamente billones de dólares de liquidez en el sistema. Quedó claro desde el minuto uno que el capitalismo occidental está priorizando, no se podía esperar otra cosa, el beneficio económico a la salud de la población.
Los supuestos que dibujaba Noemi Klein en “La doctrina del Shock”, Richard Sennet en “La sociedad del riesgo global” e incluso el aterrador “Informe Lugano” son, entre otras miles de reflexiones, notas para un futuro imperfecto. Se dibuja en el horizonte la madre de todas las tormentas que se cierne sobre la economía occidental. La epidemia del coronavius no es sino un fragmento de la nueva realidad. Sin menospreciar la gravedad de lo que está pasando, estamos viendo que de nuevo, y como en otras ocasiones, se está inoculando conscientemente en las sociedades el virus del miedo. Se está preparando a las sociedades, una vez superada la pandemia, para asimilar una nueva fase de explotación.
La magnitud de este desastre que vivimos y que especialmente viviremos en los próximos años no puede ocultarse atribuyéndolo a un virus. Ya estaban allí, estaban presentes en la economía internacional, cuando semanas antes de la aparición del virus, la Reserva Federal se vio obligada a salvar de la quiebra al J.P Morgan (el mayor banco del mundo). La crisis sobrevenida, por tanto, va mucho más allá de los problemas causados por la enfermedad y que, sin embargo, no impedirá que los gobiernos neoliberales culpen a la pandemia de la recesión económica.
A estas alturas creer que el estadillo social en EEUU es el eco, únicamente, del racismo policial, es quedarse con el envoltorio pero despreciar el paquete. La realidad es mucho más compleja y tiene raíces muy profundas. Los datos del deterioro económico de la superpotencia estremecen por su magnitud y permiten atisbar las causas profundas de esta nueva situación.
El gobierno de Donald Trump, sumado a la epidemia del coronavirus, es el maridaje perfecto para profundizar en la regresión democrática que se observa en muchos países occidentales. Las fuerzas de la extrema derecha presentes hace tiempo en Occidente adquirirán mayor peso político/electoral. Desde esa plataforma, potenciada por las grandes fundaciones y los filantrocapitalistas de turno, tenderán a condicionar las políticas de la derecha “moderada” cuando no puedan ocupar directamente los espacios institucionales. El virus profundizará estas tendencias. La movilización que generará sus consecuencias no necesariamente será buena para los valores progresistas; puede suceder exactamente lo contrario.
Eric Hobsbawm escribía en “Age Extremes” cómo el desarrollo de la derecha con características fascistas siempre va precedida de la movilización masiva: “los fascistas fueron los revolucionarios de la contrarrevolución”. No es un movimiento al uso de los años 30, aunque evidencia similitudes, se reviste de formas institucionalizadas y adopta en sus discursos postulados “Ongdeistas” como hacen los grupos ultras en Centroeuropa, e incluso no duda en usar expresiones propias del pensamiento positivo.
En nuestro país, algunos “pensadores” de la izquierda “naif” postulan el fin del neoliberalismo por efecto del Coronavirus; la historia nos enseña que ningún virus ha hecho la revolución. El capitalismo neoliberal mutará, lo está haciendo, se reinventará como novedad porque incluirá algunos toques Keynesianos. Ningún político, ni siquiera el más abstruso, nadie en su sano juicio hablará hoy de privatizar los sistemas públicos de salud aunque está presente en las agendas de las Fundaciones y los grupos de presión. Es posible que abordemos un enfoque meramente cosmético.
No se ha generado aún una alternativa a ese capitalismo “zombi” que se mueve entre la exigencia de más reformas y recortes ,cada vez más impopulares, y la necesidad de generar una deuda infinita. Los elementos de la nueva realidad ya estaban aquí: el uso aún más intensivo de la Inteligencia Artificial, la robotización, el teletrabajo, el Big Data…recrean un mundo que es antiguo (es el capitalismo neoliberal de siempre) pero que se viste con nuevos oropeles.
El filósofo coreano Byung-Chul Han nos alerta sobre la importancia de las nuevas herramientas de la comunicación de datos y el futuro que es presente: “La dominación personifica la libertad. Big Data genera un conocimiento dominante que permite la posibilidad de intervenir en la psique humana y manipularla. Considerándolo de esta manera, el imperativo de transparencia de los datos no es una continuación de la Ilustración, sino su finalización”. La desaparición de los rituales. El afamado psiquiatra alemán Manfred Spitzer en “Demencia Digital” alerta sobre la reducción de la capacidad cognitiva, especialmente en la población más joven, fruto del uso de las redes sociales.
EEUU es el epicentro de esta tormenta perfecta. El impacto del covid-19 tiene especial virulencia en ese país por las características de su estructura económica. Estados Unidos tiene alrededor del 70% de su PIB que depende del sector servicios. La nación que, tras la II Guerra Mundial, producía y exportaba el 50% del PIB mundial, hoy escasamente alcanza el 10%. Cada vez produce menos: lo hemos visto casi a diario, faltan mascarillas, respiradores, material de enfermería, medicinas… todo proviene de China que es la fábrica del mundo.
El confinamiento ha tenido un impacto enorme sobre los índices de paro. Las cifras –“oficiales” se acercan al 14% (unos 20 millones de nuevos parados en 8 semanas); los analistas están contentos porque esperan un 19%. Otros datos sitúan la tasa de paro cercana a los 40 millones de personas, si tenemos en cuenta, los buscadores activos de empleo, los parados oficiales y los estudiantes que no contabilizan en las estadísticas. Así mismo, se excluyen de cualquier estadística más de 520.000 sin techo y centenares de miles de trabajadores ilegales.
Los nuevos sistemas de cálculo del PIB estadounidense, medidos en tiempo real y no como media anual, desarrollados por el modelo GDPNow del Banco de la Reserva Federal de Atlanta, muestran una fotografía de la economía norteamericana tomada en plena pandemia y que señala una contracción del PIB entorno al 50%. Este sistema de cálculo define la tasa de crecimiento del Producto interno bruto real (PIB) en un momento dado, mientras que la estimación oficial y definitiva del PIB se publica con retraso. La metodología es la misma que la utilizada por la Oficina de Análisis Económico de los EE.UU.
Millones de esos puestos de trabajo perdidos, no se recuperarán o, si lo hacen, será muy lentamente. Se entienden así las tensiones sociales que se concentran como una caldera volcánica a punto de explotar. La muerte de George Floyd es sólo la gota que desborda el vaso. El Imperio americano es un producto de las altas finanzas, apoyados en una deuda impagable y un ejército que ejerce de matón
internacional.
Donald Trump se siente arrinconado por efecto de la mala gestión de la Pandemia y opta por lanzar tinta, como el calamar. Su enfrentamiento contra la OMS, contra China como responsable de la expansión de la pandemia, contra Rusia por financiar los movimientos de protesta en suelo norteamericano, contra los alcaldes y gobernadores débiles, contra los Antifas…. Busca la polarización en una sociedad donde el voto tiene escasa movilidad; la victoria o la derrota la define el electorado abstencionista (especialmente, de color). En la búsqueda de nuevos e imaginados enemigos pretende galvanizar a sus propios seguidores, apela al líder fuerte que impone “ley y orden” con la Biblia en mano (es un guiño a uno de sus nichos de voto, la opción evangelista/mesiánica). Sus votantes, la inmensa mayoría blancos y de extracción social baja, están sufriendo muy duramente los efectos del confinamiento, la crisis de los opiáceos (la tasa de mortandad por opiáceos legales alcanza la media de 21,7 fallecidos por 100.000 habitantes) Todo esto ahora queda oculto en los medios.
La estrategia de Trump ha conseguido enconar el debate electoral (por otro lado, inexistente, puesto que no tiene rival) alrededor de su figura. Las tensiones en el interior de la propia Administración entre el antiguo Secretario de Estado y director del Pentágono, James Mattis, aliado - al menos en este caso - con Mark Esper (actual Secretario y cuya dimisión se espera de forma inminente) no pasarán de meros fuegos fatuos. El despliegue de la Guardia Nacional o la imagen de las tropas de la 21 División aerotransportada, de la 1ª división de montaña patrullando con armas de guerra era el ícono que buscaba el presidente si pretendía demostrar su “determinación” (aunque, en realidad, se oculte en el bunker de la Casa Blanca por miedo a los manifestantes) para combatir el caos.
Donald Trump está en fase electoral; lo tiene fácil si es capaz de polarizar aún más la sociedad. Su rival, Joe Biden, no es rival para el actual presidente. El demócrata es un candidato muy mayor para el cargo al que aspira (77 años) y posiblemente padezca alguna forma de demencia senil. La baza principal de los demócratas nuevamente vuelve a ser la familia Obama. Michell Obama podría ser el banderín de engache. Es mujer y afroamericana pero el partido demócrata tiene un enorme hándicap: no plantea cambios, es sólo un mero recambio, no es partido de oposición, ni tiene proyecto ni discurso propio. Sobrevive gracias a los excesos de Trump.
Joe Biden no impone, ni antes, ni ahora cuando la pandemia le da una oportunidad de oro, su agenda electoral. Va a remolque del inquilino de la Casa Blanca. Posiblemente, el único candidato que podría representar un revulsivo, Bernie Sanders, fue defenestrado por las propias artimañas electorales del Partido Demócrata. Parece que éstos no quisieran gobernar.
Notas:
1El autor se hizo especialmente conocido hace una década por su libro “La sociedad del cansancio”. En su última obra, “La desaparición de los rituales” profundiza en los conceptos de dominación y poder que ya planteó en su obra más famosa.
2 La tasa de crecimiento del Producto interno bruto (PIB) real medida por la Oficina de Análisis Económico (BEA) de los Estados Unidos es una medida clave del ritmo de la actividad económica. Es una de las cuatro variables incluidas en las proyecciones económicas de los miembros de la Junta de la Reserva Federal y los presidentes del Banco para todas las demás reuniones del Comité Federal de Mercado Abierto (FOMC).




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