Lidia Falcón O´Neill||
Abogada y escritora. Presidenta del Partido Feminista de España||
En EEUU, 141 ciudades están en pie de guerra. Miles de personas se manifiestan violentamente desde hace 7 días, porque la policía asesinó a un muchacho en Minneapolis. En 11 ciudades de Europa, Canadá, Nueva Zelanda, Australia, se están manifestando también en solidaridad con la población negra de Estados Unidos. El virus allí es el de la revolución.
En España, estamos encerradas aterradas por esa Covi19, llorando, haciendo croquetas y dando clases de yoga on line sin importarnos un comino lo que pasa en el mundo, mientras cada semana asesinan a dos mujeres. Y, ¿qué hace nuestra izquierda? ¿Con varios ministros comunistas en el gobierno?
Ya son muchas las voces de la izquierda, fundamentalmente comunistas, que denuncian la deriva desnortada de lo que se sigue llamando izquierda. Como el propio Partido Comunista está escondido, avergonzado de existir y su voz o no se oye o solo se alza para defender arriscadamente a este gobierno inepto, formado de mescolanzas y contradicciones donde los dominantes son PSOE y Podemos, ya el término de izquierda hay que redefinirlo.
Incluso antes de la crisis sanitaria y política que se ha desencadenado con la pandemia de la Covid19, ya se debatía en espacios cercanos como Francia, qué estaba pasando con la izquierda que no tenía ningún protagonismo en la política europea porque tampoco tenía proyecto ni programa, más allá de defender las ayuditas a los pobres a que nos tiene acostumbrada la socialdemocracia. Y, sobre todo, que era incapaz de imaginar un orden económico y social nuevo, como habían hecho durante dos siglos los teóricos y filósofos para ofrecer el proyecto de un futuro luminoso que entusiasmara a las masas hambrientas y las incitara a la lucha. “Trascender el pan cotidiano”, que reclamaba Rosa Luxemburgo.
La tumba de la izquierda
El abandono por parte de la izquierda de la ideología revolucionaria que pretendía transformar el mundo, como exigía Marx, para adaptarse a las exigencias del neoliberalismo ha cavado la tumba de la izquierda. Que, en el día hoy, tan turbulento y trágico en otros países y tan anestesiado en el nuestro, Alberto Garzón, el ministro comunista del gobierno de España se dedique al consumo, y proponga como gran objetivo de su ministerio la limitación del horario de las casas de juego, mientras el precio de todos los suministros fundamentales de la alimentación suben continuamente y las mascarillas se convierten en producto de especulación, es absolutamente patético.
De la misma manera que resulta una falsificación inaceptable que se considere de izquierda a Podemos, cuyo presidente, Pablo Iglesias, la primera declaración de principios que realizó cuando apareció públicamente fue que “no era de izquierda ni de derecha”, y a continuación procedió a burlarse y hasta insultar a los comunistas a los que llamó “pitufos gruñones. Los únicos que siguen insistiendo en ese calificativo son los de derecha que despotrican porque tenemos un gobierno socialcomunista, cuando no es ni una cosa ni otra.
Pero lo más triste y preocupante, más todavía que haber perdido aquella fuerte organización que fue el PCE, después de haber expulsado a una militancia heroica, hoy fallecida o recluida en su casa, y avergonzarse de llamarse comunista, es que no existe ni una docena de filósofos, políticos, sociólogos, pensadores, que estén elaborando una nueva utopía sobre el futuro que la revolución comunista debe construir.
Cándido Marquesán Millán en Nueva Tribuna.es del 29 de enero de 2014, nos regala un artículo que reproduce otro de Christian Laval sobre la izquierda. Dice que le ha servido para “conocer mejor y reflexionar sobre los procedimientos usados por determinados ideólogos para sembrar la semilla del neoliberalismo, cuyo dominio actual es apabullante y que explica este auténtico infierno en el que estamos sumidos. De momento, la izquierda está retirada en los cuarteles de invierno, dando la razón a las palabras ya en el 2008 del gran Saramago: La izquierda no tiene ni puta idea del mundo en que vive. A mi intención, deliberadamente provocadora, la izquierda respondió con el más gélido de los silencios. Ningún partido comunista. Tampoco ninguno de los partidos socialistas consideró necesario exigir una aclaración al atrevido escritor que había osado lanzar una piedra al putrefacto charco de la indiferencia. Nada de nada, silencio total, como si en los túmulos ideológicos donde se refugian no hubiese nada más que polvo y telarañas, como mucho un hueso arcaico que ya ni para reliquia serviría…Cualquier ciudadano medianamente consciente, ocupado y preocupado por la cosa pública, sabe que este auténtico holocausto social, en el que estamos inmersos, es producto de que los grandes grupos financieros, empresariales y mediáticos han alcanzado una hegemonía, lo que supone la implantación de sus planteamientos ideológicos. Pero esta hegemonía es cuestionable, a través de unos poderes contra hegemónicos, que deberían estar en las fuerzas de la izquierda, tanto en el ámbito político, social, económico o sindical ” .
Marquesán ofrece aquí algunas de las decisiones que podrían plantearse para desafiar las órdenes del Capital, como en nuestro país negarse a pagar la deuda y aumentar los impuestos, y al reproducir el artículo de Laval hace una descripción acertada de la ideología que ha conseguido aquel imponer en el mundo, a partir del triunfo de Margaret Thatcher. Se le olvida, sorprendentemente, mencionar la caída del Muro de Berlín y la derrota de la URSS.
Cita a Susan George cuando dice “hay tres tipos de gente, los que hacen que las cosas sucedan, los que esperan que las cosas sucedan, y los que nunca se enteran de lo que sucede; los neoliberales pertenecen a la primera categoría y la mayoría de los progresistas a las dos restantes”.
Los ideólogos españoles
Exactamente, es sobre todo a la tercera categoría a la que pertenecen los ideólogos españoles. Esos que, desde las Universidades y los ministerios, construyen y difunden doctrina. Manuel Cruz, catedrático de Filosofía en la Universidad de Barcelona, senador por PSC-PSOE y durante breve mandato Presidente del Senado –eso sí, dimitido cuando se descubrió que plagiaba textos-, escribe en el más prestigioso periódico de España, El País, un largo artículo que titula Y si la izquierda se queda sin sus banderas, en el que, siguiendo un poco la estela de Daniel Bernabé en su exitoso ensayo El Fraude de la Diversidad, pone en cuestión la división entre la teoría y la práctica socialista y el feminismo y el ecologismo, considerándolo, como Bernabé, una debilidad de la izquierda.
Pero ni siquiera es tan rotundo como éste, sino que se queda en la duda, los retorcimientos del razonamiento y, por supuesto, no da alternativas a las preguntas e incertidumbres que plantea. Porque todavía no se ha enterado de que esa supuesta división estará en todo caso propiciada por la derecha, ya que la izquierda en modo alguno puede ser calificada como tal si no alberga en su doctrina y en su práctica las reclamaciones del feminismo y del ecologismo. Formar un corpus único y, sobre todo, un movimiento fuerte, unido y poderoso contra el Capital es el verdadero desafío de la izquierda. Dudar y preguntarse, como hace Cruz, si será posible que la derecha se apropie de las reivindicaciones feministas y ecologistas es una simpleza.
No conocer que la derecha jamás puede convertirse en feminista demuestra la falta de información que padece el catedrático. Desde la primera eclosión del Movimiento Feminista unido a la Revolución Francesa, hasta las últimas demandas que se plantean en España, el feminismo es el enemigo frontal del conservadurismo y la reacción de la derecha. Con la reclamación de la destrucción del Patriarcado, la abolición del matrimonio y de la familia, que se plantea a finales del siglo XIX, y la exigencia del derecho al aborto, por citar sólo algunas de las líneas maestras del feminismo, este se enfrenta a la Iglesia y a los partidos de derecha sin posibilidad de pacto alguno ni de componenda consensuada.
Otra cosa, como el mismo Cruz insinúa con bastante poco acierto, es que la derecha intente instrumentalizar el término feminismo o defender alguna de las victorias cosechadas, tan heroicamente por el Movimiento, asegurando arteramente que ella también es feminista. Pero eso no es nuevo, señor Cruz. Ya ha pasado un siglo desde que el fascismo hizo suyas algunas de las demandas del socialismo. Se ha repetido suficiente que el franquismo mantuvo la Seguridad Social que había implantado la República y promulgó la Ley de Contrato de Trabajo de 1944, que mantenía algunos de los derechos de los trabajadores que la República había aprobado en la Ley de Contrato de Trabajo y Jurados Mixtos de 1931.
Que la derecha se apropie de enseñas, reclamaciones y reivindicaciones de las clases trabajadoras y de las mujeres cuando éstas se han hecho tan fuertes que no hay más remedio que rendirse a ellas, no es nuevo, señor Cruz. Y, como tal, no parece digno de ser considerado objeto de análisis en un texto de junio de 2020, en el más difundido periódico español.
Pero el que bate todo ranking de necedad es el más afamado filósofo actual, Daniel Innerarity, catedrático de Filosofía Política y candidato de Geroa Bai, en una entrevista publicada también en El País, cobijo y amparo de los mandarines de la cultura, en feliz definición de Simone de Beauvoir, que Luz Mellado le realiza el 31 de mayo de 2020, y que titula El filósofo es el “anticuñado”.
Tan estrambótica definición me obligó a leer el contenido. Les hago gracia de la mayor parte de sus declaraciones pero sí creo interesante que conozcan a qué se refiere este ininteligible título. La periodista pregunta: “En su libro augura el fin del cuñadismo ante esta debacle” y el filósofo responde “Ya no estoy seguro. El cuñadismo tiene menos que ver con la constatación de objetividades que con un sentimiento de seguridad propia. El filósofo sería el anticuñado. El filósofo lleva con bastante dignidad ser desmentido en sus prejuicios. El cuñado ignora, también, lo gratificante que es que la realidad te contradiga (sic)”.
Pues ya saben. Esta es una de las más preclaras mentes de la filosofía y de la política actuales.
El Movimiento feminista, aquejado de la misma enfermedad
Lo más penoso es que el Movimiento feminista comience a estar aquejado de la misma enfermedad. Estos meses de parón económico y social el MF ha desaparecido de la esfera pública, excepto por los mensajes, iguales y cansinos, que difunde por las RRSS, que más espacio dedican a criticarse entre ellas y a insultar a los opositores que a ofrecer un proyecto feminista en la sociedad actual.
En un momento en que la torpe, ineficaz e inepta acción de gobierno nos ha llevado a la crisis sanitaria más grave del tiempo moderno, con los 30.000 muertos que hoy contamos y los cientos de miles de infectados, con una sanidad en el desguace, con el abandono de ancianos, de mujeres maltratadas, de prostitutas encerradas en los prostíbulos, de personas sin techo, de emigrantes tirados en los campos o encerrados en los centros de infamia que son los CIES. Cuando la economía está hundida y toda la recuperación que se pretende es nuevamente a través de esa destructora industria del turismo, el Movimiento está dedicado a defender la celebración de las pasadas manifestaciones del 8 de Marzo, con entusiasmo digno de mejor causa.
Como ya sabemos, el grueso numérico de las feministas está agrupado al abrigo del PSOE, otro montón más en Podemos, y gobernando ambos partidos es consigna defender lo que estos hagan. Pero difundir el mensaje de que criticar la celebración de las manifestaciones del 8M es atacar a todo el feminismo y a todas las mujeres, como acabo de leer en Twitter, es hundirse en la estupidez, como sucede siempre que una lucha se fanatiza.
En esas RRSS soberanas de la construcción de la opinión pública no se habla más que de los chismes que conciernen a las diferentes participantes y de los temas que han parasitado el Movimiento, convirtiéndolo en un monótono y repetitivo coro: prostitución, vientres de alquiler y ley trans. Ni siquiera el drama del empleo femenino tiene protagonismo en ese océano de Twitter y Facebook, donde se ahogan satisfechas las comunicantes.
Para qué mentar el desastre económico en que estamos sumidas y las medidas económicas que el gobierno no toma, ni dar alternativas a las mismas, ni analizar la dependencia de Europa que nos ahoga, y mucho menos recordar las guerras tan cercanas que están destruyendo medio planeta. Ni aún las provocaciones de Trump las conmueven. Sobre todo porque tendrían que comentar algo sobre la sublevación de los negros en EEU, que esos sí están luchando, mientras las feministas españolas se limitan a relacionarse por teleconferencia y salir a aplaudir por las tardes a los sanitarios, sin ni siquiera reclamar aumento de sueldo para ellos.
Cuando en el último debate televisivo en Cataluña una dirigente feminista se enfadó porque dije que el MF está crionizado, arguyó que las mujeres trabajan mucho, tan dependientes como están de los cuidados. Con este análisis retrocedemos a antes del Movimiento Sufragista que salió multitudinariamente a la calle a mediados del siglo XIX.
En las RRSS, las feministas se dedican a difundir consejos para animar a las confinadas, que están deprimidas, ellas que lo que quieren es tomar cervezas en las terrazas: desde recetas de cocina a cursos de yoga, poesías amorosas, fotos de sus perros y de sus gatos, paseos por la playa, canciones de todo tipo. Un vídeo patético muestra a las mexicanas cantando un coro, más lastimero que combativo, contra la violencia machista, que en ese país se ha convertido en un feminicidio estructural, mientras en las calles estadounidenses los negros se baten, a vida o muerte, contra la policía, la Guardia Nacional y el Ejército, sin que el virus les amedrente, mientras aquí nos tiene a todas encerradas, quejándonos.
Si el feminismo español no logra entender que como dice Lenin “excepto el poder todo lo demás es pura ilusión” y se bate bravamente para lograrlo, el presente que se nos avecina es el de la absoluta irrelevancia en que están sumidos otros movimientos sociales.
Madrid, 4 de junio 2020.




El principio establecido en Crónica Popular exige que, para que los autores de un comentario a un artículo, firmado con nombre y apellidos, vean publicado su comentario, deben firmar de igual modo el textos que nos envíe. En caso contrario, no se publicarán.
Y eso lo haremos aunque el comentario sea favorable al artículo: no se publicará ningún comentario si no va acompañado por la identificación personal de su autor.