Julián Arroyo Pomeda
Catedrático de Filosofía
“Hacia dentro es donde va el camino misterioso. Es en nuestro interior y en ningún otro lugar donde está la eternidad con sus mundos, el pasado y el futuro” . Novalis, Athenaeum.
Estábamos necesitando con urgencia posiciones firmes y claras que propusieron la definición de nuestra época, que algunos denominan ‘postmodernidad’. Ripalda lo intenta de manera tan sintética como certera. Ha tenido que resultar difícil hacerlo en poco más de 100 páginas, pero sale airoso de ello (José María Ripalda, Umbral de época. De la Ilustración, románticas e idealistas. Madrid: Siglo XXI 2021).
Lo que se ha dado en llamar Modernidad es un comienzo de época, que se sitúa, según el autor, en el intervalo de 1795-1805: la década prodigiosa. Entonces se acabó la revolución napoleónica y empezó otra época más importante todavía, en la que “la filosofía pretende guiar al mundo” (página 14). Sus ideas ya sólo pueden valer a finales del siglo XX, transportándolas a otro espacio, porque ya no son valiosos como doctrina. Sin embargo, creemos que seguimos en la Modernidad, continuamos adjudicándonos a esta época, quizás porque todavía no hemos planteado la nuestra, propiamente hablando.
La década fue prodigiosa sin ninguna duda, ya que desfilaron por ella Goethe, Federico II de Prusia, Voltaire, Rousseau, Herder y Hegel, entre otros. La cultura habla alemán y el antiguo régimen va desapareciendo ante el despotismo ilustrado. El catolicismo también pierde terreno. Se levantó pujante el romanticismo.
Una vez desaparecido el imperio napoleónico, comienza una nueva crisis, aunque todavía permanecerá oculta. Las mujeres se van asomando al horizonte, a pesar del autoritarismo ilustrado. Las Luces y la teología protestante acusan a un catolicismo represivo y el cambio no se hace esperar. Las monarquías también se quiebran y se producen crisis matrimoniales, que cada vez escandalizan menos.
La mujer se revela y no quiere someterse al ámbito doméstico, en el que se encuentra encerrada. Empiezan a ser bien valoradas como escritores y su opinión cuenta tanto como la de los hombres: esto fue revolucionario. Ellas quieren vivir, teniendo vida propia. Frente a un matrimonio convenido por sus antecesores, reivindican el casamiento por amor y sin imposiciones
Pasada la década anterior, se impone Weimar, una ciudad de apenas 10.000 habitantes, como espacio cultural de referencia, y allí se concentran los grandes literatos, la mayoría mujeres, que hasta saben competir con los maridos, sin ningún complejo, y se convierten en reina de aquellos refinados salones.
Meses Mendelssohn se atreve a reivindicar su judaísmo, lo que muestra una cultura que trata de ser universal, aunque con muchas dificultades todavía. El nacionalismo supremacista no deja de estar siempre vigilante. No sólo se tratará de literatura, sino que entre los rebeldes del siglo XIX se encuentra Marx, que valoró muy positivamente la revolución científico-técnica, que sería la base de la Revolución industrial.
A todo esto se perfila Mánchester, una gran ciudad de 40.000 habitantes con su zona industrial y proletaria, además de calles para la burguesía y villas para la aristocracia, donde Engels ejerce su trabajo. ¿Quién heredó la década prodigiosa? Precisamente, la burguesía decimonónica, aunque ya no puede mantener la relación anterior de Espíritu y Naturaleza. Se trata de otro nivel, quizás mucho menos valioso. Ahora es el momento de crear el Estado nacional desde las cenizas políticas del napoleónico. Se impone la lucha por la justicia frente al capitalismo. El idealismo alemán mantuvo su posición de rebeldía, incluso Hegel siguió fiel a ella, aunque era consciente de su definitiva derrota, que confirmaría la historia.
¿Hay algún hilo que nos una a aquella crisis y a la Revolución francesa, “alma de la historia”, según Hegel, igual que a la Revolución proletaria, o no es posible ya? La emancipación kantiana no encontró el merecido eco en el idealismo y menos aún en el Romanticismo. Hasta la filosofía necesita liberarse en la actualidad. Es necesario que aprendamos a hacerlo, pero parece que el tiempo se ha acabado. ¿Qué nos queda entonces? Quizás sólo desear que la razón siga siendo revolucionaria, aunque reine la noche. La Modernidad cristaliza en esta situación y ahora se encuentra ya en un nuevo umbral, que tendrá que seguir siendo crítico, porque sólo queda el camino de la crítica, en las palabras kantianas.
Todo esto lo narra Ripalda con una gran finura expresiva, por lo que es necesario leer este excelente relato, plagado de la densidad con la que lo adorna uno de los mejores pensadores hispanos, que cuenta con muchos años de reflexión y trabajo sobre la etapa histórica de la Modernidad. Así lo hace con densidad soberbia, unida a una gran ilusión de siempre por comunicarlo. Es todo un maestro en esta etapa de la historia, tan compleja y llena de riqueza en cualquier ámbito cultural que quiera considerarse.
El panorama que queda no es demasiado halagüeño: ansia de poder, codicia y violencia no resulta ningún humus gratificante para construir la libertad por la que suspiramos tanto en la actualidad como a lo largo de todo el proceso histórico.




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